RELATO CORTO

SOMBRAS EN LA PARED (TERCERA PARTE)

Eva me mira y sonríe. Desde que Paula se fue de casa hemos quedado a tomar café todos los días. Agradezco su compañía y su charla. Lo cierto es que la casa está tan vacía desde que Paula se marchó que procuro pasar en ella el menor tiempo posible. Esa hora y pico que paso con Eva alivia la carga de la soledad y el remordimiento.

Mi hermana no es de cargar con peso ajeno pero su punto de vista me ayuda a sobrellevar estos días inciertos. Sabe que estoy asustado, como también es conocedora de que no estoy preparado para hablar con Paula. Todos los días comenzamos nuestra charla con las mismas palabras: mis dudas y la acabamos con su ánimo y su alegría. Eva es una mujer excepcional, no me extraña que Roberto esté colado por ella —en realidad mi hermana también lo está por mi cuñado—. Son muy diferentes pero se complementan a la perfección. Quizás sea ese el secreto para que las parejas duren y fructifiquen: complementarse y enriquecerse, aportando cada uno de sus miembros aquello de lo que carece el otro.

—Dudo que Paula quiera hablar conmigo.

—El no ya lo tienes —comenta Eva.

—Eres la única persona de la familia que no me mira como si fuese un apestado.

—No eres ningún apestado, eres un gilipollas. Mira, hasta ahora he sido muy blanda contigo, obviando el tema de lo que pienso de ti desde que le contaste a Paula lo de tu rollito con tu compañera, pero ya llevamos mareando la perdiz con este tema y sabes que tu hemana no tiene pelos en la lengua. Esta postura de madre Teresa de Calcuta, empieza a cansarme, Pablo. Es hora de coger el toro por los cuernos, hermanito.

—Vaya, una semana has tardado en sacar tu genio, mucho te ha costado…

—Es mi opinión pero no creas que esto es un juicio sumarísimo. No me gusta juzgar ni ser juzgada, lo sabes, Pablo. No juzgué ni tomé partido con el divorcio de nuestros padres y jamás lo tomo. Prefiero pisar terreno neutral a embarrarme. Cuando se toma partido siempre se pierde… Sobre lo que ha pasado entre Paula y tú no opino, pero sobre lo que me pareces, ya me cansé de callar. Siempre he pensado que eras un tío inteligente pero las opiniones pueden variar en función de los actos de cada uno. En tu caso, la mía ha variado bastante.

—Creí que no juzgabas.

—Y no lo hago. No juzgo sobre tu infidelidad. No osaría jamás. Sólo te transmito mi opinión sobre lo estúpido que has sido al contárselo todo a Paula. Yo también he hecho mis pinitos en esta materia y sé de lo que estoy hablando.

—¿Tú? —no puedo creer que Eva haya sido infiel. Ama a Roberto con locura.

—Te cuento esto porque sé que eres una tumba, como siempre lo hemos sido para los secretos del otro. No se lo contaría a Alicia ni a Gonzalo porque son unos bocazas pero en ti siempre he confiado. Somos tumbas con los asuntos del otro desde que mi memoria alcanza. Y te cuento esto para que entiendas que te comprendo y respeto. Mi concepto de gilipollas viene de otro tema distinto a la infidelidad en sí misma, a contarlo para expiar el remordimiento. Mal, muy mal, Pablo… Yo fui infiel a Roberto, una vez, una sola. Sucedió hace un año y medio con un  compañero de curro, como ha sido tu caso. Y también pasó después de una fiesta. Habíamos bebido un poquito… no lo justifico pero Marcos, así se llama, me atraía hacía tiempo. El hecho de que quiera a Roberto no me hace ciega como me figuro que le pasa a mi marido. Marcos es guapísimo y por una extraña razón se había fijado en mí desde que entró a trabajar en la oficina. Hacía tiempo que yo lo había notado y aquella noche, tras esas copas de más, sucedió. Cuando regresé a casa ya estaba arrepentida y a la mañana siguiente, casi no podía mirar a la cara a Marcos. Lo cierto es que él tampoco podía hacerlo. Está casado y tiene un niño pequeño. Al cabo de una semana volvimos a hablarnos pues hasta dejamos de hacerlo desde aquel día. En casa yo estaba nerviosa y Roberto se intranquilizó. Un día me preguntó qué me pasaba. Por supuesto —y ahí es donde entra el concepto de gilipollas que tengo de ti ahora, querido hermanito—, mentí. El gran volumen de trabajo y la responsabilidad de sacar adelante el proyecto que teníamos entre manos. A eso achaqué mi estado anímico. Jamás le conté y aquella noche loca quedó en el baúl de los recuerdos. Marcos y yo nos llevamos fenomenal, ahora trabajamos en ese proyecto. No hemos vuelto a hablar del tema y lo hemos enterrado. Solo cuando vamos de viaje por motivos de trabajo y en esos momentos en que estamos comiendo o desayunamos en el hotel, sonreímos e intuyo que recuerda, como yo lo hago. Fue una experiencia, una más, sucedió y acabó. Punto. Incluso puedo afirmar sin lugar a dudas que ahora soy más feliz con Roberto que cuando no me había acostado con Marcos.

