RELATO CORTO

EL SIGUIENTE TREN

Se acercó a su oído, acariciándolo con su voz con la levedad de una pluma, comentando lo agradable que había resultado la cena olvidando el largo año de trabajo que había sido aquél para ambos. Más sólo halló en su marido una respuesta cortante como el filo de una navaja recién afilada.

–       Deberías comprarte una crema antiarrugas. Cuando te ríes se te forman unos surcos alrededor de los ojos y la nariz que te hacen parecer vieja.

“Vieja”. No dijo,  “mayor”, ni siquiera quiso suavizar nada. Vieja… Retumbó esa palabra en su cabeza y la caricia de su voz se tornó al instante en reproche, como tantos otros. Como los cientos que salían de su boca desde hacía ya algún tiempo. Demasiado trabajo, demasiado ordenador, demasiada literatura, demasiadas redes sociales, demasiadas escapadas con las amigas. Y ahora, demasiadas arrugas… Sin embargo, ella se sentía joven todavía, a pesar de estar más cerca de los cincuenta que de los cuarenta. Seguía sintiéndose viva, vital y deseable, pese a los continuos recordatorios de su marido, que le hacía ver la realidad, al menos la de él. El tiempo pasaba, inexorable, cruel y mezquino. Pasaba Clara se apartó de Marcos, lo miró con esos ojos verdes que a la luz del sol se tornaban casi transparentes, ojos que aún seducían pero que él había olvidado cuidar. La música dejó de sonar y ese tiempo, cuyos segundos, minutos y horas pasan cabalgando, se detuvo en ese mismo instante. A su alrededor, las parejas bailaban. Para aquella gente, la melodía seguía y el tiempo continuaba con su tictac.

–         ¿Te he molestado? No ha sido mi intención. Sólo te he hecho una sugerencia. Las arrugas te afean mucho- Marcos intentó suavizar sus palabras, aun sabiendo que el dolor se reflejaba en el rostro de su esposa y nada podría ya mitigarlo.

–         Las arrugas son tiempo y vida, Marcos. Las arrugas son risas. Aunque ahora, en mi caso, signifiquen llantos.

–         Clara, por favor, sólo te he sugerido que te compres una crema antiarrugas, nada más.  Sigues siendo atractiva, pero el tiempo pasa inexorable- comentó su marido mientras desviaba su mirada a la pareja que tenían al lado, que sonreía mientras daba círculos sobre la pista, ajena a lo que a su lado acontecía. De aquella manera, Marcos intentaba zanjar una conversación que comenzaba a ser incómoda.

–         Y la vida, y las ilusiones, y las ganas. Todo pasa. También pasa el amor. No voy a comprarme ninguna crema dado tengo el baño lleno de potingues, que de nada sirven para ayudarme a ser feliz. Son arrugas gestuales, contra las que ya nada cabe hacer y, además, tampoco me importa tenerlas, aunque a ti te preocupen tanto- respondió Clara, girando de un modo casi etéreo, apenas rozando el suelo, ahogando su dolor al compás de la voz ahogada de Gardel.

–         Una pelea aquí no, te lo ruego.

–         No habrá peleas, Marcos, ninguna más. Quiero el divorcio- contestó ella con voz firme y sin un ápice de duda en la misma.

–         Clara, por el amor de Dios- el tiempo se detuvo para su marido, que la miró extrañado, como si acabara de descubrir en ella a una desconocida-. Fue un comentario sin ánimo de ofenderte…

Hacía un par de años que su matrimonio iba a la deriva, naufragaba. Llevaban veintiseis años casados, tenían tres hijos universitarios, una posición social relativamente desahogada y decenas de maletas cargadas de reproches. Pero ningún tren al que subirse para escapar lejos, rumbo a otra vida mejor. Habían decidido dejarlo decenas de veces pero la rutina, la comodidad que da lo cotidiano y algunos buenos momentos, habían frenado el primer impulso de tirar la toalla, dando marcha atrás a su decisión de tomar caminos diferentes.

