RELATO CORTO

SUERTE

Una nota en la nevera, sujeta por un imán con forma de matrioska, anuncia a Isabel un día que parecía lejano, pero ya ha llegado: “cuatro de febrero”. No hay nada más escrito, solo esa fecha en letras rojas y gruesas, del tamaño de su meñique. Más que una fecha, es un dibujo, pues alrededor hay corazones de colores y emoticonos sonrientes.

Isabel mira la nota y sonríe. Es una mujer que atrae en su conjunto. Tiene el pelo corto y de un castaño natural y brillante. Su sonrisa es nacarada y jugosa y sus ojos son verdes y de mirada sincera. Enamora cuando mira y cuando habla, pero ella no es consciente de su natural atractivo. Vive sola en un pequeño apartamento de Villaverde, un barrio humilde de Madrid, y su única compañía es un gato pardo al que recogió el cuatro de febrero del año anterior, justo ese día, tras ser atropellado por un conductor que ni siquiera se molestó en averiguar si el animal estaba muerto o solo herido. Hoy, Suerte, vive con ella feliz, con la única secuela de una cojera que le hace caminar de un modo un tanto chulesco. Isabel, que habla con su gato, le dice que parece un bailarín jubilado y cuando se lo comenta al gato, este parece asentir y con un maullido suave y cuasi lastimero, advierte a la mujer que ella tiene razón y que él es, sin lugar a dudas, un gato castizamente chulo.

Isabel acaba de cumplir los treinta y ya no tiene miedo a estar sola, aunque sigue extrañando. Su sonrisa delata que un día, muy próximo en el tiempo, fue feliz, pero tuvo que aprender a vivir esa soledad impuesta, sin amargura. Él se llamaba Pablo. Le conoció un cuatro de febrero, tres años atrás y se fue un cuatro de febrero. Casualidades del destino macabro.

Recordaba, mientras acariciaba a Suerte y pasaba las hojas de un viejo álbum de fotos, que hacía un año él estaba a su lado, sentado en aquel sofá, tapados por una manta y viendo una película de DVD. Acurrucados, comiéndose a besos mientras bebían sorbos de Rueda Verdejo. Los labios, con sabor a vino y ganas. La película a medias, entrecortado el aliento, estorbando la manta, pegados, fundidos, amándose. Pablo.

Suerte bosteza e Isabel deja el álbum de fotos en la mesa. Ha llegado el día: cuatro de febrero. Hace un año que el gato forma parte de su vida. Se viste para ir a visitar a Pablo. Cuatro de febrero. Un año ya.

“Nacemos sin manual de instrucciones sobre cómo manejar esto que se llama vida. Deberíamos quejarnos. No es justo llegar a este lugar inhóspito y frío con la sola piel y un corazón que nos será lanceado y quedará cubierto de cicatrices. Y solo tenemos un corazón para sentir. ¿Y si no encontramos quien cure las heridas que la vida nos va a hacer a lo largo del camino? ¿Y si solo nos hiere y nadie tiene hilo y aguja para cosérnoslo? La vida debería ser menos filosofía y más matemática, menos corazón y más razón. De ese modo el alma no se nos partiría en dos tantas veces. Nacemos desnudos de besos y son esos besos que nos empiezan a dar y después nos niegan, los que nos agujerean como un queso gruyere el corazón. El mío me lo partió un hombre que me prometió estar a mi lado toda la vida. Se ve que toda una vida es demasiado tiempo y se fue, sin siquiera decirme adiós. Lo único que hizo antes de su partida, fue prometerme que lo odiaría. Mas no lo hice, ya no tuve fuerzas siquiera para odiar cuando partió. Solo me dejé llevar y, de pronto, mi habitación se cubrió de negrura. Días después, en aquel hospital, apareciste con tu bata blanca y la habitación se inundó de sol.

Te echo de menos. Tú que cosiste mis pedazos y ataste mi alma a un maltrecho cuerpo, tú que me enseñaste a sonreír de nuevo, que me dijiste que no debía llorar nunca más y que, contigo o sin ti, solo debía llenar mi vida de luz. Y he aprendido, te lo juro, he aprendido a ser estrella, Pablo, pero no puedo evitar sentir un gran vacío en mi corazón desde que no estás conmigo pues, aunque lo curaste, también lo llenaste de ti y de tu propia luz.

