DE MIS AMIGOS

EL AMA DE CRÍA, POR LARS W. JACOBSON

Hola de nuevo, amigos de Tormentas de tinta. Hoy, os dejo un maravilloso relato de mi querido amigo, el escritor Lars W. Jacobson, dentro de mi espacio “DE MIS AMIGOS”. Espero que os guste y os animéis a descubrir las letras de este gran escritor.

Uxía dejó Camariñas para ir a la capital justo después de morir su hijo recién nacido. Abandonó todo el mundo que conocía, sus padres, amigos, los paisajes que de niña siempre la habían acompañado. Había conseguido un trabajo en la capital, en la casa de una familia de rancio abolengo, coruñesa por los cuatro costados y con residencia en el mejor barrio de la ciudad. Lo mejor de todo era que mandarían a Carmiña, la hija de Uxía, al mismo colegio de monjas al que asistían sus hijas. Soñaba Uxía con darle un buen colegio a su hija, en Camariñas era del todo imposible, así que, aquel trabajo, era la oportunidad de su vida, la oportunidad de darle a su hija un futuro mejor.

Su marido Brais había conseguido enrolarse en un pesquero con base en el puerto de La Coruña  y podría verlo de cuando en cuando, de marea en marea.

Cuando llegó, La Coruña fascinó a Uxía, la propia efervescencia de la ciudad, con sus ultramarinos, sus tiendas de moda, la plaza de abastos, el puerto, la dotaban de una vida que sobrepasaba todas las expectativas de la joven.

La casa donde iba a servir estaba en la mejor zona de La Coruña, La Marina. El barrio había sido habitado por pescadores, incluso las edificaciones conservaban las argollas para amarrar las embarcaciones, pero, con los años, se convirtió en morada de gente bien. Cuando Uxía llegó, se fijó en las imponentes galerías que se extendían por toda la fachada del inmueble, se maravilló cuando observó los reflejos del sol chocar con los cristales como si fuesen espejos, “La Ciudad de Cristal”, así llamaban a La Coruña gracias al espectáculo que aquellas galerías proporcionaba al visitante.

La casa de los señores era enorme, altos techos, puertas robustas, plata, retratos y un sinfín de laberínticos pasillos que daban a un buen número de habitaciones. La recibió la familia al completo, el matrimonio y los siete hijos, tres chicos y cuatro chicas. El señor García, un hombre recto, era un acaudalado empresario dueño de una fábrica de conservas en el Puente del Pasaje, ella, la señora Espasante, voluntaria de la Cruz Roja y se dedicaba, cuando su salud se lo permitía, a las obras de caridad. Los chicos más menudos recibieron con mucho cariño a la pequeña Carmiña, que casi al momento, ya estaba jugando a las “casitas” con ellos.

Uxía tampoco era la única interna de la casa, había un ama de llaves, doña Gabriela y una vieja criada, Fernanda, de cofia y guantes blancos algo mayor para ciertos trabajos pesados. Por esa razón, Uxía estaba allí, para ayudar en esas labores, pero sobre todo para ser el ama de cría de Miguel, el hijo más pequeño de la señora que apenas contaba con semanas de vida. Aquel nacimiento había sumido a la señora en una profunda tristeza. Se negaba a darle el pecho, la había “vaciado” por dentro convirtiendo su ánimo en un cansancio crónico que, según los médicos, el clima de Galicia no ayudaba a la recuperación, así que, no era rara la semana en el que, algún día, la señora quedaba en su alcoba postrada en su cama consumida por aquel “extraño” mal.

