RELATO CORTO

RETO A MUERTE A CUPIDO

Hace unos días fue San Valentín. Todo el planeta se despertó eufórico, obnubilado, enamorado, exaltado y encandilado ante la noticia del día. El angelito rechoncho, con carita redonda, sonrisa de jocker y propensión enfermiza a disparar flechas envenenadas a todo cristo, campeó a sus anchas, como cada catorce de febrero, y sin que nadie se atreviera a ponerle remedio, como viene sucediendo desde que el mundo es mundo. Y al igual que ocurre con la Navidad, que por cojones todos tenemos que querernos mucho, desearnos un feliz año nuevo, prometernos paz, amor y armonía (esto viene a significar que la suegra y el yerno tienen que abrazarse, que tu jefe y tu compañero pelota y malencarado se ven obligados a jurar y perjurar que te aprecian mucho y que tu vecina la del quinto que siempre tiende la ropa empapada mojando la tuya que jamás acaba de secarse, tiene que prometerte que no volverá a molestarte con tamaña nimiedad), con Cupido pasa tres cuartos de lo mismo: todos tenemos que estar enamorados.
Y en este día glorioso en que el angelito bonachón y coloradote, que más bien parece recién salido de la tasca del tío Pepe, aparece hasta en el telediario, yo decidí irme a pasear por mi hermoso pueblo, para olvidar que le tuve que soportar en mi vida desde las seis y veinte de la mañana.
Eran las cinco de la tarde, cuando enfilé calle abajo con la intención de no encontrarme con el susodicho, cuando el destino me hizo tropezar con un repartidor cargado con un enorme ramo de flores multicolores, primorosamente envuelto. Carraspeo, saco fuerzas de flaqueza (el día había sido agotador) y acelero el paso para que ni siquiera me llegue su olor. El hombre llama a un telefonillo, contestan y vocea: ¡Interflora! Imaginé la cara de la destinataria del ramo cuando el repartidor le entregase el regalo y también me puse a pensar en si realmente aquella mujer estaría enamorada de quien le obsequiaba con él.
Seguí mi camino a ninguna parte y Cupido se presentó de nuevo ante mí en forma de jovenzuelo de pantalones caídos, camiseta cuatro tallas más grande y pelo a lo cherokee. Llevaba una rosa roja en la mano, envuelta en papel de celofán y tarareaba un rap en voz alta ajeno a que, casi pegada a él, andaba yo despotricando contra las flechas del amor. El muchacho aceleró el paso al ver a unos diez metros más allá, a una joven de pelo azul y aspecto desarrapado, con un pendiente en la nariz del tamaño de las Ventas y que le sonreía de oreja a oreja. Tras un largo beso, la flor cambió de mano y mi estómago comenzó a decirme, “si esto sigue así, voy a echar hasta el bofe”.
Un pajarillo cantarín picoteaba en el suelo, moviendo alegremente su colita arriba y abajo, ajeno a mi mal humor. Seguía oliendo a Cupido. Cuando llegué a estar muy cerca de él, alzó el vuelo y se perdió entre las ramas de un árbol. Me pareció que canturreaba una balada. Cerré los puños, tragué saliva y proseguí mi camino.
Al cabo de unos minutos, continuaba yo mi deambular con dirección a ninguna parte, cuando me crucé con una pareja de jóvenes que se daban un piquito. Ella apoyaba la cabeza en el hombro del muchacho y éste, al llegar a mi altura y como para joderme, le susurró un lánguido y almibarado “te quiero”.
Y así continué yo, calle abajo y cansada ya de dirigirme a no sé donde cuando, al doblar una esquina, me encontré a Cupido en persona, bajito, enano y con rizados y brillantes cabellos de oro, flecha en mano y dispuesto a cargar su arco contra mi persona. Me miró, le miré, nos miramos, nos retamos. Apuntó y lanzó su flecha, directa a impactar en mi helado corazón. Fue sólo cuestión de una décima de segundo. La esquivé y, cual escena de una película de Tarantino y a cámara lenta, mi mano la cogió al vuelo. Sonreí y el angelote cabroncete inspiró fuerte, dispuesto a cargar de nuevo su arco. No le dio tiempo porque fui más veloz que el propio viento. Y con la misma flecha con la que quiso hacerme morir de amor, avancé cual depredador a su presa y le herí, en pleno corazón. Me quité uno de mis loubutines de punta y le golpeé con el tacón en la frente una y otra vez hasta que huyó, dejando un charco de sangre a mis pies y un reguero por toda la calle y los tejados de medio pueblo. No harás más de las tuyas, maldito rompecorazones, que apuntas y disparas pero no te quedas a ver la que liaste después. Al menos, no conmigo, le dije. Pero como Cupido tiene más vidas que tiempo el propio mundo, salió volando, perdiéndose entre las nubes grises de este helado invierno madrileño.
Y así como sucedió, os lo cuento, no me lo estoy inventando. Regresé a casa por el mismo camino por el que vine y no me tropecé con ninguna pareja de enamorados. Me libré de él este pasado 14 de febrero de 2014 y voy a poder respirar tranquila durante un añito. El próximo, te estaré esperando, angelito bipolar y, como éste, aceptaré tu reto…

(Agradezco a mi amigo @angel_torre todo el tiempo invertido en la realización técnica de este blog así como su inestimable aportación para poner la guinda a este relato.)

cupido cabroncete

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2 thoughts on “RETO A MUERTE A CUPIDO”

  1. .Me alegro de que por fin tengas tu blog. Escribes realmente bien, aunque espero que no compartas lo que has puesto :)) sigue así

  2. Estoy contigo, reto a muerte a cupido, angelito atontao que tira a locas sin haber sido instruido bien en el manejo de las armas. Que distinto hubiera sido el mundo si este pizpireta angelito hubiera sido un aplicado alumno y hubiera medido sus disparos con la precision del mejor de los maestros.

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