RELATO CORTO

SOMBRAS EN LA PARED (LA HISTORIA COMPLETA)

Para lo que no hayáis leído este relato breve publicado por entregas durante mayo y junio, os invito a hacerlo ahora. Aquí tenéis la historia completa. Espero vuestros comentarios. TORMENTAS DE TINTA es vuestra casa. Gracias por leerme. 

Estoy tumbado en la cama y miro el techo. Imagino entre las sombras que se dibujan en él, figuras que cambian a cada instante. Persigo una de ellas, formada por una amalgama de hojas azotadas por el viento. Saltan, corren por el techo, se entrelazan, se separan, se aman y se odian. Sigo imaginando.

Un conjunto de sombras ha dibujado un corazón. Lo persigo con la vista y mi cabeza se mueve deprisa, al ritmo de su latir en el techo. Me pregunto cuánto tiempo llevo observando las sombras. Tanteo la mesilla y encuentro el móvil. Las tres de la mañana y sigo despierto.

Paula se ha ido de casa esta noche. Ha hecho la maleta precipitadamente y ha olvidado llevarse varias cosas. Imagino que llamará para decirme que las recogerá por la mañana. Se ha llevado las llaves, así que cuando llame no podré quedar con ella con la excusa de estar en casa cuando regrese a buscar lo que se ha dejado.

Un caballo alado galopa por el techo. El viento aúlla fuera. Imagino la última noche húmeda en que me entregó su cuerpo y las promesas de amor que hice, como suelo hacerle cuando disfrutamos el uno del otro. Una diaria son muchas promesas, supongo.
He incumplido todas.

Hasta aquel día no había mirado a ninguna otra mujer. No entiendo por qué tuvo que pasar si yo la amaba, si la amo todavía. Dibujo su cuerpo en el techo, ahora las hojas me lo recuerdan: sus curvas, su caminar, su cabello ondulado. No forman su rostro pero yo lo imagino pues lo tengo marcado en mi retina. Es hermosa, toda ella, por fuera y por dentro. Y ya no está… Las cuatro de la mañana. La extraño.

Habíamos acabado en un local todos los compañeros de oficina. La chica nueva, Amaya, había entrado hacía un par de meses. Era simpática y atractiva. Tiene diez años menos que Paula y es fresca y viva. No digo que  mi mujer no lo sea, pues Paula es un volcán y exhala vida. Eso fue lo que me enamoró de ella: sus enormes ganas de vivir. Pero Amaya era la novedad, lo desconocido que siempre atrae. Los seres humanos nos sentimos atraídos por aquello que no tenemos y, sobre todo, por lo que creemos que no alcanzaremos jamás. Amaya era inalcanzable. Su sonrisa, su mirada, su cuerpo que gritaba, toda ella. Bebimos demasiado, había mucho que celebrar. Aprobaron nuestro proyecto y eso suponía un año de trabajo garantizado, ingresos considerables para nuestra empresa y seguramente, un incentivo económico para todos los que participábamos en él. Corrió el alcohol y la música nos invitó a disfrutar. Llamé a Paula y le comuniqué que continuaríamos la fiesta. Ella me respondió que se quedaría un rato despierta pero que luego se acostaría. Me pidió que disfrutara de nuestro triunfo. Nos despedimos con un beso y un te quiero.

No sé cómo pasó pero acabé en casa de Amaya y metido en su cama. La relación duró apenas un mes, cuando mi compañera se cansó de mí y me reemplazó por Goyo, el de recursos humanos. Ahora que lo pienso no había relación, solo sexo. ¿Por qué lo haría yo entonces? Mil formas en el techo y continúo insomne, pensando en Paula.

¿Por qué se lo conté? ¿Remordimiento? ¿Deseo de descargar el peso que me oprimía el pecho cada vez que hacíamos el amor? ¿Trasladar a mi mujer la responsabilidad de tomar una decisión respecto a nuestro futuro? No podía tocarla pensando que había tocado a Amaya, me sentía ruin y estúpido a la vez. Fue solo por sentirme un hombre atractivo todavía. Voy camino de los cuarenta. A Paula no le importaba cumplir años, ella es hermosa, tiene un cuerpo deseable y un rostro bonito. Ahora lleva el cabello castaño pero cada dos por tres lo tiñe de un color. Es atrevida y me gusta. No necesitaba sentirme más vivo aún, jamás lo necesité pues con ella siempre me he sentido así… Paula es mi mujer, soy feliz con ella en la cama y fuera de ella. En la cama disfruto y fuera, vivo. Somos cómplices. ¡¿Por qué, por qué, por qué?!

Estoy haciendo sombras chinescas con las manos mientras persigo con ellas las formas del techo. Son las cinco de la mañana. Cuando me duerma sé que soñaré con Paula pero no consigo conciliar el sueño porque la extraño. Son cinco años durmiendo abrazado a ella, cinco años abrazados fuera del dormitorio, cogiendo su mano y ella la mía.

¿Por qué se llevó las llaves? ¡Joder! Sonará raro que cuando llame le comente que la esperaré en casa. Seguramente me dirá que prefiere que no esté cuando venga a recoger el resto de sus cosas. Paula es orgullosa. Lloró mucho cuando confesé mi infidelidad, lloró durante días. No dejó que la abrazara, rehusó hasta mi pañuelo de papel cuando se lo solté aquel día. No pensé que su reacción fuera tan desmesurada, pues comencé pidiéndole comprensión y apoyo, y jurando que la amaba como jamás he amado a nadie.  Ahora está en casa de su amiga Ana y no me atrevo a llamar pues temo que me cuelgue el teléfono. Si supiera cómo estoy yo, despierto e imaginando formas en las sombras del techo… Paula… ¿estás despierta también? ¿Lloras? No llores, nena, esto no es desamor, es la locura de un necio que te ama, te desea y te añora.

Si no llama esta mañana para avisarme de que viene a recoger sus cosas, llamaré yo. No me importa que no me coja el teléfono o que, si me lo coge, me mande a la mierda. Creo que no lo hará pues Paula no es así. Jamás nos hemos faltado al respeto, bueno… yo lo he hecho al acostarme con Amaya. Ha sido la primera vez que le falto al respeto y respetar es una base imprescindible en la pareja.

¡Qué gilipollas! Perderlo todo por unos cuantos polvos. ¡Qué apuesta tan insensata! Paula es mi amante y mi amiga, disfrutamos en la cama, cada día es diferente aun después de cinco años. No todas las personas pueden decir eso de una relación… Yo sí. Y ahora me veo mirando el techo. ¿Qué hora es? ¿Las seis ya? Anticipo que este insomnio me va a tener en la cama hasta la hora de comer. Estoy agotado. El viento no cesa, ya no hay sombras en el techo. Amanece.

*****

Ana mira a su amiga. Tiene los ojos hinchados de haber llorado. El desamor, piensa Ana, produce ese desagradable efecto en los ojos de la gente. Lo ha visto muchas veces, demasiadas. Ana es experta en consolar amigas.

– ¿No vas a acostarte? -pregunta a Paula.

– No tengo sueño –Paula se suena con un pañuelo de papel, coge la taza de humeante cacao que le ofrece Ana y esboza una sonrisa.

– Deberías dormir un poco.