—No entiendo.

—La experiencia me enriqueció pues hizo que valorara más lo que tenía en casa. Acepté que no fue un error sino una enseñanza. Tú lo tomaste como un error que se convirtió en una losa en tu cabeza. Y ese error que tanto te pesaba lo trasladaste a Paula al confesar tu infidelidad.

—No fue una sola noche, Eva. Duró un mes aproximadamente.

–¿Y…? ¿Contemplaste alguna vez la posibilidad de continuidad, más allá de uno o dos meses? Ya hemos hablado de ello. No lo hiciste. Fue una aventura de un mes en vez de una noche pero una aventura a fin de cuentas.

—Nunca la contemplé de otro modo.

—Pues mi opinión sobre lo que eres no varía entonces, hermanito: gilipollas con todas las letras. Debiste callar si no iba a ningún sitio. Cargar con tu mochila de piedras y no quitarte el peso para echárselo encima a Paula. ¿Qué te hizo ella para que fueras tan cruel?

—No lo hice por crueldad. Amo a Paula.

—Pues mejor me lo pones, lo hiciste porque eres un completo estúpido. Tu remordimiento te llevó a serlo. Conoces a Paula o deberías conocerla. No debiste contar. Nadie olvida, Pablo, y esto no va por sexos sino que es una cuestión del cerebro en sí mismo, que almacena el dolor emocional en la memoria. Ser infiel causa dolor, no cosquillas, pero eso a ti pareció no importarte con tal de quitarte esa opresión del pecho. ¿La cagaste? ¿Te costaba respirar cuando la mirabas a la cara? Pues te jodes. A lo hecho, pecho. Y a vivir con ello. La infidelidad es una falta de respeto para tu pareja a no ser que, de mutuo acuerdo, se haya pactado saltarse esa regla. Hay parejas que lo hacen y viven felices pues la confianza no se ve afectada. Pero no era vuestro caso, ¿verdad?

—No, no lo era —miro a Eva, me reprende con una sonrisa en los labios.

—Ahora toca arreglar este entuerto.

—Entuerto… ¡menuda palabreja!

—Cual caballero con lanza en mano. Es broma… ¡sonríe!

—No tengo ganas de sonreír.

—Pues comienza a hacerlo. No puedes presentarte ante Paula como alma en pena, debe ver que quieres luchar. El cordero no lucha, Pablo, lucha el león.

—No querrá ni verme.

—El no, repito, lo tienes ganado a pulso. Gánate su perdón. No olvidará y desconfiará durante mucho tiempo pero quizás no la hayas perdido si realmente te ama como creo que lo hace. Si consigues que te vea, quedad en un sitio neutral y ve dispuesto a solucionarlo, con esa actitud entera y no derrotista. No supliques, solo habla con ella. Y según veas su estado de ánimo…

—Me fulminará con la mirada, lo sé…

—¡Joder! ¿Qué te acabo de decir? León. No va a fulminarte, no tiene rayos en la mirada, idiota. Eres bobo de narices, hermanito. Según veas cómo es su actitud, repito, haz esto: toca su mano como por descuido.

