DOMINÓ

Para ti, papá. Gracias por todos esos días. Como ves, han quedado en mi memoria.

Elena buscó, en el mueble del salón, el dominó y el cubilete con los dados. Cogió también una baraja de naipes, pero lo pensó mejor y la volvió a dejar en su sitio. «Demasiado complicado para mi padre», se dijo. También descartó el cubilete y se quedó solo con la caja del dominó en las manos.

En ese momento, su hija pequeña entró y le preguntó qué iba a hacer con el juego de mesa. El semblante de Elena, cuya expresión un minuto antes era de tristeza, se tornó sonriente.

Acarició la cabeza de la niña y contestó que lo llevaba a la residencia para que jugasen con el abuelo unas partidas en familia.

—Quiero que ejercite su cabecita. Últimamente está bastante ido.

—El abuelo ya no tiene ganas de nada, mamá. No creo que quiera jugar al dominó. Cuando vamos a verle, solo quiere contar sus batallitas. Va a ser mucho trabajo para él eso de contar puntitos. ¿Crees que podrá hacerlo?

—Al menos intentaré que juegue. No pierdo nada por llevar el dominó, ¿no te parece?

Elena se acercó a su hija y la abrazó con fuerza. La niña rodeó con sus brazos a su madre y así se quedaron unos segundos durante los cuales a Elena se le agolparon los recuerdos en su mente y la trasladaron a su niñez. La imagen de su padre aparecía nítida ante sus ojos. Recordó cuando aparcaban el coche cerca de El Rastro, él cogía una bolsa repleta de tebeos y caminaban hasta la Ribera de Curtidores.

—Elena, aquí hay mucha gente y te puedes perder. No te sueltes de mi mano —le decía.

Padre e hija recorrían la pronunciada cuesta donde se extendían cientos de puestos con mercancía de lo más variopinta y se paraban a observar algunos de ellos con detenimiento. Desde objetos de cerámica hasta bisutería, artículos de ferretería, puestos con el pelapatatas de moda o el invento del año (que no era otro que un limpiacristales capaz de limpiar el ventanal más grande), películas de video, fotos de estrellas de Hollywood, cromos para comprar o intercambiar, vestimenta de trabajo o militar, ropa nueva y de segunda mano, artículos de droguería y perfumería y diversos puestos de artesanía. Todo lo que era susceptible de ser vendido y comprado podía encontrarse en aquel colorido mercadillo.

Además de mirar aquellos tenderetes, situados en la calle principal, Evaristo también solía pasear con su hija por los puestos de venta de objetos de segunda mano, donde se podían hallar artilugios de lo más variado, bastante extravagantes. Algunos de aquellos puestos ofrecían su mercancía sobre simples mantas extendidas en el suelo, exponían toda clase de cachivaches y trastos antiguos, algunos incluso averiados. «Relojes despiezados, griferías de latón, espejos desgastados, carcasas de hornos, motores de lavadoras, molinillos de café de manivela, cuadros cuyos marcos desconchados valían más que los propios lienzos; herramientas que a saber para qué servirán…», se preguntaba Elena mientras observaba a su padre, a quien, a juzgar por la cara de embelesado que ponía delante de aquellos objetos inútiles, debían parecerle auténticos tesoros. Elena se paraba más en los puestos de libros antiguos, tebeos y comics. Por muy pocas pesetas cambiaban los que habían comprado en la visita anterior y podían seguir leyendo por un módico precio. Cuando Elena alcanzó la adolescencia, los almanaques de Zipi y Zape, DDT, Pulgarcito o Mortadelo y Filemón dieron el relevo a los cómics de El Jabato, Capitán Trueno, Creepy, Dossier Negro, Rufus o Vampus. Tras intercambiarlos, padre e hija finalizaban su paseo en la calle de San Cayetano, dedicada a la pintura, y continuaban por la calle Fray Ceferino González, conocida también como la de los pájaros, donde se podían adquirir desde canarios, periquitos, loros y jilgueros, peces y tortugas, camadas de perros y gatos, hasta todo tipo de accesorios para animales. Aquel emblemático mercadillo dominical, rodeado de decenas de tascas y bares para hacer un alto en el camino, donde destacaba su olor a bocadillo de calamares y tapas variadas, era un lugar mágico para ambos.