– No puedo dormir. No hago más que pensar en todo esto, en por qué   sucedió.

– Las cosas suceden sin más.

– Como dice la canción de Nena Daconte. Y como también dice, tenía tanto que darle… Éramos felices, Ana, muy felices. Lo teníamos todo. Me niego a pensar que sucedió, sin más.

– Seguís teniéndolo todo.

– ¿Bromeas? Me mintió.

Paula sube la voz. Su amiga coge su mano, retira de ella la taza de cacao y sonríe para que se calme.

– Se acostó con otra. Eso es mentir.

– Vale, pero… no sé… no lo veo como tú lo ves, sin solución, sin perdón y sin olvido. Creo que debería ser un borrón y cuenta nueva. Si hay amor, así lo veo yo.

– Tú tienes la singularidad de ver todo de distinto modo al resto de los mortales, Ana.

– Por eso somos amigas, siempre has tenido en mí el punto de vista original a las cosas. No todo es blanco y negro, yo te muestro una gran gama de grises…

– Eres odiosa. ¡Desarticulas mis esquemas!

– Pero me quieres porque si no, no me habrías llamado a mí antes que a cualquiera de tus amigas.

Ambas se abrazan y sonríen. Paula coge de nuevo la taza de cacao y bebe. Ana observa su rostro y ve en él al de una mujer que aún está enamorada.

– Entre otras cosas, porque tú eres la única que podrías haberme acogido en tu casa. Las demás están casadas.

Las dos amigas se carcajean. Ana coge la otra taza de cacao y bebe un sorbo. La habitación de invitados de Ana es blanca, la luz de la madrugada entra por el gran ventanal que da a un hermoso parque. La ventana abierta deja pasar el olor a rosas que emana del jardín. Ana mira hacia la ventana. Comienza a amanecer.

– Ese es un golpe bajo, jejeje… –comenta Ana.

– Vives bien así, reconócelo.

– De lujo, Paula. No soy mujer de ataduras, lo fui, pero ya no. Tú sí lo eres: cintas de seda. Eso teníais Pablo y tú.

– Cintas de seda que me encantaban. Me protegían, me ataban con dulzura. Era feliz con él. Pablo… ¿Qué hará ahora? Seguro que está roncando.

– ¿Roncando?

– Durmiendo a pierna suelta en nuestra cama de 1,50.

– ¿Qué te hace pensar eso? Acabas de irte de casa. No creo que esté roncando. Estará pensando. Pablo es de pensar, lo sé. No es un tío de dormir a pierna suelta tras una discusión y menos hoy. Te has ido, está seguro de que te perdió.

– No sé…

– Pues parece mentira que dudes sobre si está despierto o no, Paula, tú vives con él. No sé cómo dices que estará roncando si sabes que no es así. Lo sabes…

– ¿Por qué me contó lo de su aventura si fue algo pasajero? Debió habérselo callado. Cargó su remordimiento a mis espaldas y creó en mi la responsabilidad del perdón. Aunque lo hiciera, Ana, aunque perdonara lo que hizo, no podré olvidar. Se acabó la confianza. ¿Puede perdurar una relación sin confianza?

– La respuesta la tienes tú.

– Van unidas confianza y relación. Es así. Yo lo veo así.

– La vida tiene cientos de colores y cientos de matices, nena. Te voy a contar algo: una vez tuve una pareja. Nos conocemos desde hace tres años, pero mi vida no ha sido siempre la de una mujer que huye de las relaciones estables.

– ¿Pareja estable tú, Ana?

– Me lo preguntas con ojos como platos, Paula… Tu amiga una vez creyó en el amor… Sí, la tuve. Estable. Tan estable como que íbamos a casarnos. Me sucedió algo parecido a lo que te pasó a ti. Javier… se llamaba Javier, bien…, Javier se acostó con una chica justo el día de su despedida de soltero. Suena a novelón, pero así fue como sucedió. Me enteré por él un par de días después. Me lo contó llorando. Sus amigos se la liaron. Iban pedo. Y no solo se acostó él con una desconocida que conoció en uno de los locales donde estuvieron. Hubo más cuernos aquella noche. Mi amiga Pili dejó a su novio por el mismo motivo. Él ni siquiera se lo contó, se enteró ella casi al mismo tiempo que Javi me lo confesó. Cuando me lo dijo monté en cólera, lloré, lo abofeteé. Nada hizo cuando le llamé de todo. Sólo llorar. Juró que me amaba, me rogó que no le dejase. Pero lo hice porque pensé que podría perdonar pero no olvidar. Llamé a todos mis invitados en tiempo record para comunicar que no habría boda. Javier hizo lo mismo. Me vendió su parte del piso que habíamos comprado para vivir, este piso. Por un precio de amigo. Y se marchó. No le he olvidado y después de años de aquello, me planteo que, si bien no se olvida una infidelidad, sí puede vivirse con ella. ¿Sabes qué es lo que yo no hice mientras Javier me confesaba la suya? Mirar sus ojos. Pensaba en el engaño, en la traición, pensaba en mi orgullo herido, pensaba en él tirándose a una tía a la que acababa de conocer. Pero no miré sus ojos, Paula. Y me arrepiento. Porque de haber mirado sus ojos, habría encontrado amor. Me amaba y yo no lo vi. Y perdimos los dos. No es más grande la traición que el propio amor y yo eso no lo tuve en cuenta. El amor era grande, lo que pasó fue un error, un puto error perdonable y olvidable. Me arrepiento de aquella decisión porque la tomé movida por el rencor y debía haberla tomado teniendo en cuenta el amor de esos ojos que no quise mirar. No te arrepientas, Paula.

– No sabía nada…

– No lo sabe nadie, cielo. Tu amiga es de jijijajá, pero tiene corazón.

– Nunca lo puse en duda.

– Por eso te lo cuento a ti y no lo he contado jamás. Desde entonces decidí no engancharme. Quizás fue un error pero creo que Javi era el hombre para mí. Esa media naranja de la que todos hablan pero nadie encuentra. Yo la encontré y la dejé marchar por orgullo.

– ¿No has vuelto a saber de él?

– Vive en el barrio. Compró un piso cerca de aquí.

– ¿En serio?

– Tan en serio como que a veces me cruzo con él. Nos miramos, agachamos la mirada y seguimos nuestro camino.

– ¿Y no os saludáis ni siquiera?

– No sabría qué decir y creo que él tampoco.

– ¿Se casó?

– No.

– ¿Cómo lo sabes?

– Porque tengo mis contactos.

Aún sientes por él.

– Jamás dejaré de sentir por él, Paula. El corazón se me sale del pecho cuando nos vemos.

– Pues no lo entiendo. Habla con él.

– Cariño, estábamos hablando de ti. ¿Sientes tú por Pablo?

– Lo mío es reciente, aún amo a Pablo.

– Pues lo mío como si lo fuera, no hay día que no piense en Javi. Tan reciente como si fuera ayer… Venga, ¿intentamos dormir?

– Si casi amaneció.

– Pues nos quedamos hasta la una en la cama. Y comemos fuera. Total, es sábado.

– Gracias.

– ¿Por qué?

– Por ser mi amiga.

– Anda, tontita, las amigas estamos para eso.

– ¿Crees que estará despierto?

– ¿Pablo?

– Pues claro que Pablo.

