RELATO CORTO

VEINTIÚN GRAMOS

No creo en otra vida así que procuro vivir con intensidad la única que conozco. Mi padre murió y jamás regresó para decirme qué había tras esta. Después lo hizo mi madre y sucedió lo mismo. Nunca volvieron. Lo cierto es que ni me planteo si estarán en un lugar mejor o no, pues mientras los tuve, me sirvieron de poco. Creo que hubiese sido mejor que, mientras estuvieron vivos, se hubieran ocupado más de ellos y de mí, que hubieran rezado menos, pensado menos en el futuro y vivido más. Ahora están muertos y lo único por lo que agradezco que hayan vivido es por haberme dado la vida.

Mi padre era amorfo, tanto en lo físico –no destacaba nada en él, ni sus ojos, carentes de brillo, ni su cuerpo, ni su rostro, ni sus labios…–, como en cuanto a su personalidad. Se dejaba arrastrar por mi madre, y digo arrastrar porque incluso iba encorvado y apenas despegaba los pies del suelo cuando caminaba. Mi madre voceaba su nombre desde donde estuviera y mi padre, como zombi, acudía a su llamada. Juraría que incluso hacia uhmmmm, uhmmmmm.

Mi madre, por el contrario, era agradable de ver aunque sin llegar a ser atractiva y tenía un carácter fuerte y autoritario, casi marcial. Yo soy una mujer vistosa, atractiva incluso y tengo una personalidad marcada por mi madre, lo cual agradezco, ya que detesto a los pusilánimes como mi padre. Por eso detestaba a mi padre y admiraba a mi madre, hasta que dejé de hacerlo, cuando vi que ella tampoco vivía. Bajo esa faz severa y ese deseo obsesivo por arrancar el alma a trocitos a mi padre y alimentarse de su pobre existencia, yacía una mujer insatisfecha e infeliz.

Mi madre no quería a mi padre y me atrevo a decir que, sin lugar a dudas, mi padre odiaba a mi madre. Ese uhmmmm, uhmmmmm, quejunbroso con el que contestaba a sus llamadas, también arrastraba tras de sí el deseo inconfesable de que ella se muriese. No pudo verlo, pues la de la guadaña le llamó antes pero, en una ocasión, cuando diagnosticaron a mi madre un cáncer de mama al que venció, en la cara de mi padre nació un brillo especial. Tras el diagnóstico, me pareció que incluso creció en altura y después de su recuperación, volvió a su estado medio catatónico y a su encorvamiento habitual y ese brillo desapareció. Creo que en sus pupilas vi reflejado el odio del que clama venganza, sabedor de que nunca llegará.

Ese devorar el alma que tan bien sabía hacer mi madre con la de mi padre, fue lo único que me dejó. Un don, lo llamo yo. Cuando descubrí que lo poseía, decidí que no era una desgracia alimentarse de las almas de quienes te hacen daňo, como cualquiera puede alimentarse del sufrimiento humano, de la necesidad de amor o de la locura de otro, si es por pura supervivencia y no por intrínseca maldad. Mi madre alimentaba su ego con el alma débil de mi padre porque era mala, cosa que yo no soy, sin duda alguna. Solo lucho por sobrevivir. Sin enseñarme a hacerlo, lo que sí me transmitió fue ese don a través de la leche materna. Es mi teoría, pero ustedes pueden sacar sus conclusiones, tras acabar de leer mi historia…

Y ahora sí, me presento al fin, pues supongo que con este preámbulo he despertado su malsana curiosidad. Porque la curiosidad, salvo excepciones, es siempre malsana. Es otra de mis teorías. Tengo muchas, ya se las iré mostrando, a su debido tiempo.

Mi nombre es Ema. Nunca entendí por qué mis padres decidieron llamarme así, con la cantidad de nombres de mujer entre los que podrían haber elegido. Eran raros, como han podido ustedes apreciar por el hecho de elegir tal nombre para su hija aunque nada más les hubiera contado de ellos. Soy hija única, por cierto. Conmigo se rompió el molde o, simplemente, igual que nunca se amaron, pocas ganas tuvieron de mantener relaciones íntimas como para tener más prole y, que yo viniera a este mundo, fue casi por casualidad –esta es otra de mis teorías– . Pues buen, Ema me pusieron, nombre raro donde los haya y que nunca me preocupé en averiguar de dónde venía. Si alguno tiene curiosidad y tras leer mi historia, decide indagar, le agradecería que me hiciera llegar las conclusiones de su investigación a través de un comentario. Ema sin m, Ema sin n, solo Ema. Nací en la primavera de mil novecientos ochenta, el  catorce de abril, un día lluvioso y plomizo. Casi no lo cuento pues no se me esperaba hasta finales de junio, pero se conoce que tenía ganas de venir a este mundo, a saber por qué. Estuve devatiéndome entre la vida y la muerte cerca de una semana pero, al final, logré vivir un poco más. Hace unos días, cuando celebré mi cumpleaños, recordé la fecha de mi nacimiento y las vicisitudes por las que pasamos mi madre y yo en la sala de partos. Según ella, gritó de lo lindo y maldijo a mi padre y a mí. Era una mujer fuerte y, a pesar de ello, le costó lo suyo parirme. Yo era apenas dos kilos de puro pellejo, me comentaba a menudo mi madre mientras me imaginaba a un bebé feo, desvalido y medio muerto. Entonces me miraba al espejo y esa imagen nada que ver lo que ahora soy y con lo que ella recordaba sobre mi nacimiento con gesto seco y malencarado. Creo que siempre deseó que yo muriese aquel día y todavía no alcanzo a entender el motivo por el que me odiaba tanto.

