DE MI ADOLESCENCIA

EL GRIS, ESE COLOR TRISTE

Cuando comencé esta andadura en TORMENTAS DE TINTA, me presenté a vosotros, lectores, en «Acerca de la autora»,  afirmando que «ya no soy aquella adolescente que ganó un premio literario en el Instituto San Cristóbal de los Ángeles por un cuento que ni siquiera sé dónde dormirá (quizás en el trastero, perdido en una maleta)». El relato en cuestión se titulaba «EL GRIS, ESE COLOR TRISTE», y gracias a él, mi pequeña biblioteca particular creció. Llevaba buscando esa pequeña historia hacía mucho tiempo, con el convencimiento de que andaba perdida en el trastero de un familiar. Hace unas semanas no solo encontré este relato en casa, sino que recuperé unos cuantos más, algunos de cuando solo tenia diez años. Ha sido un maravilloso descubrimiento que, a partir de hoy, quiero compartir con todos vosotros, amigos de TORMENTAS DE TINTA.

Comienzo esta nueva sección, «DE MI ADOLESCENCIA», con el relato con el que gané en COU aquel premio. Espero que, con este y otros relatos y poemas, me conozcáis un poco mejor. El gran amigo que ha tenido la gentileza de pasar todos estos escritos, en cuyas amarillentas hojas quedaron retazos de aquellos años, dice que esa adolescente sigue estando en mi corazón. Y espero que siga siendo así, para siempre…

18 de abril de 1981

Era uno de esos días en los que el duendecillo de la fantasía entra a hurtadillas en nuestra alma por una ventanilla, previamente abierta por nosotros a la sensibilidad del mundo que nos rodea. Uno de esos días en que el color gris no encuentra su sitio en nuestro baulillo de deseos, anhelos y recuerdos. Todo invitaba a soñar. Parecía como si el cielo, el mar y los valles nos dejasen ver su alma escondida.

La luminosidad del día, las grandes carcajadas del sol, se reflejaban en mi piel, mientras yo tímidamente, como un ratoncillo que roe con gusto la madera, intentaba abrir la puerta de mi alma, que por extraño motivo no estaba abierta al mundo. Fácilmente logré abrirla, y aun sin valor entré de puntillas en un gran recinto desordenado, lleno de caras familiares, libros, balanzas de pesar acciones, miles de borradores de cartas nunca enviadas  y otras muchas que me llenaban de curiosidad; en un momento la habitación se llenó de luces rojas, verdes, azules… y al instante todo oscuridad.

‒¡Quiero verte! ¿Qué pasa? ¡Enciendan esa luz! ¡Ah de la casa! ¿Hay alguien? ¿Eres tu mama? ¡Víctor, no gastes bromas!

Poco a poco la luz fue llenando la habitación. Aquello me recordaba al Génesis, a eso de: «Y dijo Dios, haya luz»; y hubo luz y me sentí grande. Pero de nuevo la luz se apagó y entonces me hundí. Como si yo fuera un pantano imposible de atravesar, y me sentí como insecto que se puede aplastar con el zapato sin ningún remordimiento. Y grité, no solo porque hubiese luz, sino porque temía estar sola conmigo misma en un sitio tan extraño para mí. Temía que mi yo acabase con mi sensatez o por qué ocultarlo, con mi vida. De nuevo se encendió la luz y miles de estrellitas rojas se unieron para formar una indicación, que me mostraba una diminuta puerta en la que con luminosas letras de imprenta se leía «Pasado, Presente y Futuro». Tuve que agacharme mucho para poder entrar por la puerta, y lo que vi detrás de ella me hizo estremecer. Mucha gente se reía de mí y me señalaban con el dedo diciendo: «¡ya estás aquí, temíamos que no llegases!» Me eché a llorar y me hacía cruces para no lanzarme a mordiscos, patadas o arañazos contra los que de mí se burlaban. Pero pronto me calmé. Al otro lado de la habitación había personas por mí muy queridas. Mi madre estaba allí, triste, viendo lo que sucedía. Se acercó a mí y  rodeándome con sus brazos me susurró al oído: «no temas, es una prueba dura, lo sé hija, pues yo también tuve que pasar por ella y ahora estoy aquí y no me he muerto, afróntate a ti misma, cuando antes mejor.» Después desapareció, se convirtió en aire. Pero yo estaba más tranquila. Apareció mi padre y me dijo: «hija, estoy orgulloso de ti y más lo estaré si superas esta prueba tan dura. Para ello te voy a dar esta pluma que me ha regalado para ti un amigo, para que sigas escribiendo y para que tu nombre perdure en los años cuando tú, yo, todos nosotros, ya no estemos aquí; no firmes con ella letras ni papeles que te aten a algo, déjate de convencionalismos que a fin de cuentas de nada sirven; ellos hacen que dejes de ser tú y eso es la causa de que existan manicomios y cárceles.»