– Despierto y pensando en ti, Paula.

– Era una pregunta retórica.

– El amor está lleno de preguntas retóricas, nena…

Al otro lado del barrio, Pablo piensa. Ambos piensan. Esa noche es una noche para pensar. Amanece. La vida se abre camino. Por el ventanal, el naranja del amanecer pinta la habitación. Paula y Ana se terminan de tomar su cacao y se acuestan. Al otro lado de la ciudad, Pablo acaba de acostarse. Un gato maúlla desesperado. “Parece un llanto de desamor”, piensa Pablo, “amigo, estamos igual, llorando por dentro. Paula…”

****

Eva me mira y sonríe. Desde que Paula se fue de casa hemos quedado a tomar café todos los días. Agradezco su compañía y su charla. Lo cierto es que la casa está tan vacía desde que Paula se marchó que procuro pasar en ella el menor tiempo posible. Esa hora y pico que paso con Eva alivia la carga de la soledad y el remordimiento.

Mi hermana no es de cargar con peso ajeno pero su punto de vista me ayuda a sobrellevar estos días inciertos. Sabe que estoy asustado, como también es conocedora de que no estoy preparado para hablar con Paula. Todos los días comenzamos nuestra charla con las mismas palabras: mis dudas y la acabamos con su ánimo y su alegría. Eva es una mujer excepcional, no me extraña que Roberto esté colado por ella —en realidad mi hermana también lo está por mi cuñado—. Son muy diferentes pero se complementan a la perfección. Quizás sea ese el secreto para que las parejas duren y fructifiquen: complementarse y enriquecerse, aportando cada uno de sus miembros aquello de lo que carece el otro.

—Dudo que Paula quiera hablar conmigo.

—El no ya lo tienes —comenta Eva.

—Eres la única persona de la familia que no me mira como si fuese un apestado.

—No eres ningún apestado, eres un gilipollas. Mira, hasta ahora he sido muy blanda contigo, obviando el tema de lo que pienso de ti desde que le contaste a Paula lo de tu rollito con tu compañera, pero ya llevamos mareando la perdiz con este tema y sabes que tu hermana no tiene pelos en la lengua. Esta postura de madre Teresa de Calcuta, empieza a cansarme, Pablo. Es hora de coger el toro por los cuernos, hermanito.

—Vaya, una semana has tardado en sacar tu genio, mucho te ha costado…

—Es mi opinión pero no creas que esto es un juicio sumarísimo. No me gusta juzgar ni ser juzgada, lo sabes, Pablo. No juzgué ni tomé partido con el divorcio de nuestros padres y jamás lo tomo. Prefiero pisar terreno neutral a embarrarme. Cuando se toma partido siempre se pierde… Sobre lo que ha pasado entre Paula y tú no opino, pero sobre lo que me pareces, ya me cansé de callar. Siempre he pensado que eras un tío inteligente pero las opiniones pueden variar en función de los actos de cada uno. En tu caso, la mía ha variado bastante.

—Creí que no juzgabas.

—Y no lo hago. No juzgo sobre tu infidelidad. No osaría jamás. Sólo te transmito mi opinión sobre lo estúpido que has sido al contárselo todo a Paula. Yo también he hecho mis pinitos en esta materia y sé de lo que estoy hablando.

—¿Tú? —no puedo creer que Eva haya sido infiel. Ama a Roberto con locura.

—Te cuento esto porque sé que eres una tumba, como siempre lo hemos sido para los secretos del otro. No se lo contaría a Alicia ni a Gonzalo porque son unos bocazas pero en ti siempre he confiado. Somos tumbas con los asuntos del otro desde que mi memoria alcanza. Y te cuento esto para que entiendas que te comprendo y respeto. Mi concepto de gilipollas viene de otro tema distinto a la infidelidad en sí misma, a contarlo para expiar el remordimiento. Mal, muy mal, Pablo… Yo fui infiel a Roberto, una vez, una sola. Sucedió hace un año y medio con un  compañero de curro, como ha sido tu caso. Y también pasó después de una fiesta. Habíamos bebido un poquito… no lo justifico pero Marcos, así se llama, me atraía hacía tiempo. El hecho de que quiera a Roberto no me hace ciega como me figuro que le pasa a mi marido. Marcos es guapísimo y por una extraña razón se había fijado en mí desde que entró a trabajar en la oficina. Hacía tiempo que yo lo había notado y aquella noche, tras esas copas de más, sucedió. Cuando regresé a casa ya estaba arrepentida y a la mañana siguiente, casi no podía mirar a la cara a Marcos. Lo cierto es que él tampoco podía hacerlo. Está casado y tiene un niño pequeño. Al cabo de una semana volvimos a hablarnos pues hasta dejamos de hacerlo desde aquel día. En casa yo estaba nerviosa y Roberto se intranquilizó. Un día me preguntó qué me pasaba. Por supuesto —y ahí es donde entra el concepto de gilipollas que tengo de ti ahora, querido hermanito—, mentí. El gran volumen de trabajo y la responsabilidad de sacar adelante el proyecto que teníamos entre manos. A eso achaqué mi estado anímico. Jamás le conté y aquella noche loca quedó en el baúl de los recuerdos. Marcos y yo nos llevamos fenomenal, ahora trabajamos en ese proyecto. No hemos vuelto a hablar del tema y lo hemos enterrado. Solo cuando vamos de viaje por motivos de trabajo y en esos momentos en que estamos comiendo o desayunamos en el hotel, sonreímos e intuyo que recuerda, como yo lo hago. Fue una experiencia, una más, sucedió y acabó. Punto. Incluso puedo afirmar sin lugar a dudas que ahora soy más feliz con Roberto que cuando no me había acostado con Marcos.

—No entiendo.

—La experiencia me enriqueció pues hizo que valorara más lo que tenía en casa. Acepté que no fue un error sino una enseñanza. Tú lo tomaste como un error que se convirtió en una losa en tu cabeza. Y ese error que tanto te pesaba lo trasladaste a Paula al confesar tu infidelidad.

—No fue una sola noche, Eva. Duró un mes aproximadamente.

–¿Y…? ¿Contemplaste alguna vez la posibilidad de continuidad, más allá de uno o dos meses? Ya hemos hablado de ello. No lo hiciste. Fue una aventura de un mes en vez de una noche pero una aventura a fin de cuentas.

—Nunca la contemplé de otro modo.

—Pues mi opinión sobre lo que eres no varía entonces, hermanito: gilipollas con todas las letras. Debiste callar si no iba a ningún sitio. Cargar con tu mochila de piedras y no quitarte el peso para echárselo encima a Paula. ¿Qué te hizo ella para que fueras tan cruel?

—No lo hice por crueldad. Amo a Paula.

—Pues mejor me lo pones, lo hiciste porque eres un completo estúpido. Tu remordimiento te llevó a serlo. Conoces a Paula o deberías conocerla. No debiste contar. Nadie olvida, Pablo, y esto no va por sexos sino que es una cuestión del cerebro en sí mismo, que almacena el dolor emocional en la memoria. Ser infiel causa dolor, no cosquillas, pero eso a ti pareció no importarte con tal de quitarte esa opresión del pecho. ¿La cagaste? ¿Te costaba respirar cuando la mirabas a la cara? Pues te jodes. A lo hecho, pecho. Y a vivir con ello. La infidelidad es una falta de respeto para tu pareja a no ser que, de mutuo acuerdo, se haya pactado saltarse esa regla. Hay parejas que lo hacen y viven felices pues la confianza no se ve afectada. Pero no era vuestro caso, ¿verdad?

