DE MIS AMIGOS

EL CORAZÓN NO ENTIENDE DE CRISIS, DE LARS JACOBSON

Buenos días, amigos de TORMENTAS DE TINTA.

Hoy abro una nueva sección en  mi blog, que he llamado “COLABORACIONES”. En ella publicaré relatos breves, poemas o cuentos de  grandes amigos escritores que, además de haber escrito estupendas novelas y ensayos, me regalan sus sueños, que quieren compartir con vosotros. Un pedazo de cada uno de ellos y otra forma de que los conozcáis un poco más. El primer relato que abre COLABORACIONES es una maravillosa historia que nos trae LARS JACOBSON, con quien ya tuve el placer de contar en la sección QUINCE PREGUNTAS PARA CONOCER AL AUTOR.

EL CORAZÓN NO ENTIENDE DE CRISIS.

Hoy la vi. Puede que para vosotros sea algo anecdótico. Para mí no. Comprendí, de la peor forma, que mis miedos adolescentes seguían acompañándome después de tantos años, latentes, esperando su momento. Llegó como cuando una ráfaga de viento repentino te despierta, sin previo aviso.

La encontré en la cola del paro. ¿Cómo no? Se mordisqueaba nerviosa un mechón de pelo, como solía hacer. No había cambiado nada. Habían pasado tantos inviernos, pero ella seguía igual, la misma belleza juvenil con la que tantas veces había fantaseado en mis delirios secretos cuando soñaba en poseerla. Aquellos pensamientos eran como las hojas de invierno que revolotean anárquicas sobre mi cabeza, no los podía controlar y me acompañaban día tras día. Me parecían tan cerca y tan lejos los buenos momentos… ¡Pero no! Habían pasado mil años y la herida seguía allí, más abierta que nunca. No me vio. Cuando pasé a su lado una mirada de total indiferencia recorrió mi alma de arriba abajo. ¿Qué podía hacer? ¿Plantarle dos besos incómodos en las mejillas como dos banderillas ensangrentadas? No, ese no soy yo. ¿Decirle hola, cómo estás? Ese tampoco soy yo. Me quedé observándola como el que mira un pedacito de su vida pasar por delante de su nariz, recordando.

No había nada que este tímido patológico pudiera hacer para que aquella sonrisa de anuncio de dentífrico volviera a iluminarle los días, los pasos. Ya veis, soy un tonto, un loco diría yo. ¿Pensáis que no quería en aquel mismo momento volverla a conocer? Pero este tonto quería más. Este tonto quería que le dijera que su vida había sido una mierda, que aún lo recordaba tirando piedrecitas a su cristal para fugarse juntos en la madrugada de un verano perpetuo, de esos que terminan con la misma melodía en que terminaba Verano Azul. El final del verano llegó y tú partirás… Pero yo no soy Pancho. Y ella no es Julia. Solo era un tonto. Solo soy un tonto que busca un resquicio, una excusa para tenerla otra vez en su vida a la deriva. Podría deciros, en esta improvisada confesión, que en ese mismo momento había terminado ese maldito verano de 1999, pero ese año nunca terminó para mí. Y siempre recuerdo su taxi alejándose. Ella no miró hacia atrás. Nunca. En cambio, yo sigo contemplando cada día cómo se aleja. Un día y otro y otro, en una condena de quince años y un día de amor ausente. Me instalé en la desidia, en la desilusión de la búsqueda. Porque sí la busqué. La busqué en los ojos de otras, en las manos de otras, en sucedáneos baratos, en parches que hacen que la herida se haga más y más grande. Al final, esa herida te devora y tú no puedes hacer nada, solo vivir con ello. Ni siquiera te compadeces, pero hoy la vi y sé que no dormiré.

Después, cuando se alejó de mi vida, simplemente la odié. Preferí tomar el camino del medio para sobrevivir. Me convencí de que el sueño de hacerla mía se había esfumado entre el humo de la barra de un bar (qué lejano suena esto, maldita ley antitabaco), en el fondo de un vaso de tequila en el que siempre leía la misma palabra: Supéralo. ¿Comprendéis por qué me volví un rebelde, un tosco que sabía que jamás volvería a ver al amor de su vida? Todo se había acabado o, al menos, eso era lo que pensaba. Deambulaba por los acantilados del amor sin ella, por los laberintos de calles repletas de mil caras, de días caducos y noches frías, de la condena del adiós perpetuo, de la despedida interminable.

