RELATO CORTO

EL FUNAMBULISTA

Despertó sobresaltada, buscó a tientas el despertador y comprobó que eran las tres de la mañana. Sus madrugadas en vela se habían convertido ya en una costumbre que la mantenía en un perpetuo estado diurno de ensoñación desde hacía tiempo. Al girarse y en la penumbra, creyó ver el cuerpo de un hombre a su lado. Estaba despierto y sonreía. Parpadeó un par de veces y el hombre desapareció. Tocó el lado de la cama comprobando que estaba caliente, como si realmente él hubiera estado tumbado a su lado.
Sin embargo hacía meses que dormía sola. Por las noches se acurrucaba bajo el edredón con los pies helados y sin tener quien se los calentara. Estaba enfadada consigo misma por no poder hacer que su cabeza parase un momento quieta y porque sus desordenados pensamientos le impidieran volver a dormirse. Había perdido ya la cuenta de las noches de insomnio, de los días de veinte horas que había vivido. Hacía ya tiempo que, unido a toda esa vorágine de pensamientos caóticos, anhelaba encontrar a alguien a quien no le importase que le acercara los pies, que los abrigara entre sus piernas, que se los calentase con ternura y no los apartara con brusquedad. A eso de las cinco de la madrugada se levantó, cansada ya de intentar conciliar el sueño.
Ese día era especial, presentaba su segunda novela. Lo hacía en la misma cafetería en que dio a conocer la primera, un año antes. Aquélla había tenido una buena acogida en las plataformas digitales y se había lanzado a publicar la segunda, animada más por sus amigos que por ella misma. Su vida caótica no le permitía descanso. Tal vez escribiendo llegase definitivamente el olvido.
Él se fue, tras una de las muchas discusiones que ya se habían convertido en rutina desde hacía años. Conservaba esa imagen tan vívida en su recuerdo que le costaba distinguir si estaba en el presente o había regresado a aquel día, al dormitorio, a esa última pelea que les condujo al adiós definitivo. Ella no le había amado aquella noche. Ella ya no amaba igual. Hay otro, dijo él y no fue una pregunta sino una rotunda afirmación. No, respondió ella. Entonces, eres tú. Ya no te reconozco, ya no veo en ti a la mujer con quien me casé. Has sufrido una metamorfosis que no puedo entender, con la que no puedo convivir y tampoco siento que pueda hacerlo en el futuro. Toda tú eres distinta, hasta tu cuerpo, tu risa y tu mirada son diferentes. Ya no me necesitas, en realidad no necesitas a nadie. Ella quiso explicarse, le habló de su espacio, de sus sueños, de su necesidad de reencontrarse. Y finalmente llegaron las palabras crueles, los gritos, los insultos. Y ella confesó al fin. Ya no te quiero. Él cogió sus cosas y se marchó. Días más tarde hablaron de divorcio.
Se miró al espejo y se descubrió unas ojeras impresionantes y un aspecto cansado y triste. Se metió en la ducha y abrió el agua caliente hasta que su tibieza en la piel comenzó a relajarla. El maquillaje y la plancha del pelo hicieron el milagro. Una hora más tarde, vestida con unos pantalones vaqueros y una camisa blanca, se despidió de su hija y salió a la calle. Había quedado a comer con un par de amigas que iban a ayudarle en la presentación de su novela. Una de ellas leería una pequeña introducción antes de que ella pronunciara su breve discurso y la otra asumiría la parte activa, repartiendo libros y ayudando a su amiga en su tarea de anfitriona. Sería a las siete y media y todo tenía que salir perfecto.
El dueño de la cafetería donde se celebraba el acto era amigo de la escritora y estaba encantado con que, por segunda vez en tan poco tiempo, se celebrara un acto cultural en su establecimiento. Además de ayudar, los asistentes consumirían. Haría una buena caja. Acondicionó el local como ella le pidió: una mesa al fondo, donde se sentaría junto con sus dos amigas y algunas otras cerca de la principal, con cuatro sillas alrededor. Un gran cartel tras la “mesa presidencial” anunciaba el libro. Junto a la portada, una fotografía suya con gesto sonriente y vestida con una camiseta roja y un pañuelo de llamativos colores. Como en la anterior ocasión, los asistentes eran familiares, amigos, compañeros de trabajo, twitteros con los que compartía horas de confidencias e información y conocimientos literarios. Y esta vez, conocidos de su nuevo editor. Porque esta novela no era autoeditada, por fin una editorial había creído en ella. Su círculo continuaba siendo pequeño, pero mucho más nutrido que la primera vez en que se sentó en esa misma mesa, un año atrás. Llegaron un par de horas antes y tomaron la primera copa de vino mientras esperaban la llegada de los asistentes. Estaba cansada incluso antes de empezar el acto. Demasiadas noches sin dormir, demasiados pensamientos que distraer contra los que debía luchar para que no la asaltaran esa tarde, precisamente cuando tenía que estar más despierta. Fue al baño y se retocó el maquillaje. Éste estaba haciendo bien su función. Su cara no denotaba agotamiento.
Todo estaba listo para que diera comienzo la presentación. Sus amigas estaban más nerviosas que ella misma. La que iba a ocuparse del discurso previo no paraba de dar vueltas al salón, con sus papeles en la mano, leyendo en voz baja y gesticulando grandilocuentemente. La otra cambiaba de sitio el atril, lo movía un poco a la derecha, a la izquierda de la mesa, comprobaba el sonido del micrófono, 1, 2, 1, 2. Los invitados comenzaron a llegar y ella mostró su mejor sonrisa, amplia y luminosa, enseñó sus dientes blancos y empezó saludar a todo el mundo. Tanto público la abrumó un poco, aquello era mucho más de lo que esperaba. Su amiga la halagó, (en exceso, para su gusto) y animó encarecidamente a los presentes a que compraran su novela y la recomendasen, para eso estaban ahí. Ella leyó un breve discurso resumiendo el argumento y también su primer capítulo. Todos aplaudieron. Sintió que ya no necesitaba el maquillaje y que ni siquiera necesitaba la ropa, estaba flotando.
Comenzaron las felicitaciones, los asistentes se volcaron en elogios, de nuevo se repartieron besos. Ella, algo cansada ya, volvió a sentarse y sacó un bolígrafo del bolso para firmar algunos ejemplares de su obra. Tenía forma de catana. Más de un amigo y familiar hicieron comentaron acerca de su originalidad. Aquel bolígrafo tenía su historia y la libreta de dibujitos psicodélicos que había puesto al lado de la mesa, donde apuntaba ideas, pensamientos y notas para sus novelas, también. De hecho formaban parte de un pack, un regalo de una persona especial. Aquellos dos objetos se los había regalado él. Se hallaba entre los asistentes aunque intentó no mirarle, no distraerse, olvidar que estaba ahí. Él se acercó a la mesa, le dio la novela y ella la firmó. “¿Alguna vez fuimos amigos?”. Se despidió con la misma excusa que había puesto siempre, tenía que irse ya porque debía recoger a su hija. Estaba en un cumpleaños de un compañero de clase. Una excusa más, una de tantas, con la que justificar el no poder disponer de tiempo para ellos dos, el estar así de perdido, sin fuerzas para hacer algo por encontrarse, la excusa de que tenía que ser cauto porque si su mujer descubría lo suyo, le dejaría, no le dejaría verla y la perdería. Su hija, se hartaba de decirle, era toda su vida. Una eterna excusa que no les permitía ni tan siquiera follar en una habitación de hotel.