—No, no lo era —miro a Eva, me reprende con una sonrisa en los labios.

—Ahora toca arreglar este entuerto.

—Entuerto… ¡menuda palabreja!

—Cual caballero con lanza en mano. Es broma… ¡sonríe!

—No tengo ganas de sonreír.

—Pues comienza a hacerlo. No puedes presentarte ante Paula como alma en pena, debe ver que quieres luchar. El cordero no lucha, Pablo, lucha el león.

—No querrá ni verme.

—El no, repito, lo tienes ganado a pulso. Gánate su perdón. No olvidará y desconfiará durante mucho tiempo pero quizás no la hayas perdido si realmente te ama como creo que lo hace. Si consigues que te vea, quedad en un sitio neutral y ve dispuesto a solucionarlo, con esa actitud entera y no derrotista. No supliques, solo habla con ella. Y según veas su estado de ánimo…

—Me fulminará con la mirada, lo sé…

—¡Joder! ¿Qué te acabo de decir? León. No va a fulminarte, no tiene rayos en la mirada, idiota. Eres bobo de narices, hermanito. Según veas cómo es su actitud, repito, haz esto: toca su mano como por descuido.

—Tú has visto muchas pelis románticas, Eva.

—¡Hazme caso! ¡No me estás escuchando y comienzas a cabrearme! —Eva finge estar enfadada pero sé que por dentro se está partiendo de risa. Debo tener un aspecto patético— Tocas su mano, ¿entendido?

—Toco su mano —repito.

—Bien… ¡madre mía, lo que está costándote captarlo todo, hijo mío!

Me acaricia la cara. Es mi hermana pequeña pero Eva siempre ha sido mi segunda madre. Ha estado siempre cuando la he necesitado y han sido unas cuantas veces. Nos adoramos. En estos momentos es la única persona en la que confío. Si me dice que luche es porque sabe que puedo conseguirlo.

Paula y ella son amigas, además de cuñadas. Supongo que han hablado… Eva es neutral en este sentido y es cierto que no juzga y no consiente ser juzgada. Mi hermana es mi modelo a seguir. Estoy asustado pero seguiré su consejo. León… un poco asustado, pero león a fin de cuentas…

*****

He llegado a casa. Son las nueve y no tengo hambre. He adelgazado dos kilos en esta semana. Si sigo así voy a perder todo lo ganado en el gimnasio en los últimos meses. Cojo el teléfono y marco el número de Paula. Va a colgarme seguro… Suena su tono “ya voy”, ha cambiado de canción: Happy de Pharrell Willians. Curioso… “¿Ha encontrado a alguien? ¿Tan pronto?” Me sudan las manos.

—Pa…Paula… —carraspeo, tengo la boca seca. Va a colgar, lo sé.

—Hola, Pablo.

No lo ha hecho. Suspiro aliviado. Su voz es serena aunque espero que me mande a la mierda en cualquier momento, pero aguanto el tipo.

—Hola… ¿cómo estás?

—Bien, ¿y tú?

—Bien también.

Primera mentira. Estoy asustado, muy asustado. Quiero recuperarla y aún no sé qué decir. Tenía el convencimiento de que no iba a cogerme el teléfono.

—¿Qué quieres?

—Que hablemos.

—Ya estamos hablando, Pablo.

—Agradezco que no me hayas colgado el teléfono.

—Una semana da para calmarse. De haberme llamado la semana pasada, justo después de marcharme, te hubiera colgado.

—No has venido a por las cosas que dejaste en casa.

—No hay mucho que recoger.

—La ropa de invierno…

—¿Tengo plazo para hacerlo? Sabes que la casa de Ana es pequeña. Pero si necesitas espacio en el armario…

—No, no, para nada, Paula…

Debo parar, ¿qué narices estoy haciendo? Yo quiero quedar con ella, no que se lleve sus cosas. ¿Lo está haciendo adrede o realmente parezco tan indiferente? León, Pablo, león…

—Me gustaría hablar contigo, no te llamo para pedirte que te lleves tus cosas.  Por favor, Paula, no me repitas que ya lo estamos haciendo, sabes perfectamente a qué me refiero. ¿Te viene bien que nos veamos esta semana?

—¿El sábado?

—¡Perfecto!

¡No puedo creerlo! ¡No me ha mandado a freír monas!

—¿Dónde quedamos?

—¿En la cafetería del parque?

—¿ A qué hora?

—¿Café de sobremesa? ¿A las cuatro?

—Allí estaré.

—Gracias, Paula.

—Da recuerdos a Eva, me dijo que llamarías…

—¿Eva? ¿No me cuelgas porque Eva te lo ha pedido?

Me siento un tanto perdido. Si ese es el motivo, no he ganado nada…

—No te he colgado porque no deseaba hacerlo. El sábado a las cuatro en punto. No te retrases.

Está fría y distante y lo entiendo… Supongo que cuando ha escuchado mi voz la primera imagen que se le ha cruzado por la cabeza ha sido la mía con mi compañera de trabajo en la cama. ¡Qué gilipollas fui!  Las cosas pasan, sí, pero deben guardarse dentro. Eva tiene razón, soy un estúpido integral. Fue una aventura estúpida. Si me pasa esta y vuelve a casa, voy a tener que luchar mucho para ganarme de nuevo su cariño. Espero que sepa leer en mis ojos aún, que estos le digan que este idiota la ama todavía…

*****

—¿Y bien?

—Hemos quedado el sábado a las cuatro.

—Ya lo he oído —dice Ana—, te pregunto sobre cómo te has sentido.

—Extraña… esperaba su llamada pero al oír su voz… ¿cómo me has visto?

—Falsamente serena, pero Pablo no se habrá percatado. Normalmente los hombres no captan los matices de la voz y menos por teléfono. A no ser que escuchen  el snif, snif de un llanto o una carcajada, no se percatan del estado anímico del interlocutor.

—Eres un tanto exagerada, ¿no?

—¿Exagerada? Nooooo, para nada. Las mujeres mentimos muy bien y además ellos no están genéticamente preparados para sentir empatía. ¿Habrá un cromosoma que lleve aneja la empatía?

—¿Los sentimientos están unidos a los cromosomas? —pregunto con fingida curiosidad pues sé que Ana está bromeando para arrancarme una sonrisa.

—No tengo ni idea, pero en el caso de los hombres, estoy por afirmar que sí. Carecen del cromosoma…, mmmmm, déjame que piense… ¡Ya está! ¡Empaticus sentimentalis!

—Eres la leche…

Ana me hace reír. Esta semana ha sido mi apoyo. En realidad me he apoyado en ella desde que la conozco. Es una amiga-pared pues en ella nos apoyamos todas sus amigas  cuando estamos cansadas. Yo llevo una semana muy, muy cansada… Necesito una tregua y creo que Ana también…

—¿Irás para dialogar o para ponerle a caldo?

—Sigo resentida…

—Para ponerle a caldo, entonces…

—Hablé con Eva. Fue una conversación de amigas. Sabes que Eva y yo nos queremos.