Mi casa era una casa de odio, como han podido ver, tras lo poco que llevo relatado. No me gusta odiar a nadie, no es mi estilo. Prefiero la indiferencia. Mi madre odiaba a mi padre, me odiaba a mí, sin justificación racional y mi padre la odiaba a ella –creo que su odio sí era justificado, pero no voy a entrar en detalles al respecto, muertos están y que descansen en paz–, y nunca me pareció que el odio diera la paz así que, en mi caso, opté por esa indiferencia fría como el hielo, que duele más a quien la padece que a quien la practica.

Nunca me he enamorado, así que no sé lo que es el amor. Dicen las malas lenguas que el amor se manifiesta a través de mariposas en el estómago pero yo a las mariposas solo las he visto revolotear por el campo y no me apetece tenerlas en mi estómago, ¡qué barbaridad! Lo que sí he experimentado es una total y gélida indiferencia hacia algunos de los hombres que han pasado por mi vida. Al menor daño emocional, les he castigado con ella. Esos han sido afortunados pues si me atraían físicamente, deseaba poseerlos y eran tan estúpidos como para no prestarme la atención que requiero, el castigo era terrible. Lo imponía implacable, sin pestañear. Es lo que tiene el don, es lo que tiene ser como yo soy. No lo pedí, repito, no lo busqué y jamás soñé con poseerlo. Hubiera preferido tener una maravillosa voz o unas manos privilegiadas, capaces de plasmar en un lienzo artísticas obras o de esculpir bellas esculturas. Mi don es letal, pero es lo que hay. Así que siempre he advertido a mis amantes lo que podía hacer con ellos si causaban dolor a mi alma. Y se lo hacía ver de un modo sutíl, claro está. No se me ocurre pregonarlo a los cuatro vientos, no es una carta de presentación la mía que deba ser expuesta de ese modo. Ya tengo para ello mi personalidad y mi atractivo. Lo he comentado antes, soy una mujer hermosa y los hombres me miran por donde paso. Es otro don pero para mí, menos importante. La belleza no lo es todo, es efímera; el poder de la venganza en tus manos, mejor dicho, en tus labios carnosos y sensuales, sí lo es…

Soy joven y me gusta el sexo, soy joven y nunca me he enamorado. Así que me siento afortunada porque sé que si algún día siento esas mariposas, perderé mi don y no deseo perderlo. Me gusta ver cómo se apagan las almas de quienes me hacen daño y me gusta también ser sabedora de que perdono a unos cuantos, los que no pueden acercarse tanto a mi alma como para hacerle una cicatriz. quienes lo han conseguido no han vivido para contarlo. Y les diré por qué, ya que les siento curiosamente expectantes…

Soy una devoradora de almas. Ese es mi don. Me alimento de ellas. Evito el dolor emocional convirtiendo en zombis a quienes me hieren. Primero les llevo a ese estado de no voluntad, les hago enfermar, palidecen, se arrugan como pasas, el cuerpo les mengua, sus familias sufren, piensan que son víctimas de un cáncer, van al médico, el diagnóstico es negativo, los médicos ignoran la causa de su padecimiento pero se mueren, se mueren sin saber por qué. No hay causa pues ningún médico es capaz de asimilar que el causante de que se estén consumiendo no es una enfermedad sino una persona. Yo soy su enfermedad y ellos mueren por haberme hecho daño. No han sido muchos desde que soy adolescente. Llevo la cuenta y creo que ocho no es un número para echarse a temblar. ¿O sí?

