RELATO CORTO

DESCONEXIÓN 2 (ARCO IRIS)

POR FIN Y PORQUE LO PROMETIDO, ES DEUDA:

Esta entrada es el segundo  relato “HOT” de mi blog, continuación de DESCONEXIÓN, que publiqué en marzo de este año y se la dedico nuevamente a mis amigas de Twitter, Rvtila, Ágatha, Celia y Gisella.  Pero además, y dado el tiempo transcurrido desde la primera parte de DESCONEXIÓN, quiero dedicar la segunda parte de este relato  a otras nuevas amigas twiteras: Sunny, con la que bromeo de vez en cuando acerca del reparto de papeles estelares para el casting de LUNA APOGEO (esa segunda parte de tu novela, Rubén, ¿para cuándo) y Lusa soñadora, que promociona mi blog  prácticamente a diario, y a la que, a través de esta dedicatoria, agradezco su incondicional y generosa ayuda. Espero que os guste.

Y a los demás, como digo siempre en mi muro de TWITTER: GRACIAS POR ESTAR.

 

Miraba hacia la ventana tumbada boca abajo en aquella cama extraña. Estaba desnuda, con las piernas cruzadas y ligeramente elevadas y los codos apoyados en la almohada. Lo observaba atentamente para retener en su retina el recuerdo de su cuerpo, cada pliegue de su piel, su esencia misma.

Él estaba de pie, mirando a través de la ventana y desnudo como ella. Llevaba un buen rato en silencio, contemplando la lluvia caer. De camino al hotel los había sorprendido un aguacero de primavera de esos que vienen sin avisar, de los que llegan sin paraguas bajo el que resguardarse e  inundan en quince minutos las calles, formando una espuma blanquecina con el chapotear de las gruesas gotas sobre el asfalto. Llovió durante un buen rato y después paró, justo cuando llegaron al hotel. Dos horas más tarde lo hacía de nuevo, torrencialmente.

Madrid había amanecido de un azul radiante y sin una sola nube que ensombreciera aquel limpio cielo, típico de postal, pero a medida que el día fue agotando sus horas, nubarrones negros comenzaron a encerrar el sol en un armario de melancolía esponjosa y plomiza. Quizás ahora él estaba así, umbrío como el día, pensó ella mientras lo miraba. No quería romper aquella magia silenciosa y cómplice, colmada de besos y caricias, de pasión y ternura, de la que habían disfrutado hacía tan solo unos minutos.

Habían preparado aquel encuentro un par de semanas antes y ambos lo esperaban con el ansia con la que beben los amantes la clandestinidad de la lujuria y con el cuentagotas con el que disfrutan del tiempo robado. La vida los había llevado a estar en aquella habitación, una vida vivida a la carrera, sin apenas un momento para saborearla como si de una copa de buen vino se tratara, con la precipitación que marcan los días iguales y patéticamente vividos ya ayer, en un continuo déjà vu marcado por una sociedad decadente y consumista que oprime y ahoga.

Aquél no era su primer encuentro. Antes habían tenido dos más, todos ansiados y disfrutados con la misma intensidad, con la locura del que encuentra un oasis en el desierto, bebiendo el uno del otro con la fiebre del enfermo de deseo. Aquélla con la que Laura quitó la corbata del cuello de Diego con premura, enrollándola al suyo, aquella fiebre con la que le pidió que hiciese realidad sus fantasías, las mismas que habían disfrutado en sus noches de pantalla, teclado y chat.

Hasta hacía unas semanas habían vivido sin tiempo para poder sentirse seres humanos y no máquinas, aunque fuera a momentos, y habían asumido que llevar una vida deshumanizada, ésa que se vive a sabiendas de que, en realidad, se está muriendo cada día y sin remedio, era algo a lo que debían acostumbrarse. Aunque, a veces, esa misma vida mediocre da una segunda oportunidad a algunos privilegiados, quienes sin saber por qué, un día han estado atentos a una mínima señal y son tocados por la varita mágica de la locura.

En su caso fue un mensaje en Twitter, una red social que ambos habían descubierto unos meses antes como vía de escape a la monotonía de sus días grises. El era dibujante amateur, vocacional y sin esperanza de hacer del dibujo artístico su gran pasión, la profesión que lo salvase de estar atrapado en un trabajo que no le satisfacía pero con el que pagaba las facturas, y comenzó a usarla para exponer sus dibujos.  Ella, escritora de sueños, usaba la recién descubierta red social para compartir su amor por las palabras encadenadas, por construir historias que llegaran al alma y que la envolvieran con un velo de sutil ternura, que la hicieran volar y descubrir otros mundos, otras vidas paralelas, otras realidades más blancas, más brillantes, más vívidas. Compartía aquello que sentía con perfiles sin rostro y con nombres falsos, con personas anónimas cubiertas de máscaras, con roles y vidas paralelas a las reales pero con las que había llegado a tener una complicidad difícil de explicar por quienes no se manejan en las redes sociales. Sin embargo, Twitter era ahora la torre más alta del castillo de cuento de hadas donde se refugiaba todas las tardes nada más salir del trabajo. Se ponía cómoda, subía a su torre, cogía su portátil, se ponía a escribir y compartía sus fantasías con sus lectores habituales. De vez en cuando y en mensajes directos, charlaba con algunos de ellos. Con unos pocos incluso había llegado a sentirse como si estuviera compartiendo conversación y capuchino, humeante y delicioso, en su cafetería preferida. Incluso podía paladear el regusto que dejaba en su boca como si verdaderamente lo estuviera saboreando. Pero ciento cuarenta caracteres daban para poco y, al cabo de unas semanas, con unos cuantos había establecido una relación más íntima a través del correo electrónico. Entre esos cuantos twitteros a los que llamaba “amigos”, se hallaba él. Un día que no había amanecido ni especialmente gris ni especialmente soleado, un día como tantos y después de haber escrito unos cuantos twits, retwiteando, respondiendo comentarios e intercambiando halagos recíprocos por los dibujos de él y la literatura condensada en dos líneas de ella, ambos comenzaron a hablar en mensajes directos. Y así comenzó todo.