Elena suspiró, se aferró al dominó y dirigió su mirada al retrato de su padre que parecía observarla fijamente desde una de las estanterías del mueble del salón. «La parte de mi alma que se esconde en el país de Frikilandia se forjó en aquella maravillosa época. Te agradezco, papá, esas maravillosas mañanas de domingo que me regalaste, los bocadillos de pan crujiente, las patatas bravas y las horas de lectura compartida. Todo han sido regalos que atesoro en mi alma ahora que estás sin estar, a veces callado, a veces conversador, sonriente siempre, conociéndome o no… Las guardo en mi alocada cabecita, más frescas y coloridas que muchos de los recuerdos que poseo de mi madurez. Te extraño tanto…», se dijo tras revivir la escena.

A pesar de que Elena se había preparado para el momento en que la decisión de ingresar a su padre en una residencia tuviera que ser tomada, cuando llegó el día de hacerlo le resultó un duro golpe. El silencio de su padre, cuando fueron a buscarle para llevarle a su nuevo hogar, fue el anuncio de que había empezado a dejar de estar para solo ser. El olvidar muchas cosas, tan elementales algunas, hizo imposible postergar más su ingreso. Sentada en el sofá, con el dominó en su regazo, recordó el día en que le encontró desorientado en su casa, en ropa interior y helado de frío, pues había olvidado dónde tenía la ropa que debía ponerse. Un armario, un simple armario y la tarea de quitarse el pijama, ducharse, cambiarse de muda y ponerse un jersey y unos pantalones… En su mente ya solo existía la nada. Elena prefería recordar los domingos en el Rastro, cuando su padre, Evaristo, sonreía presente, no ausente, mientras ella comía bocadillos de calamares y patatas bravas después de haber cambiado comics de terror y aventuras.

Llevaba unos meses ingresado en la residencia y, como todos los domingos después de comer, Elena y su familia visitaron a Evaristo. Cada vez le encontraban más desmejorado y aún más ausente, pero con la misma sonrisa de siempre en su rostro. El anciano sonreía cuando su hija se ponía frente a su nariz, y hacía el gesto de intentar levantarse de la butaca donde siempre lo hallaban sentado. El sillón estaba al lado de la televisión, pero en una posición tal que resultaba imposible ver la pantalla. De todos modos, ahí se sentaba el hombre, con ambas piernas encima de un escabel y su viejo bastón a la derecha. Su rutina era doblar y desdoblar un pañuelo de papel y mirar a ninguna parte.

Elena sonreía a su padre desde que entraba por la puerta del salón hasta que ya estaba a su lado; saludaba al anciano con un fuerte abrazo y un beso en la frente ante la mirada  atenta de varios de los ancianos que, sentados en las butacas, veían la televisión o conversaban; otros, como Evaristo, tenían la mirada perdida.

Las niñas besaban al abuelo y su marido estrechaba la mano del anciano con un gesto cariñoso. Evaristo sonreía ante la pregunta de su hija sobre el motivo por el que se sentaba en esa butaca desde la cual no podía ver la televisión, habiendo tantas otras libres desde donde sí podía hacerlo. Elena siempre preguntaba lo mismo, pese a que sabía de antemano la contestación que iba a recibir de su padre. El anciano respondía que la veía perfectamente y que, además, ahí estaba su reposapiés.

—Pero eso se puede llevar donde quieras, papá — argumentaba Elena, a lo que su padre contestaba con una sonrisa. Ella miraba con ternura al anciano y ayudada por su esposo incorporaban a Evaristo y se encaminaban hacia la salida para coger el coche rumbo a la cafetería donde solían merendar.

Desde que el anciano fue ingresado en la residencia, esto era lo que sucedía cada  domingo: sonrisa, intento por recordar quiénes eran aquellos visitantes —ya no se refería a sus nietas por su nombre— y saludos de las niñas, que no entendían por qué su abuelo siempre hacía lo mismo, siempre respondía lo mismo y siempre sonreía del mismo modo. Los domingos nadie entendía nada, excepto Elena.