—Tú has visto muchas pelis románticas, Eva.

—¡Hazme caso! ¡No me estás escuchando y comienzas a cabrearme! —Eva finge estar enfadada pero sé que por dentro se está partiendo de risa. Debo tener un aspecto patético— Tocas su mano, ¿entendido?

—Toco su mano —repito.

—Bien… ¡madre mía, lo que está costándote captarlo todo, hijo mío!

Me acaricia la cara. Es mi hermana pequeña pero Eva siempre ha sido mi segunda madre. Ha estado siempre cuando la he necesitado y han sido unas cuantas veces. Nos adoramos. En estos momentos es la única persona en la que confío. Si me dice que luche es porque sabe que puedo conseguirlo.

Paula y ella son amigas, además de cuñadas. Supongo que han hablado… Eva es neutral en este sentido y es cierto que no juzga y no consiente ser juzgada. Mi hermana es mi modelo a seguir. Estoy asustado pero seguiré su consejo. León… un poco asustado, pero león a fin de cuentas…

*****

He llegado a casa. Son las nueve y no tengo hambre. He adelgazado dos kilos en esta semana. Si sigo así voy a perder todo lo ganado en el gimnasio en los últimos meses. Cojo el teléfono y marco el número de Paula. Va a colgarme seguro… Suena su tono “ya voy”, ha cambiado de canción: Happy de Pharrell Willians. Curioso… ¿Ha encontrado a alguien? ¿Tan pronto? Me sudan las manos.

—Pa…Paula… —carraspeo, tengo la boca seca. Va a colgar, lo sé.

—Hola, Pablo.

No lo ha hecho. Suspiro aliviado. Su voz es serena aunque espero que me mande a la mierda en cualquier momento, pero aguanto el tipo.

—Hola… ¿cómo estás?

—Bien, ¿y tú?

—Bien también.

Primera mentira. Estoy asustado, muy asustado. Quiero recuperarla y aún no sé qué decir. Tenía el convencimiento de que no iba a cogerme el teléfono.

—¿Qué quieres?

—Que hablemos.

—Ya estamos hablando, Pablo.

—Agradezco que no me hayas colgado el teléfono.

—Una semana da para calmarse. De haberme llamado la semana pasada, justo después de marcharme, te hubiera colgado.

—No has venido a por las cosas que dejaste en casa.

—No hay mucho que recoger.

—La ropa de invierno…

—¿Tengo plazo para hacerlo? Sabes que la casa de Ana es pequeña. Pero si necesitas espacio en el armario…

—No, no, para nada, Paula…

Debo parar, ¿qué narices estoy haciendo? Yo quiero quedar con ella, no que se lleve sus cosas. ¿Lo está haciendo adrede o realmente parezco tan indiferente? León, Pablo, león…

—Me gustaría hablar contigo, no te llamo para pedirte que te lleves tus cosas.  Por favor, Paula, no me repitas que ya lo estamos haciendo, sabes perfectamente a qué me refiero. ¿Te viene bien que nos veamos esta semana?

—¿El sábado?

—¡Perfecto!

¡No puedo creerlo! ¡No me ha mandado a freír monas!

—¿Dónde quedamos?

—¿En la cafetería del parque?

—¿ A qué hora?

—¿Café de sobremesa? ¿A las cuatro?

—Allí estaré.

—Gracias, Paula.

—Da recuerdos a Eva, me dijo que llamarías…

—¿Eva? ¿No me cuelgas porque Eva te lo ha pedido?

Me siento un tanto perdido. Si ese es el motivo, no he ganado nada…

—No te he colgado porque no deseaba hacerlo. El sábado a las cuatro en punto. No te retrases.

Está fría y distante y lo entiendo… Supongo que cuando ha escuchado mi voz la primera imagen que se le ha cruzado por la cabeza ha sido la mía con mi compañera de trabajo en la cama. ¡Qué gilipollas fui!  Las cosas pasan, sí, pero deben guardarse dentro. Eva tiene razón, soy un estúpido integral. Fue una aventura estúpida. Si me pasa esta y vuelve a casa, voy a tener que luchar mucho para ganarme de nuevo su cariño. Espero que sepa leer en mis ojos aún, que estos le digan que este idiota la ama todavía…

*****

—¿Y bien?

