RELATO CORTO

EL UNICORNIO AZUL

Descorrió la cortina y miró por la ventana. Abajo, como hormigas, la gente parecía ir a la carrera en todas direcciones. El ruido del tráfico era amortiguado por el sistema climalit pero lo imaginaba pues no era difícil hacerlo, a juzgar por el embotellamiento que se había formado en la avenida principal en una de sus direcciones. En la otra, los coches circulaban con cierta dificultad pero se desplazaban aun con decenas a frenadas y arrancadas que desprendían un molesto humo.

La mujer echó un vistazo rápido a las calles aledañas, buscando a su amigo. En una callejuela perpendicular a la avenida, apareció el unicornio azul, esta vez, alado. De un tamaño desproporcionado pues era tan alto como un piso, caminaba al paso entre los transeúntes que no se habían percatado de su presencia. “No le ven porque solo está en mi mente y no es real…”, se dijo la mujer.

Se acarició el cabello y volvió a sonreír. Su reflejo en el cristal le devolvía un rostro apacible y sereno, con la calma que imprime un alma en paz. Su cabello rojo estaba alborotado. Aún despeinado, era un pelo hermoso y lleno de vida, como toda ella. La imagen en el cristal le devolvía la desnudez de su cuerpo maduro pero aún atractivo. El brillo de la pasión continuaba en su piel.

El unicornio miró hacia su ventana y alzó el vuelo, abandonando la calle en dirección a la mujer. Ella abrió la ventana y, en ese momento, el tráfico desapareció y las hormigas  se convirtieron en partículas de polvo, dispersándose en el aire. Pegado a la ventana, el unicornio miró a la mujer que sonrió y saludó con un gesto de su cabeza.

Hola.

Hola, unicornio.

Eres feliz. Lo compruebo.

Lo soy. Gracias por preocuparte.

Yo soy azul.

Lo veo.

Tu cuerpo es hermoso.

Lo sé.

Durará.

¿Mi cuerpo hermoso?

No, tu felicidad.

Lo prefiero así. Desear lo contrario sería una temeridad. Cuerpo atractivo y felicidad efímera…

Tu felicidad es tuya hoy, no depende de otros.

Difiero. Me pertenece, pero también es  de él…

La mujer miró hacia atrás. Un hombre dormía apaciblemente en la cama deshecha. Estaba desnudo y su pecho subía y bajaba, mostrando una respiración calmada y la placidez de un sueño reparador. Se giró, una mano buscó la sábana y se cubrió hasta la cintura. La mujer sonrió y volvió a dirigirse al unicornio.

De ambos. Su felicidad es mía y mi felicidad es suya. Nos encontramos.

Me alegro.

Camino. Caminamos. Juntos pero libres.

Como debe ser, mujer.

Como debe ser, unicornio. ¿Volverás mañana?

SÍ, como todos los días, desde hace un tiempo.

Hoy trajiste alas. Son bellísimas. Hasta ahora no existían los unicornios alados.

Tampoco los unicornios azules… ni siquiera los unicornios en general. Las alas me las pusiste tú ahora.

Soy muy feliz, unicornio.

Que dure… deseo…

Con él. Conmigo. Con este día. Soy feliz ahora. Esta tarde nos hemos amado y hoy sueño.

Conmigo… Me pintaste azul y estoy contento. Me gusta el azul con el que me dibujaste.

Vuelve mañana, unicornio, insisto.

Mañana volveré, suéñame mujer, abrazada a este hombre que te cubre, abrazada al hoy y a tus sueños. Seguro que se cumplen. Yo existo gracias a ti.

El unicornio se aleja agitando sus enormes alas azules y en ese momento la mujer se despierta. Besa al hombre y acaricia su rostro. Él se despierta también y sonríe.

—Te quiero—dice ella. Acaricia su pelo, cubierto de canas, aunque el hombre aún es joven. Cincuenta años no son nada, piensa ella. Soy amada mucho y bien…

—Y yo a ti.

—Nos hemos quedado dormidos. Buena siesta. Dos horas. Esta noche toca insomnio.

—Estábamos agotados. La de esta tarde ha sido una sesión maratoniana.

—Como muchas.

—Eternamente…

El hombre sonríe, se incorpora y contempla el cuerpo desnudo de la mujer mientras esta se despereza. Acaricia uno de sus senos, lo lame tiernamente y muerde suave su pezón erecto. La mujer se sorprende pero se deja hacer mientras continúa hablando. Su cuerpo responde, toda ella lo hace en una amalgama de sentimientos, sensaciones y éxtasis.

—He vuelto a soñar con el unicornio. Hoy era alado y conversábamos como dos amigos.

—Nunca he soñado con unicornios. Te envidio —comenta el hombre mientras se incorpora, coge el rostro de la mujer con ambas manos y besa sus labios. Alarga ella el beso y se pierde en su boca. Después mira al hombre con ternura y comenta:

—Amor, tú vives entre unicornios azules. Por eso te amo. Gracias por regalarme todos los momentos azules de mi vida.

—Juntos los vivimos. Sabes que tú eres el mejor momento azul de mi vida diaria—contesta el hombre mientras la abraza—. Ven, te reclamo, quiero amarte.

—Ya lo haces—contesta ella mientras le destapa y se pone encima de él. Hambrientos ambos, sonríen.

—Siempre.

Anochece.

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4 thoughts on “EL UNICORNIO AZUL”

  1. Aída, siempre me haces soñar, gracias.
    Me gusta más tu unicornio azul, supongo que debes conocer este:

    “Mi unicornio azul
    ayer se me perdió,
    y puede parecer
    acaso una obsesión,
    pero no tengo más
    que un unicornio azul
    y aunque tuviera dos
    yo solo quiero aquel…”

    Es una canción de Silvio Rodríguez, a quién admiro como músico, pero con el que no estoy de acuerdo en todo lo demás.
    Como te dije, me agrada mucho más el tuyo y espero que a ella nunca se le pierda.

    1. No conocía la canción. La buscaré pues ahora tengo curiosidad. Un abrazo Agustín, siempre eres bienvenido.

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