Sin embargo, ella no perdía la sonrisa, sincera, dulce y generosa que dedicaba a aquel anciano para quién, poco a poco, Elena iba dejando de ser su hija y las niñas, sus nietas, y miraba de un modo extraño a su yerno, a quien hacía tiempo que también había dejado de llamar Carlos. La misma rutina acompañaba aquellas tardes de domingo, nevara o hiciera sol. Un colacao y un par de sobaos para el anciano, refresco para las niñas y café para Elena y su marido.

Aquella tarde, como las demás, Evaristo comenzó a relatar las mismas historias, siempre con su sonrisa, siempre pendiente de su bastón; haciendo trocitos el mantel de papel, mirando a las niñas.

—Abuelo, ¿te acuerdas de tu nieta? —preguntó Elena con una sonrisa.

El anciano hizo ademán de beber un sorbo de colacao, pero dejó el vaso y miró a la cría. Así estuvo un par de minutos hasta que la pequeña cogió la mano de Evaristo y sonrió con ternura. Elena observó a su padre, que tenía como siempre esa mueca de dulce indiferencia en su ajado rostro, y observó sus ojos. Antaño de un profundo color azul eran ahora pequeñitos y parecían desteñidos por el inexorable paso de los años. Evaristo miró a su hija y después a su nieta, volvió a posar sus ojos en Elena y sonrió. Después arrancó un pedazo de mantel y lo observó como un niño observa una mariposa.

—¿Abuelo, recuerdas su nombre? Se llama No…

—No… —El anciano miró a la pequeña con gesto de querer recordar.

—No… e… —insistió Elena.

—No… e… —repitió.

—Mami, déjalo, no recuerda mi nombre —dijo la niña con tristeza en sus ojos. Su hermana observó a su madre, cuyos ojos contenían lágrimas de recuerdos.

—No… e… li… —Volvió a intentar Elena— Noeli…

—A… —concluyó Evaristo.

—Papá, ¿cómo se llama tu nieta?

—Noelia —afirmó.

—¿Y tu otra nieta? Venga, papá, haz un esfuerzo, te ayudaré… Cristi…Cristi…

—¡Cristina! —exclamó el anciano.

—¡Bien, abuelo! ¡No lo has olvidado! —gritaron las niñas.

—¿Sabes, hija, que el alcalde va a vender a los chinos el ayuntamiento?

—Lo sé, padre, me lo dijiste el domingo pasado —respondió Elena sin perder su sonrisa.

—Lo he leído en el periódico, quiere venderlo, pero no todo, solo un trozo, la parte de atrás.

—Estos chinos se van a hacer con todo el país si nos descuidamos, abuelo —comentó el marido de Elena.

—¿Y tú quién eres?

—Yo soy Carlos, abuelo, el padre de tus nietas.

—Es tu yerno, papá —contestó Elena.

—Carlos, sí, claro… ¿Sabéis que hubo una mujer que fue Papa?

—Sí, abuelo —respondieron las niñas.

—Se llamaba la Papisa Juana. No me lo invento, ¿eh? Es verdad.

—Lo sabemos, abuelo, nos lo cuentas siempre.

—Nenas… —Elena sonrió— dejad que el abuelo Evaristo os cuente la historia, es muy interesante.

—Mamá… —replicaron las niñas—. Es que…

—Ni es que, ni es co. Papá, vamos, cuenta.

—Esa mujer se hizo pasar por Papa y desde entonces, para evitar que ninguna mujer vuelva a conseguirlo, ponen a los candidatos en una silla y les tocan ahí, sus partes… Y luego, dicen: «Habemus Papam». Por eso, por lo de la Papisa Juana lo hacen. Es costumbre —añadió el anciano.

El abuelo hizo un gesto y su bastón se cayó al suelo. Nervioso, trató de cogerlo. Elena le pidió que no se agachara y se lo entregó. Al hacerlo, depositó en la mejilla de su padre un sonoro beso.