Se llamaba Diego y acabada de cumplir cuarenta años. Al menos así se había presentado en sus primeros contactos. Días después, lo que comenzó siendo un intercambio de información literaria y artística (incluso llegaron a hablar de que él hiciera algunas ilustraciones para la portada de la novela en la que ella estaba trabajando) y por medio del correo electrónico, la suya se convirtió en una relación cibernética con intercambios mucho más íntimos. “Ya que tú estás parapetado en un perfil que no muestra tu verdadero rostro”, le dijo cuando de los mensajes pasaron al chat de gmail, “juguemos. Dame un dato más. Color de ojos.” “Verdes”. “Color de pelo.” “Rubio.” “¿Mides?” “1,90.” “¿Y tú?” “1,65, 60 kilos, aunque he hecho el firme propósito de perder al menos dos. Pelo castaño, ojos verdes, con un fino reborde color miel alrededor del iris, rodeando la pupila. Frente al sol se tornan transparentes, como yo.” No mentía pues ella era transparente como el cristal. Sus ojos irisados no engañaban y cuando en ellos se reflejaba la luz del sol, la verdad brotaba como si se tratara de un manantial de agua cristalina del que apetecía beber hasta saciarse. Ni sabía ni quería mentir a los demás aunque, paradójicamente, en su casa ocultara lo que su ser anhelaba y siempre andaba buscando. Mentiras piadosas, se decía; “no hacer sangre”, lo solía llamar cuando hablaba de sus “escapadas” con sus amigas.

Su foto de perfil de Twitter no era una flor, ni un pájaro, ni una mariposa y menos aún una máscara veneciana. La que había colgado era una foto suya de medio cuerpo, sentada en un banco de un parque y mirando el horizonte con una sonrisa tímida. Su nombre, Laura Navas y su arroba @lauranavasescritora. Él, mucho más precavido y desconfiado, se hacía llamar Soñador de Sueños y como sobrenombre había adoptado el de @esperandounsueño. Tenía el perfil de un rostro masculino del dibujante Luis Royo enmarcado en un paisaje futurista. También era “novato” en Twitter. Llevaba seis meses en la red y no llegaba a los cien seguidores. Tampoco le importaba demasiado que le siguieran o no.

Colgaba sus dibujos y hablaba con algún twittero sobre comics, cine, fotografía y literatura pero no era prolífico en twits. Hasta que conoció a Laura, apenas se dejaba caer por la red tres o cuatro veces por semana para ver qué acontecía y qué nuevas le traía su universo paralelo al que, por otro lado, no terminaba de acostumbrarse. Diego era todo lo contrario a Laura, quien podía escribir cincuenta twits en cuestión de un par de horas. Así era ella: impulsiva, ágil de dedos y mente, tecleando incansable lo que su cabeza maquinaba, construía y paría a veces con amargura, otras con esperanza, casi siempre con melancolía. Una mente en continuo movimiento que apenas le dejaba un respiro para poner sus ideas en orden. Cada vez le costaba más regresar a la realidad y cada vez se refugiaba más en su mundo de amigos sin rostro.

Ninguno de los dos recordaba quién había sido el primero en seguir al otro. Simplemente, comenzaron a hacerlo. Ella o él, tampoco importaba demasiado, escribió un twit al que el otro contestó y lo demás vino rodado. Otro día llegó algún comentario de uno de ellos que el otro respondió y apenas una semana después, en uno de aquellos mensajes directos que habían comenzado a ser habituales entre los dos, él comentó que había creado un correo para que intercambiaran algo más que twits de ciento cuarenta caracteres. A Laura, acostumbrada como estaba a la comunicación mediante correos electrónicos con algunos de sus seguidores, le pareció buena idea y adoptó para aquellos intercambios la cuenta de gmail que Diego había abierto para ella. Laura comprendió que era un hombre prudente porque pidiendo su correo privado la hubiera hecho recelar, pero también intuyó que al abrir esa cuenta que sólo ellos usarían, él mostraba un claro interés por ella creando un espacio que sin duda sería su habitación privada. Comenzaron a enviarse mensajes, al principio en horas de trabajo y pocos días después, por las noches. Primero fueron correos en los que intercambiaban su arte: alguna poesía de él y algún que otro dibujo sensual o fotos de viajes que había realizado y relatos cortos de ella, confesiones de sus anhelos por ser leída, por contar historias y tener público al que acariciar el alma con sus letras. En aquellos mensajes Diego fue intercalando datos personales como el barrio en el que vivía, la zona en la que trabajaba o el lugar donde nació y Laura fue preguntando acerca de su persona con el deseo de satisfacer su enorme curiosidad. Y así supo que estaba casado, que tenía dos hijos y que su matrimonio había caído en la rutina de los años de convivencia, aunque llamaba “mi chica” a su mujer, lo que hacía suponer a Laura que la amaba todavía. Ella quería a su marido pero la monotonía de los días iguales es plato amargo y en muchas ocasiones le costaba tragar lo que había en él porque se le hacía hiel en la garganta.

Sin embargo, antes de que su mundo paralelo se redujese a Twitter y a largas conversaciones por mail con sus amigos, había existido otro secreto en armónica convivencia con el de su matrimonio y sus rutinas. Este secreto estaba hecho de piel. Laura había mantenido una relación hacía meses con un amigo de su juventud. Defensora a ultranza de que un hombre y una mujer pueden ser tan solo amigos, tuvo que rectificar tan categórica afirmación, cuando en un día de locura extrema envió a Fernando, su mejor amigo y antiguo compañero de la facultad, un mail contándole una de sus acaloradas peleas con su marido. Si algo tenía Fernando era que sabía escuchar. Su hombro era fuerte y estaba acostumbrado a que Laura lo mojase con sus llantinas y rabietas. “Niña pequeña”, la llamaba cariñosamente. Ese día quedaron para tomar un café y acabaron en casa de Fernando cubriéndola de besos, secando sus lágrimas con el contacto dulce de sus labios y descubriendo por casualidad lo que el destino les deparaba desde hacía años. La cama se quedó pequeña aquella tarde de otoño. Se empaparon el uno del otro en la alfombra del dormitorio, en el sofá del salón, apoyada Laura en la mesa del comedor, regresando a la cama, enredados en las sábanas y finalmente compartiendo ducha y gel. Aquellos encuentros, esta vez sin llantos de por medio, se prolongaron más de tres meses, hasta que una tarde su amigo y amante le confesó que la amaba. Fernando, al contrario que Laura, no estaba casado ni tenía hijos. Su amigo no compartía casa y colchón con ninguna mujer a la que una infidelidad fuese a partir el alma en dos, pero Laura era esposa y madre y tenía un hogar al que regresaba siempre, por lo que la palabra “amor” no entraba en sus planes. Ella nunca lo engañó, jamás dijo “te quiero” del modo en que un hombre y una mujer pronuncian esas palabras y no comenzó aquello con pensamientos de futuro. Simplemente, sucedió. Se convirtieron en amantes sin compromisos. Se despidieron una semana después, cuando él quiso una respuesta esperando una mínima señal de que Laura sentía algo más que deseo por él, pero lo que obtuvo fue un “adiós” sin lágrimas. Ella no tenía lágrimas para nadie pues las había gastado todas hacía ya tiempo.

