RELATO CORTO

JUGUETES Y POLVOS

En el verano de 2015, a punto de concluir una etapa de mi vida de veinte años, mis amigas de la playa y yo nos fuimos a comer al centro comercial de la Zenia. Raquel comentó que habían abierto una pequeña tienda erótica y que la podríamos visitar tras la comida y las compras, y aceptamos su sugerencia.

Entramos, cotilleamos y muchas de las cosas que descubrimos nos resultaron, cuanto menos, curiosas. Mis amigas reían cómplices y preguntaban a la dependienta sobre vibradores enormes, algunos realistas y otros que parecían naves espaciales por lo futuristas que resultaban en apariencia. Olga compró uno con forma de pene, tan real que tenía venas y todo. Era negro y de unos veinticinco centímetros. Mientras la vendedora nos enseñaba sus distintas velocidades, ella comentaba que lo usaría con Martín, su marido, esa misma noche. Lidia y Mati se partían de risa y mientras tomábamos como adolescentes ese aparato en nuestra mano para sentir su vibración, lo mirábamos como si no hubiéramos visto un pene en nuestra vida.

Mati y Lidia compraron un huevo masturbatorio y añadieron que lo estrenarían esa misma noche con sus parejas. Yo miré el huevo, que costaba 9,95 euros, y pensé en comprarlo, pero después me eché atrás, ya que me vino a la cabeza el día en que Roberto, mi marido, me preguntó si su polla no me bastaba para estar satisfecha, cuando le sugerí incorporar un vibrador a nuestra vida sexual. No volví a proponer nada y me limité a conformarme con esa vida aburrida, que consistía en desear que él acabara pronto para que me dejara en paz. De vez en cuando llegaba al orgasmo, pensando en que él era otro hombre, tierno y cariñoso, y no el machista y tóxico que tenía por marido. Solía tenerlo a cuatro patas, tocándome, pero si no alcanzaba el clímax antes de que él acabara, ya podía olvidarme de seguir masturbándome hasta llegar a correrme, porque eso tampoco le parecía bien. De hecho, algunas veces, cuando pasaba más de diez o quince días sin su ración de sexo, me preguntaba si no me habría masturbado, ya que estaba tan desganada. Y yo me preguntaba qué parte del cuento no entendía Roberto, un hombre que nunca había hecho nada para satisfacerme y a quien le importaba un pimiento si yo disfrutaba o no.

Miraba a mis amigas y sentía sana envidia. Reían y soñaban con estrenar sus juguetitos esa misma noche. Me animaron a comprar alguna cosa y tuve que fingir que no acababa de convencerme nada de lo que había en la tienda.

Cuando llegué a casa, mi marido me preguntó qué habiamos comprado. Le enseñé una camiseta y comenté nuestra visita al sex shop y las compras de mis amigas. «Un huevo masturbatorio y vibradores?», preguntó, con cara de perro.

Hoy tengo juguetes en mi dormitorio, pero mi marido ya no duerme conmigo. En su lugar lo hace un hombre que necesita que yo llegue al orgasmo dos o tres veces, antes de alcanzar él el primero. Y por supuesto, los juguetes son cómplices y no enemigos. Y la lencería, tampoco.

El amor, amigos míos, no muere; lo matamos. Juan, que así se llama mi actual pareja, me mata, pero a polvos. Y además, me ama. ¿Qué más puedo pedir?

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