Cuando le firmó el libro le miró a los ojos y lo supo. No más visitas a probadores solitarios de grandes almacenes a la hora del desayuno, ni al baño de su oficina cuando el resto de los compañeros ya se habían marchado. Se acabó. Le firmó el ejemplar y le devolvió el bolígrafo y la libreta. Entonces y sólo entonces, tras infinitas peticiones de tres horas de su tiempo y de una cama con sábanas blancas, él lo supo. No hubo beso de despedida. Le vio salir por la puerta y, sin palabras, se dijeron adiós.
Continuaron los abrazos, las risas, los comentarios a la novela, las críticas al primer capítulo. Su mejor amigo, el único que sabía cómo era ella en realidad, estaba contento e ilusionado porque la veía sonreír y sentirla así, después de mucho tiempo de conocerla triste y melancólica, le llenó de paz, una paz interior que él había perdido a la vez que la perdió ella. Su mejor amigo también era su amante ocasional. Follaban de vez en cuando, lo hacían cuando ella se lo pedía y como ella se lo pedía. Hazme gritar, sácame placer y dolor al mismo tiempo. Y él lo hacía. La follaba usando juguetes sexuales a los que ella se había acostumbrado haciendo el amor con él. Jamás los usó en su matrimonio. Con su amigo era una persona y con su ex marido fue otra. Ni ella misma sabía cómo era en realidad. Cuando hacían el amor, solía ser delicado en los preliminares, le daba un sensual masaje, relajaba su cuerpo y conseguía que su cabeza dejase de pensar. La cubría de aceite con olor a canela, el que ella siempre elegía y si se lo pedía, se corría en su trasero, sin siquiera tocarse, tan solo excitado por la visión de su cuerpo desnudo, con el contacto de sus manos sobre su suave piel. A pesar de que ya pasaba de los cuarenta, ella tenía un cuerpo hermoso y tentador. La primera vez que le dio un masaje fue un tanto curiosa. Le escribió un correo, estaba triste, acababan de “rechazarla”. Un hombre atractivo que le había regalado el oído durante unas semanas. Y ella, ilusionada y halagada, se había confesado en un largo e-mail, diciéndole que gracias a él había logrado olvidar a su fantasma. Un estúpido error. Ningún hombre quiere verse como el sustituto de otro. Aquel hombre, por otra parte, quería poseerla, pero debió sentir miedo. Él también se había confesado un día ante ella: “no dejo de pensar en ti y eso me anula en el trabajo. Estás a todas horas en mi cabeza.” Y luego, nada. Ella estaba confundida y escribió a su amigo. Y de buenas a primeras él vio luz al final de un túnel de deseo, en el que viajaba por ella, desde hacía mucho tiempo. “Si hubiera sido yo el caballo elegido, te aseguro que no habría hecho parada de burro”. Dio a enviar y ella recibió aquello como una puerta abierta. “¿Me darías ese masaje? Estoy tensa. Un masaje desnuda, pero nada más. No habrá sexo. ¿Podrías hacerlo?” “¿Bromeas? Quiero hacerlo.”
De aquel primer día en que ni siquiera la penetró y sólo una vez que ella se lo pidió, la satisfizo con su boca, con sus dedos y con sus juguetes sexuales, habían pasado seis meses. “Todo es cuestión de tiempo, mi amor, esto se acabará”, le dijo él. “No quiero perder tu amistad, aprecio todo lo que obtengo de ella. Ya no será lo mismo, lo sé, pero prométeme que intentaremos llegar a un punto intermedio, porque así lo quieres tú y así lo quiero yo”. Hacía más de un mes que no follaban.
Echó un nuevo vistazo a la cafetería. Su twittero favorito, al que había conocido por casualidad, tras ofrecerle desinteresadamente él sus servicios para promocionar sus obras en Internet, seguía sin querer ser descubierto. Se agarró a aquel desconocido, generoso y altruista, como a un clavo ardiendo. La informática no era su fuerte, ella sólo sabía escribir, de hecho se sentía muy pequeña a su lado, una vez descubrió que aquel hombre era un artista.
En su perfil de Twitter había escondido su rostro bajo el avatar del funambulista de la portada de “Famous last words”, de Supertramp. Un personaje pintoresco y con un halo de misterio que inducía a preguntarse quién era él en realidad y si ocultaba algo. No sabía cual era su aspecto, pero no le había importado jamás. De hecho, nunca se llegó a preguntar cómo era físicamente. Sin embargo, empatizó con él desde el primer momento. Y mientras ella descubría la música, la poesía y otras disciplinas artísticas de su mano, en su casa seguían sin entender cómo podía aporrear las teclas de su portátil durante horas enteras, de un modo compulsivo, por qué había dejado de ver los concursos en prime time o sus teleseries favoritas y había cambiado esos momentos familiares por un ordenador, sus manuscritos, su recién descubierto amor por la música y sus compañeros de viaje en Twitter. Sentía una envidia sana por aquel artista desconocido, amigo de confidencias literarias, su maestro en el reciente descubrimiento de su afición por la música (ella tenía poco oído, siempre lo había admitido) y le admiraba. Su amigo sin rostro había nacido artista, en sus genes llevaba la capacidad de crear y emocionar. Era humilde, nada dado a recibir halagos de nadie, ni siquiera de ella, que se los daba con una sinceridad que nunca había tenido con nadie.
En la presentación de su primera novela le echó de menos. Esperaba que se presentara, que cogiera su libro y le pidiera que se lo dedicase, diciendo, “hola, soy yo”. Ella sabría de quien se trataba porque le estaba esperando. Y así estuvo toda la tarde, esperando, hasta que se marchó el último asistente, hasta que sus amigas la ayudaron a guardar los pocos ejemplares que no había vendido, incluso lo hizo cuando salieron de la cafetería. Cuando llegó al coche, miró atrás por si alguno de los hombres que caminaba por la calle pudiera ser él. Le imaginaba gritando, espera, siento haber llegado tarde, soy yo, fírmame un ejemplar de su libro como recuerdo. Una bonita y emotiva dedicatoria para aquél que lo leyó en Word antes de que naciera en papel. Condujo sin pronunciar una sola palabra, apenada por su ausencia. Sus amigas intentaron arrancarle una sonrisa pero no lo consiguieron. Estuvo taciturna durante días. Una semana más tarde recibió un e-mail de su amigo artista, disculpándose, pero sin dar ninguna explicación sobre el motivo por el que no había podido asistir a la presentación de su novela. Tampoco necesitaba que le explicara nada, le dijo, porque eran amigos.
Su segundo libro era mucho más intimista y oscuro que el anterior. Aquellos primeros lectores reclamaron unos personajes más atormentados, unas mujeres más perdidas, unos hombres más desequilibrados, una resolución de la trama más rocambolesca. Les dio lo que pedían porque, quién era ella, en definitiva, para negarse a cumplir los deseos de sus seguidores. La novela había resultado ser muy oscura, tanto como lo era ella, desde hacía ya tiempo. Volvería a venderse muy bien, le dijo su editor. Le imaginó frotándose las manos e hizo una mueca de disgusto.
Firmaba un ejemplar a un amigo, apoyada en la mesa y en una postura un tanto incómoda. Había dejado su copa de vino vacía al lado. La tercera de la velada. El pelo le tapaba ligeramente el rostro. Lo prefería así dado que ya ni el maquillaje podía ocultar su melancolía. Antes de volver con los invitados, un hombre dejó un ejemplar de su anterior novela y otro de la que presentaba, encima de la mesa. Alzó la vista y le vio. El hombre sonrió, abrió la primera y ella leyó la dedicatoria. Un simple, “Para Óscar”. Entonces comprendió.