No volvió a saber de él. Tras la pérdida de aquella piel, pero más tras perder a quien una vez fue su mejor amigo, se refugió en Twitter y poco después conoció a Diego. Para Laura no fue difícil comenzar a mantener con él conversaciones íntimas, pues con aquel twittero escondido tras un rostro de comic, era ella misma. Después de saber dónde trabajaba y en qué barrio vivía, él preguntó a Laura y ella, escudada en que era simplemente Laura Navas y él Diego el dibujante, no respondió y él no insistió en saber más, esperando que fuera Laura quien decidiera contar su historia algún día. Después de la sucinta descripción física empezó el juego del cortejo cibernético, que duró apenas unas horas. Laura necesitaba ser Laura y Diego necesitaba ser Diego. Y si bien ella preguntó un par de veces más si ése era su verdadero nombre, cuando Diego le respondió que sí, dejó de cuestionar si era cierto y comenzó a llamarlo por su nombre. Y ya en su primer contacto por gmail, él tomó la iniciativa, advirtiendo que no era buen escritor. “Diego, soy lectora media, pero permíteme que eso lo juzgue yo, dentro de mi poca experiencia como escritora y lectora”, contestó.

Diego envió un relato corto, de cuando era un adolescente y ensayaba a los clásicos en las funciones teatrales del instituto. Era una breve historia escrita cuando era joven y mucho más él, sin los prejuicios y las máscaras que uno comienza a llevar con la madurez que dan los años, como comentó en aquel correo. Vino a Madrid siguiendo a una mujer, dejando el azul de su mar mediterráneo y el olor a azahar. Era un joven alocado, romántico y sensible entonces, (ya apenas cometía locuras pero seguía siendo un soñador) y si bien la historia no llegó al puerto que él esperaba, se enamoró de Madrid y de sus gentes y ya no pudo regresar a su mar.

Laura leyó con avidez, comiéndose las palabras de aquel breve relato, engulléndolas con ganas. Le gustó la lectura y confesó que ella escribía novela erótica. Diego contestó que jamás había escrito ni leído porno. “No es porno, es novela romántica, subgénero erótico, esa es la denominación que se utiliza para describir la literatura que practico. Ahora escribo un thriller, contiene una alta dosis de sensualidad, pero me he alejado de mis orígenes y estoy muy satisfecha con los resultados”, le contestó en un mail. “Yo no sé si sería capaz de escribir una historia erótica pero  intuyo que no se me daría bien describir abiertamente una escena de dormitorio”, comentó Diego. “Prueba”, contestó Laura. Breve y concisa. La puerta abierta.

Tardó apenas cinco minutos en enviar su relato. Describía un encuentro apasionado entre dos desconocidos, ávidos de caricias y de ternura fuera del frío “calor” de sus hogares. Cuando Laura le comentó sus impresiones, añadió un: “serías un buen escritor de porno soft”. “No te burles, por favor, soy un escritor pésimo” contestó Diego. “Tengo que confesarte que cuando escribía este relato pensaba en ti. Tú y yo éramos los amantes encendidos en aquella habitación. Tú eras mi puerto y yo el barco que arribaba en él, tras semanas enteras sin divisar tierra. Mis ganas de pisarla eran enormes. ¿Lo sabes, verdad?” Ella sólo contestó: “lo sé” y mientras enviaba aquel correo, una sonrisa se dibujó en su cara.

Por la noche, cuando todos en su casa dormían y ella compartía twits con sus amigos, recibió un correo con un mensaje lleno de magia, poesía y ternura, el cual leyó varias veces. Su corazón se encendió con una suave llama, mezcla de ilusión y curiosidad. “La tarde apoyó los rayos en los tejados. Poco a poco las últimas llamas de sol colorearon las fachadas y las panzas de las nubes. Ayer fue especial. El mundo se hizo pequeño, muy pequeño, apenas lo justo para que cupiesen tu cuerpo y mis ganas. Hoy todo se expande hasta hacerse universo. Las estrellas saldrán pronto, y nos cubrirán por igual. Mañana te escribiré, hoy te añoro…”