—Papá, ¿quieres que juguemos al dominó? He traído el de casa. ¿Te apetece jugar una partida?

—Hija…, ¿esta es Cristina o es la otra? —preguntó el anciano señalando a una de las niñas.

—Abuelo, yo soy Cris y ella es Noelia.

—Papá, ¿no te animas a jugar? Una partida solo. Es hora de que me des la revancha, ya que siempre me ganabas tú —dijo Elena. Sacó la caja del dominó y extendió las fichas sobre la mesa, las puso boca abajo y empezó a coger las suyas—. Hay que coger siete. Salimos con el seis doble y si no tenemos, vamos bajando.

—¿De verdad se juega así? —preguntó Carlos.

—Ni idea, ya no me recuerdo. Solo he jugado con mi padre, y de eso hace ya tanto tiempo —contestó Elena.

Evaristo observó las fichas y después miró a sus nietas, luego a Elena y después a su colacao. Pese a que ya se había comido los sobaos, preguntó por ellos e hizo caso omiso a las piezas de dominó.

—Papá, venga…

—No me apetece. No sé… no me apetece jugar a esto. ¿Tú no trabajas cerca de la calle Caballero de Gracia? ¿Sabéis qué cuentan de esa calle?

—Sí, abuelo. Un carruaje atropelló a una mujer embarazada y… ¿cómo seguía?  —preguntó Cristina—, un estudiante de medicina, que pasaba por aquella calle, asistió a la mujer. Su bebé sobrevivió. Ya no recuerdo más. Mamá, ¿ella murió?

—Tantas veces nos lo ha contado el abuelo, nena, que ya me confundo.

—Cada día lo cuentas de un modo distinto, abuelo —comentó Noelia.

—Ya no lo recuerdo…, creo que vivió. Se salvó porque pasó un estudiante por el lugar. Al bebé…, al bebé pudo salvarlo, al menos eso creo. Me lo contaron una vez, ¿quién me lo contó? ¿Sabes quién me lo contó? —preguntó el abuelo a Elena.

—Algún amigo, papá, ¿qué más da? El bebé sobrevivió y eso es estupendo, ¿no te parece?

—¿Y qué tiene que ver eso para que le pusieran ese nombre a la calle, abuelo? —preguntó Cristina.

—No sé, quizás me esté confundiendo de historia. Lo de los chinos, ¡eso sí que es tremendo! Se van a quedar con todo Madrid… —repitió el anciano.

—Coge siete fichas, papá, anda, que estamos esperándote.

—No me apetece… Quiero otro bollo de estos. Están muy ricos. ¿Cómo se llaman?

—Sobaos, papá. Ahora mismo te pido más. ¿No te animas a jugar? Vamos, inténtalo.

—No sé jugar a esto.

—Elena, no obligues a tu padre, por favor… —suplicó su esposo.

—Está bien, lo dejaremos para otro día —dijo Elena. Cogió las fichas y comenzó a meterlas en la caja.

Carlos miró a su esposa y tomó su mano. Las niñas sonrieron al abuelo y él les devolvió la sonrisa.

—A ver si sois buenas estudiantes —dijo el anciano mientras observaba cómo Elena introducía las piezas en la caja de madera. Su hija sonrió y le miró. Este había vuelto a tirar el bastón, pero no se había dado cuenta de ello.

—Uf, niñas, preparaos —advirtió Elena mientras recogía de nuevo el bastón del suelo.

—Si un ladrillo pesa un kilo más medio ladrillo más, ¿cuánto pesa un ladrillo y medio?

—Abuelo, ¿qué problema es ese? —preguntó nerviosa Cristina.

—Son matemáticas —respondió el anciano.

—Prefiero la historia de la Papisa Juana —protestó Noelia.

Elena cogió una servilleta de papel, buscó un bolígrafo en su bolso y dibujó una balanza. Después añadió a uno de sus brazos en equilibrio el burdo dibujo de un ladrillo. En el otro brazo, dibujó lo que parecía medio ladrillo con sus agujeros incluidos y una pesa de kilo. Giró la servilleta hacia sus hijas y las miró.

