RELATO CORTO

SOMBRAS EN LA PARED (SEXTA PARTE)

Hemos llegado a casa de Ana y, aunque tengo llaves, he llamado al timbre. Debe haber salido a dar un paseo, abro y Pablo entra detrás de mí. Aún tiene cara de asombro pero, de vez en cuando, esboza una sonrisa.

Baja la maleta del armario de mi habitación y me ayuda a meter mis cosas. Me alegro de no haber traído todo porque ahora sería una mudanza lo que estaría haciendo y no el equipaje. Creo que siempre supe que regresaría y por eso no fui a por el resto.

—Eres un desastre haciendo maletas, Pau.

—El experto eres tú, no yo.

—¿Eso es doblar una camiseta?

—Según yo… sí. —Sonrío.

—Ya…

—Me gusta cómo doblas la ropa.

—Lo que te gusta es sacarme de mis casillas. Eres de lo que no hay. Sabes lo cuadriculado que soy para el orden y tú, ¡ale! ¡viva el desorden!

—Por eso me quieres, porque soy de lo que no hay.

—Con locura, pero…, lo que realmente me encanta de ti es tu modo de hacer maletas.

Reímos. Estamos pegados, piel con piel, rozándonos. Hay espacio pero no deseamos estar separados. Deseo besarle pero quiero que él lo haga primero…

*****

Javier sonríe tímidamente y mantiene una postura algo rígida. He guardado mi libro y hemos bebido un trago de cerveza a la vez, acabando con la mitad del vaso. Supongo que esperamos a que el otro inicie una conversación banal. “¿De qué se puede hablar después de años de silencio?”

No suelo venir a este bar. Ha sido casualidad.

—La vida es una casualidad en sí misma —comento. Me tiembla la voz.

—Nos hemos visto muchas veces y jamás…

—Nos hemos atrevido ni a mirarnos  —añado.

Soy un sacacorchos vestido de blanco que come paella sin poder evitar que me castañeteen los dientes. Sonrío, es lo único que se me ocurre. Si no comienza a hablar, aunque sea de la decoración del bar, me desmayaré.

—Orgullo.

—Orgullo, sí.

—Ambos somos orgullosos.

—Javier, yo…

—Shhhhh. Déjame hablar, Ana.

Pone un dedo en mi boca y siento cómo mi corazón se acelera.

—Vivimos muy cerca, nos vemos a menudo, agachamos la cabeza, nunca me habías sonreído antes. ¿Por qué hoy? Quizás ni tú lo sabes. Tal vez porque ha pasado demasiado tiempo y es hora de zanjar esta historia.

—Está zanjada, Javier —acierto a decir. No esperaba oír de su boca la palabra zanjar… No hay esperanza alguna.

—No lo está. No por mi parte, Ana. No hay día en que no recuerde lo nuestro. Sé que tú no piensas en mí. El tiempo lo cura todo.

—¿Recuerdas nuestra historia? ¿Aún cicatrizas? ¿Por qué presupones que yo no la recuerdo?

—Porque no has hecho nada por…

—¿Acercarme? ¿Sonreír? Hoy lo he hecho.

Piensa que olvidé lo nuestro pero no es así. ¿Se lo digo? ¿Le digo que no hay día…?

—Somos cabezotas, Ana. Tozudos y cabezotas.

—Orgullosos.

—¿Hay alguien en tu vida?

—¿Has indagado sobre ella, Javier? No me mientas, por favor. No preguntes si sabes la verdad.

—No hay nadie en tu vida. Investigué. En la mía tampoco. —Sonríe. Coge paella de mi plato—. Coge una gamba, te encantan las gambas a la gabardina—me la da de su mano sin esperar a que la coja yo—. La paella… ¡está buena!

—Especialidad de este bar —comento.

—Habrá que venir más. Con la excusa de comer paella, se me ocurre pedirte que quedemos aquí el próximo jueves, pero se me hace lejano. Quiero verte sonreír… ¿mañana?

—Javier, hace mucho tiempo. Ya sonrío hoy, ¿para qué dejarlo para mañana? ¿De verdad que no sales con nadie?

—¿Tú no has investigado? Desde lo nuestro sólo tuve una relación que duró apenas tres meses. Nos dejamos huella, Ana.

—No deseaba descubrir que estás con otra. Honda huella, Javier.

—Vivo solo.

—En estos momentos yo no vivo sola —comento sin dejar de mirar sus ojos. Está tan cerca que siento su respiración en mi cara.

—Lo sé. ¿Una amiga? —Sonríe.

—Sí, pero estoy convencida de que mi amiga se mudará pronto. Vive en casa temporalmente. Problemas de pareja. No me meto demasiado, pero le hablé de lo nuestro, de mi error.

—Todos cometemos errores, Ana. A eso se le llama ser humanos.

—¿Me has perdonado?

—Ana. No hay nada que perdonar cuando se quiere.

—¿Aún?

—Aún… maldito orgullo, ¿verdad? Yo que creía que no me sonreías porque estaba todo olvidado… Ahora que por primera vez me dejas ver tus ojos, me doy cuenta de que el amor no se olvida nunca. Esta paella…

—Está de muerte —completo su frase.

Coge mi mano. Sonreímos.

—El orgullo, efectivamente, pesa mucho en la mochila, Javi. Nunca he dejado de quererte.

Javier sonríe y toca mi nariz con dulzura. Aquel gesto era nuestra señal para indicar que todo iba bien. Me pregunto por qué cuando sucedió aquello, no tocó mi nariz del mismo modo. Me respondo lo que ya sé, lo que ambos sabemos. El orgullo es poderoso, pesa, oprime, encadena. Ahora, en este bar, descubrimos que el amor lo es más. Han pasado años pero esta caricia ha hecho que retrocedamos en el tiempo. No ha sido mal vivido, tan solo una historia que contar, una experiencia para recordar que nunca el tiempo nunca se ha perdido si de él se aprende algo…

(continuará)

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