– No faltaste a la cita…
– Aquel día preferí dejarme puesta la careta de funambulista.
– Te eché de menos. Por cierto, eres tal y como te imaginaba- alargó su mano y se la estrecharon.
– En esto, yo siempre he jugado con ventaja. No estaba preparado para conocerte en persona. Como te comenté una vez, soy un hombre bastante tímido.
– Yo también te dije que lo soy. Escribo con soltura pero cuando tengo que hablar en público todavía me sonrojo.
– Ahora mismo acabas de sonrojarte-sonrió.- he venido con mi esposa, quisiera presentártela.- se giró y llamó a una mujer de unos cuarenta y cinco años, de pelo corto y castaño, cara redonda y afable. – Gema, te presento a Sara, mi amiga twittera.
– Encantada- se dieron dos besos.
– Lo mismo digo.
– Óscar me ha hablado mucho de ti. Te admira.
– Pues no tiene mucho que admirar, el artista es él- sonrió.- Tu marido es muy modesto….- hizo una breve pausa.- Ahora mismo te dedico la novela. – se dirigió a él, que la estaba mirando.- No me va mucho el star sistem y no soy de dar autógrafos, ninguno de los dos lo somos. La verdad, no sé qué ponerte…
– Pon lo mismo que en el otro, “Para Óscar”, con eso me basta.
– Sobran las palabras.
– Compañera de confidencias literarias.

