RELATO CORTO

EL CANÍBAL

El día que nos conocimos personalmente, me la follé. Hacer el amor es demasiado… no sé cómo explicarlo, no me gusta la expresión «hacer el amor» porque no va con mi carácter. Yo follo. Así ha sido siempre. Y esa primera vez, me la follé como a las demás. No se quejó ni echó una lagrimita preguntándome si era diferente a las otras, si la quería o si sentía algo por ella. Se dejó hacer y me la tiré, así, simple y llanamente.

Por la mañana había ido a ver a Valeria, otra de mis amigas. La sodomicé y también me corrí en su cara. Y además, jugué duro… Fui como soy con todas, cruel y despiadado, con mi ritual de caníbal del sexo, devorándola y haciendo que gritara mi nombre una y otra vez. Sintió, tuvo sus orgasmos y yo me duché, me fui a casa, comí y me eché la siesta, satisfecho y feliz por ser como soy, como he sido siempre. Y después, me volví a duchar, me perfumé, me puse una camiseta y unos vaqueros y me dirigí al hotel donde había quedado con Adriana. Ella me aseguró que nunca había hecho esto con ninguno, que era fiel a su marido y, no sé por qué, pero la creí. Iba a ser mía, iba a ser infiel conmigo y me iba a dar lo que a su marido no le había dado jamás. Por supuesto, me propuse hacerla sentir como el cornudo de su marido —pues lo sería desde aquel día y se los iba a poner bien puestos— no lo hizo en su vida.

La conocí como a tantas, en esta vorágine de redes y más redes, mundos virtuales, asépticos y sin olor ni sabor algunos, pero muy reales para mí desde que entré en ellos.

Apareció en mi muro y nos interrelacionamos durante un par de semanas. Entraba, daba un me gusta, un RT, comentaba alguna cosa, saludaba con timidez y se marchaba. Al principio pensé que era como todas, aunque sentía por ella una extraña debilidad que no lograba entender. La buscaba sin ser consciente de que lo hacía, esperaba su saludo, conversábamos y, pasados un par de meses, comencé a ponerla a prueba.  A decir verdad, la prueba la pasaba yo siempre y con nota, que no era otra que la de ser un verdadero cabronazo. Y ella, como todas, regresaba.

Un día que no la tuve en mi muro, me extrañó y la llamé. Me había dado su número de móvil y no pensaba usarlo, pero, al no aparecer, sentí la imperiosa necesidad de llamarla, algo que me descolocó por completo. Me saludó y descubrí una vocecita aniñada y dulce que me hizo estremecer. Me recompuse y traté de parecer frío. Me costó, pero soy un buen actor y acabé bordando el papel.

Me comentó que había pasado un  día horrible y añadió, cito sus palabras, «el cabrón de Adolfo me pone los cuernos». Su marido había dejado su correo abierto y ella curioseó… Hacía meses que se mostraba extraño y, según me dijo, había llegado varios días con un olor diferente al de su perfume habitual. Un perfume que reconoció: Lady Million. Añadió que ella no lo usaba nunca pues le resultaba demasiado dulzón. «Blanco y en botella  y yo, como una gilipollas, creí que estaba hasta arriba de trabajo y me compadecía de él». Abrió su correo y lo descubrió todo: una compañera de trabajo y conversaciones calientes. Ella le decía que quería que la follara como la tarde anterior. Esa tarde, precisamente y según su marido, había tenido una reunión en el trabajo y le pidió que no lo esperase para cenar. En el mail en el que su marido respondía a su compañera de oficina, le decía que se reuniría con ella a las cinco de la tarde en la puerta del hotel Laura, en la plaza de las Descalzas. Ahí «mantendrían la reunión». Diez años de matrimonio y un hijo. Todo al garete por dejar el correo sin cerrar la sesión…

Adriana lloró en mi virtual hombro y le propuse vengarse. Aceptó. De las palabras por wasap, de los privados en las redes y de las llamadas telefónicas, pasamos a citarnos en el hotel Petite Palace de la calle Arenal.

Me registré y le escribí un wasap anunciando que la esperaba en la habitación 211. Compré bombones y cava y traje un pequeño maletín con mi arsenal de juguetes eróticos. Cuando llamó a la puerta y la abrí, descubrí a una mujer atractiva y asustada. La foto que colgaba en sus redes sociales la desmerecía. Tanto su imagen real como la sensación que me dio de niña temerosa, esperando a ser castigada, me encendió y consiguió que lo primero que se cruzase por mi mente fuera un «te devoraré». Y así hice. Cuando vio el contenido del maletín no pronunció palabra alguna. Ese día, en efecto, la follé. Ni un grito, ni un «para, por favor», nada salió de su boca mientras la castigaba, la sodomizaba, la follaba con dureza y la sometía a todos los castigos que me imaginé para ella, nada más cruzar el umbral de la puerta de aquella habitación.