En aquella fiesta de fin de año, pisando un suelo alfombrado de confeti, con sus oídos castigados por las risas obligadas en el único día en que no se puede ser desgraciado, rodeados de matasuegras y del griterío de desconocidos que no hacían más que besarse y abrazarse en medio de un mundo enloquecido, Clara tomó una decisión. Tras los tangos, comenzaron a sonar canciones de los ochenta, la que habían marcado su adolescencia, “Vieja”. Aquello dolió. Y la llegada de ese tren imaginario, en medio de aquella impresionante sala de fiestas, le dio las fuerzas suficientes para decir “adiós”. Después de dos años tensos, eternos, cargados de salados mares de lágrimas, de tempestades interiores, de tormentas embravecidas, de ganas de esconderse, de escapar. Una crema antiarrugas…

Clara había elegido para la ocasión un vestido largo de satén negro. Cuando lo descubrió en aquel escaparate, un par de semanas antes, supo que estaba hecho para ella. Ni siquiera lo había adornado con joya alguna, tan solo se había puesto unos pequeños pendientes de perlas y unas gotas de perfume detrás de sus orejas y en su escote, rebosante de vida, como toda ella. Con aquellos zapatos de tacón sacaba un par de centímetros a su marido. Aquella “vieja” de cuarenta y seis años brillaba. Marcos la miró perplejo, en medio de aquel salón de baile repleto de gente que se había quedado vacío de repente, con ellos en medio, bailando entre sus miedos y sus fracasos. Le pareció que Marcos la miraba pero había dejado de verla. Tal vez, veía a través de ella otro tren imaginario. El suyo. Pasaron un par de minutos, la música siguió sonando, todo transcurría de igual modo, pero todo se había tornado distinto.

–         ¿Hay algo que quieras contarte? ¿Has vuelto con él?- la pregunta de Marcos no sonó a reproche sino a simple curiosidad.

–         No he vuelto con nadie, tan sólo veo mi tren. ¿El tuyo ha llegado ya?

–         Es curioso, pero ahora lo veo. Sí, acaba de detenerse. ¿Desde cuándo lo sabes?- preguntó Marcos mirando a los ojos de su mujer. Estaba serena, el verdor de aquellos ojos denotaban incluso alivio.

–         Desde hace unas semanas. Desde que la habitación se impregna con el perfume de ella- Clara dio un paso atrás, sin darse cuenta-. ¿La quieres?

–         No como te quise a ti.

–         Siempre se dice eso, querido.

–         No, siempre no. Te quise hasta morir.

–         Eso es mucho tiempo, demasiado. ¿Es hermosa, más joven, le recomendaste a ella una crema antiarrugas para ganarle minutos al tiempo?- preguntó Clara, sin poder ocultar cierta curiosidad.

–         Se llama Adriana, tiene cuarenta años y usa cremas desde los veinticinco.

–         Mejor prevenir… Adriana… ¿No se llama Adriana la secretaria de Fermín Amado, tu supervisor?

–         Sí. Esa Adriana.

–         Tienes buen gusto, es una mujer muy hermosa. La recuerdo de la última fiesta de empresa a la que asistimos.  Marcos, me matan los pies. Ya no tengo edad para bailar tanto. ¿Me invitas a un gin tonic?

Clara esbozó una sonrisa amarga. Rememoró esa última fiesta, visualizó el rostro de Adrina, su sonrisa y la de Marcos cuando bailaron juntos. Hacía mucho que no le veía sonreír. ¿Qué les había pasado? Ya en una mesa, saboreando lentamente su bebida, también lo hicieron de igual modo con  los últimos sorbos de veintiséis años en común cuyo fruto fueron  tres hijos universitarios, uno a puertas de graduarse. Las canas de Marcos y las arrugas de Clara habían sido compartidas por el otro con cierta dulzura en ocasiones, con discusiones, con llantos, con amor y con desamor. Ahora, en aquel local de baile que frecuentaban una vez por semana desde hacía más de seis años, una vida en común acababa y ambos renacían en otra por descubrir.

Al día siguiente Clara despertó como siempre, al lado de Marcos. Pronto aquellos despertares bañados en el olor que emanaba del cuerpo de su marido se desvanecerían, convirtiéndose en recuerdo dulce.  Sólo quedarían episodios amables, los primeros pasos de sus hijos, el viaje alrededor de Europa en familia, los de aniversario, sobre todo aquel en que, por sorpresa, Marcos organizó un crucero por el Mediterráneo, los primeros giros cuando decidieron aprender bailes de salón y cuando decidieron lanzarse a los brazos canallas del tango, los besos y caricias entre las sábanas bañados en un cálido sudor que aún se regalaban después de tantos años de rutina. Nada amargo quedaría, como cuando alguien fallece y todo lo que se recuerda de esa persona es lo bueno, olvidando el hombre que realmente fue, con su crueldad, sus miserias y sus episodios olvidables. Pues en realidad, cuando una relación fracasa, es el amor lo que se entierra y el luto obligado siempre está bañado por los colores de lo bueno vivido. Lo malo, se entierra con el primer paso que se da a esa nueva vida, el del bebé que nace y poco a poco, pasado un tiempo, comienza a caminar y descubrir el mundo que le espera…

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