RELATO CORTO

A LOS PIES DE MI CAMA

Salí de casa para ir al trabajo, como todos los días, de lunes a sábado y volví a verle. Me miró nervioso, con esos ojos limpios color caramelo. Cogí las llaves y cerré la cancela. El ruido metálico le asustó. Hice un gesto, una nueva intención de acercarme a él, de tranquilizarle, como llevaba haciendo desde hacía algo más de una semana, pero huyó cojeando, como todos los días. Subí al autobús y recordé su mirada lánguida y escurridiza, sus ojos de cordero degollado, de anhelo de caricias, de miedo y curiosidad mezcladas en un matraz de dudas. Un ligero estremecimiento recorrió mi cuerpo. El conductor me saludó. Todos los días la misma rutina. Sonrisa, buenos días, el mismo asiento, los cascos, la misma música en mi smarphone y la misma mujer de mediana edad y cara de amargada que se sube dos paradas después de la mía, se sentó a mi lado. De lunes a sábado. Siempre igual. No pensé cuando me levanté aquella mañana que aquel día fuera a ser distinto a los demás pero lo fue, nada más comenzar mi periplo de hora y cuarto en transporte público hasta llegar a la oficina. Miré por la ventana y descubrí una luna inmensa y roja. ¿Dónde se hallaba el sol? Apenas se dejaba ver en el horizonte. Sin embargo, la luna reinaba todavía en aquel cielo irisado. Una luna de sangre. Cogí mi cámara y la fotografíé (siempre llevo una cámara en el bolso para no perderme la vida). La mujer se giró y me miró extrañada. Guardé la cámara y sonreí. Hizo un gesto extraño, algo parecido a la mueca que se hace cuando se chupa un limón. Imaginé que a aquella mujer jamás le habían regalado una sonrisa. Tampoco yo era de regalar las mías dado que apenas sonreía. Sin embargo, llevaba haciéndolo todas las mañanas a un galgo flaco, cojo y huidizo.

La mañana, como siempre, transcurrió entre expedientes y archivos, entre anotaciones en registros y tramitaciones absurdas e interminables, cuyo final casi siempre eran cajas AZ y años de espera hasta que un juez dictara sentencia. Y luego recurso, y otra sentencia y apelaciones. Y sellos, y más sellos, idas y venidas de expedientes de quinientos folios, papeleo eterno. Algunos expedientes llevaban esperando ser archivados más años que yo en aquella oficina. Miré mi bandeja de entrada. Un correo de una amiga. Leí y contesté. Había resuelto una comedura de coco, cerrando definitivamente una puerta entreabierta. Le di mi enhorabuena y agradecí que compartiera conmigo su alegría. Sonreí. Mi compañero de la mesa de al lado me miró. Hizo otro gesto extraño, el segundo que veía en alguien aquel día. Subí un poco la música de mi ordenador. Sonaba Michael Olfield. Continué tecleando.

El resto del día fue como todos, sin que variase en nada por el hecho de que fuera viernes. Podría haber sido cualquier día de la semana pues todos son iguales para mí. A eso de las seis cerré el ordenador y me dispuse a enfrentarme con la hora y pico de camino de vuelta a casa. En el metro un joven tocaba con una guitarra eléctrica un tema pegadizo, cantando con una voz melodiosa y acariciadora. Ya le había visto en alguna otra ocasión, en el mismo sitio, con la misma sonrisa, con la misma caja de cartón en el suelo para recoger monedas, incluso me sonaba aquella canción. Nunca me había parado hasta aquel día. Las prisas, las eternas prisas. La vida a la carrera. Pero esa tarde lo hice. Tal vez aquel joven, de mirada lánguida y un tanto perdida, me recordó que, a veces, hay que pararse. Respirar. Oler. Dejarse acariciar por una melodía. Agradecer los días prestados. Vencer el orgullo. Telefonear. Pedir perdón. Observar a nuestro alrededor. Mirarse en un espejo. Dar gracias por las canas. Pararse a disfrutar de lo que siempre está y no se ha visto por nuestra propia torpeza. Sonreír.

