SOMBRAS EN LA PARED (CUARTA PARTE)

Me asomo a la ventana e inspiro el aire de la calle. Mi salón da al hermoso jardín de la urbanización. Sube el perfume de las madreselvas que plantaron al lado de mi terraza y me dejo llevar hasta aquel tiempo en que era feliz. Es curioso cómo los olores influyen tanto en mi estado anímico. Este en concreto me hace recordar buenos tiempos y me sienta bien. También lo hace el de las velas perfumadas que usaba en mi antigua casa, la que compartí con Javier. Todas las tardes, al regresar del trabajo, las encendía para que cuando yo llegara oliera a jazmín. En alguna ocasión un camino de pétalos de rosas blancas me conducía hasta una bañera relajante con espuma *. Añoro aquellos tiempos…

Paula ha quedado con Pablo. Me cae bien aunque me parece un estúpido, no por haber traicionado la confianza de mi amiga, sino por confesar su infidelidad. Debería habérselo callado y ahora seguirían juntos. Ama a Paula pero lo nuevo es atrayente y yo lo sé por experiencia. En realidad, no añoro aquellos tiempos, añoro a Javi. Espero que mi amiga tome la decisión más adecuada. No se olvida pero se puede perdonar. El pasado ya no es, el futuro tampoco existe. Su presente está con él. Suena tan cursi pero así lo intuyo. A Paula le brillan los ojos cuando pronuncia el nombre de Pablo.

Hace una tarde tan maravillosa que no voy a desperdiciarla poniendo la lavadora. La calle me llama. Cojo la novela que estoy leyendo me visto para salir a tomar una caña en una terraza del parque. Pero antes enviaré un whatsapp a Paula pues quiero saber si ya ha llegado a su cita y qué ha sentido al reencontrarse a Pablo, aunque imagino que será el mismo hormigueo yo siento aún cuando me cruzo con Javier. Aunque me digo mil veces que ojalá no viviera en el barrio, me engaño… Mi corazón se acelera todavía cuando nos vemos. ¡Cuántos momentos de felicidad nos perdemos por orgullo!

*****

—Estás muy guapa.

—Gracias. Y tú más delgado.

—Dos kilos he perdido en esta semana.

—¿No comes?

—Ni duermo.

—Ya somos dos insomnes. Por desgracia yo no he perdido el apetito.

—Mejor, estás bien así, Paula. Es un vestido precioso. ¿Verde… aceituna?

—Musgo.

—Los hombres no nos llevamos bien con las gamas de colores.

—Pantone, se llama pantone…

—¿Recuerdas cuando pintamos la casa? Pantone…

—Uf, sí. —Sonrío.

—Miles de colores, Pau. Y tú venga y venga, “Pablo, cariño, este es rojo bermellón, este, blanco marfil, este color se llama rosa palo, este otro, coral, vengué, rosa chicle…” Mareado me tenías.

—¡Tonto! Lo cuentas como si hubieras vivido un martirio.

—¡Noooo!, lo cuento como fue, me dolía la cabeza con tanto colorín. Tuve que ver aquellas tablillas de colores durante una semana y, al final, elegiste tú todos los de la casa, no me dejaste meter baza… Una semana soñando con arcoiris.

—Y mariposas.

—¡Te acuerdas!

—Claro que me acuerdo. Despertaste bañado en sudor una noche y, cuando te pregunté si habías tenido una pesadilla, me contestaste que cientos de mariposas gigantes de vivos colores te perseguían.

—¡Era cierto! Menuda pesadilla. Hacían un ruido ensordecedor con sus enormes alas multicolores y yo corría y corría, directo a un precipicio. Gritaba y ellas querían libarme.

—¡Libarte, ni que fueras una flor! Al final la casa quedó preciosa, reconócelo.

—Tienes buen gusto… Paula, ¿te apetece una cerveza?

—Sí, por favor.

Pablo sonríe pero está nervioso. Traga saliva continuamente. Miro sus ojos y veo tanta tristeza… Carlos Merino, el de contabilidad, es un hombre muy atractivo. Lo cierto es que siempre me he sentido atraída por él, pero mi amor por Pablo ha frenado el morbo que me produce cuando le veo. Es algo natural, no somos ciegas ante los hombres guapos. Carlos lo es. Los hombres tampoco son ciegos, en cuestión de vista, hombres y mujeres, tenemos la misma agudeza visual…

Recuerdo que cuando Carlos se separó estuvo muy simpático conmigo, más de lo habitual en él, que hasta entonces no había dado muestras de querer ligar conmigo. Evidentemente, tras su ruptura quiso ahogar sus penas entre mis piernas. Le paré los pies pero me consta que las ahogó entre las de Marta Salcillo, la de recursos humanos. Cristina me comentó que Marta ha dejado a su marido y se ha ido a vivir con Carlos. Marta se lo contó a Cristina y Cris, que no sabe guardar un secreto, me lo cotilleó al día siguiente de enterarse. Historias de oficina… Me pregunto ahora qué hubiera sucedido de haber estado yo vulnerable anímicamente por pasar una mala racha con Pablo. Hemos pasado alguna, pero hasta ahora, las habíamos superado con nota. Supongo que el amor es la mejor escalera para superar muros y barreras juntos.

