LA SERVILLETA DE PAPEL (EL FINAL DE LA HISTORIA)

Ana saborea un delicioso pedazo de tarta de arándanos. Lo paladea, lo degusta, lo come  dando pequeños y hasta se relame. No toma dulces desde que le confirmaron su estado. Mirian llega con un cacao humeante, el segundo de la tarde y se para un minuto para conversar con su amiga. Comentan algo y enseguida se marcha para continuar atendiendo las mesas.

Ana ya no trabaja en la cafetería, dejó de hacerlo hará más de seis meses, pero suele parar por ahí para merendar de vez en cuando y charlar con Mirian. Incluso a veces salen juntas. Es agradable, se dice, conservar una amistad así.  Ana trabaja ahora en una oficina y su horario es, comparado con el que tenía en la cafetería, fabuloso. Libra todos los fines de semana, lo cual le permite tener más tiempo libre. Se ha mudado a casa de Adrián hace poco más de seis meses y a pesar del escaso tiempo transcurrido, se ha adaptado al cambio sin problema.

Ha traído de su casa una butaca que heredó de su abuela y que ha tapizado para no desentone con el estilo minimalista con el que Adrián tiene decorada la vivienda. No ha añadido más piezas al mobiliario porque gusta como está. Además de esa butaca, trajo sus colecciones de libros, su música y algún adorno, además de su caja floreada, repleta de recuerdos. A Adrían le han gustado esos pequeños detalles, pero no le hubiera importado redecorar la casa a gusto de Ana. A fin de cuentas, comentó cuando Ana se mudó, una casa no son cuatro paredes sino las personas que habitan en ella. Si quieres cambiarla hazlo sin ningún miramiento. Mi hogar ahora eres tú.

–Adrián se retrasa–dice Mirian cuando regresa para charlar otro minuto con Ana.

–Supongo que son muchas cosas las que tiene que aclarar.

–Estará ilusionado.

–Imagínate. Su primera publicación. Un libro de poemas. Y lo va a sacar una editorial de prestigio. Un sueño convertido en realidad.

–El sueño eres tú, Ana. Y ese canijo que llevas ahí dentro. Apenas se te nota. ¿De cuánto dijiste que estás?

–Cuatro meses.  Es normal que no se note cuando es el primero. Además, me cuido mucho, no quiero ponerme como una foca.

–Jajaja, ¡Una foca tú que estás tan delgada!

–Mi madre cogió quince kilos con mi embarazo y dieciocho con mi hermano. Me cuido por si el mal de las ballenas se hereda.

Ana sonríe. Brilla. Como si estuviera hecha de luz de estrellas. Eso es lo que le dice Adrián: brillas como el sol y todas las estrellas del firmamento. Ana se ríe cuando se lo dice, que es a menudo. Definitivamente, Adrián tiene alma de poeta, piensa Ana de su marido.

Al cabo de un rato, Adrián entra por la puerta, mira hacia su mesa habitual y se dirige con paso firme al encuentro de Ana. Está contento y no para de sonreír. La aborda con un beso de película, que deja a Ana sin respiración.

–¡Estás contento!

–Pero no más de lo que estoy desde hace tiempo, sonrío por verte. ¿Tarta de arándanos?

–Divina. ¿Un trocito?

–Que sean dos. Esto hay que celebrarlo con  doble ración de tarta y después…

Adrián sonríe con malicia y Ana sabe a qué se refiere. Le encanta su marido y le encantan los después.

–¿Cuándo se publica? ¿Te han dicho ya algo?

–El mes próximo. Quieren que realice presentaciones por toda España. Me alegro de tener un trabajo liberal. Viajaré mucho en los próximos meses.

–Intentaré acompañarte.

–Habrá muchas en fin de semana. Será estupendo. Aunque en unos meses…

–Estoy embarazada, no enferma, Adrián.

–Embarazada y tremendamente hermosa.

–Te obligaré a repetir eso cuando no pueda verme las puntas de los pies.

Ana sonríe, coge a Adrián por la corbata y lo acerca a ella sutilmente. Estampa un beso en sus labios y cuando se separan, él conserva una sonrisa pícara en ellos.

