RELATO CORTO

MARY, LA DEVORAHOMBRES

Manuel se arrastró hasta la puerta del dormitorio, dejando un reguero de sangre tras de sí. Mary lo contempló desde la cama con una macabra sonrisa en sus labios. Se habían conocido unas horas antes en el club donde ella trabajaba como cantante. A aquel hombre, cliente habitual del local, nunca se le pasó por la cabeza hablar con una mujer como ella. Ese día, la mala suerte lo acompañó y la diosa se fijó en él, que se hallaba sentado en una de las mesas más cercanas al escenario. Manuel nunca llegaba a tiempo para reservar una tan cerca de su sueño, pero en aquella ocasión consiguió una pegada a aquel.

Mary le observó mientras el hombre le sonreía embobado. Movió sus caderas hacia el tipo gris, bajó los cuatro peldaños que separaban el escenario del público y se dirigió a su mesa. Acarició su barbilla y el hombre se hizo grande en su asiento. Se dio media vuelta y regresó al escenario. En uno de los descansos de su actuación, se acercó a Manuel y se sentó en su mesa. El hombre, confuso, derramó su copa de vino al intentar besar la mano de Mary, en un gesto de rancia caballerosidad. La cantante sonrió y calmó su nerviosismo con palabras amables. Al cabo de un rato y tras una copa de vino, Mary le invitó a continuar la velada en un motel cercano. Manuel se pellizcuó la cara cuando ella volvió al escenario. Un hombre como él con una mujer como aquella…

La poseyó en aquel motel y ella se quedó con su vida como pago. Manuel gritó cuando sintió la llegada de su orgasmo y ella ahogó su grito con un beso. Su lengua lamió sus labios y él entreabrió su boca para recibirla. No vio el cuchillo en la semioscuridad del dormitorio. De pronto, sintió una sensación húmeda en su vientre. Trató de incorporarse, pero solo consiguió tirarse de la cama y arrastrarse hasta la puerta. Continuó mirando a su presa mientras se arrastraba y, tras unos segundos, se levantó y caminó despacio hacia él. Éste se giró hacia Mary, que se acercaba con el cuchillo en la mano y una sonrisa casi grotesca en su cara. Con los ojos desorbitados y un lloriqueo infantil, imploró por su vida, con las escasas fuerzas que le quedaban. El bello rostro de Mary se había transformado en el de una mantis religiosa que iba a comerse a su macho después de la cópula. «¿Por qué me dieron esa mesa? ¿Por qué?»

Mary se agachó, lo agarró por el cabello y cercenó de un tajo su garganta. La mantis religiosa abrió la boca del hombre hasta desencajar su mandíbula y cortó de un tajo limpio la lengua. Acto seguido comenzó a comérsela. Después de tragar el último bocado, bajó hasta su pene, lo amputó y se lo guardó en una bolsa de plástico. Mary no llevaba la cuenta de las lenguas que había cercenado. Cantaba en aquel club y, cuando una voz en su cabeza le ordenaba hacerlo, devoraba.

A la mañana siguiente, la señora de la limpieza entró en la habitación y encontró el cuerpo de Manuel sobre un gran charco de sangre seca. Tenía la boca abierta y una expresión de terror en su cara. El recepcionista no pudo confirmar si llegó al motel acompañado. Cuando se registró estaba solo. Nadie vio entrar a Mary y nadie la vio salir. Se escabulló en la noche, moviendo sus caderas al ritmo de la canción que tarareaba y con una sonrisa macabra en su rostro.

«Amor, te recordaré cuando no estés,

Te llevaré dentro de mí,

muy dentro,

Amor.

Tu vida me pertenece,

tu muerte es mía,

por siempre…».

—–

He leído en los periódicos la escalofriante historia de Mary.

Era una devorahombres. Así la describió la prensa, con esa palabra concreta, porque era de una belleza irresistible y a sus pies todos los hombres caían sin remedio. Una Marilyn sensual que atrapaba al género masculino con su magnetismo de hembra salvaje. El problema estribaba en que Mary no se conformaba con atraparlos en su tela de araña para divertirse un rato con ellos, dejarlos secos e ir a por su siguiente presa. Mary los hipnotizaba con sus ojos grises y sus pestañas como abanicos, con su mirada lánguida y cautivadora, característica de los miopes, con ese cadencioso y sensual caminar, con esa voz susurrante y aterciopelada que envolvía tanto como lo hacían sus abrazos. Mary se los comía, literalmente hablando. Su boca no solo besaba, también mordía…

Los hombres acudían al club para oír a Mary escenificar sus canciones y convertir en desamor, pasión, celos y lujuria todas las melodías que la orquesta tocaba cada noche y a las que ella misma había puesto letra. Se decía que ella era así, tan pecado, tan tormento para cualquiera, tan lujurioso deseo y tan femme fatal porque un día le robaron el corazón.

