RELATO CORTO

LA SEÑORA DE LA LIMPIEZA

Desconocía cómo se llamaba. Es común que al ser humano le suceda eso, por otra parte. Retenemos caras, sabemos vida y milagros de personas que están a nuestro lado aunque no tengamos con ellas ningún vínculo afectivo, pero sus nombres nos importan poco. Cambiamos Pepe por Juan o volvemos a bautizar a María por Lola, sin pudor alguno, aunque devoramos cotilleos, lamemos miserias y masticamos enemistades, sin importarnos en conocer sus nombres verdaderos. Acaban siendo el panadero, el vecino de al lado, el churrero, el del bar… Sin embargo, conocemos el nombre y apellidos de nuestros amigos, familiares más allegados, hijos o pareja pero, si nos dieran un cheque en blanco por describir cómo son y cómo siente, lo perderíamos.
Hasta la persona que nos devuelve un guiño o un gesto amargo frente al espejo es una auténtica desconocida para nosotros. No me escudo en esto, solo reflexiono en voz alta.
Reparé en su ausencia al cabo de una semana y pregunté a una compañera por ella. «Encontró un trabajo con un horario mejor y mejor sueldo y se fue. Pero ya hace de eso…» Sí, hacía una semana, al menos. «Las de la limpieza» las solemos llamar o, a lo sumo, como aquella mujer en particular, «la señora de la limpieza». Tenía el cabello liso, mal teñido y peor cortado. Una sonrisa amable y unos bonitos ojos verdes y alegres, raro en ese color de iris, pues no conozco persona alguna, con excepción de misma y aquella mujer, que tuviese unos ojos verdes vivarachos. Supongo que era miope, como yo, y por ello tenía alrededor de su mirada las arrugas propias de la edad y otras tantas añadidas, fruto de esa alegría que le caracterizaba y de escoger los ojillos para focalizar mejor. No me aventuro a poner una cifra a su historia, aunque quizás rondara los sesenta. O tal vez no y fuese la vida la que le hubiese tratado mal, tanto como para vestir su rostro y su cuerpo con tantas arrugas.
Llegaba todos los días a nuestro despacho y pedía permiso para barrer. Corría la silla y me retiraba y, de vez en cuando, conversaba con ella, mientras limpiaba mi mesa, vaciaba la papelera separando papel de plástico y pasaba un trapo húmedo por cada rincón, poniéndose de puntillas para llegar a aquellos lugares donde ninguna otra señora de la limpieza que había pasado por allí, osaba llegar. Su diligencia era digna de admirar, pues de un trabajo que a algunos —no me hallo entre ellos— les parece de poca importancia, hacía todo un arte.
Tras limpiar, fregaba el suelo, volvía a repasar la mesa y colocaba cada bolígrafo, taco de posit, hoja suelta, donde la había encontrado e, incluso, mejor colocada que como la halló. Preguntaba por la familia, recibía una respuesta amable y se marchaba deseando una buena tarde.
No tengo ni idea de cómo se llamaba.
Pensé que estaba enferma o de vacaciones, cuando llegó la nueva señora de la limpieza. El primer día se presentó con un «con permiso» y, al contrario de lo que hacía la otra señora, no esperó casi a que retirara mi silla de la mesa, cuando empezó a pasar la mopa por debajo de mis pies. Una pasada, o dos y la goma elástica que se me había caído quedó ahí, encima de la pata, ante mi mirada atónita. «No te casas, nena», me dije, cuando mis pies fueron acariciados por aquella mopa. Eso decía mi madre por comer en la calle o barrerte los pies. No es que me importara mucho casarme o no. Otra cosa hubiera sido que el dicho afectara al sexo. Ahí la cosa hubiera sido seria… No pasó paño alguno por mi mesa y, por ende, no tuvo que reordenarla. Vació la papelera sin reciclar su contenido y se marchó con la música a otra parte.
Al día siguiente, sucedió lo mismo. Y la goma quedó donde estaba. Y llegó el miércoles, el jueves, el viernes y continuó en el mismo sitio, recordándome a aquella otra mujer. El suelo no vio la fregona un solo día y yo sufrí el barrido de pies, todos y cada uno de los de aquella larga semana. «Permiso… permiso… permiso…» Un cántico que se repitió todos los días y que volvió a repiquetear en mis oídos la semana siguiente. Y un buen día, la goma desapareció.
Una semana más tarde pregunté a otra de las señoras de la limpieza por la compañera que precedió a la actual. La «con permiso» la bauticé. «Disculpa, no recuerdo tu nombre». Reconozco que, tras más de un año en aquellas dependencias, resultaba paradójico empezar una conversación con una frase tan extraña, y más raro debió sonar a la mujer que preguntara por la anterior compañera y le preguntase por su nombre. «Me llamo Adela» respondió, con una sonrisa amable. «Te refieres a Marisa. Precisamente ayer vino a tomar café conmigo. Libraba y quiso pasar a verme. Le va muy bien. Ha encajado enseguida en su nuevo trabajo. Es una buena persona». «Cuando vuelvas a hablar con ella, Adela, ¿podrías darle recuerdos de mi parte?» «Por supuesto, le alegrará saber que la recuerdas».
Se llamaba Marisa, tenía una sonrisa amable y unos ojos verdes muy alegres. La echo de menos.
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1 comentario en “LA SEÑORA DE LA LIMPIEZA”

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