ASI SOY YO

LA PERA DE PLASTILINA

Cuando tenía siete años mis padres se mudaron a casa de mis abuelos tras vender el piso en el que vivían antes de que construyeran el nuevo. Mi padre, que se precipitaba en todo, herencia ésta que me dejó (su carácter impulsivo y en exceso pasional), no pensó en que las cosas siempre se demoran y hay que calcular unos meses más para todo en esta vida, y se encontraron con que, cuando el plazo de entrega de su vivienda al comprador llegó a su fin, no tenían techo donde cobijarse. Nos mudamos a  casa de mis abuelos a mitad del curso escolar, en segundo de EGB, y me encontré yo, perdida y desamparada (el sino de mi vida desde entonces,  aunque esto está empezando a cambiar), en un colegio extraño, con nuevos compañeros, con pupitres de madera barnizados en nogal (semejantes a los bancos de las iglesias) y una profesora que siempre me recordó a la señorita Rotenmeyer. Y la primera no en la frente, sino en las yemas de mis tiernos deditos, me cayó con una regla de madera que con aquellos tiernos siete años, me pareció de tamaño desproporcionado, cuando presenté mi primer trabajo de Plástica (asignatura llamada Pretecnología pocos años después). Aquella mi primera incursión en el mundo del arte, en el recién estrenado colegio Veyllon (nunca se me olvidará su nombre, aunque no estoy segura que se escriba con esta ortografía), consistió en una cesta que me costó horas modelarla, elaborada con finas tiras de plastilina marrón entrelazadas, semejando a las cestas de mimbre. Aquella cestita, del tamaño de una nuez de California, que de la que tanto me enorgulleció el resultado obtenido tras el empeño que puse en que me saliera perfecta, (estaba francamente bien hecha, teniendo en cuenta mi corta edad) estaba repleta de frutas del mismo material, elaboradas con todo lujo de detalles, tan pequeñas, que casi me costaba hasta cogerlas pues se perdían entre mis diminutos dedos. Un limón amarillo con rabito verde, un plátano de Canarias, madurado con pequeños trocitos de plastilina marrón, una naranja con su piel de agujeritos, rabo y hoja verde y una manzana roja, tan apetecible como la que tentó a Blancanieves. Pero, y hete aquí el quid de la cuestión y por la que estoy ahora escribiendo esta entrada, lo que marcó mi infancia de un modo cruel y me enseñó una lección de vida de forma traumática, fue UNA PERA DE PLASTILINA. Verde, brillante, con sensual cuerpo de mujer, con su rabito largo, sus dos hojitas de un verde más intenso y con sus nervios incluidos, hechos con mis tijeras escolares.

Mis padres me felicitaron, mis abuelos también, mi hermano a punto estuvo de destrozarme aquella “obra de arte” que quizás hoy, conservada con una buena mano de barniz, sería digna del Reina Sofía (bromas aparte, la cesta quedó muy bien) y yo, toda orgullosa, fui al día siguiente al colegio más contenta que unas castañuelas porque pensaba, ilusa de mí, que la profesora (todavía no había descubierto yo que aquella vieja estirada era la mismísima institutriz que martirizó a la pequeña Heidi), me felicitaría por mi esfuerzo y arte plástico.