Trate de olvidarla, Dios lo sabe, desterrarla de mi cabeza de una vez. Pero ella siempre regresaba. Y sí, claro que tiré sus cartas a la basura como me dijisteis pero, cuando sonó aquella canción en la radio, no pude más que meter mi nariz en el fondo de aquel viejo y repleto contenedor y buceé para recuperarlas. Las leí una y otra vez con pasión, con el temor de una vida sin ella. Pero sus palabras estaban allí escritas para recordarme que, en algún lugar de aquel último verano, ella también pensó en mí. Que cuando encerró nuestras iniciales en un corazón sobre la corteza de aquel viejo árbol, ella me quiso.

Pongo su canción, enciendo un cigarrillo y leo sus cartas, es mi forma para convocar su esencia, regresar a aquel último verano y poder pasar las yemas de mis dedos sobre la corteza del árbol donde dibujó el corazón, mi inicial sigue allí. La suya no. Y la canción sigue sonando… lleva demasiados años sonando, huérfana de amantes, sola, perdida, en una dimensión desconocida.

¿Sabéis lo peor? Después de todo, no me importaría volver a tropezar en la misma piedra y volver a sentir cómo nacen esos miedos que asolan mi alma, pero que me hacen sentir vivo porque la amo, ¡maldita sea, la amo! Pero, ¡joder!, hoy la vi, estaba allí delante, incendiando mi vida por enésima vez.

Silbé su melodía en la cola del INEM, esperando que una súbita sonrisa la devolviera a ella también a 1999, pero no ocurrió. Estaba ciega, sorda y muda, y yo me debatía entre la fortuna de volver a encontrarla y la tristeza del amor no correspondido. Decidme, ¿qué podía hacer yo? Solo tenía ganas de abrazarla, acunarla en mi regazo y besarla. Sería nuestro primer beso. Pero no os riáis, por Dios. Sí, sería nuestro primer beso.

Es extraño, conozco a qué sabe su boca, reconozco hasta la última gota de su saliva sobre mi piel. Todo forma parte de mi pretérito imperfecto imaginativo. Pero allí, en aquella cola interminable, solo encontré el silencio aterrador de siempre. Enamorado hasta las trancas y sin trabajo. Lo tenía todo para triunfar. Yo únicamente quería contarle mis sueños, decirle que para nosotros todavía no había terminado el tiempo de las cerezas. Aún teníamos que comernos a besos debajo de un paraguas, esperando a que este maldito chaparrón llamado crisis terminara ya. Pero no pude. Mis pies estaban anclados en el suelo de aquella oficina de empleo, mientras mi corazón iba a la deriva en medio de una tempestad de preguntas y sensaciones sin respuesta.

Cuando le llegó su turno en el mostrador, se inclinó sobre él. Qué bien le quedaban todavía los vaqueros. Entonces me desarmó. En un abrir y cerrar de ojos se derrumbó. Durante bastante tiempo me la imaginé salvando a las ballenas o luchando por los derechos de las personas en algún lugar perdido de Palestina, con una aureola de heroína romántica. La imaginé en demasiados sitios porque, por desgracia, este es una mierda de mundo y las injusticias campan a sus anchas. Pero allí, en aquella oficina de empleo, ella dijo que no podía más. Necesitaba ayuda, lo dijo entre llantos y desesperación. La desesperación de una vida finiquitada, caduca.

La gente de la cola se miró con sorpresa, incrédulos, y yo solo pensaba en abrazarla y decirle que todo saldría bien, que no perdería su casa. ¿Qué importaba el recibo de la luz, el del agua o que el juzgado llamara a su puerta con la policía? Ella era la niña de mi vida. ¿Cómo iba a sucederle eso? Yo la conozco. Ella había desahuciado mi vida y ahora el sistema la desahuciaba a ella. El sistema. El sistema no tiene emociones, no tiene piedad. Poco le importa el pasado, poco le importa si te deja sin futuro y yo quería convertirme en ese clavo ardiendo que ella necesitaba, tal vez por egoísmo porque, ante todo, la necesitaba de nuevo de vuelta en mi vida y regresar a 1999, en aquella máquina del tiempo que era ella.

Podéis creerme cuando os digo que en aquel momento se me cayó el mito. Supongo que verla sufrir de aquella manera hizo que en mi mente la expulsara del Olimpo donde la tenía guardada para venerarla hasta la eternidad. En ese instante, la diosa se convirtió en mortal. La podía ver vulnerable, herida. Joder, si seguro que caga y mea como todo el mundo.