—Eva es neutral, pese a ser tu cuñada.

—Discreta, conciliadora y jamás ha tomado partido en nuestras discusiones.

—Apenas discutíais, habéis dado poca guerra a los amigos con vuestros asuntos.

—Es cierto. Quizás por eso todo esto me ha sobrepasado. No lo esperaba. De Pablo no…

—Salvo en raras ocasiones, nadie espera que su pareja sea infiel. Una cosa, Paula…, ¿si Pablo no te hubiera contado, cambiaría algo?

—Todo. No habría perdido la confianza en él y no habría nada que perdonar.

—De haber sido tú la que hubiera traicionado esa confianza, ¿cuál querrías que hubiera sido la actitud de Pablo?

—Eso es trampa, Ana.

—No, es una pregunta sencilla.

—Hubiera deseado que actuara de otro modo. Que hubiéramos hablado…

—¿Entonces?

—Por eso he accedido a hablar con él.

—¿Sólo por eso?

—Por esto y por otras cosas.

—Repito, Paula, ¿sólo por eso?

—Eres insufrible, Ana. Por eso y porque le quiero todavía.

*****

El vestido verde musgo me sienta como un guante. No me maquillo demasiado y me he recogido el cabello. Estoy nerviosa. Llego tarde aposta. Quiero ver su cara cuando entre en la cafetería.

Está sentado al fondo, me ha saludado con la mano y se ha levantado antes de que llegara a su mesa. Está más delgado y tiene ojeras. Yo he tomado pastillas para dormir pero él es muy cabezota y estoy convencida de que lleva toda la semana sin dormir bien. Camisa nueva. Me encantan los cuadros. Está muy atractivo. ¿Es posible que tenga más canas? Sonríe nervioso. Le conozco bien: está temblando por dentro. Yo disimulo mejor. Con estos tacones tengo miedo de dar un traspiés. Yo estoy también nerviosa. Una semana sin vernos. Le echo de menos y no imaginaba que fuera tanto. Le sienta bien esa camisa. Ha hecho intención de darme un beso en la mejilla pero al ver que me he apartado, se ha echado para atrás. Me separa la silla para que me siente. Definitivamente, está muy guapo con esa camisa. ¿La habrá elegido Eva?

*****

Me asomo a la ventana e inspiro el aire de la calle. Mi salón da al hermoso jardín de la urbanización. Sube el perfume de las madreselvas que plantaron al lado de mi terraza y me dejo llevar hasta aquel tiempo en que era feliz. Es curioso cómo los olores influyen tanto en mi estado anímico. Este en concreto me hace recordar buenos tiempos y me sienta bien. También lo hace el de las velas perfumadas que usaba en mi antigua casa, la que compartí con Javier. Todas las tardes, al regresar del trabajo, las encendía para que cuando yo llegara oliera a jazmín. En alguna ocasión un camino de pétalos de rosas blancas me conducía hasta una bañera relajante con espuma *. Añoro aquellos tiempos…

Paula ha quedado con Pablo. Me cae bien aunque me parece un estúpido, no por haber traicionado la confianza de mi amiga, sino por confesar su infidelidad. Debería habérselo callado y ahora seguirían juntos. Ama a Paula pero lo nuevo es atrayente y yo lo sé por experiencia. En realidad, no añoro aquellos tiempos, añoro a Javi. Espero que mi amiga tome la decisión más adecuada. No se olvida pero se puede perdonar. El pasado ya no es, el futuro tampoco existe. Su presente está con él. Suena tan cursi pero así lo intuyo. A Paula le brillan los ojos cuando pronuncia el nombre de Pablo.

Hace una tarde tan maravillosa que no voy a desperdiciarla poniendo la lavadora. La calle me llama. Cojo la novela que estoy leyendo me visto para salir a tomar una caña en una terraza del parque. Pero antes enviaré un whatsapp a Paula pues quiero saber si ya ha llegado a su cita y qué ha sentido al reencontrarse a Pablo, aunque imagino que será el mismo hormigueo yo siento aún cuando me cruzo con Javier. Aunque me digo mil veces que ojalá no viviera en el barrio, me engaño… Mi corazón se acelera todavía cuando nos vemos. ¡Cuántos momentos de felicidad nos perdemos por orgullo!

*****

—Estás muy guapa.

—Gracias. Y tú más delgado.

—Dos kilos he perdido en esta semana.

—¿No comes?

—Ni duermo.

—Ya somos dos insomnes. Por desgracia yo no he perdido el apetito.

—Mejor, estás bien así, Paula. Es un vestido precioso. ¿Verde… aceituna?

—Musgo.

—Los hombres no nos llevamos bien con las gamas de colores.

—Pantone, se llama pantone.

—¿Recuerdas cuando pintamos la casa? Pantone…

—Uf, sí. —Sonrío.

—Miles de colores, Pau. Y tú venga y venga, “Pablo, cariño, este es rojo bermellón, este, blanco marfil, este color se llama rosa palo, este otro, coral, vengué, rosa chicle…” Mareado me tenías.

—¡Tonto! Lo cuentas como si hubieras vivido un martirio.

—¡Noooo!, lo cuento como fue, me dolía la cabeza con tanto colorín. Tuve que ver aquellas tablillas de colores durante una semana y, al final, elegiste tú todos los de la casa, no me dejaste meter baza… Una semana soñando con arco iris.

—Y mariposas.

—¡Te acuerdas!

—Claro que me acuerdo. Despertaste bañado en sudor una noche y, cuando te pregunté si habías tenido una pesadilla, me contestaste que cientos de mariposas gigantes de vivos colores te perseguían.

—¡Era cierto! Menuda pesadilla. Hacían un ruido ensordecedor con sus enormes alas multicolores y yo corría y corría, directo a un precipicio. Gritaba y ellas querían libarme.

—¡Libarte, ni que fueras una flor! Al final la casa quedó preciosa, reconócelo.

—Tienes buen gusto… Paula, ¿te apetece una cerveza?

—Sí, por favor.

Pablo sonríe pero está nervioso. Traga saliva continuamente. Miro sus ojos y veo tanta tristeza… Carlos Merino, el de contabilidad, es un hombre muy atractivo. Lo cierto es que siempre me he sentido atraída por él, pero mi amor por Pablo ha frenado el morbo que me produce cuando le veo. Es algo natural, no somos ciegas ante los hombres guapos. Carlos lo es. Los hombres tampoco son ciegos, en cuestión de vista, hombres y mujeres, tenemos la misma agudeza visual…

Recuerdo que cuando Carlos se separó estuvo muy simpático conmigo, más de lo habitual en él, que hasta entonces no había dado muestras de querer ligar conmigo. Evidentemente, tras su ruptura quiso ahogar sus penas entre mis piernas. Le paré los pies pero me consta que las ahogó entre las de Marta Salcillo, la de recursos humanos. Cristina me comentó que Marta ha dejado a su marido y se ha ido a vivir con Carlos. Marta se lo contó a Cristina y Cris, que no sabe guardar un secreto, me lo cotilleó al día siguiente de enterarse. Historias de oficina… Me pregunto ahora qué hubiera sucedido de haber estado yo vulnerable anímicamente por pasar una mala racha con Pablo. Hemos pasado alguna, pero hasta ahora, las habíamos superado con nota. Supongo que el amor es la mejor escalera para superar muros y barreras juntos.