A eso de las diez se despidió de los pocos asistentes que quedaban en la cafetería y en especial de su amigo artista y de su esposa. Por fin le había puesto rostro, aunque decidió borrarlo de su mente, recordarle con su cara de funambulista. Llegó a casa agotada. Encendió el ipad y adjunto unos archivos en un e-mail. Tres novelas que quedaban por editarse. Y como texto un simple: “Ayuda a Raúl en esto”, adjuntando el móvil de su ex marido. En el “Para” puso la dirección de Óscar y le dio a “Enviar”. A los cinco minutos recibió un mensaje de éste: “No lo hagas.” No envió respuesta alguna, estaba segura de que él lo entendería. Se desmaquilló y preparó la bañera. Echó sales de baño, perlas de aceite perfumadas y se quedó desnuda, observando cómo empezaba a crecer la espuma. Un baño relajante, espumoso y liberador. Puso varias candelas por todo el baño y apagó la luz. Estaba sola. Aquella noche su hija pasaba el fin de semana con su padre. Buscó su página entre sus favoritos de Internet y puso su música. Del cajón del baño sacó la caja del Lorazepan. Abrió el grifo y se tomó unos cuantos. ¿Quince, veinte comprimidos? No los contó. Ésta comenzó a sonar, la de su artista preferido, la de su amigo. Tarareó la primera canción, ya se sabía todas de memoria. El funambulista, se dijo, tenía que poner su mente a trabajar de nuevo. Acarició aquella suave melodía sus oídos, dándole paz. Se metió en la bañera y la calidez del agua la envolvió casi al instante. El baño olía a jazmín. Cerró los ojos y se dejó llevar. Y la música sonó, sonó y sonó. Y ella por fin, fue libre.