Un par de relatos después, Diego sugirió que hablasen por chat. ¿Para qué posponer lo que sin lugar a dudas deseaban que sucediera? Una semana después de encuentros frente a sus portátiles, de besos y caricias separados por distancias infinitas y a la vez milimétricas, sus pieles se rozaban y se sentían tan cerca que hasta sus jadeos  llegaban a ambos a través del chat. Diego se encendía, vibraba, le pedía que siguiera, que no parase, saboreaba cada una de sus palabras y cada beso que Laura le escribía, preguntaba por lo que llevaba puesto y ella hacía una descripción detallada de su indumentaria. “Pijama de cuadros y de estilo masculino. Camiseta de algodón blanca de tirantes. Llevo un sujetador negro, liso, sin encajes. Y un tanga también negro. Sólo utilizo ropa interior negra. Si alguna vez me regalas lencería, no elijas otro color, por favor.” Al dar a Enviar, Laura sonrió. Cuando hablaba con Diego sonreía siempre. A veces se lo decía: “Si me vieras ahora, te encantaría la sonrisa que dibujas en mi cara cada vez que mantenemos estas conversaciones tan sensuales.” Y él contestaba con el grado justo de pasión que ella demandaba. “Pondría en tu cara una sonrisa permanente, colmándote de caricias. Dibujaría un mapa de besos desde tu boca, seguiría por la comisura de tus labios, te apartaría el pelo y continuaría con un leve roce de los míos, carretera abajo por tu cuello y seguiría besando la piel de tus senos desnudos, me deleitaría dibujando eses ardientes en ellos y después seguiría camino abajo. ¿Qué se dibuja en tu cara ahora, Laura?” “Una sonrisa encendida, mi amor.” “¿Sabes una cosa, princesa? Eres un oasis en este desierto mío. Me gusta que estés, me sienta bien que estés. A veces te quiero licuada en mí, otras te quiero gata, otras te imagino niña…” “¿Niña? ¿Niña pequeña?”, preguntó Laura, algo confundida. Tembló al enviar aquel mensaje. “No, Laura, no me malinterpretes. Al llamarte niña me refería más a la dulzura que conservas en tu interior, a la de la adolescente que quiere descubrir y recorrer el mundo. Sé que eres una mujer madura pero en tu interior eres una joven de veinte años con todo por vivir todavía, con todo un mundo por investigar.” Ella se destensó. Temía que Diego fuera a decir que la amaba. “No, por favor, no lo digas, no. No quiero decirte adiós”, se dijo. Y él no lo hizo. Laura ahogó su miedo tecleando un “sigamos, ¿dónde nos habíamos quedado?” “En que te iba a hacer el amor con todos mis sentidos, mi niña pequeña y en que tú ibas a dejarte hacer.” “Lo quiero Diego, es lo que más deseo en este mundo ahora, por encima de todas las cosas. Esto es una infidelidad cibernética y jamás he tenido una en la red. Me gusta pero a la vez me siento confusa. Querría que estuvieras ahora conmigo, que me amaras tal y como me amas siempre, tal y como vas a describírmelo ahora, querría enredar mis dedos en tu cabello, enredar todo mi cuerpo en el tuyo.” “¿Y fuera de la red? ¿Has sido infiel alguna vez, Laura?”, preguntó Diego. “Sí, lo he sido, en dos ocasiones.” “¿Puedo preguntarte cómo empezaron esas relaciones clandestinas?” “¿Y no sientes más curiosidad por preguntarme por qué terminaron? “Siento curiosidad por todo lo que te rodea. No sé qué me has dado, pero me enciendes con sólo decirme “hola”. ¿Curiosidad? Por supuesto que la siento, pero más por saberlo todo de ti, por descubrir qué te gusta, qué te preocupa, qué anhelas. Y por supuesto, por cómo comenzaron y terminaron aquellas historias.”

Ella le contó y le fue muy sencillo hacerlo. Pero sólo habló de Fernando, añadiendo que antes había sido infiel con un compañero de oficina, obviando los detalles de aquella aventura y Diego respetó su silencio. “Eres una mujer sensible e intuyo que no quieres exponerte de nuevo porque te han hecho daño. El dolor es grande y la herida todavía supura. Sé que ese tal Fernando no te hirió, pero creo que el otro hombre sí te hizo daño. No me cuentes hoy si no quieres, tal vez otro día te apetezca hacerlo.”

Laura supo que ese día al que Diego se refería no iba a ser ése, no se encontraba con fuerzas para contarle porque, en efecto, aquella herida aún sangraba, aunque imaginó el momento muy cercano. Un hombre y una mujer que hacía tan solo una semana era dos auténticos desconocidos se habían convertido en amantes y confidentes en la distancia. Un par de días más tarde ella le contó el motivo por el que su alma estaba rota y su corazón atormentado. Él leyó atentó, añadiendo de vez en cuando un “entiendo”, “uff”, “la vida es medicina amarga” y un “yo también sufrí por amor”, que ella sintió muy real, melancólico y triste. Cuando Laura acabó de contarle añadió: “llevamos días haciendo el amor sin contacto físico pero nuestros encuentros no tienen nada que envidiar a encuentros reales de pieles encendidas. Nuestros cuerpos estaban incandescentes en la distancia, casi volcánicos. Estamos más vivos que nunca y ni siquiera sé cómo eres, mi rostro de comic, de masculino personaje de Luis Royo. Me siento deseada, amada y mujer. Me siento bien con un hombre a quien ni siquiera pongo rostro. Tú me sabes, me conoces, has visto mi cara en mi perfil de Twitter. Yo…” “¿Es mi aspecto tan importante para ti, Laura? ¿Sentirías más si supieras qué aspecto tengo? Creo que no. Soy un tipo normal, uno de tantos con los que te cruzas a diario por la calle, quizás nos hayamos cruzado alguna vez y no te hayas fijado en mí. ¿Acaso importa cómo sea si te hago sentir bien?” “No, no importa”, contestó ella. “Sólo nosotros, tú y yo y nuestro Chat, ¿para qué más?”, añadió Diego. Laura sabía que tenía razón. Sentía su cuerpo, sentía sus manos, sentía su piel y sus caricias sin ponerle cara, no le era necesario verlo para saborear sus labios cada noche y sentir cómo él acariciaba su cuerpo y lo encendía como una antorcha fulgente. “Pues dicho esto debo añadir algo, cariño: quiero conocerte y que veas mi rostro por primera vez tomando un café y no a través de la fría cámara del chat”, solicitó Diego. “Línea roja”, contestó Laura. “Olvidas lo que tenemos. Sin tocarnos nos sentimos pues tenemos magia. ¿Para qué arriesgarnos a perderla?”

Una semana después ella pensó en esa delgada línea roja. En una línea imaginaria y en el color rojo del arco iris, abriéndose paso tras la lluvia de primavera en el cielo emplomado de Madrid. Diego la amaba cada noche, besaba su piel con sus palabras, se perdía en su pelo, le susurraba al oído palabras escritas. Yacían desnudos en una cama también imaginaria, que ella describió inmaculadamente blanca y tan grande como para perderse y encontrarse de nuevo cada vez que se citaban a través de gmail. Ella en el sofá con su portátil y él en su despacho, sentado frente al ordenador. En su habitación hecha de deseo y en su cama blanca. A veces incluso se duchaban juntos y gozaban de sus pieles, mientras el agua tibia caía sobre sus cuerpos desnudos.

