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PATRICIA L.M.: MI MEJOR AMIGA

NOTA: Esta entrada la ha escrito mi hija pequeña, desde el cariño inmenso hacia su mejor amiga y como homenaje a ésta. Como no tiene blog, publica en el mío esta entrañable “Oda a la amistad”. Y yo añado, besos, mi niña pequeña. Gracias por pasar conmigo momentos de bajón, tristeza y melancolía. Te quiero.

Os contaré cómo comenzó mi historia con la que hoy es mi mejor amiga, aunque para ello tendré que retroceder varios años atrás.
Yo tenía 5 años cuando mis padres decidieron que mudarnos de aquel piso en Ciudad De Los Ángeles sería lo mejor para nuestro futuro porque según ellos el barrio había cambiado mucho y el piso se nos quedaría pequeño muy pronto. Yo no entendía muy bien por qué nos íbamos y tampoco por qué viajábamos al pueblo en el que vivían mis tíos y mis primos. Yo sólo veía que íbamos abandonando nuestra antigua casa, dejándola atrás. Llegamos a Valdemoro y la casa de Villaverde ya era historia.

Al día siguiente llegué a mi nuevo colegio de la mano de mi madre y el conserje  nos enseñó cada parte de aquel edificio totalmente desconocido para mí. Mi madre hablaba con él mientras yo,desconcertada, miraba en todas direcciones y de vez en cuando miraba a mi madre y ella me devolvía la mirada junto con una sonrisa.

Llegamos a mi clase,la última del pasillo, no tenía ninguna intención de entrar pero la puerta de salida estaba demasiado lejos como para darme a la fuga. Mi madre se agachó y se puso a mi altura, me dio un beso y me dijo: “-Pasatelo bien, cariño. Dentro de un ratito vendré a por ti. Pórtate bien, ¿vale?” Le prometí que lo haría (mentí), de pequeña era un demonio… El conserje abrió la puerta y, como de la nada, salió un niño que me abrazó con todas sus fuerzas. Mi madre se rió pero a mí no me hizo tanta gracia. Cuando aquel muchacho me soltó y recuperé la respiración, miré al frente y vi a mi querida Patricia… A simple vista me gustó. Era la niña que parecía más normal de aquel grupo. Me cogió de la mano y me sentó en una silla que estaba situada al lado de la suya. Ni si quiera la conocía y ya había tenido la confianza suficiente como para cogerme la mano y privarme de elegir mi sitio. A mí ese sitio me pareció perfecto asi que me quedé ahí durante todo el curso. Además Patricia, que así se llama mi mejor amiga,  no estaba dispuesta a permitir que me movieran de su lado y yo tampoco lo estaba.

Transcurrieron los años y yo adoraba a Patricia, mi madre también la adoraba y mi hermana lo mismo. Éramos la parejita de la clase. A veces nos llamaban Zipi y Zape. Siempre estábamos juntas, excepto cuando nos enfadábamos. Puede que el motivo fuera una estupidez pero la pelea duraba meses. Nuestros enfadados eran caóticos, hasta un punto que la profesora citó un día a nuestras madres para contarles que llevábamos unos meses sin hablarnos y sin sentarnos juntas. A las buenas no nos perdonábamos, pero en cuanto mi madre me llamaba la atención y me mostraba su tristeza por la pelea, yo la pedía perdón y hacíamos como si nunca hubiera pasado.

Si mi madre me hubiera dicho lo mismo cuando nos enfadamos en sexto de primaria,  todo hubiera sido diferente. Ójala lo hubiera sido, pero todo sucede por algo y el “karma” o quien quiera que esté ahí arriba, nos ha vuelto a hacer mejores amigas y os juro por lo que más quiero que esto no cambiará nunca, moriré sabiendo que he tenido y siempre tendré a la mejor amiga del mundo.

Patricia L. M., eres lo mejor de mi vida. Gracias por estar siempre a mi lado.

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