RELATO CORTO

HISTORIA DE IRIS-1

Sonaba su música en la lejanía, como si de un recuerdo diluido se tratase. La gente bailaba en el vestíbulo principal de la estación de Metro de Sol. Algunos lo hacían solos, cual náufragos en un desierto subterráneo, dando vueltas sobre sí mismos, tambaleándose hasta casi perder el sentido; otros danzaban entrelazados como serpientes a cuerpos sin rostro. Les observó confundida, apercibiéndose de que, en realidad, ninguna de aquellas marionetas lo tenía. El sonido de una guitarra eléctrica rota y desgarrada se unía a la voz cálida y acariciadora de aquel trovador urbano, al que reconoció de inmediato entre aquella maraña de desconocidos. Era el joven que siempre la acompañaba en su carrera para encontrarse con el monótono devenir de un día cualquiera. Hacía poco más de una semana que le había comprado un CD y desde entonces su música la había acompañado, meciéndola cual canción de cuna, cuando se abandonaba al calor de su cama vacía.

Aquel joven sí tenía rostro. De hecho, perilla y bigote ocultaban el de un hombre atractivo. Pese a la máscara de vello facial que ocultaba la timidez del poeta callejero de notas y versos, se podía ver la sinceridad en ese rostro de no más de treinta años, con ojos vivos, azules y almendrados, sinceros y transparentes. Ojos que no encerraban nada, que descubrían todo. Sin disfraz, sin máscara, sin careta. Difíciles de encontrar en aquellos tiempos en que todos nos empeñamos en ocultarnos a los demás, en que vivimos y pasamos por la vida cual fantasmas atrapados en un castillo de soledades y rutinas. Unos ojos plenos de vida.

La escena se oscureció, mientras la música parecía alejarse cada vez más, hasta que apenas era un susurro, a pesar de que el joven continuaba acariciando la guitarra. De pronto se oyeron risas de niño, ladridos de perro, brisa de mar. Una voz metálica recitaba un poema. Miró a su alrededor, perdiendo de vista al trovador urbano, intentando averiguar de dónde provenían aquellas palabras sin sentido.

“Trémula. Efímera. Vibra. No temas. Descansa. Pasará, pasará. Y ya sólo quedará una vez. Tú estás viva, enmarañada a tu ser. Incandescente y helada. Todavía vacía. Egoísmo. Cobardía. Mentira. Busca, búscate. Encuentra. No pienses, párate tan solo a contar los granos de arena de un reloj. Respira hondo. Dibújate. Reinvéntate. No corras. Pasea. Descubre. Siente. Todo pasará. Ahora. Fue. Intenta. Olvida. Tu vida pasará y quedarán en el aire los momentos. No hay poso que conservar ni recuerdo que enterrar. La nada siempre es nada. Espera. Respira. Vive. Tú”

No encontró un rostro a quien ponerle aquella voz errante y distorsionada. De pronto un tenue foco de luz anaranjada iluminó al joven y todo quedó en silencio. Iris temía la oscuridad. El suyo era un temor ancestral, anclado en recuerdos de pozos sin fondo, de vacíos, de noches apenas iluminadas por la luna y unas cuantas estrellas, recuerdos de una infancia triste. Carencias y preguntas sin respuesta. A pesar de aquella inexpugnable oscuridad, violada tan solo por la tenue luz de aquel foco, no le dio tiempo a percatarse de que se habían quedado solos. Iris, el músico y el silencio. Las marionetas habían desaparecido, el tiempo y el espacio carecían de sentido. La nada. El joven tendió su mano hacia ella y, como atraída por un imán invisible, comenzó a acercarse a él.

–   Hola Iris- el trovador sonrió.

–   Ha pasado tiempo. No volviste por aquí- la joven sintió la suavidad de su piel cuando se aferró a aquella mano.

La miró, dibujó una imagen mental de sus dedos largos y sus pulcras uñas. Mano de artista, de figura irreal y etérea. Dejó de sentir que aquella era una mano humana y la imaginó de un ser de otro mundo. No intentó buscar motivos a aquellas sensaciones que recorrieron fugazmente su cabeza y, simplemente, se dejó llevar. Él estaba allí. Por fin lo había recuperado, cuando ya había perdido toda esperanza de volver a verle.