Cada mañana Diego le daba los buenos días. A veces era sensual, otras simplemente era un amigo, por las noches siempre su amante. “Hoy tengo el día melancólico. El tiempo no acompaña, ha amanecido gris y Madrid con nubarrones, es menos Madrid. Me gustan más sus mañanas brillantes, las de primavera. Desde la ventana de mi despacho, cuando no hay nubes, se ve Madrid en todo su esplendor. Me gustaría que estuvieras ahora conmigo, viendo lo que yo contemplo. Sé que teniéndote a mi lado las nubes desaparecerían como por arte de magia. Estoy seguro de ello. Gracias por lo de ayer, fue un regalo fantástico, digno de una mujer extraordinaria. ¿Cómo vas vestida hoy, mi amor?” “Hoy llevo un vestido de punto negro corto y ajustado y una chaqueta corta de blanca. Bolso y zapatos de tacón en color negro.” “Ten cuidado, los corazones de los hombres se paran con facilidad y tú hoy debes estar de infarto.” Laura sonrió. “Lo de ayer… espera que recuerde… ¡Ah, sí! Te amé. Fuiste mi dueño y yo lo fui tuya, así te hice sentir y así me hiciste sentir tú. Mujer. En este momento eres mi dueño, mi realidad.” “Laura, ¿todavía piensas en la línea roja y en perder la magia si la cruzas? Yo te amaría como tú precisas, como sé que te gusta. Nos poseeríamos en un intercambio mutuo de caricias y de besos.” “Piso la línea, Diego, estoy bailando ahora mismo sobre ella. Bailo, bailo, doy vueltas, me mareo…” Laura volvió a sonreír. En su interior ardía; estaba pisando la línea. “¿Me invitarías a comer? No pediríamos postre. El postre nos lo tomaríamos en una habitación de hotel.” “¿El lunes?”, preguntó Diego. “Piso la línea, pero no la he traspasado aún, mi amor. El lunes es demasiado pronto…”

Laura sabía provocar pues estaba fabricada para la provocación. Lo supo hacía tan sólo dos años, cuando se partió en decenas de pedazos que todavía estaba intentando recuperar, tras iniciar una relación tortuosa con aquel compañero de oficina y acabar ésta de un modo abrupto. Día a día los iba pegando, a medida que los encontraba. Gracias a Diego había recuperado varios trozos en apenas un par de semanas. “Cuando tú quieras, no hay prisa, Laura, no hay prisa. Mi deseo por tenerte es enorme pero puedo esperar. Tengo paciencia. Esto no me había pasado nunca, ¿qué me has dado?” “Lo mismo que tú a mí. El regalo de la pasión perdida y de nuevo hallada”, contestó ella. Y ahora, en aquella habitación, Diego ya no era un sueño ni estaba lejos, frente a la pantalla de su ordenador y Laura no estaba tecleando en su portátil. Él era real, estaba de pie a su lado, mirando por la ventana. A través de su smartphone sonaba un tema de John Newman. Laura sonrió y pensó en aquel primer twit mientras lo observaba y él continuaba en silencio. Imaginó que estaba así, sombrío y algo ausente, contemplando el cielo madrileño por la ventana, porque quedaba poco para reencontrarse con la rutina. Llevaban ya dos horas y media en el hotel. Poco a poco el rumor de la lluvia al caer fue atenuándose, hasta que cesó y el silencio se hizo absoluto. De pronto, Diego se giró.

– Mira, Laura, ven.

– ¿Qué pasa?

– Ven, anda, ven- insistió él. Sonrió y movió su mano llamándola. Ella se levantó y la tomó, como un náufrago lo haría a un tronco en medio del océano- es el arco iris, nuestro arco iris.

– Mi línea roja también está dibujada en el cielo junto con los otros colores- Laura acercó su nariz al cristal.

– La que traspasaste hace un par de semanas. ¿Te arrepientes de haberlo hecho?

– Si me hubiera arrepentido no estaría ahora contemplando el arco iris contigo- Laura sonrió,  cogió su cara con ambas manos y besó sus labios. Diego entreabrió su boca y recibió un beso apasionado. El arco iris inundaba Madrid- . Es una imagen preciosa. Inmortalízala.

Laura sacó su móvil del bolso. Diego la miró, trazando el mapa de sus curvas mientras la contemplaba. Ella era una mujer atractiva a pesar de haber cumplido ya los cuarenta. Él siempre decía que era un tipo normal, antes de que sus amante se decidiera a traspasar la imaginaria línea roja. Pero no lo era. Para Laura era especial y estaba convencida de que para su mujer también lo era, sólo que ella probablemente ya lo había olvidado. Cuando se dio la vuelta vio cómo la miraba y no era sólo deseo lo que halló en sus ojos. Aquél era su tercer encuentro. En sus otras dos citas sus ojos sólo denotaron pasión y ganas, muchas ganas. Y al girarse y avanzar hacia él con el móvil en la mano, no sólo vio eso en ellos. Sus ojos además de estar encendidos, también brillaban. El móvil resbaló de entre sus dedos, emitiendo al chocar contra el suelo, un sonido seco y Laura se estremeció.

– ¿Estás bien?- preguntó Diego mientras se agachaba para recoger el teléfono. Laura parecía haberse vuelto piedra frente a él.

– Perdona, no sé qué ha pasado. Por poco me quedo sin móvil- la voz de ella sonó metálica.

– Inmortalizar este instante…- Diego cogió su mano y la llevó con él hasta la ventana. Laura se dejó llevar, arrastrando los pies-. No recuerdo haber visto un arco iris tan hermoso como éste.

– Yo no recuerdo ni siquiera la última vez que vi uno. ¿Crees que nos daría tiempo a hacer el amor antes de volver a nuestras vidas?- preguntó Laura con la mirada perdida en algún punto del cielo madrileño, pero sin ver el impresionante arco iris que se dibujaba en él.