Ya en casa no esperan a la noche para hacer el amor. Adrián besa su cuerpo sin dejar un solo trozo de piel sin cubrir. Mientras lo hace, Ana siente que Adrián le desnuda el alma y vuelven a su mente imágenes muy recientes.

Ha pasado un año y medio desde que le conoció y mientras se aman, en la penumbra de una habitación totalmente blanca y entre caricias y gemidos, recuerda cómo Adrián dejó también su alma al descubierto desde el primer día. Jamás nadie fue tan valiente y a la vez tan vulnerable como lo fue él. Es justo que ella le corresponda todos los días, piensa Ana mientras le devuelve sus caricias y se entrega. Un deseo irrefrenable inunda sus cuerpos. Es delirio. Desde el primer día, se dice ella, sentí el deseo de mil versos y mil caricias.

El alba despunta. Fin de semana cargado de horas por vivir. Ana se despereza, se levanta y mira por la ventana. Maravilloso día. Abre las ventanas y la habitación se inunda del olor a hierba fresca y jazmín. Adrián se gira e, instintivamente, ocupa más espacio en la cama. Ana sonríe y se dirige a la cocina, vuelve a desperezarse, bosteza y se dispone a preparar café. Mientras espera a que la cafetera con su peculiar sonido, anuncie que está listo, va al salón a por un mantel limpio. Encima del mueble ve su caja de flores. La coge y la abre. En un sobre, varias servilletas un tanto amarillentas ya, están cuidadosamente guardadas. Pedacitos de ti, se dice con una sonrisa en los labios.

Las dispone encima de la mesa pequeña y busca una en concreto. Toca suavemente la servilleta, escrita hasta por las esquinas con una letra diminuta y lee en voz alta.

“Buenas tardes, mi nombre es Adrián.

No encuentro mejor modo de presentarme que mediante este modo tan peculiar que se ha convertido en habitual entre nosotros. He descubierto que te quiero. Pensarás que estoy loco y tal vez lo esté un poco, pero te juro que hoy estoy totalmente cuerdo, más quizás que en toda mi vida, y es por eso por lo que tengo que dar este paso. No puedo estar un minuto más sin tocarte.

Llevo viniendo a esta cafetería desde hace dos meses. Entré por casualidad y esa casualidad me llevó a ti. Esta casualidad también hizo que, servilleta tras servilleta, encontrara mis pedazos. Hoy te dibujo y me armo de valor para hablarte a mi manera, en pedazos de papel garabateado. Hoy también dibujo un corazón. Hacía tiempo que no dibujaba corazones. Como has podido comprobar, mis corazones no son como que dibujaría cualquier enamorado. Será porque soy un tanto peculiar, creo en el amor y en sus maravillosas casualidades. Espero que tú seas también un tanto loca, un tanto cuerda cuando se necesita serlo y un tanto valiente como yo, que me atrevo a abordarte mediante una servilleta.

Porque creo que ha llegado el momento de dejar las servilletas y dar paso a NOSOTROS, te invito a cenar mañana (me he informado de que libras). Te recogeré en la puerta de nuestra cafetería a las 8.

Adrián

PD: ¡Me he quedado sin servilleta!”

Ana mira el dibujo de un rostro de mujer dibujado en una esquina del papel. Se reconoce en cada trazo. En el retrato sonríe. Tras observarlo con detenimiento, Ana también lo hace. Mi vida ha cambiado tanto, se dice, gracias a estas servilletas. A veces la vida te devuelve con creces toda la ilusión y esperanza que depositas en ella.  La cafetera anuncia que el café está listo y Ana sonríe a la mañana. Serena, feliz, enamorada.

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Publicado en RELATO CORTO
7 comments on “LA SERVILLETA DE PAPEL (EL FINAL DE LA HISTORIA)
  1. Juan José dice:

    Verdaderamente llego pronto el desenlace, se nota que el horno estaba apunto de pitar. Final tierno, después de los fracasos y desesperanza llego el amor y el sentirse realizados.

  2. daniel dice:

    wow! ¡simplemente grandioso!, Gracias por compartirlo. un abrazo desde Mexico!

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