Uxía caló bien dentro del seno de la familia. Era una mujer voluntariosa, con ganas de trabajar y pronto se ganó el cariño tanto de la familia como de las compañeras internas. La familia cumplió su palabra, matricularon a Carmiña en el mismo colegio que sus hijas. Uxía lloró la primera vez que la vio vestida con su uniforme nuevo y sus zapatos relucientes camino del colegio con sus cuatro añitos cargados en aquella mochila repleta de sueños. Por las mañanas, Uxía se ocupaba del pequeño Miguel, el niño lloraba a cada instante, pero con el paso de los días, su nueva ama de cría le fue tomando la medida y poco a poco el llanto fue disminuyendo. Después de ocuparse del niño dándole el pecho, ambos, iban hasta “El Campo de la Rata” y allí lavaba la ropa y la tendía acompañada de un buen número de lavanderas, mujeres, fuertes como ella y de su mismo sentir, muy lejos de los convencionalismos de clase alta de sus señores. Allí, bromeaban de todo ante la espectral sombra de la prisión provincial de La Coruña y de la descomunal forma que se erguía ante ellas en forma de torre, La Torre de Hércules. Pronto supo que aquel campo estaba maldito. Durante los años de la guerra, sacaban a los prisioneros de sus celdas y sin juicio, amparados por la noche y la pólvora les volaban la cabeza.

Uxía también se ganó el cariño de las lavanderas que pronto la vieron como una más, alguien que tenía su mismo sentir. Ramona, la lavandera más vieja del lugar, la “adoptó” como si fuese su propia hija. La anciana se ocupaba de Miguel mientras Uxía lavaba la ropa. Cuando el sol estaba en lo más alto, las lavanderas preparaban una enorme olla de caldo para calentar sus cuerpos. Cada día le tocaba a una lavandera diferente, aquello se había convertido en una tradición entre ellas, se reunían para tomar aquel caldo que les sabía a gloria y así compartir aquel momento agarrando “unha cunca de caldo quente”.

Fue en un sábado de otoño, el sol brillaba, pero la humedad del mar se ensartaba en el tuétano de los huesos como un parásito molesto. Uxía había ido con Carmiña y Miguel hasta “El campo de la rata”, la señora, como de costumbre, estaba postrada en su cama con un terrible dolor de cabeza y no quería escuchar ninguna voz infantil recorriendo la casa así que el señor se había llevado a los hijos mayores a visitar a sus primos dejando a la señora sola, con el resto del servicio, en la casa.

Uxía debía clarear algo de ropa blanca de cama. Ese día, por primera vez, le tocaba a ella preparar la comida para sus compañeras, cómo no, una gran olla de caldo de nabiza para así desterrar por un momento el mal frío de las lavanderas. Después de lavar las sábanas con el jabón Lagarto las extendió para clarearlas. Llegaba la hora de preparar el caldo. Carmiña jugaba entre la ropa blanca tendida y Miguel, arropado en su canastilla, despertaba y comenzaba hacer pucheros.

Uxía prendió la lumbre y puso la gran olla sobre el fuego. Lavó las nabizas, peló las patatas y cuando el agua rompió a hervir, echó las habas y el trozo de lacón que estuvo cociendo cerca de dos horas largas antes de que la lavandera añadiera las nabizas tiernas. Miguel comenzó a llorar era, como de costumbre, un llanto desesperado, el hambre o tal vez el pañal, pasaba factura, pero antes de darle el pecho, tenía que ayudar a Ramona a llevar la ropa limpia hasta el motocarro del marido de ésta.

—Carmiña, hija mía, cuida un momento de Miguel que vengo ahora.

—¡Llora mucho! — Se quejó la niña.

—Pues sí llora mucho lo castigamos, ¿vale? —Acarició la mejilla de su hija.

—Vale. — contestó Carmiña llena de razón.

Carmiña quedó sola con Miguel, el niño lloraba mucho, cada segundo que pasaba exasperaba más a Carmiña.

—¡Te voy a castigar Miguel, no llores más!

Pero el bebe no paró de llorar. La tapa metálica de la olla del caldo se movía debido a las burbujas del hervor hasta llegar a descolocarse. Carmiña se incorporó sobre la canastilla donde estaba Miguel, a duras penas consiguió sostenerlo en su regazo, sacudió al niño como último aviso.

—¡Cállate, por favor, o te echo al caldo! —le pidió la niña una vez más.

Pero Miguel no cayó.

Carmiña se acercó a la olla y trató de tapar de nuevo el caldo. El calor del asa de la tapa quemó la delicada piel de la palma de su mano y la soltó de inmediato cayendo esta al suelo.

