RELATO CORTO

CON LOS OJOS DE UN AMANTE CIEGO

Laura estaba sentada en el sofá con los pies sumergidos en un barreño con agua tibia. Rubén estaba a su lado y le contaba los pormenores de su día en la oficina. Ella observaba cada uno de sus gestos y asentía de vez en cuando y con una sonrisa en los labios, a pesar de que Rubén no podía verla. Su asentimiento y su sonrisa eran un acto reflejo, un gesto cariñoso, un guiño a la complicidad. Su marido había perdido la vista un año antes como consecuencia de un accidente de coche. Una lesión irreversible, sentenciaron los médicos. Pese a ello, se recuperó con rapidez, su puesto de trabajo en el bufete de abogados en el que trabajaba fue adaptado a sus nuevas necesidades y aprendió el lenguaje braille. En menos de un año, Rubén había recuperado la confianza en sí mismo y volvía a hacer una vida normal, aun con sus limitaciones.

Aquella complicada etapa de adaptación a su nueva vida trajo una consecuencia inesperada: ambos se llegaron a conocer más de lo que lo habían hecho en sus tres años de matrimonio. Laura se dio cuenta de lo mucho que lo amaba y de todo lo que le hacía especial y Rubén descubrió a la gran luchadora que tenía por mujer.

Al carecer de vista, Rubén había agudizado el resto de sus sentidos y Laura se maravillaba al ver cómo caminaba con la sola ayuda de un bastón de ciego, cómo cocinaba, cómo podía saber en qué habitación estaba ella con solo olisquear la estancia o cómo se afeitaba sin cortarse. En ocasiones, al observarlo tan sereno y con esa sonrisa que no perdió ni un solo día, pese a su situación, se preguntaba si habría reaccionado con la misma entereza y optimismo que él, de haber sido ella quien se hubiese quedado ciega. La respuesta fue un rotundo no, pese a que su marido la admiraba por su fortaleza. Sin embargo, Laura no se consideraba una mujer fuerte, a pesar de que durante los meses posteriores al accidente, los días de tristeza la acompañaron en la sombra, para evitar ser una piedra en el camino que debía comenzar a andar su esposo. Poco a poco, al ver a Rubén caminar con entereza y asumir con valentía las consecuencias de su ceguera, Laura también empezó a caminar y, por primera vez, lo hicieron juntos. Antes del accidente, pese a parecer un matrimonio feliz de cara a la galería, habían tenido varias crisis graves, que estuvieron a punto de acabar con su relación. En ocasiones, ambos habían hablado del antes y después, llegando a la conclusión de que, a veces, hay que poner al límite de las fuerzas a las personas para que lleguen a apreciar lo mucho que poseen.

Transcurridos unos veinte minutos, Laura sacó los pies del agua y apartó el barreño. Rubén tenía preparada una toalla para secarlos y empezó a hacerlo con delicadeza. Después cogió un envase de crema y comenzó a darle un suave masaje. Laura no dejaba de observar sus manos y sus ojos perdidos en alguna parte, intentando mirar lo que estaba haciendo, como si no fuese un hombre ciego. Sintió ternura y volvió a sonreír. Rubén también sonrió.

—¡Cómo sabes cuándo sonrío? Me resulta tan curioso…

—No lo adivino, princesa, oigo tu sonrisa. Expiras ligeramente por la nariz cuando sonríes y percibo esa expiración más profunda. Tu sonrisa se puede escuchar, Laura.

—Pues sigue pareciéndome de lo más curioso.

—También te lo parece que me guste darte masajes en los pies y no es nada raro. Los pies son objeto de adoración. Es fetichismo puro y duro, nena.

—Teniendo en cuenta que antes no te gustaba nada, nada, estás confesándome que te has convertido en un fetichista a raíz del accidente.

—Antes, cariño, yo estaba ciego. Ahora, al fin veo. Puedo verte a través de cada poro de tu piel, de tus respiraciones, escucho tus mohines, sé cuándo estás enfadada y cuándo sonríes y eres feliz. Antes no percibía todo esto pues, aunque veía, no era capaz de observar. Ahora, al fin, lo veo todo. No es tan malo ser ciego, ya que se agudizan el resto de los sentidos. No imaginas lo hermoso que resulta oler tu excitación y llegar a percibir cuándo vas a llegar al orgasmo.

Laura sonrió y dejó que Rubén continuara con el masaje.

