RELATO CORTO

SOMBRAS EN LA PARED (SEGUNDA PARTE)

Ana mira a su amiga. Tiene los ojos hinchados de haber llorado. El desamor, piensa Ana, produce ese desagradable efecto en los ojos de la gente. Lo ha visto muchas veces, demasiadas. Ana es experta en consolar amigas.

  • – ¿No vas a acostarte? -pregunta a Paula.
  • – No tengo sueño –Paula se suena con un pañuelo de papel, coge la taza de humeante cacao que le ofrece Ana y esboza una sonrisa.
  • – Deberías dormir un poco.
  • – No puedo dormir. No hago más que pensar en todo esto, en por qué   sucedió.
  • – Las cosas suceden Paula, sin más.
  • – Como dice la canción de Nena Daconte. Y como también dice, tenía tanto que darle… Éramos felices, Ana, muy felices. Lo teníamos todo. Me niego a pensar que sucedió, sin más.
  • – Seguís teniéndolo todo.
  • – ¿Bromeas? Me mintió.

Paula sube la voz. Su amiga coge su mano, retira de ella la taza de cacao y sonríe para que se calme.

  • – Se acostó con otra. Eso es mentir.
  • – Vale, pero… no sé… no lo veo como tú lo ves, sin solución, sin perdón y sin olvido. Creo que debería ser un borrón y cuenta nueva. Si hay amor, así lo veo yo.
  • – Tú tienes la singularidad de ver todo de distinto modo al resto de los mortales, Ana.
  • – Por eso somos amigas, siempre has tenido en mí el punto de vista original a las cosas. No todo es blanco y negro, yo te muestro una gran gama de grises…
  • – Eres odiosa. ¡Desarticulas mis esquemas!
  • – Pero me quieres porque si no, no me habrías llamado a mí antes que a cualquiera de tus amigas.

Ambas se abrazan y sonríen. Paula coge de nuevo la taza de cacao y bebe. Ana observa su rostro y ve en él al de una mujer que aún está enamorada.

  • – Entre otras cosas, porque tú eres la única que podrías haberme acogido en tu casa. Las demás están casadas.

Las dos amigas se carcajean. Ana coge la otra taza de cacao y bebe un sorbo. La habitación de invitados de Ana es blanca, la luz de la madrugada entra por el gran ventanal que da a un hermoso parque. La ventana abierta deja pasar el olor a rosas que emana del jardín. Ana mira hacia la ventana. Comienza a amanecer.

