RELATO CORTO

EDUARDO SANDÍA

Hace más de treinta años prometí a Dios (por aquel entonces creía en él) que si mi familia salía de un bache económico, me raparía el pelo a lo Sinead O’Connor, la cantante de moda en aquel momento. No me pareció demasiado sacrificio si, a cambio, me concedía la estabilidad que mi familia necesitaba. El pelo crece una media de un centímetro al mes y, aunque tardaría más de tres años en recuperar mi melena, no me lo pensé dos veces cuando hice aquella promesa. En realidad, lo que pedía valía mucho más que esos tres años de espera. Un año más tarde, mi familia lo perdió todo y mis padres se separaron, así que mi melena permaneció larga y frondosa.

Transcurrido el tiempo, recordé más de una vez aquella promesa y me pregunté qué habría pasado de haberme rapado la cabeza, a pesar de que nos quedamos sin dinero y sin casa. Mi respuesta fue siempre la misma: NADA.

Cuando mi madre se planteaba qué habría pasado de no haberse metido mi padre en negocios cuyo funcionamiento desconocía y qué habría sucedido de haberse negado ella a estampar su firma en documentos varios, yo le contestaba que cuando algo sucede, no hay que pensar en «qué habría sido si…», sino que hay que asumir que ha sucedido y seguir caminando.

Mi madre nunca hizo caso a mis palabras y a día de hoy sigue preguntándose por ese pasado alternativo que no se dio, y nada cambia por mucho que lo piense, pues el pasado no puede alterarse. Y ya que es pasado, no debemos hacer que nos marque el presente. ¿Cómo podemos conseguirlo? Aceptando que lo es y, por tanto, que es algo inamovible. Cuando los científicos fabriquen una máquina del tiempo como en las pelis, me replantearé el ayer y yo misma me iré al pasado para cambiarlo o  no…

Creo que, el pasado no es más que el hilo que teje lo que somos. Podemos ser lo que deseemos si no nos anclamos a él y si, decidimos no vararnos sino aprender lo que nos enseña. Así que, quizás no cambiaría nada.

Así, las cosas, a día de hoy y tal como lo veo yo, ahora es lo único que existe y, aunque esté construido sobre ese pasado inamovible y sea la piedra del futuro incierto, no me como el coco. Vivo. No me queda otra y no me planteo nada más. Todos mis errores me han construido, todos mis fracasos, curtieron mi ánimo, todo lo sufrido puede ser piedra para construir la persona que quiero ser. Más fuerte y mejor.

Ayer, por ejemplo, conocí a un tipo majo en un bar que frecuento. Está frente a mi oficina y voy con mis compañeros de trabajo todos los viernes. El dueño, que se llama Mariano, es un tío muy agradable, psicólogo de barra y tapa y que sabe tirar las cañas como nadie.

Para mí un tipo majo tiene tres cosas: es alto, es atractivo —mi concepto de atractivo, dicho sea de paso, dista bastante del corriente de la mayoría de las mujeres —quizás deba hacérmelo revisar— y no es gilipollas. Esta última cualidad lleva inherentes varias otras «subcualidades»: tener buena conversación, no ser vulgar y ser inteligente. El resto, eso que una mujer busca cuando conoce a un hombre más profundamente, lo desconocía a golpe de vista, pero en un primer vistazo, el susodicho me hizo tilín. Suficiente para sentir curiosidad por cómo era tras la fachada, por descubrir si el resto de cualidades y subcualidades aparte del físico, podrían hacer que entrara en dicha categoría. MAJO.

Tras varias miraditas furtivas y un  par de sonrisas, la primera de refilón y la segunda directa, el tipo majete se dirigió a mí, aprovechando que mis compañeras se fueron al baño y yo me quedé sola con Mauricio, el chico nuevo de la oficina. Joven inteligente, aunque carente de algunas de las subcategorías, Mauricio se retiró a la barra para pedir otra caña y nos dejó al majete y a mía a solas.

Saludó, me preguntó si podía invitarme a otra de lo que estaba tomando y afirmé con la cabeza y una estupenda sonrisa, aunque, a la vista de que no estaba sola, le sugerí ir también a la barra y abandonar la mesa. Cuando llegaron mis compañeras, me despedí, dejando mi parte de la ronda pagada.

¿Me mata el pasado? No. De hacerlo, hubiese pensado que aquel tipo majete se convertiría en un gilipollas a la primera de cambio y hubiese repelido su sola presencia echándole agua caliente nada más poner una mano en la mesa.

Han pasado muchos hombres por mi vida y he llegado a la conclusión de que, si no me han visto como lo que soy fue por su culpa y no por la mía, así que ellos se lo perdieron. O quizás no buscaban lo que busco yo en una relación o ni siquiera buscaban una y solo me vieron como aventura. Sus motivos ni me quita el sueño ni han impedido que camine. Aprendí muy joven que por mucho que uno quiera, el pasado no puede alterarse y que, por mucho que uno lo desee, no puedes hacer que te amen ni mendigar amor. Ah, y que estadísticamente hablando, tras un desengaño, dos, tres o veintitrés, la ley de probabilidades te va a llevar al acierto. Solo es cuestión de seguir caminando y no rendirse nunca. Y, no es por nada, pero yo de caminar sé mucho. Maratones enteras… Así que sigo cruzándome con tipos por el camino y que se adaptan a mis gustos. Pero primero y como  este, —se llama Eduardo— tienen que ser sandías antes que relaciones. Así me lo tomo, tras las experiencias vividas y asumir que el pasado es ayer y no piedra. No dejo de comer sandías. La última duró seis meses. Ahora será la sandía de otra o él será comedor de sandías toda su vida, vete a saber, los hay muy  glotones… La verdad es que me importa un carajo. Lo que sí me importa es que anoche Eduardo, mi sandía inteligente y yo, lo pasamos bien y hemos quedado esta noche para mordernos y sacarnos el jugo de nuevo. Quizás ambos busquemos lo mismo, deseemos caminar por la misma senda, ver los mismos amaneceres y demás cursilerías que hacen los enamorados. O tal vez solo sea una sandía más dulce, más jugosa y más madura que cualquiera que haya comido, pero una sandía al fin y al cabo. Ni me lo planteo. Para ver esos amaneceres primero tienes que ser sandía. Es lo que la vida me ha enseñado, es lo que de mi pasado aprendí. Hace tiempo que dejé de verter lágrimas y solo como sandías…

 

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3 comentarios en “EDUARDO SANDÍA”

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