POESÍA

SIN TENER QUE DAR

Cuesta acostumbrarse a ser uno mismo,

cuando percibes que los demás cambian a tu alrededor

y con esos cambios, te hacen recordar quién eres

o quién no eres, o quién deseaste ser

y jamás serás,

o quién no fuiste y ahora eres, sin quererlo.

Es todo complicado o no tanto,

según manejes el cristal de tu vida.

Y en ese devenir de mensajes subliminares,

acabas dejando de sentir

o ya no quieres hacerlo.

Estás cansado, muy cansado…

Es eso lo que sucede,

cuando menos te lo esperas.

Y ya no sabes y ya no quieres,

y ya no sientes

y ya ni vienes ni vas.

El pasar los días y el tedio de las nadas,

el mecerte con recuerdos

y el llorar por ellos,

se hace rutina y piedra en tu corazón.

Otras veces, hastiado,

te pliegas sobre ti mismo,

te esparces en una odisea de contradicciones,

te conviertes en barco y barquero,

en ola de tu inmenso mar.

Pero llega un día,

ese en el que ya nada esperas,

que algo sucede distinto

y todo recibes sin tener que dar nada.

Ese día no sabes, te preguntas y dudas,

pero al final asientes,

sonríes y decides coger.

Y tus manos se llenan de sonrisas,

pues descubres que tu vida

será algo más fácil,

que tus horas no serán soledad.

Ese día, primero de muchos,

decides no pensar más

y abrir tus manos.

Tú no lo pediste

y por eso lo aceptas

sin necesidad de dar.

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