No pidió que dejara de someterla, que acabase el castigo, que terminase de hacerla mía a mi manera. No utilizó la palabra de seguridad y yo proseguí con mi ritual. Adriana nunca había jugado con su marido como yo suelo jugar y, a pesar de que ni siquiera le llegué a explicar todo lo que iba a hacer con ella y solo le dije que si no podía más, pronunciara ROJO, ni siquiera le di opción a usar AMARILLO. No supe entonces el motivo por el que no le di la oportunidad de frenar mi castigo ante un dolor en grado medio, como hacía con las otras, pero ahora lo sé… Han pasado más de dos años de aquella primera cita y hace menos de un año que lo comprendí. Descubrirlo fue extraño, e incluso doloroso. Cuando ella lo entendió fue…

Fui muy duro, malvado, cruel e incluso el caníbal que llevo dentro salió de mi alma con una fuerza que nunca había visto en él. Cuando acabé me hallaba exhausto y empapado en sudor y ella se quedó en la cama, encogida como un gatito mojado. Ni la miré. Me tumbé a su lado y al segundo, se acercó a  mí y me abrazó. Aquel abrazo me reconfortó. Nunca había sentido algo igual. Hasta aquel día, jamás había dejado que ninguna me abrazara después de devorarla y a Adriana, simplemente se lo permití porque deseaba que lo  hiciera. Fue extraño… lo pensé y sucedió. Mi menté voló a un lugar azul, con un hermoso paisaje, un lago, pájaros, tranquilidad y brisa. La imaginé a mi lado, abrazada a mí y sonriendo. Y entonces, ocurrió. Se acercó despacio, emitió un sonido de queja, comentó que le dolía todo el cuerpo y se acurrucó a mi lado, me echó una pierna y un brazo por encima, me rodeó con su cuerpo y, cuando me quise dar cuenta, se había quedado dormida.

No sé si la esperaba su marido en casa, pero lo cierto es que no quise despertarla y, aunque necesitaba cambiar de postura, temí que al hacerlo dejara de arroparme con su desnudez y me quedase vacío de ella. Cuando comenzó a anochecer, la desperté. Me sonrió y me dio un beso sensual y apasionado. Acto seguido, para mi sorpresa, me dijo: «vuelve a devorarme».

Empecé a despedirme de mis chicas, una a una, despacio, con tranquilidad, incluso con amabilidad, me tiré a alguna como regalo de despedida pero, poco a poco, comencé a sentir la necesidad de devorarla solo a ella. Pasó el tiempo, mi maletín nos acompañó en nuestros rituales caníbales y Adriana comenzó a importarme como ninguna mujer lo hizo jamás.

Y ahora estoy aquí, la contemplo desnuda, la dibujo en mi retina y respiro tranquilo. Dejó todo, su casa, su marido y hasta a su hijo. Qué mayor prueba de amor hacia este caníbal enamorado…

Desde hace casi un año vivimos en el campo rodeados de árboles, en una pequeña urbanización a las afueras de un pueblo de la sierra. Una angosta carretera nos comunica con el mundo exterior, al que debemos saludar temprano cada mañana para ir a la oficina, y por la que regresamos a nuestro hogar para amarnos.

Y cada día abro mi maletín, mi mujer sonríe, su cuerpo se estremece, me susurra al oído un «te adoro» que despierta en mí al animal que llevo dentro cuando me pide ser amada… Y sí, os resultará extraño, pero la amo como ningún hombre amó a una mujer jamás desde que el mundo es mundo. Eso es lo que descubrí hace ya tiempo, cuando la miré a los ojos y sentí algo crecer en mi interior… Fue un día claro de primavera, tras uno de nuestros encuentros caníbal-víctima… Ese día paré un segundo, sus ojos en los míos, nuestros cuerpos empapados en sudor y fluidos, el azul de su mar en mis pupilas y, pese a todo el dolor, me dijo «te amo». Y entonces lo supe: yo ya la amaba hacía una eternidad… Y le pedí que lo dejara todo y ella me dijo que hacía tiempo que ya lo había dejado todo, cuando nos citamos por primera vez en la habitación 211 del Petite Palace de la calle Arenal…

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13 thoughts on “EL CANÍBAL”

  1. Este relato tiene mucho de serpiente, he escuchado su silbido en mi cabeza. Puedo entender al sujeto que se relame dominando, pero me cuesta mucho entender al sumiso, no soy capaz de meterme en su cerebro. Vas a tener que darme más ejemplos a ver si al final lo entiendo, aunque yo no me veo ni de dominador ni de sumiso, no es mi forma de comprender el amor.
    Saludos

    1. Es el sumiso quien domina el juego. Quien tiene el control. El caníbal real hubiera actuado de modo diferente. Me he permitido cierta licencia al respecto. El amor tiene tantas caras como amantes somos. Feliz día, Jap.

  2. Buenas Noches Aidi.
    ¡Uff! Buena carga de erotismo. Consigues que vuele la mente hacia lo oscuro que suele ser lo más placentero.
    Dominador/Sumiso. Yo prefiero algo más equilibrado dejando la iniciativa a quien más lo desee en cada momento, hay tiempo para satisfacer los caprichos / fantasías de ambos.
    Lo del maletín mmmmm unos lazos de seda vale, una venda para los ojos también, un…..
    Al final le has dado la vuelta y él es el devorado, devorado por el amor. Me encanta el final con un intenso toque de romántico por el que él acaba siendo dominado.
    Un saludo.

  3. Estoy de acuerdo con Jap Vidal, se escucha el silbido de la serpiente, también es un poco la bella y la bestia, doméstica en lo emocional al caníbal. Como siempre expresiva y realista en tus letras.

    1. Tuvo mucho éxito entre las lectoras este relato. Me preguntaban quién era ese caníbal y que no me lo guardara para mi solita. De responder, diría que tal vez todos llevemos un canibal dentro. Quizás duerma a su lado y no lo hayan visto. GRACIAS por leerme. Y un abrazo, Juan J.

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