‒Gracias papá, pero ahora ¿qué hago?

‒Mira, allí está Víctor, está triste porque cree que has cambiado mucho, te ve muy mayor y eso no le gusta. No quiere que te pintes, dice que aun eres pequeña.

‒Pero cuando hay que poner la mesa y limpiar algo, soy mayor para él.

‒¿Le quieres?

‒Sí.

‒Pues ve a verle, y deja que te haga la cruz en la frente, le gusta hacértela porque con ella cree que te protege, y también  déjale pasarte la mano por el cuello, pues así demuestra su cariño. Se entristece cuando le dices que te despeina y lo apartas de ti bruscamente.

‒Yo soy así.

‒A eso te debes enfrentar, a tus defectos, que siempre se pueden corregir: deseas ser humana, ¿no?

‒Claro, todo el mundo lo desea.

‒Eso ya lo estudiaremos hija, ahora eres tú el Problema.

También él desapareció, y me encontré sola ante mi hermano.

‒Hola, ¿ves?, no estoy pintada.

‒Me gustas así.

‒Te quiero, me crees ¿verdad?

‒Sí, ¿te puedo hacer la cruz? ¿No te despeinaré?

‒No importa, ¿para que están los peines?

Lo abracé como nunca había abrazado a nadie y comencé a llorar.

Las personas que de mí se burlaban antes, dejaron de hacerlo. Había triunfado en esta primera prueba. De repente estaba abrazando al aire. Víctor ya no estaba allí. Encontré otra puerta. Era más pequeña y estaba sucia, tenía telarañas y mucho polvo; en ella estaba escrito: «comienzas a ser tú.» Abrí la puerta que chirriaba por falta de aceite; noté enseguida que no había sido abierta durante mucho tiempo. La habitación que me encontré estaba casi vacía, solo había un espejo. Me acerqué a mírame. No vi nada. Perpleja me froté los ojos; un espejo siempre refleja los objetos que ante él se ponen, pero éste era distinto. Me pregunté entonces si verdaderamente yo tenía imagen y temí ser aire. Miré mis manos y agachando la cabeza mis ojos vieron mis zapatos. Cuando alcé la vista, me vi reflejada en el espejo, pero mis movimientos no coincidían con los que mi imagen realizaba.

‒¿Estas viva? ‒pregunté al yo del espejo.

‒¿Acaso tú no lo estás? ‒me respondió.

‒¡Claro!, pero tú no eres yo.

‒Yo nunca he dicho que fuese tú.

‒¿Por qué no quieres ser yo?

‒No me gustas.

‒¿….?

‒No, no me gustas nada.

‒¿Por qué?

‒¿Sabes por qué no te has visto antes en el espejo?

‒No.

‒Porque no querías verte; la gente no se da cuenta de que un espejo no solo refleja lo externo. ¿No pensarás que tú solo eres lo externo?

‒Yo…

‒¿Quieres de una vez dejar de no querer encontrarte?

‒ ¡Pero si yo quiero encontrarme!

‒Eso me gusta, ¡Decisión, Voluntad, Empeño!

‒¿Y ahora qué hago?

‒Estás llegando al lugar mágico, donde llueve cuando tu lloras, y hace sol cuando estás contenta, ¿sabes?, ha llovido mucho últimamente y eso no es bueno para el lugar mágico.

‒Aún no sé qué es el lugar mágico.

‒Boba, el lugar mágico es tu yo, ese yo escondido en el centro de tu alma, un yo que pocos encuentra porque está muy hondo, ¿ves eso? – me indicó el yo del espejo, señalando una pared de la habitación.

‒Sí, una pared.

‒No, digo detrás, ¿lo ves?