—¡Mira lo que me ha pasado por tu culpa, ahora sí que tendré que castigarte! —le riñó cuando las lágrimas comenzaron a salir de sus ojos.

Carmiña echó a Miguel al caldo, quería que el niño se callara. Lo vio hundirse al fondo de la pota, arrastrando la verdura al fondo, ahogando su llanto al instante. Carmiña supo, casi al momento, en cuanto la palma de su mano se calmó de dolor, que había hecho algo malo. Era demasiado tarde para sacar a Miguel del fondo hirviente, se quemaría otra vez. Nerviosa volvió a tapar el caldo y trató de ocupar su mente en el primer juego infantil que pasó por su cabeza.

Cuando Uxía regresó supo de inmediato que algo pasaba, la conducta errática de su hija la delató casi al instante.

—¿Y Miguel? —le preguntó al percatarse de la falta del niño.

La niña guardó silencio, siguío jugando sin hacer caso a lo que decía su madre. Desesperada, Uxía, fue preguntando a sus compañeras de faena por el bebé, pero ninguna supo contestar, todas habían estado ocupadas en sus tareas y no habían visto que nadie se hubiera llevado al niño. Regresó junto a Carmiña para volver a preguntarle.

—¿Y Miguel?¡Dímelo! —gritó mientras la zarandeaba por los hombros.

—¡Me haces daño mami! —se quejó. —¡Lloraba mucho y me quemé por su culpa!

—¿Dónde está? —volvió a preguntar a la niña.

El resto de lavanderas, al escuchar los gritos de Uxía, se fueron acercando.

—¿Qué pasa “neniña”?—le preguntó Ramona en la distancia.

Uxía no contestó, se limitó a mirar a su hija a los ojos, sin apartar su mirada ni un ápice, intentando adivinar el secreto de su hija Carmiña. La niña no pudo soportar la mirada de su madre y un sentimiento de culpa la invadió.

—¡Lo castigué, me quemé por su culpa!

—¿Con la pota? —preguntó la madre en un súbito momento de lucidez.

—Sí. —sollozó la chiquilla.

Uxía se acercó a la olla y la destapó. Vio como una de las manitas de Miguel era impulsada por las burbujas hirvientes. Miguel no era más que un trozo de carne roja. Uxía cayó de rodillas y arañó la tierra mientras un grito de desesperación agónico salió de su garganta. Comenzó a sollozar y a repetir la misma frase a cada instante.

—¿Qué has hecho Carmiña? —una y otra vez.

Horrorizadas el resto de las lavanderas no supieron qué hacer. Algunas se tapaban el rostro con las manos, otras se presinaban sin descanso. No dieron importancia a que Uxía se acercara a su hija. Tampoco pudieron parar el golpe que la madre le dio a la niña en el rostro. Carmiña cayó al suelo, se golpeó con una piedra en el cráneo, muriendo al instante.

Uxía terminó sus días en el manicomio de Conxo, su marido Brais se dio a la bebida y todavía se le pudo ver deambular por las cantinas pidiendo otro vino más hasta que la cirrosis y la pena lo llevaron al otro mundo, descanse en paz. Los señores vendieron la fábrica de conserva a una familia catalana y se fueron de La Coruña, jamás regresaron. Las lavanderas ya nunca volvieron allí, al “Campo de la Rata”, el lugar está maldito. Algunas veces, cuando llega la noche y el faro de La Torre ilumina la mar en la lejanía hay quien dice que se ve el espectro de una niña pequeña llorando, pidiendo perdón , buscando a su madre.

 

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@guede31

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5 comentarios en “EL AMA DE CRÍA, POR LARS W. JACOBSON”

  1. Me ha dado un vuelco el corazón. Son de esos relatos, Carlos que te enganchan desde el minuto uno. Me quito el sombrero tu narrativa para recrear primero un ambiente de alegría y rutina, y después uno claustrofobico. Felicidades, me gusta mucho esta versión de Lars, escritor.

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