Al llegar a clase, sentada en mi pupitre de carcomida madera barnizada en color nogal, esperé impaciente a que la profesora (creo que ya portaba entonces la regla de madera en la mano), llegase al mío y alabase mi cestita de plastilina Aquella maestra mal encarada, y con poca vocación para la enseñanza, miró mi cesta, la cogió con su gruesa zarpa y sacó de ella la sensual pera de plastilina, llevándosela tan cerca de la cara (recuerdo que llevaba unas gafas de culo de botella, lo que me traumatizó aquello, ahora que vuelvo a recordarlo y soy capaz de revivir tantos detalles), que por un momento pensé que iba a comérsela. Cual fue mi sorpresa cuando la maestra dejó de nuevo la pera en la cesta y ésta en mi pupitre, me miró con severidad y me acusó de no haber sido yo la que había hecho aquella manualidad. Y yo, que cuando creo que llevo razón y aunque la causa sea una causa perdida, y como buena y temperamental escorpio que soy, no consiento que me pisoteen en esto (lo han hecho de otros modos, estoy reseteando y ya no consiento que lo hagan en tantas ocasiones, todo se andará…), juré y perjuré que yo y únicamente yo, había sido la artífice de la cesta, de la femenina pera y el resto de las frutas que componían aquel bodegón en tres dimensiones. Ella insistió en que no, en que la perfección de aquella pera de plastilina no podía provenir de los dedos de una cría de siete años y yo insistía (¡inconsciente, que siempre he sido una inconsciente, que no veo el peligro aunque lo tenga delante!) en que la cesta era mi criatura. Y así pasaron unos minutos sin que ninguna de las dos cediera un ápice en su posición, cuando la malvada Rotenmeyer, alzó su regla llevándola hasta mis ojos ya enrojecidos (por la ira, la rabia, la impotencia, porque me estuviera llamando mentirosa y no por el miedo), con la maestría con que John Wayne desenfundaba su pistola en los magistrales westerns que nos regaló.

Sin embargo, lo que la resentida mujer me regaló a mí fue su orden tajante de que estirara el brazo, pusiera la palma boca arriba y juntara mis cinco tiernos deditos, de modo que sus yemas apuntaban a un cielo estrellado que era lo que en un par de segundos me iba a encontrar. Alzó su mano,  la regla arriba, su cara desencajada, ira en su mirada, odio profundo hacia una niña de siete años que no paró de defender aquello que era LA VERDAD, aun a riesgo de sufrir un severo castigo y la madera se estampó con un golpe seco en mis yemas temblorosas y, en efecto, vi el cielo cubierto de estrellas en mi cabeza, estrellas dolorosamente nítidas, dolorosamente brillantes, dolorosamente regadas con las lágrimas de una niña de siete años que creía firmemente en defender sus creencias. Jamás fui tan valiente como aquel día, jamás fui tan auténtica, jamás estuve tan en comunión con mi alma como aquella mañana de invierno, jamás fui tan yo.

Querría ahora poder modelar una cesta como la que moldeé con siete años, modelar una femenina, sensual, brillante y verde pera como la que mis dedos dibujaron aquel día, con forma de novela, envuelta en sentimientos y que me envolviera el alma como lo hizo entonces defender lo que era verdad. No sé si lo lograré algún día, aunque algunos creen que lo lograré, quizás más que yo misma. Y a esos, mis amigos que confían en que ese día llegará, a esos, les dedico esta entrada, les regalo mi sonrisa y una imaginaria pera de plastilina.

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4 thoughts on “LA PERA DE PLASTILINA”

  1. Veo esa pera de plastilina y me ha dado hambre de comermela, tan tersa, tan jugosa, lastima de dar con la bruja averia de turno que da al traste con nuestra ilusion. Hiziste bien, no hay que sucumbir ante la mezquindad aunque nos cueste un reglazo en las yemas del corazon.

  2. Me doy por aludido , y te agradecco la pera, porque estoy seguro de que lo vas conseguir, y tendrás mucho éxito, ya lo veras. Que tiempos aquellos, casi huelo la goma blanca , los lápices de colores, las libretas,….. Que tiempos, ESPN son los que nos han marcado

    1. Hola Julián. Es real, como la vida misma. En nuestra época en muchos colegios e institutos se castigaba de este modo a los niños. El hecho que relato me marcó, como lo cuento, de forma dolorosa. Pero también me hizo ser muy contestataria y respondona. Si algo lo veo injusto, lo defiendo hasta la “muerte”. Por algo soy “escorpio”. Un abrazo y sígueme leyendo.

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