LA PLAYA

La tarde había comenzado con una visita al Reina Sofía. Noelia le había confesado hacía unas semanas y casi con rubor, que no conocía el museo. Trabajaba a diez minutos en autobús de sus puertas y jamás había tenido tiempo de visitarlo. Concretaron un día y quedaron para que lo conociera. Pablo había ido muchas veces, pero aquélla iba a ser una visita especial porque haría de guía para ella. “Voy a contar con uno de excepción”, le dijo Noelia cuando él aceptó su invitación para ir juntos. Tenía dos entradas en el bolso desde hacía meses y no había encontrado con quién usarlas. Al poco de conocerle y saber que su amigo pintaba, descubrió que esas entradas le esperaban a él. Durante la visita, Pablo le habló de los lienzos, de los pintores, de la época en la que habían vivido. Noelia preguntaba, le exponía sus dudas, comentaba lo que no entendía y mientras él contestaba a sus preguntas, observaba el brillo de su mirada ante su descubrimiento del arte, qué era lo que captaba con cada obra que observaba, qué era lo que aprehendía para alimentar su alma, para beberlo a grandes sorbos, como ella vivía la vida desde hacía muy poco tiempo. Escuchaba atenta, volvía a recrearse en las pinturas, le miraba y asentía. La visita acabó y Noelia conservó una sonrisa en los labios durante bastante tiempo, recordando todo lo descubierto. Su alma estaba más llena. Un par de semanas antes habían acudido a un concierto. “El último al que asistí fue en las Ventas, hace ya más de quince años”, confesó Noelia algo avergonzada, cuando él le propuso que le acompañase. “Hasta hace muy poco he estado atada, yo misma me dejé atar y lo hicieron con una soga bien gruesa, ahora quiero disfrutar de la vida.” “Te desataste”, comentó Pablo durante el intermedio de aquel concierto. “Lo hice y no me pesa, me siento liviana ahora, aunque me queda mucho camino por recorrer.” “A todos nos queda camino, querida amiga, lo importante es lo que descubrimos mientras lo recorremos. Tal vez lo que encontremos al final sea lo de menos, ¿no te parece?” Aquella tarde fue mágica, la primera de las que vendrían después, cuando el frenético ritmo de sus vidas se lo permitieran y sus agendas les dieran un respiro.

Tras la visita al Reina Sofía, continuaron la tarde saboreando un espumoso capuchino ella y un cortado sin azúcar él, en un café con mesas de madera y sillas barnizadas en color nogal, uno de esos cafés de ambiente cálido e intimista, con una suave música de fondo, de esos que invitan a la charla. Conversaron animadamente sobre arte, literatura, música, sobre sus anhelos, sus deseos y sus esperanzas.

Cuando salieron del café decidieron ir a dar un paseo por El Retiro, la soleada tarde invitaba a ello. Como tantas cosas que había dejado de hacer, Noelia hacía siglos que no paseaba por ese hermoso rincón verde madrileño. Pablo tampoco había vuelto a visitar aquel emblemático parque desde hacía tanto tiempo que la sola idea de reencontrarse con su pasado entre sus árboles, le puso el vello de punta.“Vamos a sentarnos, aquí, frente al lago. Lástima que no tengas un cuaderno para escribir ahora, igual esta vista te inspira”, comentó ella. “Podrías ponerte un rato a crear, me gustaría ver cómo surgen de tu cabeza ideas, versos, un guión para una posible novela y cómo las trasladas al papel, quiero ver cómo es tu caligrafía. Quiero observar al Pablo artista en acción”, sonrió.

“Si tuviera ahora mismo un cuaderno, lo haría. No te imaginas la cantidad de ideas que bullen ahora mismo dentro de mi cabeza, deseando salir de esta olla exprés. Tendré que esperar a estar en mi rincón creativo para plasmarlas con mi ordenador. Hace siglos que no escribo con estilográfica.” “Espera, ahora recuerdo que tengo papel”, comentó Noelia, sacando una libreta del bolso. También cogió un bolígrafo y se lo dio. Cuando Pablo abrió el cuadernillo observó que éste estaba en blanco. “Parece mentira que una amante de las palabras tenga una libreta en su bolso y no haya escrito nada en ella.” “No quería usarla. Fue un regalo de alguien que me importó mucho, quería conservarla en blanco, es una tontería, lo sé, pero imaginaba que si la emborronaba con ideas y palabras, acabaría por llenar hasta la última hoja y al final, tendría que sacarla de mi bolso y deshacerme de ella y no quería que eso sucediera. “¿Y por qué me la das para que la “desvirgue”, garabateando mis ideas?”, comentó Pablo, mirándola a los ojos. Frente al sol, eran casi transparentes, tanto como lo era Noelia. “Porque ya es hora de que salga de mi vida, ya no la quiero en ella, ya no la necesito y ya no tengo necesidad de esperar a nadie para ser feliz. No es eso lo que quiero, no quiero una libreta en blanco y no quiero un hombre en blanco. Garabatéala con tus ideas, con tus torpezas, con tu locura creativa y luego, arranca las hojas que hayas usado. El resto de la libreta la tiraremos a una papelera”. Aquella tarde su amiga brillaba, habían sido muchas emociones, muchas sensaciones nuevas las experimentadas en muy poco espacio de tiempo.

