RELATO CORTO

TRES FOLIOS

El principal problema era que habían perdido todo contacto. Él la odiaba de un modo visceral y profundo. Calando hondo ese odio en su alma desgranada de soledades, acumuladas después de horas y horas de reflexiones profundas y amargas, de sentimiento de vacío e incomprensión. Era extraño, se decía ella, que un día todo hubiera sido cómplices de andaduras artísticas y al otro se sintiera aún más vacía que él. Vacía, quemada, lapidada e incluso crucificada. La vida es injusta. No era cuestión de montar en la alfombra mágica, lo de ella fue confusión de sentimientos. Ahora lo sabía. Buscaba fuera lo que siempre había tenido en su interior. Si se admira en demasía, quitándose valor uno mismo por idolatrar a otro, se puede caer en el error de ver magia fuera, y no dentro, que es donde hay que buscarla. Los diamantes se encuentran en tu mina, tan solo hay que cavar.

Se seguían en la distancia (ella intuía que él lo hacía aún, tiempo después de que se despidiera de ella, alejándose de la tormenta) y a ella le costaba olvidar, empleando el tiempo en lamentarse y no en buscar su propio tesoro, pues su cerebro no le daba descanso, su mente no era de ida y vuelta y no tenía botón de parar y rebobinar. No se olvida jamás pero se puede vivir recordando lo bueno vivido para que el dolor no impida encontrar.

Él viviría del aire, comentó una vez, si con ello pudiera alcanzar la ansiada libertad. Mágica inspiración de setecientos folios que nunca llegaba. Tal vez, pensó ella, si mirase dentro sin malgastar sus días en lamentarse de su vacío, hallaría los millones de palabras encadenadas que necesitaba para ser feliz. Nunca se atrevió a hacerle tal recomendación, pues pensaba que a “los espíritus libres nadie debe dar consejo.” Sin embargo, él si lo hacía porque quizás la veía como arcilla para moldear. Pasado un tiempo llegó el adiós, cargado de un poso amargo de cinismo. Todos somos descortésmente humanos cuando nos hallamos sometidos a la tensión del reproche y las preguntas. Hay que ponerse a salvo culpando al otro, hay que mentir y creerse las propias mentiras. A fin de cuentas, nadie puede contradecir nuestras “verdades a medias”. “¿Te arrepientes?” ¿La magia entre ambos jamás existió? Ella fue franca y le costaba entender en qué parte del camino se había perdido. Lloró durante semanas. Apenas podía conciliar el sueño. Lloró más cuando comprobó que aún diciendo adiós este no llegó en realidad… Sin embargo, a pesar de la crueldad de él en un par de ocasiones, ella prefería observar en la distancia, esperando siempre que todo le fuera bien. No leyó ya más que necesitaba una tregua, no leyó que le faltaba el aire, no lo vio triste aunque sí un tanto melancólico en ocasiones.

Se preguntaba ella, al recordar las risas y los agradables conversaciones mantenidas: “¿De verdad cambié tanto? ¿Tanto hice para que quien una vez fue un soplo de brisa fresca, un haz de luz entre tanta oscuridad, ahora se presente como un hombre tan oscuro?” Ella nunca había odiado tan profundamente, ni se consideraba despreciable, mezquina o cruel. Su único delito fue cruzar una imaginaria línea, aunque jamás se arrepintió de hacerlo. En ese momento, quiso cruzarla pues tuvo la sensación de haber sido invitada a hacerlo. “¿Te arrepientes?” ¿ Por qué aquella pregunta cuando él debía hacer dicho: “tranquila, está olvidado.”? Esa línea fue maquillada por el hermanamiento de dos seres que se sienten solos entre millones de personas. Llegó a verse muchos escalones abajo, intentando respirar el aire que él respiraba, para impregnarse de la magia que ella imaginaba que rodeaba a aquel ser etéreo con quien por casualidad se topó un día.

Fue maravilloso saberse también mágica durante un tiempo, ese en que él le dijo que ambos surcaban el mismo mar sobre el mismo barco de velas plateadas, versos y prosas hechos de lágrimas y soledad. “Transparentes son tus ojos. Obra de arte es tu creación.”

El principal problema era que él no era etéreo sino humano, tanto o más que ella. La libertad que decía tener no era tal y la incomprensión de la que siempre había hablado, no debía serlo tampoco. No iba solo a conciertos ni vivía en soledad lo que amaba. Tenia todo y aseguró no tener nada. Mintió pero ella nunca lo hizo. De hecho, ahora estaba sola. Vivía acompañada pero había decidido caminar por su cuenta. No tenía miedo a la soledad, no tenía miedo al dolor, no tenía miedo a llorar. Incluso no tuvo miedo cuando vio barro donde una vez contempló un espejo en el que mirarse.

Acababa de leerlo, después de meses sin hacerlo. Sintió curiosidad tras haber vuelto a sangrar, apenas dos días antes. Descubrió una falta de ortografía en un bello relato que él había escrito hacía tiempo. LLEMAS Y HOLIENDO. Pavor. Humanidad. La que no tuvo con ella meses atrás, ni siquiera para proporcionarle la paz que rogó que le diera. Hubiera bastado con mostrarle su “pecado” en esos tres folios escritos. Nunca recibió respuesta. No podía haberla. Los folios escritos jamás existieron. Lo supo aquel día.

LLEMAS y HOLIENDO “Si pudiera decírselo…” ¿Pero cómo se lo tomaría? ¿Recibiría como respuesta su desdén y eso lo convertiría en más oscuro aún? Quizás causaría sangre en su entorno… No quería eso, nunca lo quiso. Jamás deseó hacerle daño. “Tal vez un día repasará sus relatos y lo verá. Tal vez… La perfección podría ser uno de sus lemas. Lo hará.”

El principal problema era…

tormenta

 

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