– Cariño, ¿estás bromeando? Te tengo cogida de la mano, pegada tu piel a la mía, calentándose mi cuerpo por momentos al calor del tuyo, ¿y me preguntas si quiero hacerte el amor de nuevo? Lo que no quisiera es dejar de hacértelo nunca- sonrió, aunque intuyó por el aspecto sombrío que presentaba su amante, que algo había cambiado en su interior en apenas un par de minutos.

El arco iris se fue difuminando, como las nubes. Las sábanas les envolvieron con su olor a limpio y poco a poco, la luz dio paso a una oscuridad inundada de estrellas. En el cielo de Madrid apareció la luna llena, blanca y brillante. Laura emitió unos gemidos parecidos a lamentos cuando él entró de nuevo en ella y Diego los acompasó con sus besos y sus jadeos. Por la noche envió un mensaje deseándole buenas noches y ella contestó como siempre, con un “duerme bien y piensa en mí”. Cuando Laura envió aquel correo lo hizo recordando su mirada y palideció. Por un momento se sintió perdida pero al minuto se recompuso, salió a escena y sonrió. A su lado, sentado en el sofá, su marido veía una película. De pronto la miró y le dio un beso en los labios. Ella volvió a sonreír aunque en su boca sintió la amargura espesa de la traición.

La mañana siguiente despertó con un cielo cubierto de nimbos. El sol se hallaba atrapado en plomo y llovió de nuevo. Durante la jornada recibió un par de correos de Diego que no contestó. Antes de salir del trabajo se dispuso a hacerlo pero luego decidió que sería mejor esperar un poco más. Ni siquiera le envió un simple, “Hola Diego, espero que estés bien”. Todavía estaba un poco confusa. Tal vez, se dijo, lo que creía haber observado la tarde anterior en su mirada no había sido más que un producto de su imaginación desbordante. Aquel día había quedado a comer con unas amigas y supuso que la amena conversación y los cotilleos banales durante aquel almuerzo, despejarían su cabeza. Una de sus amigas, Marta, acababa de dejar a su amante, lo que no había sorprendido a las otras dos. Su amiga ya iba por el tercero en dos años.

– Últimamente se portaba como un niño pequeño. Llegó a ser insoportable.

– ¿Como un niño pequeño?- la voz de Laura se rasgó.

– Sí, como un inmaduro adolescente.

– Diego me llama niña pequeña- comentó Laura, perdiendo su mirada en su taza de café- . No utiliza esa expresión para llamarme inmadura, es una expresión cariñosa y que usa cuando me siento un tanto abatida. Es su modo de arroparme y lo hace bien.

– Pues a mí Rubén cada vez me exigía más, a sabiendas de que yo tenía familia. Y no uso la expresión “niño pequeño” cariñosamente, sino con sentido crítico. Él está sólo y puede disponer de su tiempo como le plazca pero yo no estoy sola y mi tiempo es de mi marido y de mis hijos también. La gota que colmó el vaso fue cuando dije que no podía quedar con él el viernes pasado y se puso como un energúmeno, haciéndome una de sus escenitas en plena calle. Conmenté que era el cumpleaños de Manuel y no le entraba en la cabeza que tenía que estar con mi familia celebrándolo. ¡No lo entendía! Y luego me saltó con que me amaba. ¿Os lo podéis creer? ¡Otro amante enamorado! Y ya van tres.

– ¿Y por qué te extrañas? ¿Acaso crees que ningún hombre puede enamorarse de ti?- preguntó Alba, la otra amiga, la única de las tres que jamás había tenido una aventura.

– No, no es eso… Claro que me siento deseable y capaz de enamorar pero es que no quiero amor. Laura, tú me entiendes.

– ¿Te entiendo?- Laura tenía amargura en su mirada. Empezaba a arrepentirse de no haber contestado a Diego aquella mañana.

– Fernando te dijo que te quería y lo dejaste. Fuiste radical.

– Fui una estúpida- Laura cogió su móvil y abrió gmail. Los dos mensajes de Diego aparecieron en la pantalla de su smartphone.

– ¿Una estúpida?

– Y una cobarde. Quería a Fernando, siempre lo quise, incluso antes de casarme con Luis. Y me asusté cuando se convirtió en mi amante y me dijo que me amaba. Lo vendí y me vendí por la seguridad de mi hogar.

– ¿Venderte? ¡Pero Laura, estamos hablando de la familia! ¡De nuestros hogares!- Marta miraba perpleja a Laura. Alba observaba a sus amigas, sin meter baza en tan interesante conversación.

– Mis hijos son mayores y ya vuelan solos. Ni siquiera me planteé si le quería. Ni le escuché ni tan siquiera me paré a escucharme. Me escudé en mi familia por egoísmo.

– No te entiendo- comentó Marta.

– ¿Quieres a tu marido?- preguntó Laura.

– ¿Qué tiene que ver eso con lo que estamos hablando?

– No le quiero como antes. Lo que siento por él es lo que imagino que tú sientes por Luis. Cariño.

– El cariño no es suficiente- Laura comenzaba a descubrirse, a descubrir la verdad.

– No quiero quedarme sola- confesó al fin Marta-. Rubén es un espíritu libre, ya lo sabéis. No está preparado para asumir la vida que yo llevo, la que me gusta llevar. Jamás compartiríamos más que cama y momentos. Yo necesito enjaular, para mí es vital la seguridad de las caricias y los abrazos, la del sofá y la mantita en invierno. Rubén es de bourbon con los amigos, de abrir la jaula y volar de vez en cuando, de campo, de olivos y viñas. Yo soy de asfalto, de humo, de gente, de esa que viene y va y que te da codazos cuando paseas por la Gran Vía una tarde de domingo.

– Rubén no era el hombre de tu vida, no era de enjaular, partimos de esta premisa cierta pero, ¿Carlos y César lo fueron?- preguntó Laura- ¿Te lo has planteado alguna vez después de tanto tiempo?

– César sí- los ojos de Marta se arrasaron. Laura había metido el dedo en la llaga. La historia de César era una herida que no acababa de cicatrizar aun después de haber pasado tantos años.