Pablo comenzó a escribir, había apoyado la libreta en su portafolios y éste descansaba sobre sus rodillas. Se mordió el labio inferior y luego la miró un momento. Después siguió escribiendo, abstrayéndose de la realidad. Noelia miraba el estanque, de vez en cuando observaba a Pablo escribir, casi compulsivamente. Sólo se oían los cantos de los pájaros y el caminar de la gente a su lado, su blablabla y el bullicio de sus banales conversaciones. Ella continuaba sentada a su lado y se tocaba el cabello, impaciente por ver qué salía de la creativa cabeza de su amigo. Observaba a la gente pasar y, de vez en cuando, perdía la mirada en el azul cielo madrileño. Aquella tarde apenas había nubes manchando aquel celeste intenso. Madrid era más Madrid que nunca. De pronto Noelia se levantó, Pablo dejó de escribir y la observó. Ella se acercó al estanque y él continuó sentado en el banco. Al cabo de unos segundos continuó escribiendo. Noelia dejó su mente en blanco, inspiró el olor de Madrid en primavera, el olor del Parque de El Retiro. Recordó sus paseos cogida de la mano de su primer novio. De repente, el estanque dejó de ser un estanque y se convirtió en mar. Un mar azul, inmenso, bajo un cielo azul e igualmente inmenso. Bajo sus pies, pudo ver la fina arena de la playa y las olas rompiendo suavemente contra sus pies descalzos. El rumor de éstas acarició sus oídos. Estaba en su playa, aquélla que siempre buscó, aquélla que nunca pensó que llegaría a encontrar. Una playa de arena blanca, una playa que comprendía por qué a veces se sentía vacía, que no la juzgaba, que sabía interpretar sus silencios y sus sonrisas, que entendía sus anhelos, el latido de su corazón cuando inventaba historias y se introducía a  hurtadillas en ellas, alejándose de ese modo de su oscura realidad. Una paz interior la embargó, le llenó por entero, la colmó. Aquella playa tenía arena blanca que jamás tocaría aunque en cierta ocasión pensó en hacerlo. Sin embargo, ahora sabía que si tocaba la arena, si cogía un puñado y lo acariciaba con sus finos y largos dedos, la magia se iría, se evaporaría, se desvanecería. La arena no puede permanecer mucho tiempo en la mano, se escapa de entre los dedos, inevitablemente. Siempre es así. No pudo entonces sino sentir cierta congoja, aunque enseguida se recompuso. Tenía al fin su playa pero no así su arena. Y no le importó en absoluto porque pagando aquel precio, que no consideró alto, conservaría la magia para siempre, la de poder acercarse a esa playa, de vez en cuando, cuando lo necesitase para no sentirse tan sola entre gente que siempre le había parecido extraña.

