ASI SOY YO

UNA CUESTIÓN DE HONOR

Cuando estudiaba COU en el instituto me impartía clases de latín un profesor muy singular llamado Emilio. De pocas carnes y más hueso, asomándole por encima del cuello de la camisa una mata  de vello negro desproporcionada con relación al escaso cabello que cubría su cabeza, se peinaba su pelo ralo para un lado intentando disimular, sin conseguirlo, su calvicie  De rostro poco agraciado, nariz de púgil incluida, Emilio usaba gafas de culo de botella y era bizco, con lo que era complicado copiar en los exámenes puesto que no sabíamos a quién miraba, si observaba una pared o si iba o venía. Tampoco acertábamos a dilucidar a quién iban dirigidas sus preguntas y a quién pedía traducir un párrafo de Ovidio, con lo cual era muy fácil que dos o más personas nos levantásemos al mismo tiempo cuando se dirigía a nosotros con un simple “tú”. Pese a su aspecto poco agraciado, Emilio era un hombre que hacía fácilmente que te olvidases de su nulo atractivo y te trasladaras al mundo clásico y a la antigua Roma, cuando  leía en latín los textos de los maestros, como solía llamar a Séneca, Plauto, Catulo, Ovidio, Cicerón o Virgilio. Era sencillamente, un hombre con una belleza interior tan inmensa que transmitía el amor por la cultura clásica, más allá de ese aspecto de profesor encerrado en su mundo imaginario. Algunos de mis compañeros decidieron estudiar filología clásica en la universidad, gracias a esa entrega de parte de su alma con la que nos regalaba en cada una de sus clases, alguna de ellas, aderezada con música de los Beatles como hilo suave musical (ampliaré este dato, un tanto curioso, en otra entrada.)

Llegó el mes de junio y con él, los exámenes finales. Los nervios a flor de piel, la angustia de la incertidumbre de poseer los conocimientos sobre cada asignatura bien anclados en el cerebro y toda nuestra energía puesta en la Selectividad. Pendientes de superar esta última etapa, nuestros sueños de ir a la universidad pasaban primero por superar la última evaluación puesto que para aprobar la Selectividad en la primera convocatoria, debíamos previamente aprobar COU en junio.

El examen final de latín se llevó a cabo en el despacho donde los profesores de latín y griego se reunían para preparar su asignatura. Era ésta una habitación pequeña, con una mesa rectangular y, si mal no recuerdo, seis sillas de confidente. Tenía también el despacho unas pocas sillas con brazo para apoyar los libros, de esas que se usaban entonces en las aulas multidisciplinares (y que tanto aborrecemos los zurdos), apenas una docena. En un par de estanterías repletas de libros, se acumulaban  carpetas A-Z, carpetas archivadores, paquetes de folios y diverso material didáctico. En las paredes, cuadros con dibujos y posters de ruinas romanas y griegas. Aquel día estábamos todos muy nerviosos porque nos jugábamos mucho, nos lo jugábamos todo. Emilio repartió los exámenes que, como siempre, consistían en un texto de unas siete líneas para traducir. Y, como siempre también, había cinco o seis modelos distintos, que repartía entre los alumnos, para que cualquier tentativa de copiar del compañero fuera aplacada por la imposibilidad material de hacerlo. Emilio nos dejaba usar el diccionario y ponía música muy baja, esta vez clásica, dado que Los Beatles eran reservados para las clases y no para los exámenes.

Algunos de mis compañeros, elegidos al azar por Emilio, se sentaron en la mesa grande y el resto ocupó los pupitres. Mari Ángeles, Yolanda, Lourdes (mis mejores amigas del instituto) y yo, acabamos la prueba, entre sudores, suspiros y abrir y cerrar de diccionario. El ambiente que se respiraba era extraño y hasta unos días más tarde, no descubrimos por qué. Mientras que las cuatro lo pasamos de pena durante aquella hora, algunos de nuestros compañeros parecían muy relajados, excesivamente relajados…

Una semana más tarde, en ese mismo despacho (las últimas clases del curso las dimos allí), Emilio nos anunció que había corregido los exámenes y que iba a proceder a la lectura de las calificaciones. Nuestro profesor era singular hasta en poner las notas (jamás supimos, aunque tampoco se lo preguntamos jamás, qué le llevaba a poner unas calificaciones tan raras). Comenzó a nombrar y a repartir los exámenes, diciendo en voz alta la nota de cada uno. Nosotras cuatro fuimos las primeras en ser nombradas. No recuerdo bien las calificaciones obtenidas y me  permito la licencia de inventarlas, anticipando que aprobamos las cuatro. “Aída, 7,03, Mari Ángeles, 8,91, Yolanda, 6,79, Lourdes, 7,84…” Ni qué decir tiene, que sólo nos faltó un “viva” a grito pelado cuando supimos que habíamos aprobado. Y luego, continuó con los compañeros más brillantes, los que a lo largo de todo el curso habían sacado las notas más altas en la asignatura. “Mari Toñi, 0, Nieves, 0, Fernando, 0… y luego el resto de la clase. Las caras de los compañeros que obtuvieron un cero fueron indescriptibles. Se levantaron, comenzaron a preguntar airados que qué había pasado, que por qué les había suspendido con un cero patatero y que por qué todo el esfuerzo realizado durante el curso se veía ensombrecido con aquella calificación que les llevaba directamente a septiembre. Emilio, mirando como siempre a un lugar indefinido y con voz calmada les respondió: “Que habéis copiado, eso es lo que ha sucedido.” Nuestros compañeros se airaron más, se sintieron ofendidos, gritaron, juraron y perjuraron que aquella acusación era falsa y totalmente infundada. Emilio insistió, ésta vez argumentando. “Una traducción tan perfecta, tan rebuscada no puede hacerse en una hora. Hay matices, palabras que deben buscarse con tiempo, preposiciones, adverbios que cambian el posible significado de una frase, pequeños detalles que se escaparían a un alumno de COU con una sola hora de tiempo para realizar estas traducciones. La nota de diez la daría a una traducción imperfecta y por tanto, la nota de cero la doy a la perfección, que no alcanzaría en una hora ni siquiera un catedrático. Por tanto, está claro que os habéis hecho con los exámenes que guardábamos en este despacho, en un cajón que no cerramos con llave y en esta estantería”, comentó mientras su mano, que no su mirada, señalaba una de ellas. Mis compañeros insistieron, una y otra vez, juraron que no  habían copiado, que su acusación era falsa, brotaron las lágrimas; aprobar la Selectividad en junio era ya una quimera. Mis amigas y yo creíamos estar viviendo una pesadilla y no entendíamos cómo alumnos tan brillantes habían hecho aquello. Mi 7,03 me pareció no un 10, sino un 15. Nosotras sí iríamos a Selectividad en junio.

