RELATO CORTO

EN MI SOLEDAD

Arañé su espalda y gimió. Lanzó un mordisco a mi boca, como un tigre que salta sobre su presa tras semanas sin probar bocado. Nuestras lenguas se prodigaron en saliva e infructuosa ansia de ser uno. Yo quería que fuese él, anhelaba que lo fuera. Desconocía si a él le pasaba lo mismo, qué pensamientos devoraban su cabeza mientras se tragaba uno a uno pedazos de mi alma.
La habitación danzaba y plañía al ritmo de nuestras caderas. Mi soledad aullaba como loba en mi interior y me rogaba calma. Pero, ¿cómo calmarme si yo deseaba que él fuera «él»? ¿Cómo conseguir que la paz me embargara por fin? Yo, que tanto lloraba tras cada caricia, cada hombre que me encendía, cada decepción, cada no despedida…
Cruzaron por mi cabeza cada rostro y cada daga que fueron, se arremolinaron en ella, despeinando mi lucidez. Y con ese orgasmo de leche y miel, con esa mirada incendiada al interior de su alma, con ese jadeo que se fue haciendo eco hasta llegar a ser nada, le pregunté si me quería. Me dijo que sí, que no lo pudiera en duda. Volví a mirar a sus ojos y vi el adiós traicionero de la mentira. Y le vi con otra y le vi tal y como era.
Y nunca más le vi…

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