ASI SOY YO

ES NAVIDAD

La Navidad es una época extraña. Se la odia o se la disfruta. La odian los que no gustan de tanta comilona de empresa con jefe incluido, chistes verdes y copitas de más, reuniones familiares con falsas sonrisas (rara es la noche que no acaba como el rosario de la aurora), paz, amor y amistad a raudales (salen durante estas fechas “amigos” hasta debajo las piedras), mensajes de WhatsApp que se repiten año tras año, luces leds en calles y escaparates, villancicos estridentes en centros comerciales y anuncios de juguetes y perfumes y consumo por doquier. FIEBRE CONSUMISTA que nos devora aunque, después del 6 de enero, esa cuesta se nos presente como el mismo Everest. Otros (estuve jugando en ese “equipo” hasta que mis hijas supieron quiénes eran los Reyes Magos y cuál el motivo por el que no siempre recibían los regalos pedidos en su carta), adoran la Navidad, pues el ver unos resplandecientes ojillos infantiles disfrutando su magia, no tiene precio.

Algunos otros estamos en un término medio en el que, precisamente, no creo que esté la virtud en el caso de hablar de Navidad. Simplemente, no creemos en ella por diversos motivos. En mi caso, mis hijas, como os acabo de comentar, son ya adolescentes y hace tiempo que dejaron de creer. Recuerdo cuando conté a mi hija mayor la verdad sobre aquellos Magos de Oriente, pues lo tengo grabado a fuego en mi memoria.Hacía algunos días que me comentaba, curiosa y algo confundida, sobre lo que los demás niños le habían dicho acerca de aquel tema un tanto “escabroso.” Apenas faltaba una semana para Reyes y pensé que podía esperar al 7 de enero para convertirla en adolescente sumergiéndola en el mundo real, el de los adultos, el de la gente sin magia… Pero ella insistió. Mirándome con esa carita dulce y esos enormes ojos verdes, me comentó que no quería ser una niña tonta delante de todos sus amigos. “Por favor, mamá, no me mientas…” La lavaba el pelo en la bañera, sentada en el suelo del baño, con la cabecita para atrás. El agua corría por sus cabellos castaños y tenía una mirada suplicante. Quería ser mayor, me dije al contemplar sus brillantes ojos fijos en los míos. Pero… era tan duro… La Navidad, me decía por dentro, es magia. Poner la bandeja con las tazas de loza con leche y colacao, un platillo de postre con polvorones y turrón, dejarlo junto a la chimenea… Ah, y un plato de golosinas para los camellos y una jarrita de agua, por si tenían sed… Todo ello desaparecería… Pero Noelia seguía mirándome mientras el agua continuaba cayendo sobre su cabello. Enjaboné su pelo, respiré hondo y me decidí a contarle la verdad.

-“Verás, Noelia… Los Reyes existieron… una vez. Hace ya mucho tiempo, fueron a Belén, adoraron a un niño y lo hallaron hermoso, al ver sus ojitos maravillados ante los presentes que le ofrecieron por su nacimiento. Así que decidieron que podrían hacer eso todos los años por esas mismas fechas, llevando regalos a todos los niños que pudieran. Pero pronto se dieron cuenta de que era trabajo imposible pues ellos eran tres, y aunque tenían pajes que los ayudaban, cada vez había más niños a los que llevar presentes. Así que pasado algún tiempo y cuando apenas tenían ya fuerzas, pues eran muy ancianos, pensaron que sería bueno que una vez ellos ya no estuvieran en la tierra, fueran sus sucesores en esa tarea, quienes más querían a los niños. Así que toda la magia de la Navidad, la traspasaron a esas personas, que viven por y para vosotros. Ellos son los Reyes y los pajes, y hasta los camellos si me apuras…

– No te entiendo bien, mami…- me dijo con su suave vocecita.

– Cielo,- Continué mientras aclaraba su cabello.- los Reyes Magos murieron hace mucho y su legado lo traspasaron a quienes os quieren más… ¿Quiénes os quieren más a tu hermana y a ti?- pregunté con voz temblorosa pues a mi pequeña se le empañaron los ojos al comprender.

– Vosotros, mamá… Los Reyes Magos… sois vosotros.

– Si, pushiba, así es.