Pablo se acercó por detrás y apenas rozó su hombro, Noelia, dio un respingo. “Perdona, te he asustado. ¿En qué piensas?”, preguntó. “En nada”, mintió ella. “¿Se te fue la inspiración?”, comentó Noelia con una sonrisa en los labios. Se tocó el cabello y se echó un mechón detrás de la oreja. “Al contrario, no podía parar, pero llevas cuarto de hora mirando el estanque y pensé que te pasaba algo. Te parecerá una tontería, pero ahora mismo estoy pensando en una playa de arena fina”, comentó Pablo, como si hubiera leído su pensamiento. “Una playa en la que uno descansa y se sabe acogido y entendido”, ella le miró y pronunció aquellas palabras antes de que salieran de los labios de su amigo. “Esa misma playa”, dijo él. “Yo pensaba en lo mismo, en una playa en la que descansar, pero de la que no cogeré un solo puñado de arena, ni siquiera la tocaré, porque no quiero que la magia desaparezca”, dijo Noelia. Pablo sabía perfectamente a lo que se refería. “No podrías haberlo expresado mejor. La magia desaparecería”, repitió él, rompiendo las páginas de la libreta en las que había escrito unos versos. “¿A qué papelera la tiramos?”, comentó Pablo. “A la que quieras. A fin de cuentas, tú has sido quien me ha dado el valor necesario para deshacerme de ella, para romper con todo aquello que hasta ahora me ha apartado de mi camino y, ya que tú obraste el milagro, te cedo los honores”, dijo Noelia, cogiéndose de su brazo. “Busquemos una papelera, Pablo, elígela tú. ¿Me leerás lo que has escrito mientras caminamos?” “Estoy deseando hacerlo. Pero ya sabes…, escuchar y no criticar.” “Nunca lo hago. Por cierto, ¿la magia nos acompañará para siempre?”, Noelia sonrió. “¿Oyes el rumor de las olas, sientes la brisa marina acariciar tu cara?”, preguntó Pablo mientras sacaba del bolsillo las hojas que había arrancado de la libreta. “Si, siento todo eso.” “Pues si es así, si sientes tu playa, estate tranquila, porque la magia no desaparecerá jamás”, dijo él, mientras arrojaba la libreta a la primera papelera con la que se cruzaron.

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Publicado en RELATO CORTO
6 comments on “LA PLAYA
  1. herodoto2014 dice:

    Muchas gracias por regalarnos estos relatos, Aída. Este es un texto literario impregnado de emotividad que desborda magia y poesía por los cuatro costados. Has creado unos personajes que son brillantes, pues con poco describirlos, ya parece que los conociéramos desde hace mucho más. La relación que haces al unir palabras y formar un texto está genial, desde luego. Lo que está claro aquí es que estás hecha para el mundo literario. Te miraremos con sumo interés en tus próximas entradas, buscando el sorbo de felicidad que bebo cada vez que te leo. Recibe un gran saludo de Heródoto.

  2. julian lopez dice:

    Que relató más bonito para expresar la ganas de Libertad , y las ganas de dejar atrás el pasado . La verdad es que te sientes arropado por la forma de expresarte, te hace sentir acogido e ilusionado, me encanta.

  3. Pili dice:

    Que bien has expresado el querer renacer, quitarse el lastre que a veces arrastramos por un por si acaso se hace la luz, y acaba llevandonos al lado oscuro.

  4. África dice:

    La playa de Madrid la vamos a nombrar a partir de ahora al pseudo lago del Retiro. Prueba de que con la imaginación podemos estar en cualquier parte. Relato ligero y entretenido. Te animo a seguir relatando todo aquello que desees expresar. Yo lo seguiré leyendo. Saludos desde Madrid sur.

    • Tormentas de tinta dice:

      La playa está en cualquier parte, puesto que no es una playa, sino “la playa”. En mi caso la playa es la metáfora de una mano abierta, que comprende aquello que me duele y me aflige, aquello que anhelo y persigo y que nada exige y nada critica. La mano tendida y abierta, dispuesta a contemplar la misma playa que ven mis ojos, está envuelta en una leve brisa fresca y agradable de reciprocidad, puesto que mi mano también está abierta y tendida y no espera nada a cambio, simplemente, está.

  5. Juan José dice:

    Emotivo, tierno e intenso. Cuanto mas relatos leo, más sensación me da que son autobiográficos, todos tienen un mismo hilo conductor. ¿Es pablo tu Pigmalión, tu funambulista?,

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"La conocí siendo una jovencita tímida e introvertida, sin apenas saber nada de ella misma y sin querer saberlo, sumergida en su vida siguiendo las pautas y sin cuestionarse nada. Termina su carrera, se casa, tiene dos niñas y se entrega a su familia con un tesón incansable. Madre ejemplar, olvida que es joven y que es una mujer sugerente y guapa pero sobre todo, olvida que tiene talento. Tienen que pasar los años, cuando las niñas vuelan solas, para retomar su yo a hurtadillas. Se mira un día en el espejo y descubre su figura esbelta y su melena desafiante y se lanza a la calle renovada y segura. Se mira hacia dentro y siente la necesidad de contarlo: es distinta y tiene que hacerlo saber y sólo una mujer tímida lo hace como ella, escribiendo. Su primera novela está plagada de mujeres extrovertidas, amantes, excitantes. Está sacando del fondo de su ser todo lo que su timidez le impidió hasta ahora. Comienza su etapa de escritora y en cada nueva novela se va dejando un poco el alma, quedando atrás su primera etapa de juego de adolescentes y encarando la dureza de la vida en personajes atormentados, sin perder un ápice de pasión y sensualidad."
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