RELATO CORTO

LA LISTA

Hacía menos de diez minutos que habían discutido por una banalidad, después de haberse acostado juntos. Él sólo era otro nombre de una lista ni corta ni larga: su lista, nada más. Pese a ello, aquella discusión la había llenado de desasosiego pues sentía cierta ternura por él.

El hombre no estaba mal, tenía carisma y atractivo y, además, lo sabía. Un seductor, en definitiva. Pero su verdadero carácter, que había salido por primera vez  durante aquella discusión, fue un desagradable descubrimiento para ella.  No merecía la pena obviarlo por el hecho de que su amante poseyera un físico agradable. Demasiado autoritario y seco para ser un hombre que desea hacer suya a una mujer, y también dejarla  satisfecha. “No hay peor cosa para el deseo que sacar el lado oscuro justo después de hacer el amor”, pensó ella, mientras revivía en su cabeza las duras palabras de su amante y cada uno de sus gestos autoritarios.

Al principio de conocerse iba todo relativamente bien pues las cosas habían quedado claras entre ambos: amantes. Pero para una relación clandestina sin nada que deberse, nada que esperar y solo presente, la conquista nunca debe darse por terminada. Una relación extramatrimonial lleva implícita en sí misma una continua búsqueda de experiencias excitantes y novedosas, y las discusiones deben reservarse para casa. Estaba claro, según vio ella en aquel mismo instante, que ya no había conquista. Para aquel hombre, ella ya era su castillo conquistado. Lo que él parecía haber olvidado era que ella no era su mujer, sino su amante. La discusión quemó el deseo en aquel mismo instante, aunque él hubiera recuperado la sonrisa y diese por zanjado el tema con relativa facilidad.

El hombre se levantó de la cama y fue al baño. El sonido del agua al correr sonó mientras ella esperaba su regreso. Se había cubierto el cuerpo, percatándose de su desnudez. Ya no le gustaba estar desnuda y se sentía vulnerable en aquella cama enorme.  Incluso la habitación parecía estar más fría. Al cabo de unos minutos, el hombre salió con el pelo mojado, se sentó en la cama, preguntó si estaba enfadada y sonrió, acariciando su rostro y restando importancia a la discusión. “Ha sido una tontería, no estemos tensos, nena”, comentó. Pero ella ya deseaba marcharse hacía un buen rato, pues aquella salida de tiesto no le había parecido una tontería. Para discusiones, ya tenía las de casa y no le apetecía aguantar una y menos por la gilipollez que la había originado.

No obstante, disimuló su disgusto y volvieron a hacer el amor. En realidad practicaron sexo, pues por él no sentía nada ni el hombre por ella. Los amantes no deben hacer el amor, sólo deben follar. LLegó al orgasmo y después se puso encima de él y se movió deprisa hasta que él lo alcanzó. Su amante alabó su destreza, su entrega, su sensualidad, su lujuria. “Eres francamente buena dando placer a un hombre”, dijo. Aquel comentario no hizo que olvidara el mal trago pasado hacía menos de una hora y su deseo de marcharse cuanto antes.

Después de vestirse el hombre la llevó hasta su casa, la dejó a dos manzanas de su portal  y se despidieron con un beso. Ya en casa, pensó en otro hombre de su lista. Además de este y de aquel con el que acababa de acostarse, sólo la completaban un compañero con quien, muy de tarde en tarde, tenía encuentros en un hotel cercano a la oficina y un antiguo novio al que había vuelto a ver después de la última reunión de la vieja pandilla. Los otros hombres que habían conformado su lista, habían sido tachados de ella con el tiempo.

Aquel hombre era su amante desde hacía más de un año. Divertido y ocurrente, la hacía sonreír pero, sobre todo, sentir. No era solo sexo. Había algo más pero ella echaba paladas a sus sentimientos. Ese hombre era el único al que quería  a su manera. El sentido práctico de la mujer le hacía sentir miedo a perder su vida familiar, cómoda y rutinaria. Amar, era para ella algo complicado, teniendo en cuenta que pese a esa rutina, su matrimonio era poco problemático. Su marido se pasaba media vida viajando y su hijo estudiaba fuera de España. Mucho tiempo sólo para ella, tiempo que no necesitaba justificar con inventadas reuniones de negocios fuera de Madrid, reuniones de ex alumnos o cenas con sus amigas. La mujer entró en casa, escribió un WhatsApp y su interlocutor respondió casi al instante.

* ¿Qué haces?

* Aquí, aburrido.

* Acabo de llegar a casa después de una reunión. Mi marido sigue de viaje. Tengo hambre y en la nevera no tengo más que fiambre y fruta. Podrías invitarme a cenar.

* En media hora estoy en tu casa.

* El tiempo justo para cambiarme.

* Ponte algo sexy.

* ¿Quieres el postre antes o después de cenar?

