RELATO CORTO

ATADURAS

Me coge la mano y la aprieta fuerte, fuerte. Me mira. Sonríe. Aunque siempre es lo mismo, nunca es igual. Hay un rayo de luz menos entrando por el amplio ventanal, el agua de la ducha sale con distinta presión y no está tan caliente, es media hora más pronto o más tarde, nos hemos cruzado con una pareja, o ha sido con un grupo de personas, tras registrarnos en el hotel… Solo su mano que aprieta fuerte, fuerte, su mirada y su sonrisa, permanecen inalterables. Y yo, yo también soy la misma. La misma tonta, la misma enamorada, la misma mujer sedienta y hambrienta. La misma loca, la misma cuerda, la misma…

Y con su pensamiento me habla y me dice “ven”. Y yo, cual marioneta, voy.

Me ata. No. En realidad me ato sola, sin culpa, sin miedos, sin remordimiento, sin plantearme qué está bien o qué está mal. Me ato a su mirada. Y después, me dejo llevar…

Hoy, pese a que somos los mismos, nada es igual. Me he mordido los labios de distinto modo. Algo me ha hecho sentir diferente y más especial que de costumbre. Hoy me ha atado más fuerte y me ha sometido de otra forma. Hoy me ha susurrado palabras al oído, algo que hacía mucho tiempo que no me decía mi marido, algo que jamás me había dicho él. Hoy… me ha amado mejor.

Y por eso, ahora que estoy de nuevo en casa, de regreso a mi vida, a mis rutinas, a mis miedos; he comprendido que con ese modo distinto de atarme a la cama, se ha llevado un trocito de mí, algo que no había sucedido hasta hoy.

He mirado de reojo a Carlos, mientras vemos una película en el sofá, como hacemos todos los viernes por la noche y he descubierto a un hombre cansado y aburrido, más que de costumbre. Durante un momento me ha cogido la mano y no he podido evitar sentirme extraña, como si no lo conociera, como si fuera un intruso que se ha metido en mi vida a la fuerza. Por ese motivo, me he tenido que levantar, poniendo la excusa de ver qué hacían los niños arriba. He subido la escalera como un robot y he visto a mis hijos que jugaban en la cama. Han sonreído al verme y he corrido a besarlos. Agua para el sediento. Un poco de paz…

Abajo, me esperaba Carlos, con ojos de sueño y una mueca, parecida a una sonrisa. He intuido lo que quiere que siga a la película. No puedo volver a inventar otra migraña. No me atará a la cama, pero como si lo hiciera, pues estoy atada a él y, además, encerrada en esta jaula. Ahora lo miro con otros ojos, ojos de hastío e indiferencia porque algo ha cambiado hoy en mí. Esas palabras, ¿por qué? ¿Por qué tuvo que pronunciar esas palabras? No podría haberme atado más fuerte con cuerdas que con esas palabras…

Hoy, con ese modo de amarrarme al cabecero de la cama, el hombre que me ha hecho ver de nuevo el sol, deleitarme con la vida, querer más de ella y amarme de nuevo, se ha llevado un trozo de mi alma. Hoy, no puedo volver a ser yo.

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