En ese momento, tomé conciencia del motivo por el que apenas podía ver ya su carita. Mis ojos estaban inundados por las lágrimas a punto de desbordarse. Mi pequeña había comenzado a llorar. Sequé su pelo con una toalla y nos abrazamos. De vez en cuando nos mirábamos y volvíamos a abrazarnos con fuerza. Hasta que le rogué que parara de llorar, que los padres también teníamos magia: la magia de AMAR, de querer por encima de todas las cosas, de educar, de vivir para hacerlos felices, de dotarlos de alas para volar, de animar a los hijos a alzar el vuelo cuando estuvieran preparados. Pero, ¿qué puede entender una niña de apenas diez años? Noelia me miró, aun con lágrimas en los ojos y solo acertó a decir: “¿Y Papá Noel tampoco existe? ¿Y el ratoncito Pérez menos aún, no?” Y seguimos llorando un rato largo. Nos abrazábamos, llorábamos, volvíamos a soltarnos, intentábamos parar, brotaban más lágrimas de nuestros ojos, y así entramos en un bucle de llanto y tristeza que tardó más de media hora en desenredarse. Y con nuestras lágrimas, en cierto modo la magia de la Navidad se fue aquella tarde, perdiéndose en su cabello mojado con olor a champú. Tras la llantina, nos levantamos y me cogió de la mano. Aquella muestra de afecto fue un alivio para mí, que estaba derrotada tras convertir a los Reyes Magos en una leyenda. Jamás pensé que contar aquello fuera ser tan doloroso para ambas.

Pedí a Noelia que no dijera nada a su hermana pues aún podía disfrutar de los Magos de Oriente un par de años más, como le había sucedido a ella. Me respondió con una sonrisa y me besó en la mejilla. Nunca un beso me resultó tan delicioso. De esto han pasado casi ocho años. Con Cris no me costó tanto pues ella descubrió la verdad antes de que yo se la contara. Dicen que los pequeños espabilan antes, y no me cabe duda de que en el caso de mis dos hijas, se cumple esa regla de vida.

Y ahora regresa la magia de la Navidad. Pues, aun sin creer en ella, si creo en mí y en los míos. Creo en las ausencias, tanto de aquellos a los que  no veremos más y añoramos, como de los seres queridos que están lejos pero siempre presentes y que, por estas fechas, desearíamos tener cerca para compartir.

No amo la Navidad.  Amo la vida, amo a la gente (sobre todo a “mi gente”), amo la calidez de la mantita en invierno, amo compartir con los amigos, amo que me recuerden, que me escriban, recordar y escribir, amo el Amor.

Tampoco la detesto en sí misma. Lo que detesto es la hipocresía y la arrogancia, la indiferencia, la mentira, las mediciones con distintos raseros, detesto la vanidad, el egocentrismo, la mediocridad, a la gente cuya verdad parece ser la ÚNICA VERDAD, detesto la intolerancia, que a la gente con valores se los tache de imbéciles, detesto el consumismo, el mirar para otro lado, detesto a quienes no aprecian la música de un trovador de Metro que alegra con su violín nuestras mañanas, detesto los golpes de pecho de quienes luego se llenan la “huchaca” y nos toman por estúpidos, detesto el servilismo, el peloteo,  la postura cómoda del que dice “aunque yo dé, yo haga, yo recicle, yo combata, ¿de qué servirá si soy uno solo? Detesto eso y no la Navidad. Por tanto, detesto todo eso, en cualquier época del año, pero en esta, tal vez aún más.

Y en Navidad, cuando todos nos deseamos lo mejor sin sentirlo, yo tan solo deseo seguir con los míos, seguir amando y compartiendo un año más, buenos  momentos. Seguir siendo, simplemente, YO.

FELIZ AÑO 2015 PARA TODOS los que también desean seguir siendo ELLOS MISMOS.

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2 comentarios en “ES NAVIDAD”

  1. Bonito y muy emotivo. Pero aunque se sepa la verdad, la ilusión en los “Reyes” no se pierde, todos esperamos con ilusión ese día.

    1. Sigo esperando. Pero ahora es distinto. Mi mejor regalo este año no lo tendré. Pues mi mejor regalo se llama “presencia”. Valoro más lo que no se toca. La vida me ha llevado a ello, pues ya tengo ausencias que echar de menos. Gracias, por leerme y Feliz Navidad.

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