RELATO CORTO

EL COCHE

Cuando se asomó al despacho y la vi, no fui capaz de intuir cómo acabaría todo. Tanto tiempo de provocación, idas y venidas, que si sí, que si no y ahora estaba ahí, frente a la puerta. Entró y se quedó de pie, preguntó cómo estaba y, como por instinto, me levanté y cerré la puerta del despacho. Había imaginado la escena en mi cabeza, reviviéndola una y otra vez pero, en aquel momento, con ella ahí, delante de mí y con una sonrisa tan espontanea y natural, no fui capaz de imaginar nada de lo que podía acontecer.

Le propuse que se sentara y no pude evitar bajar la vista a su escote. Un pequeño colgante de plata con forma de corazón reposaba sobre sus tetas. De mujer madura aunque aún muy deseable. Redondas y, en apariencia suaves. No pude evitar imaginar mi pene entre aquellas dos maravillas, pero volví a la tierra cuando me apercibí de que se había dado cuenta. Sonrió, la miré directamente a los ojos e intenté olvidar el canalillo.«Te has puesto esa blusa ajustada para provocarme», pensé.

Y así fue como comenzamos a hablar de cosas triviales para romper el fuego. Curiosamente (no pude preguntar nada más tonto) le pregunté si estaba nerviosa, cuando quien temblaba como una hoja era yo. Me respondió con otra pregunta. «¿Acaso me ves nerviosa?» No respondí.

Al cabo de unos minutos se levantó, recorrió la distancia que había entre su lado de la mesa y el mío y se puso delante de mí, mostrándome una enorme sonrisa y obligándome a mirarla. Se inclinó un poco y me besó. Nuestras lenguas jugaron y oí el sonido de su pirsin. Paró cuando le comenté que me sentía incómodo. Me levanté para cerrar la puerta del despacho con llave y, cuando volví a sentarme, añadí que era ya tarde y que me esperaban en casa. No sonó muy bien para un primer encuentro, pero era la verdad. No mostró muestra alguna de disgusto.

Se arrodilló e hizo ademán de quitarme el cinturón, pero reconocí mi torpeza al vestir para la ocasión con un complemento tan complicado de desabrochar. «Hazlo tú», ordenó con una autoridad a la que no estoy acostumbrado. Me gusta mandar y, aunque ya me había advertido que ella también era de imperativos, obedecí. Lo que me esperaba después, bien merecía acatar una orden.

Sin embargo, cuando empezó me sentí un tanto angustiado. Me gustaba la visión, me gustaba ella y lo que me estaba haciendo, pero no me gustaba nada la sensación agobiante de sentirme vulnerable. Mi despacho, mis compañeros de trabajo al otro lado de la puerta, el teléfono que podía sonar… Nada suele resultar como uno imagina. Debí suponerlo. «Vamos al coche», le pedí. Se levantó sin poner objeción alguna ni protestar y solo hizo el comentario de que ya me lo había advertido. Reconocí mi error y, con toda franqueza, confesé mi angustia. Sugerí que se fuera hacia el coche, que había aparcado cerca de mi edificio y aseguré que no tendría que esperar ni cinco minutos. Creo que fueron cuatro. Monté y pedí que arrancara para aparcar en un lugar más alejado. Un polígono en el que, dado la hora que era, apenas quedaban vehículos aparcados. «Bajemos y sentémonos atrás», volvió a ordenar. Obedecí.

Nos besamos, sentí el aliento mentolado de su lengua y noté cómo mi polla crecía bajo mis pantalones, exactamente igual que había sucedido en mi despacho. Comenzó a comerme y me pidió que retirase el pelo de su cara para que pudiera ver su rostro cuando lo hacía. Le rogué que no parase tanto, (putas prisas) aunque deduje por su actitud que no era una mujer de hacer nada con rapidez. Sin embargo, entendió mi premura. La hora, mi casa, mis niños, mi pareja… Esta vez fue ella la que obedeció. Aquella situación, sin haber sido pactada ni pensada más que en mi cabeza durante semanas, me hizo ver que no era una mujer de mandar siempre ni de no mandar nunca. Me gustó.

Solo fui capaz de preguntar si se lo iba a tragar todo. No se molestó en parar para contestar. De ese modo, me respondió. Mientras veía su cabeza subir y bajar, metí mis dedos en su coño y comprobé su humedad. Siguió, creí oírla gemir suavemente y me centré en mirar, solo en mirar. Sin embargo, mientras intentaba concentrarme en el momento, me vino a la cabeza el tiempo que hacía que no me la comían tan bien. No pude rememorar una fecha. La rutina es mala compañera de alcoba.

