RELATO CORTO

POR CIERTO, ¿CÓMO DIJISTE QUE TE LLAMABAS?

Después de una torrencial lluvia de primavera, engalanaba el cielo un arco iris que parecía dibujado con acuarelas. Las nubes plomizas invitaban a retener en la memoria un cielo como aquel. María se miró en el espejo del dormitorio y descubrió unas incipientes ojeras, consecuencia de haber estado despierta durante gran parte de la noche. A pesar de ser casi mediodía, todavía bostezó unas cuantas veces y se desperezó con ganas, aún somnolienta.  Después se asomó a la ventana y contempló el arco iris que coloreaba el día, mientras se peinaba el cabello con los dedos. Miró hacia la cama y observó cómo él aún dormía. Estaba completamente desnudo y su cuerpo invitaba a soñar. Se giró sobre sí mismo y María perdió sus ojos en sus glúteos. Se acercó a la cama y besó su espalda, bajó hasta sus nalgas y depositó una caricia y un beso en ellas, lo que hizo que despertara. Se giró y quedó expuesto ante ella, dejando a la vista su sexo.

—Buenos días, feliz despertar. ¿Dormiste bien?

—Como un angelito.

El hombre se incorporó y se acercó a María cogiéndola por el cuello y besándola con pasión. Sus lenguas se buscaron y ella emitió un audible gemido de deseo.

—¿No es demasiado pronto? —preguntó ella.

—Nunca es pronto para amar. Uno rápido. El último.

—¿Rápido? Mmmm, no me gusta hacerlo rápido. Lento mejor.

—¿Duro o suave?

—Duro otra vez. Pero en esta ocasión… me toca ser mala —comentó María con una mueca de complicidad.

El hombre puso sus brazos en cruz y María cogió dos pañuelos de seda negros, atando sus muñecas al cabecero de la cama. Ya los habían utilizado por la noche, pero en aquella ocasión había sido el hombre quien los usó para atarla a ella. Abrió sus piernas y María ató a los barrotes del piecero de forja sus pies, antes de hacerle cosquillas.

—Eres mala, María…

—Y más mala que voy a ser contigo, encanto.

Una hora más tarde ambos jadeaban exhaustos. Tras una reconfortante ducha, nada quedaba de aquella jornada encendida. El cielo madrileño había perdido sus nubes y, en su lugar, un sol radiante coronaba la mañana. El olor a tierra mojada camuflaba el de sexo que poco antes había impregnado el dormitorio. Minutos después, él con traje y corbata y ella con un vestido de flores y unas elegantes sandalias rojas, se besaban de nuevo, ya en el recibidor.

—Bueno, María, ha sido un placer.

—Lo mismo digo.

—¿Volveremos a vernos?

—¿Quién sabe? Suelo frecuentar el club donde nos conocimos.

—¿Con tus amigas?

—Sí, siempre que mi marido está de viaje, nos reunimos para cenar y acabamos en él.

—Yo voy cuando visito Madrid por motivos de trabajo.

—Me lo contaste.

—¿El último beso?

—Ven… —María cogió la cara del hombre y hundió la lengua en su boca, dejándolo sin aliento. —Para el camino.

—Ha estado muy bien. Estaría toda la mañana follando contigo.

—Sí, lo ha estado. Pero toca despedirse.

—Mi mujer no me hace esto.

—Ni mi marido tampoco, cariño. Por cierto, antes de que te vayas… ¿cómo dijiste que te llamabas?

—Daniel.

—Igual volvemos a vernos, Daniel. Las coincidencias hacen la vida menos aburrida.

—La hacen, y la novedad, María, aún la hace más interesante. ¿Te llevo a alguna parte? Voy al centro pero no tengo inconveniente en acercarte donde me digas.

—No, gracias, cogeré mi coche. He quedado con una amiga y vamos a comer.

—Bueno, lo reitero. Ha sido un placer.

Salieron por separado del portal con un par de minutos de diferencia y el hombre dobló la esquina. María  llegó hasta su vehículo, aparcado a pocos metros del lugar,  rebuscó en su bolso buscando las llaves del coche y en ese momento sonó su móvil.

—Hola, mi amor, ¿qué tal en Barcelona?… Me alegro… ¿Regresas esta tarde o ya de noche?…. Ajá… Ajá… ¿Cenar? ¿No estarás muy cansado del viaje?…. Bueno, como quieras…. Sí, sí, un vestido bonito… ¡Claro, me encantará! Reservo en cuanto cuelgue… ¿Yo? Mmmmm, muy aburrida mi amor, echándote muuuuucho de menos, como siempre…. Nada en especial. Salí con las chicas a cenar y después nos tomamos algo. Acabamos pronto, ya sabes… siempre la misma historia. Que si Marta con sus chismes, Irene con sus neuras y Lidia planteándose romper su matrimonio…. ya, ya, lleva más de un año con eso. En fin, mi amor, una noche de chicas un tanto aburrida… ¡No imaginas cuánto te echo de menos!… ¿Una sorpresa?… ¿Un regalo? ¿Qué será? No tenías que comprarme nada… Nuestro aniversario… Si queda un mes aún… ¡Vaaaaale! Tres años casados y parece que fue ayer… Sí… Lo sé, mi amor, yo también te quiero… Un besito. Nos vemos a la noche. Chao.

María sonrió, subió a su coche y recordó la noche anterior. “¿Un regalo?”, se dijo, “adoro a Rafa, cuánto le quiero… “

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