Pablo me mira con dulzura, está triste y veo en sus ojos que se arrepiente. No deseo su cabeza en una bandeja… lo dije, lo grité a Ana en su casa cuando la llamé después de que me confesara su infidelidad. Recuerdo que Ana se rió y me sentó como un tiro…

—Cerveza helada…

—¿Sabes que este es el primer día que salgo desde la semana pasada? —comento.

—Yo he salido mucho… —dice Pablo mientras me mira. Bebo y aprovecho para tragar saliva… Grité que quería su cabeza, ahora me río por dentro.

Le veo frente a mí, con esos ojos clavados en los míos y siento que el calor me traspasa las pupilas. ¿En un momento de debilidad, me repito, hubiera caído? ¿Pablo llegó a querer a esa mujer?

—¿De noche?

—No, Paula, no… Por la tarde, cuando llego a casa esta se me cae encima. Así que dejo las cosas, me quito el traje, me pongo algo cómodo y me largo. A veces me encierro en la biblioteca, cojo un libro y leo, otras veces he ido a esta cafetería y he adelantado trabajo. Todos los días veo a Eva.

—Hemos hablado varias veces esta semana —comento.

—Eva te adora.

—Y yo a ella.

—Lo sé. Es buena consejera sentimental. Neutral, como debe ser.

—Pablo… ¿Te enamoraste de esa mujer?

No… No…, pero, ¿en qué estaría pensando? ¡Qué pregunta acabo de hacerle! No quiero que recuerde ni quiero recordar…

—Paula… no… no… No me enamoré… solo fue…

—¿Sexo?

Ya que me habrá tomado por idiota, tengo que seguir…

—Por favor, Pau, te lo ruego…

—Solo fue sexo…

—Solo sexo, Pau.

—Me amas y te acostaste con ella. No lo entiendo.

—Ni yo tampoco pero nada cambiará lo que hice. Me arrepiento, te he perdido, quiero recuperarte y por eso estoy aquí. Ojalá existiera una máquina del tiempo para retroceder a ese día, pero esto no es una película de ciencia ficción, Pau.

—Una pastilla azul.

—¿Una pastilla azul?

—Una pastilla azul y mágica que tuviera la propiedad de borrar un hecho de tu pasado. Yo borraría tu confesión.

—Yo borraría mi traición. Te juro que…

—¿Pagas esto y me acompañas a casa de Ana?

—¿He dicho algo que te ha molestado? Por favor, Pau, no te vayas, si te he ofendido de nuevo, te pido disculpas, pero… por favor… quédate…

Me mira y sus ojos marrones me piden perdón… Brotan de ellos miles de recuerdos que llegan a mi cabeza de golpe: el primer beso, la primera caricia, nuestra canción, la primera vez que me hizo reír, la primera que hicimos el amor, la primera vez que me dijo te quiero… Tantos recuerdos, tantos momentos azules…

—Es tarde, Pablo. Llévame a casa de Ana y sube a ayudarme a hacer la maleta.

—¿Te mudas? ¿Dónde? —pregunta inquieto.

Se levanta y se frota las manos. Me mira, separa mi silla, vuelve a mirarme y se toca el pelo.

—Regreso a casa, Pablo. Regreso a ti.

(continuará)

* Esta frase no es mía sino de un amigo. ¡GRACIAS!

mariposas

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Publicado en RELATO CORTO
4 comments on “SOMBRAS EN LA PARED (CUARTA PARTE)
  1. daniel dice:

    no dejas de asombrarme Aída; Gracias por tus palabras, por tomarte ese tiempo para escribir y permitirnos el poder leerte. Saludos desde México.

    • Tormentas de tinta dice:

      Saludos desde Madrid, Daniel y gracias a ti por entrar en mi casa y leerme. Un abrazo enorme y espero seguir viéndote por aquí.

  2. Luis dice:

    Vuelve la pecosa Aida con sus relatos!!! Eso siempre es una buena noticia. Haces volar la imaginación y nos llevas a un mundo de sensualidad.

    • Tormentas de tinta dice:

      Aída de las Tejas Verdes. Me encanta ese relato. Es curioso cómo nacen las historias… Este relato comenzó de un modo y ahora me lleva a la esperanza que nunca debe perderse. Un saludo desde mi Madrid, hoy tormentoso y fresco.

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Esta es Aída, por Pilar Gómez.
"La conocí siendo una jovencita tímida e introvertida, sin apenas saber nada de ella misma y sin querer saberlo, sumergida en su vida siguiendo las pautas y sin cuestionarse nada. Termina su carrera, se casa, tiene dos niñas y se entrega a su familia con un tesón incansable. Madre ejemplar, olvida que es joven y que es una mujer sugerente y guapa pero sobre todo, olvida que tiene talento. Tienen que pasar los años, cuando las niñas vuelan solas, para retomar su yo a hurtadillas. Se mira un día en el espejo y descubre su figura esbelta y su melena desafiante y se lanza a la calle renovada y segura. Se mira hacia dentro y siente la necesidad de contarlo: es distinta y tiene que hacerlo saber y sólo una mujer tímida lo hace como ella, escribiendo. Su primera novela está plagada de mujeres extrovertidas, amantes, excitantes. Está sacando del fondo de su ser todo lo que su timidez le impidió hasta ahora. Comienza su etapa de escritora y en cada nueva novela se va dejando un poco el alma, quedando atrás su primera etapa de juego de adolescentes y encarando la dureza de la vida en personajes atormentados, sin perder un ápice de pasión y sensualidad."
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