‒Si, ahora lo veo, aunque está bastante oscuro.

‒¿Quieres iluminarlo?

‒Sí.

La imagen desapareció. Era un yo superficial, pero no tardé en darme cuenta de que era mi yo. La oscuridad se hizo luz y tras la pared encontré un precipicio, intenté ver el fondo, pero aquello era interminable. No puede evitar lanzarme al vacío, a ese eterno vacío. No pensé en nada ni en nadie, simplemente me lancé a la negrura de ese precipicio.

Parecía que no iba a tocar fondo nunca. No temí estrellarme en el suelo, ni morir por la caída. Después comencé a pensar en esos momentos inolvidables en la vida de una persona; en mi corta vida había cosas bonitas que recordar: mi primera ilusión, mi comunión, el afecto encontrado en mis padres, mis paseos de los domingos, y ¡cómo no!, a ese chico de pícaros ojos que tanto me gustaba. Pero ya no me dio tiempo a recordar más. El precipicio no era eterno, nada en la vida lo es, aunque algunos digan lo contrario. Estaba ya en el suelo, había caído de pie. Miré a mi alrededor y todo se iluminó. Mi vista no alcanzaba a ver el final del inmenso pasillo en que me encontraba. Oí una voz lejana, pero totalmente nítida, era una voz cálida, apacible, amable…

‒Sabes dónde estás, ¿verdad?

‒Si, en el fondo de mi alma.

‒¿Te gusta lo que ves?

‒Está todo muy desierto y frío.

‒O sea, no te gusta.

‒¿Mi alma es así?

‒¿Quieres que cambie?

‒Sí.

‒Ven, quiero mostrarte algo ‒me dijo la voz, y del aire, de la nada, surgieron escenas de mi vida que nunca me hubiese gustado recordar. El egoísmo, e incluso el odio de mi alma, aparecieron ante mis ojos. Fueron largos los minutos en los que estuve viendo aquello, era como vivir la eternidad. Cuando ya no pude más lancé un grito ahogado por las lágrimas que brotaban de mis ojos y grité desesperadamente.‒¡Ya basta, no quiero ver más! ¡ No me gusta ese yo! ¡No me gusta recordar cosas amargas!

‒No te gusta ver tu lado malo.

‒Pero yo no soy mala, nunca pretendí serlo.

‒Pero has hecho sufrir a mucha gente ¿lo recuerdas, no?

‒Sí, y además una vez hice llorar a mi madre, pero luego me arrepentí y lloré mucho, en la soledad de una noche triste. Me arrepiento de ser así, quiero cambiar.

‒¿Sí?

‒Sí, quiero cambiar.

‒¿Qué haremos con estos recuerdos?

‒Son grises y el gris no es un color muy bonito. No me gusta el gris.

‒¿Entonces?

‒Qué malos, tu sabes cómo hacerlo.

‒Mejor haremos otra cosa, el fuego no me gusta a mí; dejaremos que el viento se lleve estos recuerdos, a un lugar donde nada ni nadie te los pueda volver a traer.

Al momento se formó un gran huracán que me rodeó y el polvo que se levantaba no me dejaba ver el camino. Algo me dio en la cara. Era un papel con unas breves líneas que yo había escrito con la pluma que mi padre me había entregado, era el nacimiento de un poema que antes de nacer ya estaba muerto. Se había levantado un viento fuerte. Yo esta recostada en un sauce del parque, sobre la verde y fría hierba, con mis libros y cuadernos al lado. Recordé que había quedado con una amiga allí, a la salida del Instituto. Miré mi muñeca buscando el reloj; no lo llevaba puesto. En realidad el tiempo no me importaba. Intenté recordar algo, ¿recordar qué? Me levanté despacio, con calma, y volví a agacharme para recoger los libros y cuadernos y el papel con el poema. No sabía que hora era, pero no me molesté en preguntársela a nadie. Comencé a andar sin rumbo y volví a intentar recordar, ¿recordar que? Miré a mi alrededor. La gente pasaba ante mí con una sonrisa. Yo también sonreía, pero no sabía por qué. Era uno de esos días en los que el duendecillo de la fantasía entra a hurtadillas en nuestra alma por una ventanilla, previamente abierta por nosotros, y yo seguía intentando recordar.

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