RELATO CORTO

CASUALIDADES Y ESTADÍSTICAS- 2

Alba empaquetaba aquel libro con tal delicadeza, que Óscar sintió un escalofrío recorrer su espalda. Era sensual observar aquella acción, tanto como lo había sido verla desnudarse despacio, doblar la ropa cuidadosamente y sonreírle mientras lo hacía. Contempló sus finas manos, sus dedos largos de pianista, sus uñas pintadas con laca transparente. Doblaba el papel con sumo cuidado, plegándolo casi amorosamente.

–         Estás usando papel industrial.

–         Vaya, te has dado cuenta- Alba lo miró y sonrió irónicamente-. Lo cogí de la oficina hoy. No quiero que parezca un regalo sino lo que es, un paquete. Mañana me lo llevaré al trabajo y se lo daré a un ordenanza para que se lo lleve por correo interno. Quiero devolverlo a quien me lo regaló. Aunque voy a echarle un último vistazo- paró de envolver y miró la portada de la novela.

–         ¿Un último vistazo? Has dejado el marcapáginas señalando la mitad de la novela. ¿No la terminaste de leer?

–         No, me aburría soberanamente. Entre nosotros, cariño… es un ladrillo. Me la regalaron sin haberla leído antes.

–         Pues su autor es considerado como uno de los grandes escritores hispanoamericanos de los últimos años…

–         Supongo que porque murió joven. ¿Sabes que he tenido que leer la contraportada varias veces para saber de qué va la historia? Es la primera vez que me siento estúpida leyendo una novela. No sabía por dónde cogerla, no entendía nada. He llegado a pensar que, como te he dicho, quien me la regaló lo hizo para reírse en mi cara, haciéndome ver mi incultura literaria. Me fastidia la gente que se cree superior- Alba dejó de envolver y abrió el libro por la primera hoja, donde había escrita una dedicatoria con una letra de caligrafía desigual, como si fuera de médico o de alguien que no sabe bien qué poner. Después cerró el libro y continuó envolviendo la novela.

–         No creo que fuera su intención. Cualquiera que te conozca un poco sabe que eres una mujer inteligente- Óscar miró a Alba, mientras ésta abría la novela y leía unas líneas escritas en la primera hoja-. Supongo que te la regaló él. ¿Qué pone en la dedicatoria?- observó sus ojos de gata y sintió ganas de lanzarse a su boca, pero comprendió que la ocasión no era propicia. Alba tenía la mirada perdida. Estaba recordando.

–         Sí. Me escribió una dedicatoria bastante fría para lo que compartíamos por aquel entonces. No se le daba bien escribir. Era un hombre parco en palabras. No sabía expresar verbalmente lo que sentía. Cuanto menos por escrito… Ahora me pregunto si alguna vez sintió algo por mi. Tantos TQM y tan vacíos y falsos. Qué ingenua fui. Acabo de releerla y descubro que su dedicatoria fue tan fría como lo su despedida. Un mosquito hubiera podido mostrar más empatía y demostrar más sentimiento que lo fue él cuando me dejó.

–         En realidad, mi amor, fue cobarde- Óscar sonrió sin ganas. Sabía que el pasado era un fantasma que, de vez en cuando, atormentaba a Alba.

–         Los hombres soléis serlo.

–         Generalizando, como siempre. Yo no lo soy. Dejé todo para estar contigo. Dejé mi pasado atrás. No me escoció hacerlo porque me enamoré- Alba le miró y sonrió.

–         Siempre debe haber la excepción que rompa la regla.

–         Yo soy una pura excepción, Alba.

–         Todavía me escuece un poco porque mi temperamento apasionado hace que  la indiferencia, la ausencia y la cobardía lo hagan especialmente. Y por este motivo es por lo que tengo que devolvérselo. Recuerdo aquella tarde, en el café, sentada en esa mesa, pegada al amplio ventanal, necesitando la luz que todavía quedaba de la tarde. Esperando a la  noche, pensando con Lorca en la mano, y diciéndome que jamás creí en lo que él predicaba: estadísticas. El amor no se puede encuadrar dentro de ninguna estadística, el amor es un mero azar.  Aquélla era nuestra mesa y me traía muchos recuerdos. Pensaba en él, en cómo salió de mi vida de puntillas, de un día para otro y después de haberse despedido de mí con un beso y un “hasta pronto.” Nunca te conté la historia porque cuando te conocí, por pura casualidad, dejé de pensar en Marcos como mi pasado y comencé a soñar contigo, como mi futuro.

–         Esa última frase ha sonado bien … Ahora llega el “quisiera contarte” que siempre esperé y jamás llegó. Hace ya seis meses de aquella tarde y nunca me has contado nada de ese hombre que tanto daño te hizo. Nunca entendí cómo no supo valorar lo que tenía enfrente, cómo lo dejó marchar. Sin embargo, le agradezco que estuviera ciego, porque su ceguera te llevó a mí.