Me compadecí de ella a la vez que la venda de mis ojos se caía. Creedme cuando os digo que mis pies dejaron de estar anclados en el frío suelo de la oficina de empleo. Parecía como si me hubiera sacado diez mil kilos de encima. Me sentía flotar, ligero, sin las cargas del pasado que asolaban mi ánimo, mi estar. Creo que algún ser superior me dio las fuerzas suficientes, como si yo fuera un Sansón moderno, para acercarme a mi Dalila particular. Y así lo hice. Posé mi mano en su cara. Un escalofrió me recorrió. De nuevo podía sentir el contacto de su piel. Las yemas de mis dedos recorrieron sus mejillas lentamente. Y por fin ocurrió. Pronunció mi nombre otra vez y sí, claro que volví a 1999, cuando los dos éramos felices.

—Mario —dijo casi susurrando.

La abracé. ¿Cómo no iba a hacerlo? Ella era la niña de mi vida. No podía dejar de hacerlo. Deseaba contarle tantas cosas que, simplemente, me quedé en silencio, mientras los ojos de las demás personas que allí se encontraban nos escrutaban fríos, como si aquel drama no fuera con ellos. Pero sí que iba con ellos. Todos conocemos a alguien que necesita ayuda. Todos debemos de tender la mano. Todos perdemos cuando la maldita crisis visita a un amigo, a un vecino, a tu familia, o cuando los de la calculadora nos dicen  «hasta aquí llegaste, viejo»

Pero, ¿qué se puede hacer cuando el sistema nos falla? Nos dijeron que vivíamos en un mundo perfecto, todo era fantástico. Reíamos porque creíamos que un sistema nos amparaba. No sabíamos que estaba podrido. Los buitres se lanzaron sobre esa podredumbre. Y nos dijeron que no. No puede. No salga. No viva. ¡Y yo quiero vivir! Quiero que el sol bañe nuestros rostros en otro verano sin final.

Un amor tan hermoso no lo podía matar ninguna crisis, no. Éramos tan jóvenes, tan ilusos para entender lo que se nos vendría encima que el ahora nos estaba abrumando.

Pero hay que creer en el mañana. El mañana será nuestro. Nadie nos lo quitará.

El amor puede con todo, eso al menos es verdad. El corazón no entiende de crisis.

Nos podrán quitar la casa. Nos podrán quitar años de vida, pero el amor perdurará hasta los confines del universo y más, mucho más allá.

La saqué de allí, rescatándola de las miradas feroces de la gente, de sus propios delirios desesperados.

Logré que se sentara ante una taza de café. Por fin, la tenía delante de mí, en un abismo de medio metro en el que solo quería caer, tirarme sin red.

Me habló de sus naufragios personales. Se casó para divorciarse al poco tiempo. Fue rebotando de trabajo en trabajo, de casa en casa.

Estaba sola, desamparada, y yo no hacía otra cosa que adentrarme cada vez más en el ¿ahora qué? y en las mismas dudas que durante tantos años habían asolado mi vida.

Necesitaba que se callara para decirle que la amaba, que mi vida, tan solo con su recuerdo, había sido una mierda.

En cambio, me comporté con la educación que se esperaba de mí, con eso que llaman: «políticamente correcto». Yo quería salvar ese abismo, pero joder, no pude.

En mi cabeza solo había un después, y otro y otro. Me sentía fuera de juego, como si me hubieran abandonado en una noche de amor loco cuando tu amante se levanta y se larga, te quedas tan solo que hasta el humo de tu cigarrillo lucha por alejarse de ti.

Ella no tenía prisa, acunaba la taza de café entre sus manos. De vez en cuando daba pequeños sorbos.

Sweet child O´mine.

Me asaltaron las mismas preguntas de siempre. ¿Por qué? ¿Por qué me olvidaste? Me pasé media vida imaginándola, recordando lo que fue y lo que nunca fue.

¿Dónde se encuentran los polvos que no hechas? ¿Qué podía hacer con todo eso? ¿A qué maldito limbo me arrojaría después?

Llevo tanto tiempo cargando con su esencia que su espíritu se había apoderado de mi alma. Y ahora me lo jugaba todo a la misma carta, la carta que no me atrevía a jugar.