  • – Ese es un golpe bajo, jejeje… – comenta Ana.
  • – Vives bien así, reconócelo.
  • – De lujo, Paula. No soy mujer de ataduras, lo fui, pero ya no. Tú sí lo eres: cintas de seda. Eso teníais Pablo y tú.
  • – Cintas de seda que me encantaban. Me protegían, me ataban con dulzura. Era feliz con él. Pablo… ¿Qué hará ahora? Seguro que está roncando.
  • – ¿Roncando?
  • – Durmiendo a pierna suelta en nuestra cama de 1,50.
  • – ¿Qué te hace pensar eso? Acabas de irte de casa. No creo que esté roncando. Estará pensando. Pablo es de pensar, lo sé. No es un tío de dormir a pierna suelta tras una discusión y menos hoy. Te has ido, está seguro de que te perdió.
  • – No sé…
  • – Pues parece mentira que dudes sobre si está despierto o no, Paula, tú vives con él. No sé cómo dices que estará roncando si sabes que no es así. Lo sabes…
  • – ¿Por qué me contó lo de su aventura si fue algo pasajero? Debió habérselo callado. Cargó su remordimiento a mis espaldas y creó en mi la responsabilidad del perdón. Aunque lo hiciera, Ana, aunque perdonara lo que hizo, no podré olvidar. Se acabó la confianza. ¿Puede perdurar una relación sin confianza?
  • – La respuesta la tienes tú.
  • – Van unidas confianza y relación. Es así. Yo lo veo así.
  • – La vida tiene cientos de colores y cientos de matices, nena. Te voy a contar algo: una vez tuve una pareja. Nos conocemos desde hace tres años, pero mi vida no ha sido siempre la de una mujer que huye de las relaciones estables.
  • – ¿Pareja estable tú, Ana?
  • – Me lo preguntas con ojos como platos, Paula… Tu amiga una vez creyó en el amor… Sí, la tuve. Estable. Tan estable como que íbamos a casarnos. Me sucedió algo parecido a lo que te pasó a ti. Javier… se llamaba Javier, bien…, Javier se acostó con una chica justo el día de su despedida de soltero. Suena a novelón, pero así fue como sucedió. Me enteré por él un par de días después. Me lo contó llorando. Sus amigos se la liaron. Iban pedo. Y no solo se acostó él con una desconocida que conoció en uno de los locales donde estuvieron. Hubo más cuernos aquella noche. Mi amiga Pili dejó a su novio por el mismo motivo. Él ni siquiera se lo contó, se enteró ella casi al mismo tiempo que Javi me lo confesó. Cuando me lo dijo monté en cólera, lloré, lo abofeteé. Nada hizo cuando le llamé de todo. Sólo llorar. Juró que me amaba, me rogó que no le dejase. Pero lo hice porque pensé que podría perdonar pero no olvidar. Llamé a todos mis invitados en tiempo record para comunicar que no habría boda. Javier hizo lo mismo. Me vendió su parte del piso que habíamos comprado para vivir, este piso. Por un precio de amigo. Y se marchó. No le he olvidado y después de años de aquello, me planteo que, si bien no se olvida una infidelidad, sí puede vivirse con ella. ¿Sabes qué es lo que yo no hice mientras Javier me confesaba la suya? Mirar sus ojos. Pensaba en el engaño, en la traición, pensaba en mi orgullo herido, pensaba en él tirándose a una tía a la que acababa de conocer. Pero no miré sus ojos, Paula. Y me arrepiento. Porque de haber mirado sus ojos, habría encontrado amor. Me amaba y yo no lo vi. Y perdimos los dos. No es más grande la traición que el propio amor y yo eso no lo tuve en cuenta. El amor era grande, lo que pasó fue un error, un puto error perdonable y olvidable. Me arrepiento de aquella decisión porque la tomé movida por el rencor y debía haberla tomado teniendo en cuenta el amor de esos ojos que no quise mirar. No te arrepientas, Paula.
  • – No sabía nada…
  • – No lo sabe nadie, cielo. Tu amiga es de jijijajá, pero tiene corazón.
  • – Nunca lo puse en duda.
  • – Por eso te lo cuento a ti y no lo he contado jamás. Desde entonces decidí no engancharme. Quizás fue un error pero creo que Javi era el hombre para mí. Esa media naranja de la que todos hablan pero nadie encuentra. Yo la encontré y la dejé marchar por orgullo.
  • – ¿No has vuelto a saber de él?
  • – Vive en el barrio. Compró un piso cerca de aquí.
  • – ¿En serio?
  • – Tan en serio como que a veces me cruzo con él. Nos miramos, agachamos la mirada y seguimos nuestro camino.
  • – ¿Y no os saludáis ni siquiera?
  • – No sabría qué decir y creo que él tampoco.
  • – ¿Se casó?
  • – No.
  • – ¿Cómo lo sabes?
  • – Porque tengo mis contactos.
  • – Aún sientes por él.
  • – Jamás dejaré de sentir por él, Paula. El corazón se me sale del pecho cuando nos vemos.
  • – Pues no lo entiendo. Habla con él.
  • – Cariño, estábamos hablando de ti. ¿Sientes tú por Pablo?
  • – Lo mío es reciente, aún amo a Pablo.
  • – Pues lo mío como si lo fuera, no hay día que no piense en Javi. Tan reciente como si fuera ayer… Venga, ¿intentamos dormir?
  • – Si casi amaneció.
  • – Pues nos quedamos hasta la una en la cama. Y comemos fuera. Total, es sábado.
  • – Gracias.
  • – ¿Por qué?
  • – Por ser mi amiga.
  • – Anda, tontita, las amigas estamos para eso.
  • – ¿Crees que estará despierto?
  • – ¿Pablo?
  • – Pues claro que Pablo.
  • – Despierto y pensando en ti, Paula.
  • – Era una pregunta retórica.
  • – El amor está lleno de preguntas retóricas, nena…

Al otro lado del barrio, Pablo piensa. Ambos piensan. Esa noche es una noche para pensar. Amanece. La vida se abre camino. Por el ventanal, el naranja del amanecer pinta la habitación. Paula y Ana se terminan de tomar su cacao y se acuestan. Al otro lado de la ciudad, Pablo acaba de acostarse. Un gato maúlla desesperado. “Parece un llanto de desamor”, piensa Pablo, “amigo, estamos igual, llorando por dentro. Paula…”

(continuará)

chocolate_taza_americano (1) 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s