Emilio pidió calma y se paseó por el despacho durante unos minutos. Se hizo un silencio incómodo, casi sepulcral. Luego se acercó a los alumnos suspendidos por copiar y puso ambas manos en la mesa. Sus rostros estaban enrojecidos, algunas de mis compañeras estaban a punto de llorar. “Está bien. Os voy a dar una oportunidad. “Si juráis por vuestro honor que no habéis copiado os pondré un 5.” Y diciendo esto, volvió a nombrarlos uno por uno. Y de este modo, éstos fueron jurando por su honor que no habían copiado y él en voz alta volvió a decir su nota, “5”. Al llegar a Mari Toñi, ésta se levantó y dijo: “Yo no puedo jurar por mi honor, Emilio, porque mi honor está por encima de un cinco y de poder aprobar la Selectividad en junio. Yo he copiado.” Emilio se acercó a Mari Toñi y le dijo: “Reconociéndolo, sabes que no puedo aprobarte, por tanto debo confirmar la calificación que antes te leí, tienes un 0 e irás a septiembre con mi asignatura. Enhorabuena, amiga mía. El honor es un don que se nos da a todos pero que muy pocos valoramos. Llegarás lejos en la vida.”

Mari Toñi, aprobó en septiembre, tanto latín como la selectividad y, si mal no recuerdo, estudió filología clásica, empapada de ese amor que Emilio contagió a unos cuantos de mis compañeros. A todos los demás les perdí la pista, tan sólo he vuelto a ver a Mari Ángeles, que ahora es profesora de latín en un instituto público y a Yolanda, que vive en mi mismo pueblo y no sé en qué trabaja porque cuando nos hemos visto hemos hablado brevemente y sólo de la familia. A aquellos que juraron por su honor, y que lo perdieron ese día, quizás ahora la vida les sonría y no se acuerden de aquella anécdota. Sin embargo, yo no he dejado de recordar aquella fecha y no por lo que supuso para ellos, sino por lo que supuso para mí. El honor es un bien y un valor del que se habla mucho pero que nadie ha visto, un concepto tan abstracto que incluso dudamos que exista. Ahora y como lo he hecho cada vez que he recordado aquel día, me planteo qué habría hecho yo de haber estado en el lugar de los compañeros que hicieron trampa en aquel examen. Pero todavía voy más allá. Me planteo el que si hubiera tenido los exámenes en mi mano, si los compañeros que se hicieron con ellos  nos hubieran proporcionado éstos a todos  a los que no se nos informó de su sustracción, ¿habría yo ocupado mi tiempo en prepararme las traducciones o si, por el contrario, habría renunciado a obtener un diez por el simple hecho de sentir que lo que estaba haciendo no era correcto? Y de haber optado por hacer trampas, me pregunto si habría jurado por mi honor que no las había hecho para salvar mi trasero y no ir a septiembre o si habría optado por mantener virgen mi honor, ese preciado tesoro que Mari Toñi prefirió dejar intacto.

No puedo contestar. Hace más de treinta años de aquel día y todavía no puedo contestar. Ni siquiera sé si algún día, quizás cuando mis ojos pierdan del todo su brillo y mi ilusión y mi esperanza en que el ser humano aún tiene salvación se desvanezca del todo, cuando se apague la llama de mi vida y esté a punto esté de exhalar mi último aliento, podré contestar a esta pregunta y disipar mi duda. Mari Toñi ni siquiera sabe que se convirtió en mi heroína aquel día, en una heroína más grande que la propia Juana de Arco y que la sentí más valiente y poderosa que yo misma me sentí con siete años cuando juré ante mi maestra que había hecho aquella pera de plastilina (léase mi artículo LA PERA DE PLASTILINA en “Así soy yo.”) Porque, para ser héroe en ocasiones hace falta mucho valor pero en otras basta con ser uno mismo.

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1 thought on “UNA CUESTIÓN DE HONOR”

  1. Me quedo con esta reflexion sobre el honor, y me pregunto que habria hecho yo ante la situacion de aprobar la asignatura de latin en junio o ir todo el verano cargando con ella hasta septiembre. Pobre honor, que fragil es. Sin duda tu heroina ha pasado a ser la mia desde ahora.

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