–    Recorrí mundo. Otras estaciones, otros itinerarios, otras almas a quienes acariciar. Ya sabes, trovador errante. ¿Te gustó mi música, mi dulce Iris?- el joven subió su mano y depositó un cálido beso en la de ésta. La joven se estremeció de la cabeza a los pies.

–    Me acompaña todas las noches.

–    Te mece- el músico sonrió.

–    Lo hace.

–    ¿Qué tal está Música?

–   ¿Cómo sabes de su existencia?- Iris palideció. Hacía diez días que aquel galgo cansado y viejo compartía su vida pero entró en su casa después de que ella comprara la música de aquel músico callejero.

–    Gracias a él sé que me echabas de menos.

–    ¿Eso te ha dicho? Cuando llegue a casa tendré que reprenderle por hablar más de la cuenta- la joven sonrió tímidamente.

–    Ese galgo te aprecia, no lo reprendas. Yo le sonsaqué. Usé un hueso para sacarle la información- el joven sonrió.- por cierto, Iris, soy Hugo. La última vez no nos presentamos formalmente- Extendió una mano y se la estrecharon.

–    Es cierto, te dije mi nombre pero no te pregunté por el tuyo. Hugo… encantada.

–    Lo mismo digo. ¿Te apetece bailar?

–    ¿Bailar?

–    Ésta es una gran pista de baile.

Hugo movió su brazo de izquierda a derecha con la palma hacia arriba, señalando todo el vestíbulo de la estación de metro que se había iluminado hacía tan solo unos segundos. Vacía. Sin gente, sin taquillas, sin tornos. Un espacio enorme plagado de columnas de mármol. El techo abovedado y pintado de azul cielo parecía perderse a decenas de metros sobre sus cabezas. Ya no estaban en una estación de metro. ¿Dónde estaban?

–   Bienvenida al teatro de la vida.

–   Me suena esa expresión. No es tuya.

–   No, por supuesto, pero es universal ¿Qué es la vida sino un gran teatro de infortunios, alegrías, sin sabores, recuerdos, esperanzas y tiempos robados a un reloj incierto? Todos actuamos e intentamos acabar la función con una crítica positiva y sin demasiados incidentes que destacar. Rezamos porque no se nos caiga el telón encima. La vida con mayúsculas, es un inmenso teatro donde representarnos a nosotros mismos, o como yo prefiero describirla, una gran pista de baile donde tocar mi música y lanzarla al viento para que, el que quiera, la recoja como brisa fresca, a cambio de unas pocas monedas.

–  Todas las noches escucho tu música- Iris miró a los ojos a Hugo. Luego bajó su mirada y vio su mano entrelazada a la de Hugo, aferrándose a ella.

–  Lo sé. Agradecido y emocionado,  solamente puedo decir, gracias por…”– Hugo lanzó una carcajada e Iris sonrió nerviosa.- la vida es un misterio, Iris. Tú, yo, los que deambulan por la calle, aquellos con quienes nos encontramos cada día y que tienen rostros corrientes, fácilmente olvidables, que tienen vidas como nosotros, algunas vividas sin conciencia de que se están viviendo, otras con los días contados, todas inciertas hasta en la más cierta certidumbre.

–   Qué enigmático suenas, músico-trovador-poeta de versos callejeros.

–   La vida, mi querida Iris, es todo un enigma. Juguemos la partida, nos repartieron cartas, ¿por qué no apostar fuerte? A fin de cuentas, “alea jacta est”. ¿Por qué tanto miedo a vivirla? Ya tenemos los días contados y en la frente llevamos marcado a fuego nuestro destino en cuanto nuestros ojos perciben el primer rayo de luz.

–   Además de poeta, filósofo.

–   Filosofemos juntos, Iris. Tu nombre incita a hacerlo- Hugo sonrió.- Baila conmigo. “Música, maestro”.

De repente, sonó una orquesta. Estaban solos pero parecía que una filarmónica tocaba para ellos. Hugo la cogió de la cintura y empezaron a dar vueltas. Cuantas más daban, mejor se sentía ella, al abrigo de aquellos brazos fuertes. Sintió el calor de la vida escapando por los poros de aquel cuerpo masculino que se dibujaba tan atractivo como el rostro que contemplaba. Siguieron bailando, siguieron girando, la orquesta invisible tocaba un vals que jamás había escuchado.