Pablo me mira con dulzura, está triste y veo en sus ojos que se arrepiente. No deseo su cabeza en una bandeja… lo dije, lo grité a Ana en su casa cuando la llamé después de que me confesara su infidelidad. Recuerdo que Ana se rió y me sentó como un tiro…

—Cerveza helada…

—¿Sabes que este es el primer día que salgo desde la semana pasada? —comento.

—Yo he salido mucho… —dice Pablo mientras me mira. Bebo y aprovecho para tragar saliva… Grité que quería su cabeza, ahora me río por dentro.

Le veo frente a mí, con esos ojos clavados en los míos y siento que el calor me traspasa las pupilas. ¿En un momento de debilidad, me repito, hubiera caído? ¿Pablo llegó a querer a esa mujer?

—¿De noche?

—No, Paula, no… Por la tarde, cuando llego a casa esta se me cae encima. Así que dejo las cosas, me quito el traje, me pongo algo cómodo y me largo. A veces me encierro en la biblioteca, cojo un libro y leo, otras veces he ido a esta cafetería y he adelantado trabajo. Todos los días veo a Eva.

—Hemos hablado varias veces esta semana —comento.

—Eva te adora.

—Y yo a ella.

—Lo sé. Es buena consejera sentimental. Neutral, como debe ser.

—Pablo… ¿Te enamoraste de esa mujer?

No… No…, pero, ¿en qué estaría pensando? ¡Qué pregunta acabo de hacerle! No quiero que recuerde ni quiero recordar…

—Paula… no… no… No me enamoré… solo fue…

—¿Sexo?

Ya que me habrá tomado por idiota, tengo que seguir…

—Por favor, Pau, te lo ruego.

—Solo fue sexo.

—Solo sexo, Pau.

—Me amas y te acostaste con ella. No lo entiendo.

—Ni yo tampoco pero nada cambiará lo que hice. Me arrepiento, te he perdido, quiero recuperarte y por eso estoy aquí. Ojalá existiera una máquina del tiempo para retroceder a ese día, pero esto no es una película de ciencia ficción, Pau.

—Una pastilla azul.

—¿Una pastilla azul?

—Una pastilla azul y mágica que tuviera la propiedad de borrar un hecho de tu pasado. Yo borraría tu confesión.

—Yo borraría mi traición. Te juro que…

—¿Pagas esto y me acompañas a casa de Ana?

—¿He dicho algo que te ha molestado? Por favor, Pau, no te vayas, si te he ofendido de nuevo, te pido disculpas, pero… por favor… quédate…

Me mira y sus ojos marrones me piden perdón… Brotan de ellos miles de recuerdos que llegan a mi cabeza de golpe: el primer beso, la primera caricia, nuestra canción, la primera vez que me hizo reír, la primera que hicimos el amor, la primera vez que me dijo te quiero… Tantos recuerdos, tantos momentos azules…

—Es tarde, Pablo. Llévame a casa de Ana y sube a ayudarme a hacer la maleta.

—¿Te mudas? ¿Dónde? —pregunta inquieto.

Se levanta y se frota las manos. Me mira, separa mi silla, vuelve a mirarme y se toca el pelo.

—Regreso a casa, Pablo. Regreso a ti.

*****

El camarero me sirve una caña acompañada de un platillo con una generosa ración de paella que está para chuparse los dedos. Suelo venir los jueves a este bar pues la ponen de aperitivo hasta por la tarde. En “El encuentro”, regentado por un leonés que cocina de muerte, sirven la mejor paella que he comido en mi vida. Hoy no hay mucha clientela para la que suele haber y he cogido una mesa sin dificultad. Deduzco que es porque hace un calor impresionante en la calle y la gente aún no se anima a salir, esperando que el sol caiga y dé un respiro. Pero a mí lo que se me cae encima es la casa. Con esta cerveza fresquita y la novela que estoy leyendo ahora, pasaré un rato agradable antes de concienciarme de que la lavadora no se pone sola.

Mientras retomo la página por la que terminé mi lectura, pienso en Paula y en su cita con Pablo. Estoy convencida de que hoy mi amiga dejará de ser mi huésped. Ha sido una semana acompañada de lágrimas, sonrisas y finalmente, risas. Paula es una gran persona y estoy segura de que su sensatez hará que tome la mejor decisión para seguir caminando.  Se merece ser feliz… en realidad, todos nos lo merecemos pero hacemos poco por conseguir serlo.

Por ejemplo y sin ir más lejos, yo misma. Sigo colgada de los recuerdos, camino, respiro, pasan los días, inicio relaciones que no llevan a ninguna parte y, aunque me digo que hay que vivir el presente, no hay día en que no recuerde a Javi. A veces nos cruzamos y apartamos la vista. Alguna vez he pensado en no hacerlo, en mirarle a la cara y sonreír. Una sonrisa es siempre el camino más recto para alcanzar la felicidad. ¿Dónde está la mía? Atrapada por el puñetero orgullo. Supongo que la suya también lo está. En alguna ocasión he tenido la percepción de que nuestros encuentros no han sido casuales y aún así, no he sonreído… Oportunidades perdidas.

Abro mi libro y como paella. Mmmmm…, ¡exquisita! La novela que tengo ahora entre manos me la recomendó la propia Paula. No tengo palabras para describirla. No la estoy leyendo, ¡me la estoy bebiendo! Me gustaría conocer a su autora. Un título que invita a leer y descubrir, “El silbido de la serpiente” y una narrativa imaginativa, rompedora, inquietante y cruda. Entrañas ha tenido que echar esta mujer para escribir una novela así.

“Conseguí relajarme durante varios días, alimentándome de aquel joven y del recuerdo de aquella noche, pero el regusto de su alma robada me duró menos de lo que hubiera deseado. Escuché el noticiario después de la cena, al lado de Candy y en nuestro mullido sofá. Como por goteo, de vez en cuando ella me regalaba una sonrisa, una mirada curiosa, un beso en el cuello. “Alfredo Ávila Navarro, veintisiete años, mecánico de profesión, regresaba de su trabajo atravesando aquel parque cercano a su domicilio cuando lo asesinaron”. Había sido hallado al día siguiente, por una pareja que paseaba a su perro. La mujer relataba los hechos. Percibí fingida angustia, lágrimas de cocodrilo a punto de desbordarse de sus embusteros ojos, hundidos en un cráneo insultantemente imperfecto, saboreando morbosamente su minuto de gloria televisiva.

El morbo que genera la desgracia ajena en algunas personas ya no me sorprende. Aunque reconozco que el hecho de que aquella mujer se mostrara ante mí tan transparente, que desplegara aquella repugnante vileza encubierta con una falsa condena de los hechos, con un dolor sobreactuado, hizo que me reafirmara en mi postura. La mayoría de los seres humanos no deberían estar aquí, no tendría que permitírseles consumir el oxígeno de los demás, su mera existencia constituye una herejía contra la naturaleza, una equivocación de esta, en realidad. Observé a la mujer, sus gestos, su desagradable semblante, sus ojos cenagosos. Durante una fracción de segundo deseé estrangularla, durante esa fracción de segundo soñé con tener su cuello entre mis manos. ¡Qué breve pero orgásmico pensamiento!”