Mi sastre de ojos verdes y mirada profunda, no imaginas lo mucho que añoro tu sonrisa, tu mirada, tus chascarrillos, tu ceño fruncido cuando no me entendías, tus pies sobre la mesa pequeña del comedor, cuando veíamos películas. Y tus manos…, las siento en mi piel como si ahora mismo me estuvieras tocando con tus dedos largos y finos. Suave era su tacto cuando acariciabas mi rostro y me llegaban tus caricias al alma. Me encendía el solo roce de tu piel en mi piel, de tu mano en mi mano. Te echo de menos. No me regañes, por favor, por sentir que una parte de mí se fue contigo. En sueños vienes y lo haces, a tu manera. Solo me pides que sonría, pero sé que haciendo eso me estás regañando en el fondo. Es fácil decir al otro que sea fuerte y sé que yo lo soy. Ahora lo sé. Ahora que no estás. Porque un día alguien se marchó y yo me sentí morir y, sin embargo, ahora que te has marchado tú, quiero vivir a toda costa. Por mí, pero también por ti, para que no te burles diciendo que soy una chica débil. Sé que lo decías siempre en broma cuando hablábamos de temas trascendentales como la muerte y estar solos, pero te demostré que no lo era y ahora, aquí, mientras te pienso, sabes que no lo soy. No es debilidad, sino añoranza. No solo llamé a este gato, Suerte porque la tuvo al perder solo seis de sus siete vidas y vivir la que le queda conmigo, sino porque cuando tú te fuiste, esa misma mañana, yo no me quedé tan sola. Llegué a casa para cambiarme de ropa, después de un día eterno y el impacto de su cuerpo contra el vehículo que lo atropelló, me bajó de la nube en la que me había colgado cuando te fuiste. Se llama así porque ambos la tuvimos.

Cuando te conocí, la mía cambió. Poco después de que nos fuésemos a vivir juntos, me confesaste que la tuya también lo hizo cuando aparecí. Tu novia te había dejado por tu mejor amigo un par de meses después de pedirle que se casara contigo y no estabas en tu mejor momento. Quién me iba a decir que postrada en aquella cama de hospital, tras haber querido dejar de sentir, de un modo tan drástico, tú aparecerías para devolverme la esperanza. Y quién te iba a decir que una paciente se convertiría en la mujer que te haría recobrar la sonrisa perdida. Un día me comentaste que cuando me viste por primera vez, lo supiste. Sin embargo, yo estaba tan aturdida por la medicación, que apenas recuerdo aquellos primeros momentos.

Fuimos casualidad. Después te fuiste y llegó Suerte. Supongo que mi vida es una continua casualidad desde que nos conocimos. Sin el gato, quién sabe qué sería hoy de mí, casi un año después de perderte. Suerte tiene los ojos verdes como los tuyos y, en ocasiones, cuando me mira, me recuerda a ti. Más de una vez te dije que tenías ojos de gato.”