Cuando me corrí en su boca y se levantó, me preguntó cómo me lo había pasado, aunque yo ya había anticipado algunas frases inconexas, propias del momento, esas que se repiten una y otra vez cuando se la comen a uno. Sin embargo, en esta ocasión, fueron completamente sinceras. «Me ha gustado mucho, aunque a ti parece que no tanto, porque no te he oído apenas un jadeo». «La siguiente vez», respondió. Recordé que, durante días e incluso esa misma tarde antes de que viniera a mi despacho, ella había insistido en que quería correrse también. Sin embargo, no dio una sola muestra de hallarse contrariada al no haber conseguido que lo hiciera. Solo se inquietó un poco cuando me apresuré a subirme los calzoncillos y los pantalones. Me paró, alegué que era tarde, pero no me dejó continuar. Me besó y volví a lamer su lengua. Unos minutos más tarde, regresamos a la parte delantera de su coche. Nos despedimos como si nada hubiera pasado y le pregunté si sabía regresar. Comentó algo del GPS y sonrió.

Camino del mío, recordé que me había dejado la bolsa con mi tableta a los pies del asiento del acompañante y regresé. Cuando estaba a punto de arrancar mi vehículo, apareció con el suyo, se puso a mi lado y preguntó si aquella era la dirección correcta para salir, ya que el navegador indicaba el camino opuesto. «Sígueme», le dije y lo hizo hasta un semáforo que se puso en rojo justo cuando lo rebasé. Aminoré la marcha, pero no la vi. Casi llegando a una rotonda, cerca de mi casa, comprobé que se hallaba detrás de mi coche. Tras girar a la derecha, se situó a mi lado y me sobrepasó sin siquiera volver la vista hacia mí.

Por la noche hablamos tres minutos por wasap.

Me gustaba que no me hubiera hecho ninguna pregunta personal sobre mí durante aquellos cuatro meses. Ni si tenía hijos ni sobre mi mujer ni sobre mis aficiones ni por mi color favorito. Absolutamente nada. Cero preguntas. En cierto modo, parecía tener la mentalidad de un hombre. «No quiero saber, no es que no me importe, es que no lo necesito».

Estábamos en el lugar correcto, en el momento correcto, en el tiempo preciso y en el punto exacto. Tampoco yo quería saber nada de ella. Ambos lo teníamos claro. Quizás por eso me había gustado tanto verla aquella tarde y disfruté tanto aquella mamada. Tuve el convencimiento de que habría más encuentros y de que nos follaríamos. Y remarco «nos follaríamos» porque deduje que aquella no era mujer de ser follada ni de follarse a los hombres. Por mucha seguridad que aparentase, su morbo no estribaba en aquella seguridad sino en el aire adolescente que aún se escapaba en algunos gestos, algunas muecas y algunas actitudes. También poseía la experiencia de quien se cansa de dar. No soy psicólogo, nada más lejos de la realidad, soy un simple comercial de seguros y menos intuitivo que un ladrillo. Sin embargo, por tal y como transcurrió aquel breve encuentro, supe que no ella era de preguntas ni de ser preguntada. Algo de agradecer en una mujer. ¿Quién ha hallado alguna vez una que no sea un mar de dudas, una continua pregunta, un reproche inmerecido, una provocación a la desesperanza?

Aquella noche recordé sus tetas y me acosté leyendo su último wasap: «sabes bien».

Contesté que me alegraba.

Volví a mi ironía y ella a su mordacidad.

Me dormí convencido de que repetiríamos. En cualquier caso, se lo prometí, y yo soy un tipo que cumple sus promesas.

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6 comentarios en “EL COCHE”

    1. Bueno, bueno. Conforme voy conociendo a nuestro Yin, (o Yan, nunca acierto a recordar quién es quién), más creo que los hombres son mucho más complejos de lo que dicen. Se empeñan en autodefinirse como unineuronales, pero yo ni siquiera tengo una clara teoría sobre tal despropósito. Eso de que solo les mueve el sexo… Corramos un tupido velo y no me tires de la lengua que me pongo a largar y dónde quedaría mi reputación… :))))

      1. Existe algo más que solo sexo en el relato, hay morbo, el no saber si tú dominas la situación o eres dominado …….. aparte de que esta contado de forma que parece que lo estás viendo.
        Venga y sí te tiro de la lengua, 😋

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