¡Ufff…! Dejo de leer y subo la vista dirigiendo mi mirada a la barra del bar. No sé por qué lo he hecho, quizás… Le veo apoyado en la barra y charlando con el camarero. Javier. Él no me ha visto. Le sirven una caña. Está solo. Absorta en la lectura, no me he percatado de que ya no hay una sola vacía en el bar. “Que no mire, por favor, que no mire hacia aquí…” Lo hace. Me ha pillado mirándole. Camiseta blanca, vaqueros desgastados, barba de varios días, aire soñador, eso no ha cambiado. ¿Cansado? Si, parece cansado… No aparta su mirada de mí. Yo tampoco. “¿Es hoy? ¿Es hoy el día?” Por un momento, toda la gente del bar desaparece, este momento se esfuma, Javier se difumina y pienso de nuevo en Paula. La imagino hablando con Pablo, aclarando las cosas, serenos ambos. Tomando una caña, quizás. Vuelvo a la realidad. Javier sigue mirando. Han pasado…, ¿cinco segundos? De pronto, sucede. El deseo de ser feliz, los recuerdos vividos, las sonrisas, los gemidos y caricias, los momentos de pasión regresan, se liberan del orgullo al que estaban encadenados. “Adiós.”

Sonrío. Me observa con detenimiento, parece confundido. Hace una mueca. “¿Duda un instante?” Coge su caña, viene hacia aquí… Me muero, tiemblo. Cierro el libro. Vuelvo a sonreír y me toco el cabello. Adiós también a mi serenidad… “Piensa, Ana, piensa…, ¿qué es lo primero que vas a decir?”

—Hola, Ana. ¿Esperas a alguien o puedo sentarme contigo?

—Hola, Javier, por favor, siéntate…

*****

Hemos llegado a casa de Ana y, aunque tengo llaves, he llamado al timbre. Debe haber salido a dar un paseo, abro y Pablo entra detrás de mí. Aún tiene cara de asombro pero, de vez en cuando, esboza una sonrisa.

Baja la maleta del armario de mi habitación y me ayuda a meter mis cosas. Me alegro de no haber traído todo porque ahora sería una mudanza lo que estaría haciendo y no el equipaje. Creo que siempre supe que regresaría y por eso no fui a por el resto.

—Eres un desastre haciendo maletas, Pau.

—El experto eres tú, no yo.

—¿Eso es doblar una camiseta?

—Según yo… sí. —Sonrío.

—Ya…

—Me gusta cómo doblas la ropa.

—Lo que te gusta es sacarme de mis casillas. Eres de lo que no hay. Sabes lo cuadriculado que soy para el orden y tú, ¡ale! ¡viva el desorden!

—Por eso me quieres, porque soy de lo que no hay.

—Con locura, pero…, lo que realmente me encanta de ti es tu modo de hacer maletas.

Reímos. Estamos pegados, piel con piel, rozándonos. Hay espacio pero no deseamos estar separados. Deseo besarle pero quiero que él lo haga primero…

*****

Javier sonríe tímidamente y mantiene una postura algo rígida. He guardado mi libro y hemos bebido un trago de cerveza a la vez, acabando con la mitad del vaso. Supongo que esperamos a que el otro inicie una conversación banal. “¿De qué se puede hablar después de años de silencio?”

No suelo venir a este bar. Ha sido casualidad.

—La vida es una casualidad en sí misma —comento. Me tiembla la voz.

—Nos hemos visto muchas veces y jamás…

—Nos hemos atrevido ni a mirarnos  —añado.

Soy un sacacorchos vestido de blanco que come paella sin poder evitar que me castañeteen los dientes. Sonrío, es lo único que se me ocurre. Si no comienza a hablar, aunque sea de la decoración del bar, me desmayaré.

—Orgullo.

—Orgullo, sí.

—Ambos somos orgullosos.

—Javier, yo…

—Shhhhh. Déjame hablar, Ana.

Pone un dedo en mi boca y siento cómo mi corazón se acelera.

—Vivimos muy cerca, nos vemos a menudo, agachamos la cabeza, nunca me habías sonreído antes. ¿Por qué hoy? Quizás ni tú lo sabes. Tal vez porque ha pasado demasiado tiempo y es hora de zanjar esta historia.

—Está zanjada, Javier —acierto a decir. No esperaba oír de su boca la palabra zanjar… No hay esperanza alguna.

—No lo está. No por mi parte, Ana. No hay día en que no recuerde lo nuestro. Sé que tú no piensas en mí. El tiempo lo cura todo.

—¿Recuerdas nuestra historia? ¿Aún cicatrizas? ¿Por qué presupones que yo no la recuerdo?

—Porque no has hecho nada por…

—¿Acercarme? ¿Sonreír? Hoy lo he hecho.

Piensa que olvidé lo nuestro pero no es así. ¿Se lo digo? ¿Le digo que no hay día…?

—Somos cabezotas, Ana. Tozudos y cabezotas.

—Orgullosos.

—¿Hay alguien en tu vida?

—¿Has indagado sobre ella, Javier? No me mientas, por favor. No preguntes si sabes la verdad.

—No hay nadie en tu vida. Investigué. En la mía tampoco. —Sonríe. Coge paella de mi plato—. Coge una gamba, te encantan las gambas a la gabardina—me la da de su mano sin esperar a que la coja yo—. La paella… ¡está buena!

—Especialidad de este bar —comento.

—Habrá que venir más. Con la excusa de comer paella, se me ocurre pedirte que quedemos aquí el próximo jueves, pero se me hace lejano. Quiero verte sonreír… ¿mañana?

—Javier, hace mucho tiempo. Ya sonrío hoy, ¿para qué dejarlo para mañana? ¿De verdad que no sales con nadie?

—¿Tú no has investigado? Desde lo nuestro sólo tuve una relación que duró apenas tres meses. Nos dejamos huella, Ana.

—No deseaba descubrir que estás con otra. Honda huella, Javier.

—Vivo solo.

—En estos momentos yo no vivo sola —comento sin dejar de mirar sus ojos. Está tan cerca que siento su respiración en mi cara.

—Lo sé. ¿Una amiga? —Sonríe.

—Sí, pero estoy convencida de que mi amiga se mudará pronto. Vive en casa temporalmente. Problemas de pareja. No me meto demasiado, pero le hablé de lo nuestro, de mi error.

—Todos cometemos errores, Ana. A eso se le llama ser humanos.

—¿Me has perdonado?

—Ana. No hay nada que perdonar cuando se quiere.

—¿Aún?

—Aún… maldito orgullo, ¿verdad? Yo que creía que no me sonreías porque estaba todo olvidado… Ahora que por primera vez me dejas ver tus ojos, me doy cuenta de que el amor no se olvida nunca. Esta paella…

—Está de muerte —completo su frase.

Coge mi mano. Sonreímos.

—El orgullo, efectivamente, pesa mucho en la mochila, Javi. Nunca he dejado de quererte.