– Y, sin embargo, cortaste en cuanto te propuso dejar a tu marido para irte a vivir con él. Pero olvidaste algo, – Laura miró a su amiga- que no lo dejabas todo sino que lo encontrabas todo. Lo perdido en el pajar volvía a ser hallado. Todos tenemos pajares donde hemos perdido una aguja. Se nos muestra el camino para encontrarla pero la paja no nos deja ver que la aguja está ahí, en algún lugar del pajar. Sólo hay que tener paciencia y buscar- dejó de hablar y comenzó a escribir un mensaje a Diego, disculpándose por la tardanza en contestar a sus emails.

– ¿Estás enamorada de tu twittero?- preguntó Alba que entró en escena como si se hubiera despertado de un profundo letargo.

– Hablaba de Marta, no de mí.

– Pues no me lo parecía.- Laura miró a Alba. Su amiga no era estúpida- . Ayer vi algo en sus ojos y me asusté. Últimamente me asusto hasta de mi propia sombra.

– Quedasteis ayer y te asustaste por ver algo en su mirada. ¿Amor?- preguntó Alba. Marta miraba a ambas, confusa.

– No sabría decirte lo que vi o lo que creí ver, pero sentí miedo. Estoy tan bien con él. Disculpad… Ahora seguimos, tengo que ir al baño- Laura se levantó y dejó a sus amigas con la palabra en la boca.

En los aseos escribió a Diego. No preguntó por lo que había creído ver la tarde anterior en su mirada. Ojos profundos, sin doblez ni misterio, como su sonrisa. Diego no engañaba con ellos pues eran tan transparentes como los suyos. Sólo  dijo que lo echaba de menos. Era cierto, lo echaba mucho de menos. Diego contestó a los cinco minutos, como si hubiera estado pendiente del correo todo el tiempo. Tenía un hueco en su agenda al día siguiente: menos de dos horas. En el mismo hotel. Suficiente. Laura regresó con sus amigas. Su rostro estaba más sonrosado, su respiración más agitada. Había llegado un momento de dulzura a su vida a un solo golpe de envío de un email y de recepción de noticias deseadas, de esos tan efímeros que hay que saborear antes de que se conviertan en aire, de los que saben a nube. Con su nueva cita, había llegado un momento de felicidad.

Y para aquel nuevo encuentro decidió ir a comprar lencería con sus amigas. Negra, como le gustaba a ella y como le gustaba a Diego. Un liguero precioso. Un corpiño. Medias finísimas. Incluso tenía en mente el vestido que iba a ponerse para la nueva cita. Uno verde esmeralda de punto con un escote en V muy favorecedor y que dejaba entrever sus pechos, todavía hermosos, blazier blanco, romanas de plataforma infinita y bolso a juego.

– Yo con mi marido no me pongo jamás tan sexy- comentó Alba mientras pagaban en caja sus compras.

– Acabas de comprarte un picardías precioso- Laura sacó del bolso el smartphone y envió un whatsapp a su marido. Llegaría a eso de las siete. Le pedía que sacara algo del congelador para la cena. Él le decía que no quedaba pan en casa y que parase por la panadería antes de llegar a casa.

– Bueno, el sexo con mi marido todavía es aceptable. De vez en cuando.

– Y de cuando en vez…- Laura sonrió.

– Yo no me quiebro tanto la cabeza como vosotras. Nunca he tenido amante sobre el que hablar- comentó Alba.- Con mi marido ya tengo más que suficiente.

– Mejor para ti. Sufrir no es algo que se elija.

– Sin duda alguna.

Cuando llegó a su barrio hizo un alto en la panadería. A Laura le gustaba el pan. Ya no se hace verdadero pan, es todo precocinado. Compró dos hogazas de pan candeal y una chapata. El panadero conversó con ella durante unos minutos. A esa hora la panadería solía estar vacía. A esa hora la gente no solía estar comprando pan, a esa hora, en primavera, la gente estaba en los parques y en las terrazas, gozando del sol de primavera. A esa hora, sin embargo, Laura estaba comprando pan.

Era un hombre amable aquel panadero. Sonreía siempre enseñando sus dientes. La suya era una sonrisa tan amplia y sincera como la de Diego y por eso aquel hombre le caía tan bien sin apenas conocerle. Mientras conversaban, Laura se abstrajo ligeramente. No sólo hemos perdido la capacidad de sonreír, pensó, sino también la de hacer felices a quienes nos rodean y a quienes dependen de nosotros. Ya no sabemos qué es ser feliz. ¿Qué podría hacer ella con su vida para poder llegar a afirmar algún día que había conseguido ser y hacer feliz a alguien? Ya apenas hablaba con sus hijos. Tenían horarios distintos, entraban y salían de su casa como si fueran tan sólo huéspedes de un hostal frío y nada hogareño. Su marido trabajaba mucho y ya apenas había comunicación entre ellos. Él no sonreía nunca, ni siquiera cuando su equipo marcaba un gol y lo celebraba ante el televisor. No sonreír, se dijo, es tan triste…

Cuando salió de nuevo a la calle, cogió un pedazo de pan de chapata y lo olió. Olía a pan de verdad. Se lo llevó a la boca y masticó despacio. Sonrió. Ella aún tenía, de vez en cuando, esa mueca que pone un flash de felicidad en la cara. Un pedazo de pan recién salido del horno puede ser lo más parecido a alcanzar el Nirvana cuando uno aspira a bien poco, cuando nada pide, cuando todo le viene bien, cuando las pequeñas cosas sorprenden todavía. Se quitó los zapatos en la entrada y dejó el pan sobre la mesa de la cocina. Estaba cansada. Sus ojos no aguantaban más el maquillaje y su sonrisa se había esfumado, al cruzar la puerta de la calle. Sin embargo, trató de parecer contenta.