—No es más ciego el que no ve, sino…

—El que no quiere hacerlo.

……….

Ha sido algo extraño. No sabría explicar por qué motivo lo he hecho. Simplemente, me vino a la cabeza probarlo. Salí temprano esta mañana. Rubén dormía. Los sábados aprovechamos para recuperarnos de nuestras intensas semanas laborales pero, en esta ocasión, madrugué y dejé que siguiera durmiendo. Hizo un par de amagos de despertase mientras me vestía, pero se dio media vuelta y no lo hizo.

Cogí mi bolso y cerré la puerta de casa muy despacio para evitar hacer ruido. La mercería aún estaba cerrada cuando llegué y decidí desayunar en la chocolatería de la esquina. Me apetecían unos churros recién hechos. El camarero fue muy amable y añadió uno de propina a la ración. Debió de verme falta de chicha. Siempre me veo mal, aunque cuando Rubén pasea sus manos por mi cuerpo dice que estoy de dulce. En realidad, así me siento cuando me toca: espectacular. Cuando sus manos no me acarician es cuando me da por pensar que me sobran unos kilitos. Sin embargo, se me pasa cuando vuelve a acariciarme. Es una báscula maravillosamente convincente.

Compré la medida suficiente de lazo de terciopelo negro como para cubrir mis ojos y regresé a casa con una sonrisa de satisfacción. Cuando entré en la habitación, escuché la ducha correr. Rubén se estaba duchando en el baño y se había comenzado a formar vapor de agua que impedía ver con nitidez.

—¿Dónde estabas? Desperté y te habías marchado.

—Tuve un deseo incontrolable de hacer una locura.

­ —¿Mmmmmm? ¿Una locura, mi chica calculadora y seria? ¡Quiero que me devuelvan a mi mujer!

—Estás muy bobo los sábados por la mañana. Acaba de ducharte y regresa a la cama.

—Si me lo dices de un modo tan autoritario, en cero coma termino…

……….

No comprendo cómo no se me había ocurrido antes. Un año entero para ver a mi marido como él me ve ahora. ¡Ha sido maravilloso!

Le he cogido de la mano y le he llevado a la cama. Su piel aún estaba húmeda, conservando la frescura de estar recién duchado. Le he pedido que me vende los ojos con la cinta de terciopelo y, desde ese instante, a tientas, he descubierto su cuerpo. Primero de pie, al lado de la cama. He soltado la toalla que llevaba en la cintura y he comenzado a palpar, acariciar, rozar suavemente con las yemas de mis dedos, con mis labios, con la punta de mi nariz. He olido, he aspirado. El aroma de su piel ha inundado mis fosas nasales y he comenzado a notar un fluir de sensaciones en mi interior. He oído su sonrisa, sí, así ha sucedido casi en el instante mismo en que la toalla ha tocado el suelo y la piel de Rubén ha recibido mis primeras caricias. Se ha erizado y ha comenzado a secarse conforme bajaba mis manos de su cara a su pecho, a su vientre, a su pubis, a su sexo. Ya erguido, ha recibido con alegría mis manos, mi boca, mi lengua. Sus muslos se han puesto tensos, sus manos han acariciado mi cabello, sus dedos han hecho caracoles con mi pelo. No hemos hablado, pero nos lo hemos dicho todo con las manos.

Y después, cuando su sabor ha inundado de miel mi boca, se ha inclinado y me ha izado cual pluma. A horcajadas, me ha tirado en la cama, con la venda aún en mis ojos. No he querido quitármela y he sentido más y más y más… ¡Qué regalo tan fantástico no vernos y sentirnos de este modo tan pleno! Sus dedos pellizcando mis pezones, su vientre pegado al mío y luego su lengua lamiendo el lóbulo de mi oreja, bajando por mi barbilla, mi cuello, mis senos. Mi ombligo, refugio de sus jadeos. «¡Quiero más!» Qué tormento tan dulce, amor. La humedad de mi sexo recibe las caricias de su lengua como si fueran las primeras que le regalan. Y es cierto, en realidad, nunca me han dado placer de este modo tan sensual. Estas sensaciones son nuevas para mí y creo que también para mi niño. Un placentero orgasmo llega sin avisar, casi por sorpresa, entre mis gemidos y sus jadeos. La habitación huele diferente, huele mejor, huele a nuestras pieles. No quiero volver a ver como lo hacía ayer, amor, quiero ver como ves tú. Con los ojos de un amante ciego.

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