Javier toca mi nariz con dulzura. Aquel gesto era nuestra señal para indicar que todo iba bien. Me pregunto por qué cuando sucedió aquello, no tocó mi nariz del mismo modo. Me respondo lo que ya sé, lo que ambos sabemos. El orgullo es poderoso, pesa, oprime, encadena. Ahora, en este bar, descubrimos que el amor lo es más. Han pasado años pero esta caricia ha hecho que retrocedamos en el tiempo. No ha sido mal vivido, tan solo una historia que contar, una experiencia para recordar que nunca el tiempo nunca se ha perdido si de él se aprende algo…

*****

—Ven…

Me acerco como me pide y me siento en la cama. Estoy desnudo y ella también. Acabamos de acostarnos y la luna inunda con su tenue luz nuestro dormitorio. Forma sombras en la pared pero no me fijo en ellas pues solo deseo ver el rostro de Paula. Sonríe, me mira, coge una copa de la mesilla y vierte en ella un poco de vino de la botella,  ya casi vacía. Bebe y acerca sus labios a los míos. Abro la boca y el vino cae en ella delicadamente. Sus manos acarician mi pelo, bajan por mi espalda, me atraen hacia ella. Hace calor…

—Ven…

Repite cuando sus labios se separan de mi boca. Obedezco porque ha pasado una semana desde que regresó pero en mi mente está el recuerdo de esa otra en que estuvo tres calles lejos de mí pero tan distante… No quiero que se vaya, la quiero donde está, en esta cama y dibujando con su silueta una hermosa sombra en la pared. Las demás no me importan, solo la suya. Paula.

—Agotas, nena.

—Mmmmm… ¿debo tomármelo como un cumplido?

—Tu boca, tu cuerpo, toda tú, tómalo así porque lo es. Mágicamente agotas…

*****

El orgullo quiebra los momentos que pudieron ser y hace que caminos que estaban destinados a cruzarse, corran paralelos sin encontrarse jamás.

Llevábamos años sin mirarnos, con el silencio del reproche, del miedo, de ese orgullo herido, de no saber si podría haber perdón, de creer que el amor no era suficiente para curar las heridas y cicatrizarlas. Y de pronto, una mirada y una sonrisa llevaron a una conversación, a una caricia disimulada en la mano, a una risa y a recordar los instantes maravillosos que quedaron empañados por el dolor.

De esa conversación en el bar el Recuerdo han pasado tres semanas. Javier y yo vivimos juntos desde el jueves. Mi piso es más grande que el suyo y además el de Javier estaba hecho un desastre. “Hombres, qué poco sentido de la estética tenéis”, dije cuando le ayudé a hacer la mudanza. Sonrió y me dio la razón. Aquel destartalado apartamento no había visto una reforma desde que el bloque se construyó en los años ochenta.

No nos lo pensamos mucho pues había poco que pensar. Mi casa estaba reformada, tenía tres habitaciones, dos baños y un salón enorme con una amplia terraza. Aquella tarde cuando decidimos dejar atrás el orgullo y hablar, acabamos en mi casa haciendo el amor. Lo demás no es necesario explicarlo. Estamos aquí, entre un montón de cajas por desembalar que parecen un tetris. El olor a futuro nos hace sonreír cada vez que miramos el lío que aún tenemos montado. Cajas que se amontonan y vida que se abre camino esperando ser saboreada.

Javi ha traído de su casa una butaca de cuero vengué que hemos puesto en el salón. Es su sillón de pensar pero, en estos tres días que lleva aquí, ha pensado poco porque no le he dejado… hemos hecho el amor sin descanso, incluso en su sillón de pensar.

—Ana, ¿dónde tienes una sartén más grande?

—Bajo el horno, en el cajón.

—Tengo que acostumbrarme a todo esto. Aún me cuesta encontrar cada cacharro.

—Ya te has acostumbrado a mí—sonrío.

—A ti es fácil acostumbrase… ¿a qué hora vienen?

—A las nueve, ¿por…?

—Porque nos da tiempo a hacer el amor.

—Javi… ¿Y la cena?

—¿Chino? ¿Pizza? ¿Kebab? —saca la lengua burlándose de mi gesto serio, me coge por la cintura y me atrae hacia él.

—¡Javi!

—¡Anaaaa! —me besa, trato de zafarme pero en realidad no quiero y lo sabe. Me besa de nuevo, hundiendo su lengua en mi boca, me rindo… Nos vamos a la cama. Cenaremos chino…

*****

Canturreo en la ducha. Paula trastea en el cuarto de baño.

—¿Tardas mucho, Pablo? Son las siete y media.

— ¿No hemos quedado a las nueve? Estamos a cinco minutos en coche, nena…

—Me gusta ser puntual y todavía tengo que ducharme yo.

—Cinco minutos. De todos modos, ¿a quién se le ocurre festejar que vuelve a estar con su novio de toda la vida después de años separados, con una cena cuando está recién mudados? Podrían habernos invitado a cenar fuera. Tienen la casa llena de cajas y trastos. ¡No vamos a encontrar ni las sillas!

—Eres un exagerado. Tiene unas cuantas cajas en el suelo del salón, pero casi todo está colocado. Javier tenía poco que llevarse. La casa era de sus padres. Creo que se ha traído un sillón orejero, un par de muebles y unas cuantas cajas.

—Menos mal que ha sido Javier el que se ha mudado a casa de Ana porque si hubiera sido al revés…

—Vas a ganarte una azotaina, Pablo… ese es un comentario machista.

—Es una broma, Pau…, una broma.

De pronto, Paula abre la mampara de la ducha. Está desnuda y sonríe.

—¿No tenías prisa?

—Para esto no, lo que tengo son ganas

Se mete en la ducha y me besa. El agua corre tibia por nuestros cuerpos. Cojo su esponja, froto suavemente su piel y huelo su pelo. Vainilla. La deseo. Nos amamos. Llegaremos tarde, ambos lo sabemos pero nos da igual. Ana y Javier tendrán que esperar…

*****

Miro la pared y las sombras que aún se dibujan en ella. Pronto se irán con el amanecer. Paula duerme a mi lado. Su pecho sube y baja y su nariz emite un suave ruidito. No osaría comentarle que ronca porque sé que lo negaría enfurruñada. Contemplo su incipiente vientre y lo que alberga. Lo acaricio suavemente y Pau se mueve y se gira, dándome la espalda. Las curvas de su cuerpo me enloquecen y saber que dentro de ella hay parte de mí, me hace sentir bien.

Suena una sirena y me saca de mis pensamientos, recordando el día de ayer. Ana y Javi se casaron. Fue una boda íntima y emotiva. Se les ve felices. Ha pasado un año desde que Paula se marchó y regresó a mí  y Javi lo hizo a la vida de Ana. Un año de plenitud donde no ha habido un solo día de reproche por lo que sucedió. A veces, en noches como esta en que me despierto y tardo en conciliar el sueño, me deleito contemplando su cuerpo. Comienza a amanecer y las sombras desaparecen. Sólo queda en mi retina el cuerpo desnudo de Paula. Ella no es una sombra, es una realidad. Se despereza, vuelve a girarse, abre los ojos, me mira y sonríe. Acaricia mi cara y me atrae hacia ella, nos besamos, nos amamos y la habitación se llena de luz. Definitivamente, soy feliz.

* Esta frase es aportación de un amigo, al que doy las gracias por animarme a escribir un relato de verdadero amor. Me retó a que lo hiciera y este es el resultado. Espero que sea de su agrado y del vuestro.

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