–  Precioso- comentó Iris.

–   Lo compuse para ti. Antes de conocerte. Sabía que era para ti, no me digas por qué. También sabía que hoy volvería a verte.

–   Es tuyo… pura magia. Gra… gracias. No sé qué decir.

–   Con ese “gracias” es suficiente. ¿Puedo?- Hugo se acercó más a ella, estrechándola entre sus brazos. Su rostro estaba casi pegado al de la joven. Sus narices se tocaban.- ¿Puedo besarte? Quiero mostrarte el mundo.

Iris sintió la respiración agitada de él, acompasándose lentamente con el ritmo cardíaco de ella, galopando como un caballo desbocado. Convertirse en uno al solo contacto de sus labios.

–   Puedes…

Hugo rozó su boca, levemente. Volvió a separar sus labios y ella sintió la premura de reencontrarlos. Desesperada, cerró los ojos y entreabrió su boca, con la esperanza de sentirlos de nuevo, aunque solo fuese de un modo efímero. El beso irrumpió húmedo en su boca. Pasión. Versos en su cabeza. La música que llevaba semanas repitiendo en su equipo, la que le acompañaba todos los días desde que había comprado aquel CD, sonó en sus oídos. No era el vals que había compuesto y que sonaba entonces, sino la voz de Hugo cantando una balada que sonaba triste y melancólica, como la mirada azul del joven. De pronto un sonido lejano, como el pitido de una locomotora de vapor al anunciar su entrada en la estación, violó un momento de esos que se retienen en la memoria para siempre, de los pocos que se convierten en recuerdo cálido de efímera felicidad. El pitido comenzó a sonar más fuerte y se metió en sus oídos de un modo desagradable. Iris abrió los ojos, perdiendo de pronto la conciencia del tiempo y del espacio. Volvió a cerrarlos y al abrirlos de nuevo se halló en su cama. Música, subido de patas parecía sonreír. El ring del despertador siguió sonando durante unos segundos, hasta que paró bruscamente, transportando a Iris a la cruda realidad.

–   Un sueño, Música, tan solo era un sueño. Aún me quedan los sueños, debo sentirme afortunada por vivirlos tan nítidamente y a todo color- acarició la cabeza del viejo galgo y éste le devolvió el gesto con un lametón en la cara- Me devolviste a la realidad de un modo muy poco sutil, pequeño- Iris esbozó algo parecido a una sonrisa. Se desperezó y añoró la música de la filarmónica y la voz cálida de Hugo acariciando todos sus sentidos. “¿Puedo?”, recordó. Un recuerdo lejano, hecho ya roca en su cabeza, a pesar de que acababa de convertirse en memoria.- ¿Se llamaría así? Mi poeta urbano, mi músico callejero. Yo te bautizo… Hugo- Miró al viejo galgo y esta vez su sonrisa ya no fue fingida.- Vamos allá, amigo mío. Hoy es lunes, largo lunes me imagino. Tan largo, gris y aburrido como todos. Ducha, café y tiempo perdido en la carretera y en el metro.

Aquella mañana, pensó mientras se duchaba y el agua caía como gotas de lluvia por su cuerpo, pasaría como todos los días por aquella estación de metro, y tal vez ese día la suerte le sonreiría y volvería a ver al joven bohemio tocando en el mismo lugar donde le vio por última vez. Hacía más de una semana de aquello. Algunas de sus canciones ya estaban ancladas a su memoria, como si fueran cabellos. Ese día el recorrido hasta la oficina se le hizo más corto, extrañamente corto. La luna convivía en el cielo con un sol que se despertaba. El día la esperaba. La estación de Sol estaba a media hora de vida de camino. Tal vez, repitió dentro de su cabeza, ése era el día. Tal vez, una sonrisa, un hola y un reencuentro la esperaban a sólo media hora de vida por vivir. Cogió el metro en Villaverde, tomó asiento, cerró los ojos y se dejó llevar. Tal vez, se repitió, tal vez…

images (3)

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s