Su marido estaba preparando la cena. Le dio un beso en la mejilla y ella se lo devolvió. Él no merecía sus rechazos pues era un buen hombre, un buen marido y un buen padre. Sólo que él ya no era ya su hombre sino era un ser ajeno, extraño, diferente. O tal vez, la que era diferente, la que había cambiado era ella. Hacía años que sus besos no la colmaban, que sus tardes de sofá y manta en invierno no la llenaban, que sus noches no eran plenas, que no jadeaba como lo hacía él cuando hacían el amor. Porque su marido aún la encontraba excitante y, sin embargo, ella solo se sentía mujer con Diego. ¿Por qué había cambiado todo tan pronto? Trece años de matrimonio no eran demasiados. Tal vez, se dijo mientras se desmaquillaba, lo que les había cambiado eran las circunstancias. El exceso de trabajo y el querer llenar con dinero los vacíos existenciales de sus almas. Su marido era su propio jefe y siempre llegaba tarde a casa. Apenas tenía tiempo para un hola, un hasta mañana, un beso y una caricia para los niños y, de vez en cuando, para un orgasmo ocasional cuando el cuerpo no aguantaba más el hastío de las horas de ausencia. Sólo los viernes se permitía el lujo de volver a las seis. A veces, ni siquiera podía permitírselo. Aquel horario interminable había comenzado apenas se casaron. Poco después llegaron los niños y la casa se llenó de llantos de bebé, de olor a talco y a colonia Nenuco. Y casi sin darse cuenta, en unos años llegaron la rutina, el cansancio y las prisas, y luego la casa se lleno de objetos innecesarios que enterraron el cariño y la ternura.

Todo cambió a pesar del Mercedes de él, del Audi de ella, de las sortijas y relojes de oro por sus aniversarios de boda y de las cenas en restaurantes de lujo. De hecho, mientras se quitaba el rimmel de los ojos, Laura pensaba que todo cambió cuando llegó el éxito de su marido. Pero ella nunca necesitó “cosas”, ella jamás necesitó joyas, tan solo, y ahora lo veía claro mientras se miraba en el espejo del baño, lo necesitaba a él.

Al día siguiente volvió a reunirse con Diego en el mismo hotel. No hubo aquella tarde lluvia de primavera ni arco iris. Sin embargo, sí hubo magia, la magia de los besos encendidos, del sudor, de la saliva, de los jadeos, de los gemidos. La magia de unas palabras al oído, de unos labios ardientes, de dos pieles fundiéndose en una. La corbata de Diego ató su cuello, su boca ató su piel, sus manos ataron su alma.

– Gracias por ser tan maravillosa- dijo mientras acariciaba con su boca sus pies, mientras perdía su lengua por cada uno de sus dedos y ella sonreía sintiendo cosquillas de felicidad.

Laura no preguntó por la mirada que vio en él el día anterior, no preguntó por la que veía en ese momento, cuando sus manos acariciaban sus pies, cuando se deslizaban con suavidad por sus pantorrillas, cuando subían poco a poco por sus muslos, cuando subían un poco más y acariciaban sus caderas y su vientre con la suavidad de una pluma. No preguntó por el mañana, poco importaba el mañana porque ella era feliz hoy y ésa, sólo ésa era su realidad en ese momento. Diego era todo lo que quería tener  y nada más importaba. Esa habitación, esa cama, esas sábanas, esa piel vibrando junto a la suya. Laura se estremeció y se dejó amar con una suave música de fondo, la que sonaba en el móvil de Diego. El cielo se volvió ámbar y los rojos y anaranjados de Madrid cubrieron la habitación por entero, mientras él adoraba su cuerpo con la suavidad que solo sienten los amantes que se entregan por completo. Y Laura sintió y Diego sintió. Y Madrid comenzó a bostezar, al abrigo de sus gemidos.

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7 thoughts on “DESCONEXIÓN 2 (ARCO IRIS)”

  1. Buenas tardes, acabo de leer la mitad del relato y promete, el hilo conductor de dos náufragos que se encuentran en la Red está bien tejido y las descripciones de sus interiores es revelador, lo dicho promete.
    Ánimos Aída

    1. Continúa leyendo… aunque deberías leer la primera parte, Salva, te aseguro que te gustará. Un saludo desde Madrid y bienvenido a tormentasdetinta. Espero seguir viéndote por aquí.

      1. Urnas noches Aída, ya lo he leído, me parece un reflejo de nuestra sociedad preñada de prisas, cosas materiales, apariencias y soles y arcos iris que brillan de vez en cuando… Diego y Laura son de carne y hueso…Podría poner más frases del relato pero saco esta…’La corbata de Diego ató su cuello, su boca ató su piel, sus manos ataron su alma’
        Por cierto había leído la primera parte…

        1. Hola Salva. Gracias de nuevo por tu comentario tras leer el relato completo. Acertada frase la que escogiste. Atar una corbata al cuello no deja de ser una metáfora para hablar de “HAMOR”. Me comentas que leiste DESCONEXIÓN 1″. Te invito a plasmar en el blog tu comentario. Para un escritor, la crítica del lector no deja de ser un estimulante para seguir creando. Un saludo desde mi Madrid engalanado ya de otoño. Te espero.

  2. Aunque soy todavía un crío, creo que sé diferenciar rasgos que permiten distinguir a un buen escritor de uno aficionado. Uno de ellos es el que he apreciado en expresiones tuyas como “el cuentagotas con el que disfrutan del tiempo robado”, “una vida vivida a la carrera, sin apenas un momento para saborearla como si de una copa de buen vino se tratara”, “con la precipitación que marcan los días iguales”, etc. Transmitir sensaciones a través de comparaciones e imágenes de este tipo me parece la forma más penetrante de provocar que algo se mueva dentro del lector.
    Un abrazo desde nuestro Madrid 🙂

    Javier Adrada de la Torre, pantateron.blogspot.com

    1. Ante todo, gracias por tu comentario a Desconexión 2. Si no lo has hecho aún, te invito a leer la primera parte de esta entrada, que escribí allá por marzo, casi recién nacido este blog, del que me siento orgullosa. Comentarios como el tuyo, me animan a seguir escribiendo con la misma ilusión y entusiasmo con el que he visto que escribes en el tuyo. Te leeré pues he descubierto talento en tu trabajo. Y el talento se busca, se persigue y gusta compartirlo. Saludos desde nuestro maravilloso Madrid, Javier. Seguimos en contacto.

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