 —Hace un día radiante, Pablo, de esos que tanto te gustan. El sol entra a raudales por la ventana. La habitación brilla. La primavera se ha adelantado, algo normal en Madrid, por otra parte. Tus padres me llamaron ayer y me comentaron que vendrán más tarde a verte. Quieren que comamos juntos, pero les he pedido que me disculpen. No tengo ánimo. Este día es especial y me siento más vacía, si cabe. Además, a Suerte no le gusta quedarse tanto tiempo solo. Cuando vuelvo de trabajar, me mira con ojos serios, como si estuviese enfadado. Después emite un maullido lastimero y corre a la cocina. Se queda frente a la despensa, me mira y le echa un ojo. Ahí están sus latas. Te caería bien, es un gato listo. Solo quiere comida blanda, no le des pienso. Si se lo doy, porque olvidé comprar latas, con su patita lo saca del plato y me mira y remira, hasta que me ablanda y le abro una conserva de atún en aceite, que le encanta. Se relame cuando la ve. Si estuvieras en casa, Pablo, comprobarías que, además de nuestra manta, ahora es Suerte quien me abriga cuando veo una película en el salón. Acaricio su suave pelaje y me siento bien, pero menos que cuando acariciaba tu cabello, apoyada tu cabeza en mi regazo. Los médicos dicen que quizás…, que tenga fe. Me dan esperanzas hoy, y mañana me las quitan. No quiero que se las den a tus padres. Están destrozados. Tanto sí, no, sí, no, quizás, hoy, mañana, pasado mañana, algún día… Un año ya. Son muchos días. Estoy cansada. Ayer me llamó tu amigo César. Recordó la fecha y hablamos un buen rato. Cuando me quise dar cuenta, eran las dos de la mañana. Menos mal que es sábado y no tenía que madrugar. Me ha contado que rompió con Marta la semana pasada. Estaba abatido. Antes de colgar me comentó que te echaba de menos. Ya somos dos. Hemos quedado para tomar un café un día. Me apetece. Lo pasábamos bien los cuatro, cuando salíamos a cenar y después acabábamos comiéndonos la noche. La semana que viene me voy de vacaciones a la playa, a nuestro apartamento. He cogido una semana para descansar. Tengo que acordarme de comprar la pastilla de los mareos para Suerte. Lo pasa fatal cuando viaja en coche. Le sucede como a ti, solo que tú te dormías en los trayectos largos y no necesitabas pastilla. Eras un copiloto bastante malo, porque no me dabas conversación y tenía que poner la radio para entretenerme. ¿Recuerdas nuestro primer viaje? Un día te comenté que no conocía Barcelona. Ese fin de semana me sorprendiste con una escapada a la ciudad. Hotel Ofelia, servicio de lujo, cama enorme y tu compañía. Barcelona, tú y yo. ¿Qué más podía pedir? Fue un fin de semana maravilloso que jamás olvidaré. Una noche, mientras paseábamos de vuelta al hotel, me susurraste al oído que me amabas. Tus palabras acariciaron mi alma. Hasta ese día había escuchado de tus labios te quiero, pero aquella noche al fin…, llegó la magia. Ahora desearía que viajaras a mi lado dormido, durante ese viaje eterno que has emprendido. Yo también me dormiría. Iríamos en un tren con destino a ningún lugar, tú y yo, no necesitamos más. Esperaría a que despertaras para hacerlo yo, a tu lado. Y después, donde el río nos lleve, una de tus frases favoritas. Desearía escuchártela pronunciar de nuevo. Suena preciosa dicha por ti. Cuando tenía miedo al futuro tú me calmabas con esas palabras. Nuestro río, nuestro cauce, nuestra ribera. Si algo me asustaba, bastaba con parar el barco al lado de la orilla y contemplar el paisaje. Hemos viajado mucho y parado muchas veces, Pablo. Sin embargo, ahora viajas solo, sin compañía ni equipaje, porque un desgraciado decidió coger el coche y no un taxi, tras una noche de juerga bañada en alcohol. Tú no eres Suerte, tú no te quedaste con un andar chulesco, como él. Tú duermes y no quieres despertar. Te extraño, Pablo. Me enseñaste a caminar sola, pero eso no me impide llorar en ocasiones, cuando nos recuerdo juntos y felices y me bajo de la nube para descubrir que estás aquí y no en nuestra casa. Te imagino a mi lado, con Suerte entre los dos, viendo una comedia de las que nos gustan, donde todo acaba bien, donde el chico y la chica viven felices para siempre. No puedo evitarlo, Pablo. Y cuando iba a llegar este día, cada vez lo imaginaba más a menudo, hasta que se ha convertido en una obsesión. Sonrío a medias porque sé que hay que vivir, ese era tu lema, que estamos de paso aquí, nena, me decías, pero no puedo evitarlo cuando los doctores me dicen quizás, tal vez, pronto, un día… Cuatro de febrero y la habitación brilla porque tú estás aquí, aunque no lo parezca… Estás porque estás en mí. Llevo tu aroma en mi recuerdo, tus caricias en mi piel, tu sonrisa en mi rostro y así será siempre. Aunque no hubiera sol fuera que lo iluminara todo, este cuarto seguiría teniendo luz. Cuando llegue a casa, daré de comer a Suerte y evitaré su mohín de gato enfadado. Luego me calentaré cualquier cosa en el microondas, cenaré, me ducharé y me sentaré a ver un programa de televisión. Por la noche refresca, así que me cubriré con nuestra manta y animaré a Suerte a que me acompañe. Si no hay algo bueno que ver, pondré una película de las que nos gustaba ver juntos. Y así, acabará este primer aniversario de tu partida.