—Hemos quedado el sábado a las cuatro.

—Ya lo he oído —dice Ana—, te pregunto sobre cómo te has sentido.

—Extraña… esperaba su llamada pero al oír su voz… ¿cómo me has visto?

—Falsamente serena, pero Pablo no se habrá percatado. Normalmente los hombres no captan los matices de la voz y menos por teléfono. A no ser que escuchen  el snif, snif de un llanto o una carcajada, no se percatan del estado anímico del interlocutor.

—Eres un tanto exagerada, ¿no?

—¿Exagerada? Nooooo, para nada. La mujeres mentimos muy bien y además ellos no están genéticamente preparados para sentir empatía. ¿Habrá un cromosoma que lleve aneja la empatía?

—¿Los sentimientos están unidos a los cromosomas? —pregunto con fingida curiosidad pues sé que Ana está bromeando para arrancarme una sonrisa.

—No tengo ni idea, pero en el caso de los hombres, estoy por afirmar que sí. Carecen del cromosoma…, mmmmm, déjame que piense… ¡Ya está! ¡Empaticus sentimentalis!

—Eres la leche…

Ana me hace reír. Esta semana ha sido mi apoyo. En realidad me he apoyado en ella desde que la conozco. Es una amiga-pared pues en ella nos apoyamos todas sus amigas  cuando estamos cansadas. Yo llevo una semana muy, muy cansada… Necesito una tregua y creo que Ana también…

—¿Irás para dialogar o para ponerle a caldo?

—Sigo resentida…

—Para ponerle a caldo, entonces…

—Hablé con Eva. Fue una conversación de amigas. Sabes que Eva y yo nos queremos.

—Eva es neutral, pese a ser tu cuñada.

—Discreta, conciliadora y jamás ha tomado partido en nuestras discusiones.

—Apenas discutíais, habéis dado poca guerra a los amigos con vuestros asuntos.

—Es cierto. Quizás por eso todo esto me ha sobrepasado. No lo esperaba. De Pablo no…

—Salvo en raras ocasiones, nadie espera que su pareja sea infiel. Una cosa, Paula…, ¿si Pablo no te hubiera contado, cambiaría algo?

—Todo. No habría perdido la confianza en él y no habría nada que perdonar.

—De haber sido tú la que hubiera traicionado esa confianza, ¿cuál querrías que hubiera sido la actitud de Pablo?

—Eso es trampa, Ana.

—No, es una pregunta sencilla.

—Hubiera deseado que actuara de otro modo. Que hubiéramos hablado…

—¿Entonces?

—Por eso he accedido a hablar con él.

—¿Sólo por eso?

—Por esto y por otras cosas.

—Repito, Paula, ¿sólo por eso?

—Eres insufrible, Ana. Por eso y porque le quiero todavía.

*****

El vestido verde musgo me sienta como un guante. No me maquillo demasiado y me he recogido el cabello. Estoy nerviosa. Llego tarde aposta. Quiero ver su cara cuando entre en la cafetería.

Está sentado al fondo, me ha saludado con la mano y se ha levantado antes de que llegara a su mesa. Está más delgado y tiene ojeras. Yo he tomado pastillas para dormir pero él es muy cabezota y estoy convencida de que lleva toda la semana sin dormir bien. Camisa nueva. Me encantan los cuadros. Está muy atractivo. ¿Es posible que tenga más canas? Sonríe nervioso. Le conozco bien: está temblando por dentro. Yo disimulo mejor. Con estos tacones tengo miedo de dar un traspiés. Yo estoy también nerviosa. Una semana sin vernos. Le echo de menos y no imaginaba que fuera tanto. Le sienta bien esa camisa. Ha hecho intención de darme un beso en la mejilla pero al ver que me he apartado, se ha echado para atrás. Me separa la silla para que me siente. Definitivamente, está muy guapo con esa camisa. ¿La habrá elegido Eva?

(continuará)

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