RELATO CORTO

VEINTICUATRO HORAS

-¡Pulgares arriba”, gritó Adela. Su hija sonrió e hizo el gesto con la manita. Después, ambas reemprendieron su camino en dirección al colegio. La niňa abrazó a su mamá cuando, ya a las puertas del cole, sonó el timbre que anunciaba el comienzo de las clases. Adela depositó un sonoro beso en cada mejilla de la pequeňa y volvió sobre sus pasos a buena marcha. Mientras caminábamos ligera cogió el móvil y marcó un número. Sin preámbulos ni siquiera comenzando con un hola, comenzó a hablar con su interlocutor. “Voy para allá, espérame en la cama.”
Adela había dejado muy atrás las preguntas, las dudas y los miedos. “Lo quiero, lo pido, me lo dan, lo cojo, me voy.” Pero cuando conoció a Iván, el “me voy” se escurrió de entre los dedos de sus principios. Adela no se quería ir. Pensaba en él a todas horas: mientras hacía la compra, cocinaba, planchaba, barría, en el trabajo, mientras tomaba un café con amigas, las veinticuatro horas del día…
Adela llevaba casada doce aňos.  Antes de casarse, cinco aňos de noviazgo. A veces analizaba su situación actual y se planteaba que con Pablo, su esposo, nunca se había encontrado en aquel estado jamás. “¿Durante algún tiempo de nuestra relación llegué a pensar en mi marido las veinticuatro horas que tiene el día?” La respuesta fue no.
Adela era una mujer normal. Físicamente era atractiva pero su situación emocional nunca había hecho que llegara a pensar en que, por casualidad, azar, destino o simplemente llámese X, su vida fuera a dar aquel inesperado giro. Adela estaba acomodada en la rutina y su vida giraba, de modo sosegado y apacible, en ella. El hogar era su cálido remanso de paz, sin mariposas, sin ilusiones, sin pasión pero también sin sobresaltos. En definitiva, le gustaba aquella vida y el papel que representaba ella en su hogar.
Pero un buen día, todo cambió. Llegó Iván, quien no sólo recuperó su bolso de las manos de un ladrón sino llenó su vida de marioosas de colores. Cuando regresó, bolso en mano donde estaba Adela, petrificada, envuelta en un mar de lágrimas y con el rostro desencajado, Iván se lo entregó junto con un paňuelo de papel. Un robo, un hombre que lo había presenciado y que había reaccionado con reflejos y valentía, un paňuelo, un café y una charla, habían sido los detonantes para que la Adela de hoy no se pareciera en nada a la Adela de hacía ocho meses. “¿O tal vez siempre fui esta que ahora corre a casa de Iván y le ha pedido que le espere en la cama? Tengo que analizar esto…”
Abrió la puerta de la casa de Iván y se dirigió al dormitorio. Tenía lleve desde hacía varios meses. Aquel punto de confianza desarmó lo que quedaba de lógica y cordura en su cabeza: llaves de su casa. “O quizás sea al revés, la loca era la Adela de antes y esta que abre la puerta ahora es la Adela cuerda…¡Qué más da! ¡Soy feliz!”
Dos horas ininterrumpidas fundidos en besos, caricias, araňazos de gata en la espalda, pasión. Placer. Amor. “¡Es eso: AMOR!”
Hacía un par de semanas que Iván había planteado a Adela una cuestión que, en el momento de hacerlo, a ella le había parecido un salto al vacío sin paracaídas. Para él porque era un paso importante y que debía haber meditado con mucha calma. A juzgar por cómo conocía ya a Iván, todo estaba más que meditado. Para ella, porque la petición de su amante la llevaba a plantearse su vida, a reflexionar, a buscar los pros y los contras… Y de pronto lo tuvo claro. “No, Adela, no. No se abre tu mente, te habla la razón desde el alma callada, te hablan las mariposas, las veinticuatro horas en que estás pensando en él, te hablan sus besos, sus ojos cuando te mira y te ves reflejados en ellos, las entradas de cine que sacó al día siguiente en que le comentaste que te gustaría ver esa película y no tenías con quien hacerlo… Te habla su amor. ¡Y el tuyo!”
– Sí, Iván, me casaré contigo.
Y después de comunicar a un desconcertado y a la vez, sonriente Iván, han vuelto a amarse.
Adela tiene prisa, los días que libra entre semana hace gestiones bancarias, comida para congelar y tener dispuesta en caso de no disponer de tiempo para cocinar, tareas domésticas que, al trabajar, deja casi eternamente pospuestas para el día siguiente… Pero desde que se conocen sus días de libranza son para compartirlos con él.  Y hoy ha tomado la decisión de que sus veinticuatro horas en el pensamiento, dejen de serlo en esa virtualidad etérea y se materialicen. Ha bastado sentir su cuerpo una vez más para pronunciar esa frase, que bien sabía su corazón que llevaba dentro desde que él se lo propuso.
Tras despedirse, Adela ha regresado a casa a paso ligero, tan ligero como cuando se dirigía a ver a Iván pero esta vez, por motivos bien distintos. Ya en su domicilio se ha preparado una taza de café y ha cogido el teléfono. Al otro lado, la voz de su marido, que saluda cordialmente pero a la vez,  con cierto tono de extrañeza. Adela nunca llama durante la jornada laboral.
-Por favor, Pablo, no te entretengas después del trabajo. Tenemos que hablar…”

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1 thought on “VEINTICUATRO HORAS”

  1. La ruina mata el amor, si no sabes alimentarlo día a día. Pero Adela corre el riesgo de que su nuevo amor una vez casada, vuelva a ser de nuevo un hogar era su cálido remanso de paz, sin mariposas, sin ilusiones, sin pasión pero también sin sobresaltos y necesite un nuevo Iván.

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