* ¿Se puede tomar antes y después?

* Se puede. Este postre no engorda…

* Veinte minutos…

*****

– ¿Y tu reunión?

– Aburrida. Al final acabamos discutiendo por estupideces, expuse rápido nuestra oferta final y el cliente se marchó satisfecho. Ha sido un día un tanto extraño. Deseaba llegar a casa y escribirte.

– Pues sí que fue aburrida.

– Ufff, muchísimo.

– Nena, estás hoy algo tensa.

– Pienso en la reunión y en lo que he sacado de ella. No me merece tanto esfuerzo para un cliente tan problemático.

– ¿Y qué vas a hacer?

– Si el esfuerzo es superior a lo ganado, no compensa. Es un cliente menor. No creo que lleguemos muy lejos. Es más, estoy convencida de que no tiene el más mínimo interés en llevar este negocio adelante.

– ¿Borrado de la lista? Desde que te conozco has borrado de tu agenda a unos cuantos clientes problemáticos.

– No borro de la lista porque sí, doy oportunidades, Nacho.

– Laura, en tu empresa deben sobrar clientes porque no es el primero al que llamas problemático y le das boleto. Yo creía que eran los clientes los que daban boleto a las empresas y ahora más, dada la crisis. Todavía no tengo claro si el cliente cierra el negocio o lo haces tú cuando me hablas de clientes pelmazos.

– Algunos clientes se van con la competencia si las condiciones ofertadas por mi empresa no son las que ellos quieren. Incluso una vez prácticamente cerrado el trato, piden más y más y todo no se puede tener. Es como el regateo de mercadillo pero con grandes sumas de dinero en juego. Pero llega un momento para la empresa que ha llegado a esa oferta que no puede bajarse más por mucho que el cliente exija. Algunos se creen que trabajamos gratis…

– Mira… ¿Y si te relajo y dejas de pensar en ese cliente y en todos los clientes del día? Me parece que el primer orgasmo no te ha relajado lo suficiente.

– Lo ha hecho y mucho. Jadeos y gemidos lo prueban. Crescendo y decrescendo.

– Muy graciosa. Te voy a dar yo crescendo y decrescendo. Me apetece relajarte de nuevo. Es un placer hacerlo. Sabes muy bien… Y además, estoy hambriento. No hemos cenado todavía, es casi la una de la madrugada y este postre no es empalagoso.

– Con nata, si…

– Morbosilla la nena…

– ¿Te gusta la nata? ¿Sí o no?

-Mmmmmm. Déjame que piense… Al natural, con nata, con sirope de chocolate, con mermelada de fresa… ¿Sigo? Me gusta de todos los modos posibles.

– Vamos a pegarnos a las sábanas, cariño.

– Pensándolo mejor… al natural.

– El postre que tú me das, tampoco es empalagoso.

– ¿Comemos juntos?

– ¡Siiiii! Por cierto. Hay algo que no te he contado…

– ¿Qué? ¿Debo preocuparme?

– No, para nada. Es sobre mi trabajo. He decidido aceptar algo que me han ofrecido. Sin listas. Un puesto directivo en una empresa del ramo. Buen sueldo y el horario no es peor ni mejor que este y también debo viajar pero menos. Lo mejor es que no tengo que visitar clientes y gano algo más. Me compensa en estas dos cosas. Así que, como te comento, diré que sí a su oferta.

– Sin listas. Interesante.

– Podríamos vernos más… ¿Qué te parece?

– Laura… somos amantes. Creía que estabas bien con las reglas establecidas.

– Eran mis reglas y yo puedo cambiarlas, ¿no? ¿Acaso no te seduce la idea de vernos más a menudo?

– Yo acaté esas reglas. Ahora quieres cambiarlas. No es que me importe, al contrario. Solo que… ¿realmente quieres cambiarlas?

– Nacho, creo recordar que las aceptaste pero fue a regañadientes. Pusiste mil pegas a mis condiciones.  Tú eres un hombre libre. No estás casado ni tienes hijos y el tiempo que te dedicaba siempre te pareció poco. Ahora te daré mucho más, todo el que pueda. Recuerda que pronunciaste dos palabras hace algún tiempo. ¿Aún las mantienes o te has rajado ya, después de solo un año?

– “¿Te quiero?” Nunca sonó un eco…

– Prueba ahora.

– ¿Antes o después del segundo asalto?

– ¿Durante…?

– Te lo diré, mil veces si hace falta, y confío en que no sea una bromita de las tuyas.  Nena, me matas. No hay quien comprenda a las mujeres. Un año entero para un “te quiero”, joder. Mira que te ha costado pronunciar dos palabras.

– Entender a las mujeres, Nacho… A las mujeres no hay quien nos entienda y a mí menos, cielo.

– Sin lugar a dudas, Laura porque tú eres especial. Y por eso, mi amor, por eso te quiero.

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