funambulista

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11 thoughts on “EL FUNAMBULISTA”

  1. Increíble,apasionante, me has atrapado desde el principi. Me tenías muy intrigado. Esta escrito de forma muy directa, casi creía que estabas contando tu vida, Y si es así, te envidio, porque es emocionante

  2. No podia dejar sin comentario este relato intenso y que me ha proporcionando un debate con el hombre que comparte mi vida pues el final del relato no lo interpretamos del mismo modo. Me gustaria saber opiniones de tus seguidores masculinos.

    1. Buenas noches. Obra de arte… Dejo todo lo que tengo entre manos, a tres mujeres compartiendo una ensalada César y una tabla de montaditos, y departiendo sobre los infortunios del amor, (¡ay, Cupido…!) para leerte ahora mismo. Soy curiosa por naturaleza. El Funambulista es mi debilidad, mi primera entrada y mi primera salida del tiesto. Pensé antes de publicarlo, debido a los comentarios de algunos amigos, diciendo que era un buen relato pero que me “arriesgaba demasiado”. Un buen amigo, me dijo que me tirase a la piscina y así lo hice. Y mira tú por dónde salí a flote y con ganas de zambullirme de nuevo. Feliz velada y gracias por tu breve pero significativo comentario.

  3. Perdón de antemano por la rudeza del comentario y por la falta se sensibilidad; sólo es química, hombres desatentos y mujeres insatisfechas, y la entrada me pareció una novela de Corín Tellado, sólo que con más realismo.Ojalá no me borre de Twitter.

    1. Me obliga a buscar la respuesta escuchando a José Alfredo con un tequila.Y por cierto, conozco el amor profundo pues amo con intensidad a mi esposa. Me parece que Corín Tellado es demasiada dulce para mí.

  4. Amantes… Sexo en lugares prohibidos, juguetes, escusas, twitter escondido… Alguna coincidencia mas?? ALFANIBAMAR aun te espero… Aun te amo!

  5. Este relato engancha, estas deseando saltar al renglón siguiente con ansiedad. Reúne de todo. Como creo recordar haberte dicho en alguna ocasión me parece algo autobiográfico.

    1. Sí, en alguna ocasión has comentado algo al respecto. ¿Qué no lo es para quien hace de las letras algo que le llena y completa? Me completa y llena escribir, creo que se nota en cada entrada de este blog. Y se escribe de lo que uno conoce mejor. A veces es uno mismo, a veces no. En mi caso, aún me estoy descubriendo y cada vez que tiro del hilo y veo algo nuevo, lo plasmo en historias y relatos. Un saludo desde Madrid, y gracias por tus comentarios, Juan José.

    1. Gracias Ágata. Fue en realidad mi primera entrada aunque la publiqué la segunda. Tengo a esta historia un especial cariño pues significa un final y un comienzo tanto en lo literario, como en lo personal. Un abrazo desde Madrid.

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