Descubrí mi don cuando tenía diecinueve años. Era primavera, lo recuerdo bien y él se llamaba Adrián. Un muchacho de preciosa sonrisa, ojos verdes como la hierba y mirada profunda y cautivadora. No hubo mariposas pero sí una gran atracción física y las hormonas de ambos disparadas hasta el firmamento. Perdí la virginidad con él y, en su lugar, llegó la ilusión. No podíamos estar separados, aun sin mariposas. No sé si él las sintió alguna vez pero lo que sí se es que, tras meses de orgasmos, de descubrir que el sexo era fundamental en mi vida, de sentirle de todos los modos y posturas, de desear que nunca saliera de mí, lo hizo por la puerta grande, quitándome un trozo de alma con su partida. “Me gusta otra chica, lo siento, Ema. Te he querido mucho pero lo nuestro se acabó”. Me quedé petrificada al ver su cara inexpresiva tras comunicarme la noticia con tanta frialdad. Mis ojos cambiaron. Son azules como el mar pero se volvieron grises. Vi en su rostro sorpresa al ver aquella transformación. “Tus ojos, Ema…” Entonces sucedió. Le pedí hacer el amor por última vez  y Adrián accedió, un tanto confundido. Pero era normal no rechazarse pues a fin de cuentas éramos jóvenes y a nadie amarga un polvo de despedida. Lo hicimos, como de costumbre, en su coche. Dos orgasmos intensos y su semen escurriendi denso entre mis piernas mientras todo mi cuerpo temblaba. Placer y mi alma quebrándose. Aún entre jadeos y con nuestros cuerpos empapados en sudor, el coche con olor a almizcle y las ganas de continuar por parte de Adrían, le pedí un último beso. También me concedió aquel deseo… Primero entre sus piernas, de un modo sutil, aferrándome a sus ganas, después más intenso, con mi boca entregada y su sexo erecto, dispuesto a quitarme otro trocito de alma…, después mis labios subiendo por su torso, haciendo círculos en su ombligo, llena aún mi boca de él. Seguí subiendo hasta sus labios y ese último beso llegó… Mi lengua y la suya, una sola, éxtasis, calor. Y entonces, vino a mí, con el sabor de su esencia aún en mi boca y bajando despacio por mi garganta. El don.

Adrián gimió suave, después su corazón se aceleró y finalmente comenzó a convulsionar mientras yo seguía besando sus labios. Cuando abrí los ojos y me aparté de él vi los suyos muy abiertos, casi fuera de sus órbitas. Mirada perpleja, confundida, miedo, después pavor. Aún así, con ese gesto casi repulsivo en su rostro, volví a besarle. Su cuerpo laxo no se resistió y su boca entreabierta propició que mi lengua hiciera de nuevo círculos en ella. Noté su lengua seca y pastosa, deshumanizada… Un olor extraño salió de sus entrañas y entonces algo me dijo que succionara. Y así hice. Cuando me aparté de él, un halo brillante salió de su boca y buscó la mía. Fueron décimas de segundos, en las que el coche entero se iluminó. Después, de nuevo la oscuridad del callejón del polígono donde solíamos tener nuestros encuentros sexuales inundó el vehículo. Adrián quedó inexpresivo, en el asiento trasero del coche y yo le observé durante unos minutos. Después le pedí que volviera a los asientos delanteros, pero esta vez le sugerí que se sentara en el del copiloto. Conduje hasta su casa, le indiqué que habíamos llegado a su portal, cerré el coche y le di las llaves.

–¿Te acompaño o puedes subir solo?

–Pu…puedo… uhmmmmmm.

–¿Entiendes qué ha sucedido?–le pregunté.

–No…

–Mejor, Adrián, mejor, créeme. Ahora voy a decirte algo. No sabía que esto iba a suceder, pero no me arrepiento. Ibas a robarme un gran tesoro. Lo he visto en mi padre y no quiero que me suceda a mí. Mi padre no tiene alma, ¿sabes? Mi madre se la quitó. No voy a consentir jamás que nadie me arrebate la mía y tú has estado a un tris de hacerlo. No debiste ser tan cruel. Pero ya no importa. No ha llegado a suceder, tengo mi alma intacta, como debe ser. Y poseo algo que no tiene precio, un don. Antes de que un hombre me quite el alma, se la quito yo. Así de sencillo. Pero no pasa nada, Adrían, de veras…, hay muchas personas sin alma paseando por ahí y viven tan bien. Es algo muy normal. Aunque en tu caso, vas a tener que acostumbrarte porque te queda mucha vida por delante para vivir sin ella. Supongo que a todo se acostumbra uno, hasta a no tener alma, ¿verdad, Adrián, cariño?

–Uhmmmmmm…

–Ah, ¿no te parece divertido que por un simple beso ahora peses exactamente veintiún gramos menos? Es lo que afirman algunas personas que pesa el alma. Así que yo debo pesar en estos momentos veintiún gramos más. Es una menudencia, pero para ambos es algo muy importante también. Es cuestión de perspectiva.

–Uhmmmmmm…

Adrián falleció dos semanas más tarde pues con lo que yo no contaba es que no es lo mismo no tener alma por ser un desaprensivo a que te la quiten, como fue su caso. He aprendido mucho después de aquello y solo decido coger peso si temo que me van a hacer mucho daño; es cuestión de supervivencia, ni más ni menos. En el fondo yo no soy mala, y tengo alma, en realidad, muchas almas.

Es un don y yo no lo pedí.

No me juzguen, quizás deberían más bien juzgarse ustedes mismos y analizar las veces que han robado un trozo de alma a alguna persona. Si creen que no lo han hecho jamás, les permito arrojarme la primera piedra…
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6 thoughts on “VEINTIÚN GRAMOS”

    1. Es un pequeño cambio dentro del romanticismo que me caracteriza, una de mis facetas como escritora, espero que no te haya asustado demasiado. :)))

          1. Creo que Ema aún es más negra que cualquier personaje de “EL silbido de la serpiente”, incluida a mi dulce y retorcida Candy. :)))))
            Enlace a la novela para quien desee investigar…:
            leer.la/serpiente

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