Me paré a su lado y el joven me hizo un gesto. El tercero del día. Un gesto amable. A sus pies, junto a la caja con unas cuantas monedas, un cartel que rezaba “Compra mi música. CD 5 euros.” Saqué un billete de cinco y añadí un euro por la canción que estaba tocando. Cuando acabó de cantar, le dí el dinero y el muchacho sacó de la mochila un CD.

– ¿Podrías dedicármelo?- le pregunté, sacando un bolígrafo del bolso.

-Pero si no lo ha escuchado, tal vez no le guste mi música- contestó con una sonrisa en sus labios.

– Me gustará. Yo no sé tocar ningún instrumento. De haber podido aprender alguno hubiera elegido la batería- guiñé un ojo.

– Bestial- el joven lanzó una sonora carcajada.- No tienes aspecto de…

– ¿De ser tan marchosa?- le corté.- Y no lo soy. Pero me gusta el sonido de la batería.

-Yo toco la batería pero sería complicado traerla aquí- cogió mi bolígrafo, abrió el CD y me dedicó su música- ¿Tu nombre?

-Iris.

– Precioso nombre.

– Si no le añades “Arco”- sonreí de nuevo y el chico volvió a carcajearse. Su carcajada sonó entre el bullicio de la gente a la carrera y el tiempo se detuvo para ambos, por un breve instante con aquella carcajada.

-¿Me dirás qué te ha parecido cuando la escuches?

– Lo haré, descuida.

-No estoy siempre por aquí, voy de acá para allá, donde el viento me lleve, pero me quedaré por aquí un poco más, al menos hasta que escuches el CD.

– La primavera ha llegado al fin, hay poco viento ya.

-Tienes razón, Tal vez sea el momento de descansar, sentarse en medio del camino y disfrutar de la primavera- sonrió, tendiéndome el CD autografiado.

-Gracias- Su firma era un garabato un tanto peculiar, imposible adivinar el nombre del muchacho, pero no se lo pregunté. Tampoco pareció sorprendido por mi falta de curiosidad.

– A ti. Espero ansioso tu crítica.

– Yo jamás osaría criticar a un artista.