Isabel sonríe mientras habla, sin dejar de mirar a Pablo. De vez en cuando, acaricia su rostro o le besa. Él parece dormido. Le ha afeitado al llegar y, antes de iniciar su monólogo, ha sacado un libro de poemas de Neruda de su bolso y le ha leído unos versos.

Mi muchacha salvaje, hemos tenido

que recobrar el tiempo

y marchar hacia atrás, en la distancia

de nuestras vidas, beso a beso,

recogiendo de un sitio lo que dimos

sin alegría, descubriendo en otro

el camino secreto

que iba acercando tus pies a los míos,

y así bajo mi boca

vuelves a ver la planta insatisfecha

de tu vida alargando sus raíces

hacia mi corazón que te esperaba.

Y una a una las noches

entre nuestras ciudades separadas

se agregan a la noche que nos une…

Los padres de Pablo llamaron a Isabel alrededor de las cinco y se disculparon por no ir. Su madre no se encontraba bien. Demasiado dolor para una anciana. Isabel lo ha entendido e, incluso, se ha alegrado de que no hayan venido. Los dos solos, sin nadie con quien compartir su tiempo. Pero ya son las ocho…, hora de partir. Suerte maúlla en casa y presiente que está cercana la hora en que Isabel regrese y le dé su lata de atún. Las visitas deben regresar a sus vidas. La joven suelta la mano de Pablo, deposita un beso en sus labios y le promete volver cuando regrese a Madrid.

 —La próxima vez te leeré de nuevo a Neruda y te contaré cómo me ha ido. Quiero traerte arena de nuestra playa y voy a describirte lo azul que seguro estará el mar. Preguntarán por ti nuestros vecinos y les diré que sigues brillando y que la poesía te ilumina el rostro. Mentiré al comentarles que los médicos son optimistas y creo lo que me dicen, pese a que ya hace un año… Te veré en unos días, promete esperarme.

Isabel guarda a Neruda en el bolso, saca un espejo y se mira. Está ojerosa, pero no ha llorado. Se siente fuerte y, en parte, feliz. Pablo sabe que ella lo espera. No le cabe ninguna duda a la joven de que es así. Por eso sonríe aunque sus ojos estén tristes y apagados. Cuando llegue a casa, quitará la nota de la nevera y la romperá en mil pedazos. Se dirá que no quiere escribir otra en enero, con letras gruesas y rojas; que, tal vez, ese optimismo de los doctores sea una realidad, el próximo cuatro de febrero.

Mientras vuelve a dejar el espejo en el bolso, se acuerda de Suerte y de su cojera y sonríe de nuevo. Dibuja el rostro de Pablo en su memoria para recordarlo hasta que vuelva al hospital, le da un último beso y se dirige a la puerta de la habitación. Camina despacio, como si no tuviera ganas de irse. Parte de ella se queda en la habitación. Ya es costumbre derramar pedazos de su alma cada vez que visita a Pablo.

 —Su…suerte…—se oye al fondo del cuarto—Curioso nombre…, nena…

 

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13 comentarios en “SUERTE”

  1. Bonito relato aún con la tristeza que desprende. No se olvida nunca a los que se van aunque el tiempo mitiga un poco la tristeza de ese recuerdo y no queda otra que seguir hacia delante. Quien se va le gustaría ver felices a las personas que deja aqui

        1. La esperanza no hay que perderla, porque mientras hay vida hay esperanza. Te contaré algo personal, mi hermano mayor, Javi tuvo con 9 años un accidente de coche y quedó en coma unos días, no recuerdo cuantos y consiguió salir de el coma.Estuvo muy grave. La única secuela que le quedó fue que el brazo izquierdo no lo pudo ya encoger ni estirar del todo. La esperanza de que todo mejore es algo que da fuerza

  2. No sé que decir. Por un lado tiendo y me encantaría ser así, con esos sentimientos. Por otro lado sé que nunca ocurrirá, quizás sea mas frío. Supongo que no es lo mismo leerlo que escribirlo, o vivirlo. Me ha gustado, pero yo no soy de tanto “sentir”.

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