–         Eres un adulador, en eso no eres distinto a los demás hombres- Alba sonrió, sus dedos rozaron con suavidad el lomo del libro y miró su portada por última vez.

–         No lo soy. Tan solo digo lo que siento. Tuve suerte en conocerte aunque cuando lo hice hallase a una mujer herida. Encontré pedacitos de una mujer y entre los dos tuvimos que recomponerlos. Para ello tuve que usar mis mejores armas. En realidad son las que todos usamos, lo reconozco, pero no nos va mal.

–         El punto G de la mujer está en el oído y los hombres lo sabéis acariciar maravillosamente- Alba rozó con suavidad la mejilla de Óscar-. Y pensar que ahora estamos aquí por una chaqueta… La vida es pura magia.

–         Recuerdo que aquella tarde conversamos durante horas, como si nos conociésemos de siempre. Me preguntaste si creía en las casualidades y te dije que siempre he pensado que nada sucede por azar. Poco después de ese día tuve que reconocer que el conocernos fue mera casualidad. No tenía la más mínima intención de terminar aquel día cenando con una desconocida. Como te confesé unas horas después, con un gin tonic en la mano, la idea era tomármelo con mi novia después de cenar con ella. Pero me dio plantón por cuestiones de trabajo, como tantos otros días.

–         Casualidades.

–         La casualidad de la rutina y la de lo nuevo por descubrir.

–         Lo nuestro al final resultó ser fruto de la suerte, la de que tuviésemos roto el corazón.

–         Yo aún no había olvidado cómo se sonreía- Óscar lo hizo en aquel momento. La suya era una sonrisa blanca, aquella que enamoró a Alba en cuanto recogió él su chaqueta del suelo de aquella cafetería para entregársela amablemente-. A fin de cuentas, mi historia estaba anclada en la monotonía, pero mi corazón todavía latía. El tuyo necesitaba ya un bypass.

–         Encontraste sus pedazos aquella misma tarde y me ayudaste a pegarlos. Necesitaba pasar página y agradecí que estuvieras ahí para ayudarme a hacerlo. Llevaba semanas yendo a esa cafetería para terminar siempre llorando a mares, recordando y preguntándome por qué. Días después acabé de leer “La casa de Bernarda Alba”. Las últimas páginas las leí en tu casa, con tu batín de baño puesto y tumbada en el sofá del salón, mientras tú preparabas tortitas.

–         Lo recuerdo. Cuando salí de la cocina te encontré acariciándote el cabello. Me miraste con cara de estar confundida. Cerraste el libro y me confesaste que no te había gustado.

–         Me daba vergüenza decírtelo. Se trataba de. Lorca y su teatro. ¡Y a mí no me gustó!

–         Eres una mujer sincera y transparente. Eso es lo que me enamoró de ti.

–         La sinceridad no está de moda y es molesta. Me han juzgado demasiadas veces y muy a la ligera por serlo.

–         Yo no juzgo ni prejuzgo, Alba. A la única persona que juzgué fue a mí mismo hace meses, en aquella cafetería. Lo hice duramente al comprobar que había perdido el tiempo con la persona equivocada. Aquella mesa, aquella mujer mirando al infinito a través del enorme ventanal, pensativa y melancólica, hizo que lo descubriera. Y desde entonces cocino tortitas para ella.

–         Las mejores del mundo. Sé que jamás probaré otras iguales a las que haces tú- acarició suavemente el rostro de Óscar. Sus dedos largos, pasearon por su rostro. Si aquellos dedos hubieran podido hablar, habrían dicho “te quiero.”

Mientras él acababa de sacar de la sartén la última tortita, y la cocina se impregnaba del aromático aroma de la vainilla y el toque particular y justo de canela que las hacía únicas, Alba terminó de empaquetar el libro. Cogió dos tazas y sirvió café. Cortado para él y con leche, nata y una pizca de cacao puro por encima para ella. Sentados en la mesa de la cocina, comenzaron a saborear las tortitas. Alba despacio, deleitándose con cada bocado, igual que haría apenas una hora después con el cuerpo desnudo de Óscar. Él chupándose los dedos, uno a uno, sonriendo a su “ bendita casualidad.” Tortitas, café y el recuerdo de ese azar, de ese destino curioso y mágico nacido una tarde todavía cercana en la memoria, y para ambos solitaria. Para Alba, recordando un pasado gris y convertido en apenas un suspiro, en un presente con sabor a vainilla. Para Óscar, mirando por casualidad hacia aquella esquina de la cafetería El Espejo y descubriendo a la mujer que hoy compartía futuro con el suyo…

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