Suena dramático, pero es la historia que me contaron cuando entré por primera vez en ese club y la descubrí. Subida al escenario con un vestido semitransparente de encaje negro, cantaba en un susurro, que casi parecía más un lamento, una canción que hablaba de desengaño.

«Me prometiste el cielo

y me diste infierno,

Me prometiste no hacerme daño

y fuiste mi peor verdugo.

En tus canciones hallé espinas

Y dejé que me robases todo».

No falté a mi cita con esa mujer ni un solo día desde aquella noche. La oía cantar, la veía moverse en el escenario y la observaba pasearse por las mesas, sonriendo a todos aquellos hombres que suspiraban por ella, como lo había yo, en silencio. Imaginaba el aroma de su cabello, su cuerpo bajo el mío, su boca en mi oído cantándome solo a mí y era consciente de que todos aquellos caballeros hacían lo mismo. Veía cómo se marchaba cada noche con uno y que el afortunado no volvía a aparecer más por el club…

Hasta que llegó mi turno…

Aquella noche conseguí la codiciada mesa al lado del escenario. Supongo que mi puja fue la más alta. El encargado del club se metió los billetes en el bolsillo y me acompañó hasta mi asiento en primera fila. En aquella ocasión fui yo quien se fue del brazo de Mary. La invité a mi casa, no me parecía apropiado ir a un motel. Argumenté que ella era demasiado especial para una habitación de esas a las que van todos. Pareció agradarle la idea, pero me comentó que su casa estaba cerca, a solo tres manzanas del club. Me sorprendió su propuesta. Un desconocido en su casa, aunque, en cualquier caso, yo, como tantos otros, éramos desconocidos sin más, en su casa o en un motel. No obstante, justificó su propuesta en que tenía un buen vino para descorchar y que yo también era especial.

Desconozco el motivo por el que fui yo el hombre que eligió para llevarlo a su casa, después de tantos moteles. Follamos hasta que amaneció. Dormía plácidamente cuando acaricié su rostro y se despertó. Me miró, sonrió y me dijo que, en esta ocasión, no había oído las voces. Al principio no entendí lo que quiso decir con aquellas palabras. Era demasiada casualidad… Nos levantamos y preparó café para los dos. Mientras lo tomábamos, me confesó que de pequeña su padrastro abusaba de ella. Le decía que era hermosa y que de mayor se comería a los hombres. Añadió que le juraba que la quería mientras la manoseaba. Cuando se hizo mujer la forzó por primera vez. Semanas más tarde comenzó a sodomizarla.

Su madre siempre se hizo la tonta. Mary quería que es hombre se callara. Su repugnante lengua lamiendo su cuerpo y sin parar de cantarle al oído. «Mary, mi amor, mi niña, soy tuyo, eres mía, por siempre jamás… ». Sorda y ciega su madre y un padrastro cantante lujurioso y sodomita, «Mary, te comerás a los hombres». Mary acariciando su verga, llevándosela a la boca, «qué bien lo haces, no le cuentes nada de esto a mamá, ella no entendería cuánto nos amamos».

Lloró tras confesarme su historia y repitió que conmigo las voces no habían acudido a su cabeza. Sentí lástima de aquella hermosa mujer, de aquella triste y quebradiza diosa. Acaricié su rostro, enjugué sus lágrimas y volvimos a follar. Sus voces no habían acudido a ella, pero las mías sí. No quise que fuera de otro. Mary era mía. Eyaculé dentro de ella y al minuto llegó al orgasmo. Aún encima de ella, me giré y vi la foto de una niña pequeña en la mesilla de noche. Supuse que era Mary. En aquel instante vi a su padrastro corriéndose dentro de esa niña y lo vi sodomizar a mi diosa, cuando ya era una mujer. Le odié.

Me miró serena cuando clavé mis ojos vidriosos en los suyos. Me preguntó si oía voces como las oía ella y le dije que en ese mismo momento, sí. Acto seguido se relajó, a pesar de que aún estaba encima de ella y sus caderas envolvían mi cuerpo. Entonces me suplicó que lo hiciera…

Agarré su cuello y apreté fuerte. Sus ojos me suplicaron que no parase. Mis voces gritaron: «¡Salva a Mary!». Y lo hice…

Cuando la policía la encontró estrangulada en su apartamento, halló también decenas de botes con penes amputados, etiquetados con fechas y nombres y perfectamente conservados en formol. Trofeos. El más antiguo databa de 1980. El miembro pertenecía a un tal Carlos Espinosa, que resultó ser el padrastro de Mary. De las lenguas cercenadas nunca se supo.

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5 comentarios en “MARY, LA DEVORAHOMBRES”

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