En aquel mismo instante me imaginé la escena. Una escena llena de los reproches que se habían paseado por mi cabeza toda mi vida.

—¿Por qué me olvidaste, Lucia?

—¿Por qué no me buscaste?

—¿Por qué me dejaste tan fácilmente?

—¿Qué significo para ti?

Aquellas incógnitas sin respuesta rondaban mi cabeza como los buitres sobrevuelan un cadáver, pero aquel amor no era un cadáver, aquel amor seguía muy vivo dentro de mí, necesitaba sacarlo de mi alma porque en realidad solo era un lastre que me sumía en la oscuridad de una vida insulsa, carente de emoción, vacía.

Necesitaba recuperar la cordura, expulsar la tristeza enquistada en mi karma hacía ya tanto tiempo. Me había convertido en un triste, en una enfermedad crónica que me consumía a cada momento.

Y en el fondo, ¿a quién quiero engañar?

Yo quería pedirle que se viniera conmigo a cualquier parte del mundo, a recuperar el tiempo perdido, a contemplar la puesta de sol perpetua, a buscar el beso perfecto, la caricia permanente.

No necesitamos esas cosas por las que todos luchamos como borregos: piso, ropa, muebles, televisores, coche, vacaciones.

Yo solo quiero abrazarla mientras el sol se pierde en el océano, ¿acaso eso no vale nada? Quiero volver a 1999, a nuestro verano.

Te necesito, Lucia, no vuelvas a dejarme. Necesito tu voz, necesito que tus palabras me acunen. Necesito dormir sin que tú seas el último recuerdo que me visita cada noche, y tenerte cada mañana.

Y me lancé.

—¿Por qué me olvidaste?

Ella se quedó boquiabierta, supongo que no se esperaba aquel ataque de sinceridad repentina que me reconciliaba con el esclavo que habitaba dentro de mí.

Dejó de acariciar la taza para pasar a apretarla en un gesto que no fue perceptible ni tan siquiera para ella.

—¿Crees que te olvidé? —sonrió.

—Tengo la certeza, lo llevo sufriendo toda mi vida.

—Te tomas las cosas demasiado en serio. Voy a perder mi casa. ¿Tú crees que estoy para acordarme de amores pasados? Eres un romántico, siempre lo has sido. ¿Qué hay de romántico en un desahucio? Dime.

—Te esperé.

—Nunca te lo pedí —apretó más la taza.

—Ya me conoces —sonreí.

—Tú también me conoces.

—Qué fría eres, Lucia.

—¡No, Mario, no soy fría! —alzó la voz—. Solo pragmática. ¿No crees que deberías recordar lo bonito que fue? Se acabó hace mucho tiempo, asúmelo. Yo ya no soy esa que tú recuerdas.

—Ese es el problema,  que lo recuerdo a cada momento.

—¡Calla! —gritó—. ¡Mañana solo seré parte de una estadística! —dijo, mientras las lágrimas asomaban por su rostro.

Pasó un ángel. Uno de esos silencios incómodos y pesados como losas que saturan el aire, que lo hacen irrespirable y no te dejan ver más allá, como cuando entras en la cabina de un ascensor y te encuentras con el vecino  con el que nadie se quiere encontrar.

Y yo solo quería emborracharme de su alma, mirar en su interior y reparar su aflicción.

Cuando se levantó para marcharse, lo siento, no pude reprimirme, le deslicé sobre sus dedos una servilleta con mi dirección.

¿Os parece mal? Ya sé que pensáis que tan solo soy un pelele en manos del amor, alguien que perdió su personalidad en el verano del 1999, alguien que se busca a todas horas, sin rumbo, sin pasado ni presente, yo soy ese, ¿y qué? Me da igual lo que penséis, la quiero y eso vale más que vuestras opiniones de mierda.

La necesito, ella es mi casa, mi tele, mi coche.

Ella es todo lo que quiero en mi vida, y no la tengo.

Vuestros reproches no servirán de nada y ahora, perdonad, llaman al timbre. Tal vez sea ella.

—¿Lucia?

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2 thoughts on “EL CORAZÓN NO ENTIENDE DE CRISIS, DE LARS JACOBSON”

  1. Precioso, Carlos. Emotivo, brillante. ¿Qué importa a todos y a todo, si amas? ¿Qué importa qué sea un recuerdo? Amar es la esencia de la vida, y nadie puede prohibir ni obligar a ello. Conmovida.

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