-Lo sé…

El camino de vuelta a casa, ya en autobús, se me hizo algo más largo que de costumbre, deseosa como estaba de poner el CD en mi equipo de música. Bajé del autobús, arrastrando los pies, con  ganas de quitarme los zapatos de tacón y ponerme el pijama, unas ganas que casi dolían. Pero sucedió algo que también hizo de aquél, un día distinto y menos gris que los demás. Él me esperaba. Por primera vez en semanas, por primera vez desde que me acompañaba en mi primer contacto con el asfalto, en mi desperezar inexorable hacia la rutina, estaba allí,  en la acera frente a mi casa, a la altura de mi cancela. Le miré y sonreí. Busqué las llaves y abrí la puerta. Esperó. Ya en casa olvidé mi dolor de pies, mi cansancio, el CD, olvidé todo el día gris, los expedientes que me aguardaban al día siguiente en la oficina, los gestos de las personas con las que me tropecé, y centré mis últimas fuerzas en buscar un cuenco que llené de agua y en coger un paquete de salchichas. Las corté en trocitos y las puse en un bol. Salí a la calle y coloqué todo al lado de la cancela, dentro de mi parcela, a menos de un metro de la calle, dejando ésta abierta de par en par. Me observó, miró el cuenco del agua y el bol con los sabrosos pedazos de salchichas y dio un par de pasos hacia mí. Me moví, con la ilusión de un encuentro que deseaba desde hacía días. Se echó atrás de nuevo, titubeante y asustado. Le pedí calma y sonreí. De pronto, cruzó la calle y se acercó hasta la cancela, mientras yo retrocedía sobre mis pasos, apenas un metro. Y entonces sucedió. Entró en mis dominios. Bebió del cuenco y comió despacio las salchichas, saboreándolas sin mirarme. Ya me había mirado todos aquellos días y me conocía bien. Ahora, tan solo descansaba. Le rodeé  para que no se asustara y cerré la puerta de la cancela con llave. Después me quedé un rato observándole mientras acababa de comer. Tenía varias heridas a ambos costados. Le faltaba un trozo de la oreja derecha del tamaño de una moneda de diez céntimos. Pero su mirada era vívida y real. Su hambre era real y su sed también. Los dos estábamos ahí, más reales que nada de lo que había alrededor. Me alejé de él, en dirección a la puerta de casa y me miró, siguiéndome despacio con su cojera y su mirada triste pero esperanzada. Cerré tras de mí la puerta  y le dejé en el hall, de pie, esperándome, mientras me quitaba los zapatos y subía al dormitorio  para ponerme el pijama. Busqué unas mantas viejas en el armario y cuando bajé de nuevo al recibidor, se había tumbado frente a la puerta. No parecía nervioso, al contrario, me dio la sensación de que era un náufrago que, después de semanas a la deriva en medio del océano, había llegado a su isla salvadora. Extendí la manta al lado del sofá del salón, cogí el CD y lo puse en el equipo. La voz de mi amigo sonó cálida y acariciadora. Recordé su sonrisa. Se levantó y se acercó, con su cojera, que ya formaba  parte de la casa, que quizás había formado parte de ella, desde siempre, tumbándose en la manta, a mis pies. Y me dejó ser su amiga. Me senté en el sofá, pegada  a su manta. No le acaricié yo, me acarició él. Acercó su cabeza a mi mano y la rozó con la suavidad de una pluma. Me dio permiso para que continuara. Y lo hice. Despacio, muy despacio, pasando mi mano temblorosa por su lomo, sintiendo su cansancio, sintiendo el palpitar del agradecimiento en su pecho.

-Hola. Ya estás aquí, galgo viejo. ¿Tuviste alguna vez un nombre?- pregunté al aire, sabiendo que no me contestaría. Pero me sorprendí, al leer en sus ojos que hace ya tiempo tuvo dueño. Tuvo casa, tuvo nombre, tuvo una mano a la que lamer, unos ojos a los que mirar con devoción, como ahora miraba los míos.- Yo me llamo Iris y a ti, mi galgo de color arena y ojos de caramelo, te llamaré Música. Porque te decidiste a entrar en mi vida un día en que la música me llamó para que sonriera,  de la mano de un joven que tocaba su guitarra en el metro. Tú serás Música para mí y yo seré Iris para ti. Y todos los días me regalarás tu mirada color caramelo y yo te pondré un cuenco de agua fresca y te daré de comer. Y dormirás a los pies de mi cama y pasearemos juntos por el campo, ese campo verde que hay tras mi casa, ése en el que seguro has dormido a la intemperie, desde hace semanas. ¿Estás cansado? Yo sí. La vida agota. Necesito un café. ¿Te quedas aquí? Es acogedora la manta que he elegido para ti, ¿verdad? Mañana compraré un mullido colchón, hoy he tenido que improvisar pero sé que sabrás disculparme.

La música siguió sonando y no sé bien cuándo me quedé dormida en el sofá. Sólo que el reloj marcaba las dos de la mañana cuando me despertó con un lametón en la cara. Subimos juntos al dormitorio, ansiaba acurrucarme en la cama.  Coloqué su manta en el suelo, a los pies de ésta.  Nos dijimos buenas noches y nos dormimos. Aquella noche, sin lugar a dudas, descansamos los dos.

 

 

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3 thoughts on “A LOS PIES DE MI CAMA”

  1. Simplemente hermoso, no recuerdo la última vez que leí un relato tan perfecto a través de internet. Claramente gozas de un talento inigualable.
    Saludos.

    1. Escribir más hubiera significado meterme en el dormitorio de dos personas que se aman y creo que no sería apropiado. :)))) Es broma. Gracias de nuevo por leerme.

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