—Vamos, listillas, poned a pensar esas cabecitas huecas que tenéis. Que no se diga que el abuelo es más listo que vosotras.

—¡Es muy difícil, mamá! —se quejó Noelia.

—Mucho —añadió Cristina.

Evaristo arrugó una servilleta, cogió otra e hizo lo mismo, y así con varias servilletas más. Carlos miró a su mujer e hizo un gesto. Elena no dijo nada, dejó que el anciano siguiera a lo suyo y esperó la contestación de las niñas. Evaristo sonreía, lejos su pensamiento de aquella servilleta, de la infantil báscula dibujada por su hija y de los gestos de sus nietas que se devanaban los sesos para entender aquel problema un tanto absurdo. Elena volvió a dibujar, esta vez añadió explicaciones a su dibujo conforme lo hacía, mientras, su padre seguía cogiendo servilletas y arrugándolas. Después la emprendió de nuevo con el mantel de papel, arrancó trozos más grandes y miró a su alrededor.

—A ver, nenas. Si un ladrillo pesa dos kilos. Ladrillo y medio pesará tres. Matemáticas de las sencillitas —concluyó Elena.

Las niñas se cruzaron de brazos y resoplaron—. ¿Qué os enseñan en el «cole»? ¡Madre mía!

Carlos se rio y su mujer volvió a coger el bastón del abuelo.

—Hija, ¿puedo?

—¿Puedes qué, papá?

—Jugar a eso…

—¿Al dominó? ¡Claro, papá!

—Creo que me acuerdo… ¿Se sale con el seis doble?

—¡Sí! ¿Jugamos con el abuelo, nenas? Carlos, ¿te animas?

—Mejor lo grabo. Esto hay que inmortalizarlo.

—Papá, ¿cómo se llama este juego, te acuerdas?

—Dominó, hija. ¡Este juego se llama dominó

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Publicado en RELATO CORTO
6 comments on “DOMINÓ
  1. luisjuli2 dice:

    Aida, me encanta el post de hoy. Es muy bonito, lleno de cariño y ternura. Es un registro diferente al que estoy acostumbrado a leerte y me encanta. Enhorabuena Aida.

  2. Juan José. dice:

    Añoranza y tristeza. Añoranza pues aunque no soy de Madrid si he recorrido el rastro y me trae recuerdos tu primera parte del relato con sus tebeos y demás. Tristeza por el recuerdo de los que ya no están, por esas partidas me gustaría poder jugar aunque fuera en ese estado de deterioro mental y físico, además de pensar que pude ser una imagen de mí mismo dentro de unos años, también se observa algo de ti, no se si será tu historia, pero las dos niñas, el colocao, los sobaos etc. Me ha emocionado tu relato, como siempre has estado genial en tu forma de contar y expresar.

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"La conocí siendo una jovencita tímida e introvertida, sin apenas saber nada de ella misma y sin querer saberlo, sumergida en su vida siguiendo las pautas y sin cuestionarse nada. Termina su carrera, se casa, tiene dos niñas y se entrega a su familia con un tesón incansable. Madre ejemplar, olvida que es joven y que es una mujer sugerente y guapa pero sobre todo, olvida que tiene talento. Tienen que pasar los años, cuando las niñas vuelan solas, para retomar su yo a hurtadillas. Se mira un día en el espejo y descubre su figura esbelta y su melena desafiante y se lanza a la calle renovada y segura. Se mira hacia dentro y siente la necesidad de contarlo: es distinta y tiene que hacerlo saber y sólo una mujer tímida lo hace como ella, escribiendo. Su primera novela está plagada de mujeres extrovertidas, amantes, excitantes. Está sacando del fondo de su ser todo lo que su timidez le impidió hasta ahora. Comienza su etapa de escritora y en cada nueva novela se va dejando un poco el alma, quedando atrás su primera etapa de juego de adolescentes y encarando la dureza de la vida en personajes atormentados, sin perder un ápice de pasión y sensualidad."
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